E-Book, Spanisch, Band 146, 280 Seiten
Reihe: Narrativa
Meza Mi tío el empleado
1. Auflage 2010
ISBN: 978-84-9953-342-1
Verlag: Linkgua
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
E-Book, Spanisch, Band 146, 280 Seiten
Reihe: Narrativa
ISBN: 978-84-9953-342-1
Verlag: Linkgua
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
Ramón Meza y Suárez Inclán (1861-1911). Cuba. Se licenció en derecho en 1891 en la Universidad de La Habana y se dio a conocer como escritor en las revistas Revista de Cuba, La Habana Elegante y Cuba y América.
Autoren/Hrsg.
Weitere Infos & Material
III. Por la ciudad y en el teatro
Luego que se aseó y vistió mi tío, nos invitó Domingo a pasear por la ciudad.
Las vidrieras de los establecimientos repletas de mil objetos de fantasía, de géneros, de cristales; los mismos establecimientos en donde largas filas de luces producían vivísima claridad que se reflejaba en los suelos de blanco y pulido mármol y en los filos dorados de los armatostes y mostradores, eran admirados detenidamente por nosotros.
Domingo, a guisa de improvisado cicerone, iba haciéndonos notar aquellas bellezas. Mudos nosotros de admiración nos volvíamos todo ojos para que nada nos quedase por ver.
—Esa es una platería —díjonos Domingo señalando uno de los establecimientos.
Volvimos la cara y nuestra admiración creció al ver brillar, en largas hileras, cucharas de plata que parecían contener cada una en su concavidad lucecillas de gas: las jarras y vasos de oro y plata de elegante forma y hábilmente cincelados; los espejos que multiplicaban hasta lo infinito aquellos objetos; las lucientes tapas de los relojes colocados en estuches de terciopelo; los zafiros, esmeraldas, rubíes, diamantes, ópalos y amatistas de las sortijas, collares y brazaletes que lanzaban destellos de fúlgida luz azul, verde, roja, nacarada como las que lanzan las gotas de lluvia o de rocío adheridas a los tallos de las yerbas y atravesadas por un rayito de Sol.
—¿Dime, Domingo —preguntó en voz muy baja mi tío—, y esto no se lo roban?
—¡Qué han de robar, hombre! —contestó en alta voz Domingo.
El dueño de la tienda que lo oyó nos miró a todos y soltó una sonora carcajada.
Mi tío se puso pálido y sus puños se crisparon nerviosamente.
¡Ya estaba harto de risas! La de aquel mercader le pareció más estridente, de más extraño timbre, que era repercutida por cada joya y que hacía vibrar cada vidriera y cada lámina de plata; parecióle oír que en el fondo de aquellos elegantes y lucientes vasos de delgado metal castañeteaban los dientes del platero.
«¿Por qué se había reído aquel hombre?», también pensaba yo... Y con esta preocupación comencé a reparar que cuantos pasaban por nuestro lado se sonreían.
Ya no podíamos atender lo que nos decía Domingo: caminábamos abochornados.
—¡Eh!, ¿qué es eso?, ¿estáis tristes?, ¿no os gusta todo esto?, ¿os acordáis del pueblo...?, ¡qué demongo, hombres!, ya volveréis allá cargados de dinero como unos asnos. ¡Ánimo, ahora!
Hízonos entrar en un café y pidió ron de Jamaica, que según decía, era mejor bebida que el jerez y la champagne. Con tantas celebraciones que hizo no nos fue posible dejar de tragar el maldito ron a pesar de que nos desollaba la garganta.
Salimos muy animados del café.
Caminamos largo trecho por el borde de los fosos, donde se consoló un tanto mi tío, viendo que también otros estaban entretenidos en buscar, al son de las latas y silbidos de los traviesos pilletes, los tres reyes magos. Más allá del oscuro terreno por donde transitábamos, por encima de la cuadrada y negra silueta de algunas casas de madera, brotaba de la tierra una claridad tenue que iba desvaneciéndose en el profundo azul del cielo. Bajo aquella especie de vaporosa nube, que semejaba brillante polvillo de oro esparcido por la atmósfera, estaban los parques. Al doblar de las casas de madera, puestas allí como grandes pantallas para producirnos mejor efecto, quedó un momento turbada nuestra vista con el reflejo de mil luces. Habíamos llegado a los parques. Los cruzaban en todas direcciones trazando con la luz de sus faroles, que a través de las hojas parecían apagarse y encenderse, líneas y círculos de fuego; la música de la retreta que poblaba el espacio de acordes armoniosos y dulces melodías; los paseantes que ora en grupo apiñados, ora solitarios iban y venían por las torcidas callejuelas orilladas de arbustos, todo esto se presentó a nuestra vista con cierto encanto desconocido, inexplicable. El parque con sus ruidos, movimientos, luces, fuentes cristalinas, verde césped, alegres flores, nos pareció entonces una especie de soñado edén.
Atravesamos aturdidos aquel paseo. Vimos el Louvre lleno de personas que hablaban, gesticulaban y reían, agrupadas en torno de las varias mesas de blanco mármol, por entre las cuales se movían ágiles los dependientes, llevando botellas y copas, que contenían bebidas de todos los colores del iris.
Domingo nos hizo detener delante de un gran lienzo pintarrajeado con algo que tenía visos de representar una plaza ocupada por curiosa y apiñada muchedumbre en medio de la cual se alzaba un patíbulo, por cuyas escaleras subían, haciendo asombrosos equilibrios para no caerse, un fraile con un crucifijo y rosario colosales y un hombre de feroz semblante, exageradas patillas y cargados de cadenas; tras de éstos seguía una especie de oso que llevaba en la mano una descomunal hacha de acero resplandeciente y que por otros adminículos y su catadura espantable no podía ser otro que el verdugo. Al pie del lienzo, con grandes letras rojas se leía: «Hoy Diego Corrientes».
Domingo se registró los bolsillos, contó algunas monedas de plata, las puso en el borde de una ventanilla, especie de respiradero de una gran jaula iluminada por dentro, y donde estaba encerrado un hombre, el cual recogió las monedas y dio en cambio tres tarjeticas rosadas que entregamos al entrar en el teatro.
Subimos por varias escalerillas: aquella ascensión nos produjo incómodos escalofríos en el estómago y nos erizó el pelo. Nos asomamos al borde del débil antepecho que rodeaba aquel gran hoyo y nos parecieron enanos los hombres que veíamos sentados allá abajo, en otros círculos, rodeados de barandillas, y en largas hileras de sillones.
—¿Y esto no se caerá? —preguntó mi tío a Domingo.
—¡Demongo, está más seguro...! —respondió éste pisando con fuerza y andando desembarazadamente como para demostrarnos que él estaba habituado a caminar por aquellas alturas.
Todas las personas que se hallaban cerca de nosotros, se echaron a reír despiadadamente, así que oyeron la pregunta de mi tío.
Este se puso pálido de ira. ¡Maldita risa que por todas partes le perseguía!
Habíamos llegado algo temprano; pero las localidades fueron llenándose en breve tiempo.
El público se impacientaba: silbaba y aplaudía para que levantasen el telón.
—¡Falta el presidente, no ha llegado todavía! —nos hizo notar Domingo.
A nosotros nos gustó sobremanera aquella facultad que se tomaban todos de silbar y aplaudir como en una corrida de toros y comenzamos a meter tanto ruido, con nuestros silbidos y palmadas, que un guardia nos hubo de amonestar para que calláramos.
Esto fue motivo de nuevas risas y burlas de los que estaban sentados a nuestro alrededor.
Mi tío volvió a incomodarse.
Domingo que se hallaba muy gustoso con la diversión que nos había proporcionado, nos preguntó por qué habíamos enmudecido de repente, y como le dijésemos que el guardia nos lo había advertido, exclamó:
—¡Bah!, no le hagáis caso a ése. Y volvimos a meter ruido.
—¡Diablo de presidente, cuánto tarda...!, ¿estará durmiendo...?, ¿estará comiendo...? —se preguntaban los que estaban sentados a nuestro lado.
—¡Eh, ya está allí! —exclamó Domingo señalando un palco del segundo piso que tenía adornada su barandilla con una cortina de damasco rojo y un gran escudo nacional de madera dorada.
La puerta de este palco se abrió y dio paso a un hombrecillo pequeño, grueso, algo calvo y con un bigotillo perfectamente dividido en dos partes. Vestía con elegancia. Llevaba un enorme brillante en el dedo meñique y una hermosa leontina de oro, que al reflejar las luces del gas sobre el paño negro del chaleco, parecía despedir llamas.
Un aplauso más nutrido y prolongado que los anteriores acogió la llegada del señor presidente.
—Le hacen burla por lo mucho que ha tardado —murmuró Domingo.
El señor presidente moviendo su cabecilla, tan esférica que podría servir de remate a un bolo, saludaba a diestro y siniestro.
Yo no sé qué comezón le entró en la lengua a mi tío, o qué mal diablo le tentó, lo cierto del caso fue, que se le escapó un agudo silbido que hizo reír a todo el teatro.
Haciendo gestos de cólera y lanzando amenazadoras miradas el presidente, alzó la cabeza y clavó su vista en el lugar en que nos hallábamos sentados.
Mi tío hecho casi un ovillo pugnaba por ocultarse tras de Domingo.
El oficioso guardia encaminóse a nuestro sitio, y después de mil aspavientos, nos agarró por un brazo. Gracias a la oportuna intercesión de Domingo y otras personas, no nos echó fuera del teatro.
Quedamos abochornados, humillados; y a pesar de que ya el telón se había alzado, no osábamos levantar la vista por el borde del antepecho ni siquiera atender a la representación.
Solo nos enteramos de los últimos actos de Diego Corrientes.
Durante todo este tiempo estuvo mi tío crujiendo los dientes y crispando los puños.
¡Oh, si hubiera podido aplastar todo el teatro de una gran puñada, lo hubiera hecho sin vacilar!
Y cuando se fijaba en el sillón de presidente dábanle deseos de llorar: estaba profundamente arrepentido de haber silbado a aquel noble señor.
Cuando concluyó la función apagáronse de momento la mitad de las luces; las demás quedaron a media llave. Una especie de turbia atmósfera envolvía a los espectadores. Mi tío, entonces miró en torno suyo;...




