E-Book, Spanisch, 152 Seiten
Milanese Ira
1. Auflage 2025
ISBN: 978-84-254-5033-4
Verlag: Herder Editorial
Format: EPUB
Kopierschutz: 0 - No protection
Una emoción que hay que domar (y cabalgar)
E-Book, Spanisch, 152 Seiten
ISBN: 978-84-254-5033-4
Verlag: Herder Editorial
Format: EPUB
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Roberta Milanese, psicóloga y psicoterapeuta, es investigadora asociada al Centro di Terapia Stratégica de Arezzo dirigido por Giorgio Nardone y docente de la Escuela de Especialización en Psicoterapia Breve Estratégica de Arezzo. Es responsable del estudio afiliado de Milán, donde desarrolla actividades de psicoterapia, consultoría y coaching, y directora de la Escuela de Comunicación y Problem Solving Estratégico de Milán. Enseña en másters clínicos y organizativos en Italia y el extranjero.
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1. Las dos caras de la ira
Todo es ambivalente.
Cesare Pavese
1.1. Ira funesta e ira justa
«La cólera canta, oh diosa, del Pélida Aquiles, maldita, que causó a los aqueos incontables dolores»: así empieza la Ilíada de Homero, poema épico del siglo viii a.C., uno de los pilares de la literatura occidental. Ambientada en la época de la guerra de Troya, la obra toma como punto de partida la furiosa ira del héroe griego Aquiles, que llevará la muerte y la destrucción al campo de batalla. «Cólera» (en griego, menis) es también la primera palabra del poema, subrayando que la verdadera protagonista de la obra es precisamente esta emoción, en su versión descontrolada y destructiva.
De todas las emociones es la ira la que tiene más poder para hacernos pasar a la acción, para hacer que sucedan las cosas, para proporcionar la energía necesaria para producir grandes cambios, tanto personales como sociales. Por tanto, no debe sorprendernos encontrarla en el centro de muchas narraciones mitológicas y literarias.
En la mitología griega y romana, por ejemplo, los dioses actúan muchas veces movidos por la ira: basta pensar en los rayos lanzados por Zeus contra los enemigos, o en las Furias romanas (las Erinias de la mitología griega), entidades de ultratumba que empujaban a los hombres a la ira y a la venganza. Los propios dioses eran famosos por sus legendarias revanchas; pensemos en el pobre Prometeo, que, como castigo por haber robado su fuego para entregárselo a los hombres, fue encadenado por Zeus en la cima de una montaña y condenado toda la eternidad a que un águila devorara su hígado.
En la literatura encontramos esta pasión incontrolada en el Orlando furioso de Ludovico Ariosto, donde la ira se desata a consecuencia de los celos por el rechazo de la amada Angélica, o en el Otelo de Shakespeare, cegado también por los celos por una traición (inexistente) de su esposa Desdémona. En ambos casos, una ira ciega conduce a la pérdida de la razón, hasta el punto de que para recuperar la cordura será necesario incluso viajar a la Luna.
En la Divina comedia, Dante dedica a los iracundos dos círculos: uno en el Infierno y el otro en el Purgatorio. En el V círculo del Infierno, los iracundos («las almas de esos que venció la ira», Inf. VII, 116) se sumergen desnudos y llenos de fango en la laguna Estigia y se dedican a golpearse y a morderse ferozmente a sí mismos y a los demás. También en la Estigia, pero completamente enterrados en el agua fangosa, sin posibilidad de hablar ni de ver, Dante coloca a los acidiosos (los «iracundos amargos»), es decir, los que refrenaron externamente la ira, pero la guardaron en su interior en forma de rencor. Son justamente estos, incapaces de hablar por no haber actuado en vida, los que hacen hervir el agua en la superficie con sus continuos suspiros. En el Purgatorio también hay un espacio reservado a los iracundos: es el tercer círculo, donde están envueltos en un humo oscuro y denso que irrita y ciega los ojos, igual que la ira oscureció su mente en vida. Es interesante notar cómo Dante anticipó con tanta agudeza los dos principales aspectos disfuncionales de la ira: por un lado, su versión ciega y destructiva, tantas veces celebrada en la literatura, en la que el exceso emocional conduce a la pérdida del control y de la razón; por el otro, la ira reprimida, tragada y rumiada continuamente, que acaba no solo causando daño a quien la experimenta, sino también privando a la propia ira de su potencialidad positiva como motor de la acción.
La frecuencia del tema de la ira no es, sin embargo, comparable ni de lejos a la que encontramos en el Antiguo Testamento, donde los términos referidos a esta pasión aparecen más de 714 veces (518 referidos a la ira divina y 196 a la humana) (Bodei, 2011). Empezando por el libro del Génesis, con la expulsión del Paraíso de Adán y Eva por haber comido el fruto prohibido, en la mayoría de los hechos narrados en el Antiguo Testamento aparece la proverbial «ira de Dios». Basta pensar en el diluvio universal, enviado por Dios para castigar a los hombres por su maldad, o en la destrucción de Sodoma y Gomorra, por citar tan solo algunos ejemplos. El Antiguo Testamento nos presenta, por tanto, una figura divina en la que el aspecto iracundo y vengativo parece dominar sobre el aspecto de amor y misericordia que, en cambio, se afirmará con fuerza en los Evangelios.
La pasión de la ira también ha suscitado un gran interés en el ámbito filosófico. En su tratado De ira, hace unos dos mil años, Séneca arremetía contra la ira definiéndola como «la más vil» de las pasiones. Para el filósofo estoico, la ira siempre está injustificada, independientemente de su intensidad y de la gravedad de la injusticia sufrida, y «ningún mal ha costado más a la humanidad». La ira debe evitarse siempre porque priva al hombre de la razón y, por tanto, de lo que constituye su superioridad sobre los animales, la esencia de su dignidad (D’Urso, 2001).
Más benigno con esta pasión se muestra, en cambio, Aristóteles al distinguir la ira noble y justa de la injusta. En su Ética a Nicómaco afirma: «Enfadarse es fácil, todo el mundo es capaz de ello, pero no es en absoluto fácil, y sobre todo no lo es para todo el mundo, enfadarse con la persona adecuada, en la medida adecuada, de la manera adecuada, en el momento adecuado y por la causa adecuada» (Aristóteles, Ética a Nicómaco, n. 1109a). Para el filósofo, el manso no es el que nunca se enfada, sino el que lo hace por un motivo adecuado; el que no se enfada cuando es agraviado no es más que un necio y un débil. En Aristóteles se destaca la característica fundamental de la ira, a saber: la de ser una emoción ambivalente, que no es ni buena ni mala por sí misma, sino que depende de cómo se exprese y utilice.
Esta misma ambivalencia también está presente en la mitología, en la literatura occidental y en la reflexión religiosa. Pensemos en la figura del héroe: si bien, por un lado, su reacción airada puede llevarlo al exceso, como en el caso de Aquiles, por el otro su heroísmo es posible precisamente por el hecho de enfadarse justificadamente ante las ofensas y de actuar para vengar los agravios sufridos. Del mismo modo, el colérico Zeus, al igual que el Dios del Antiguo Testamento, puede enfurecerse extraordinariamente, aunque también es considerado el juez supremo al que acudir en busca de justicia. El propio Dante reitera la distinción entre «la ira mala» y «el buen celo», diferenciando entre cólera e indignación, entre iracundia y ferviente ardor por una causa justa (Ravasi, 2021). El valor positivo y heroico de la ira lo celebra igualmente el poeta Vincenzo Monti, que, en una carta de 1842, afirmaba: «Agradezco a la naturaleza que me haya hecho iracundo porque la ira me preserva de la vileza». Asimismo, Winston Churchill sostenía que «un hombre es tan grande como las cosas que le hacen enojar».
De modo que la ira puede ser una reacción justa ante la violación de la ley o las injusticias sufridas, siempre que sea proporcional a la magnitud del agravio que hay que reparar y se exprese de la manera adecuada, con la persona adecuada y durante un tiempo adecuado.
1.2. Vicio capital y santa indignación
La ira forma parte de pleno derecho de los siete vicios (o pecados) capitales[1] de la Iglesia católica, catalogados por primera vez por el monje Evagrio Póntico en el siglo iv y formalizados definitivamente por Gregorio Magno a comienzos del siglo vii. Esta pasión representa tal vez la violación más evidente de las enseñanzas de Jesús sobre la importancia de amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos y de perdonar siempre las ofensas sufridas. En el Evangelio se nos recuerda muchas veces que no debemos dejarnos llevar por la ira. Pensemos, por ejemplo, en el Sermón de la montaña (o de las Bienaventuranzas), donde Jesús expresa con firmeza la superioridad del perdón sobre la venganza ante cualquier tipo de injuria o de ofensa:
Pero yo os digo: todo el que se enoje contra su hermano comparecerá ante el tribunal, y el que diga a su hermano estúpido comparecerá ante el sanedrín, y el que le diga renegado comparecerá para la gehena del fuego […]. Habéis oído que se dijo: Ojo por ojo, diente por diente. Pero yo os digo: no toméis represalias contra el malvado; si alguien te pega en la mejilla derecha, preséntale también la otra; al que quiera llevarte a juicio para quitarte la túnica, déjale también el manto, si alguien te fuerza a caminar una milla, anda con él dos. […]. Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y orad por los que os persiguen (Mt 5,22.38-44).
La importancia de no dejarse llevar por la ira nos la recuerda varias veces san Pablo: «Si os indignáis, no lleguéis a pecar; no se ponga el sol sobre vuestra ira […]. Desaparezca de entre vosotros toda amargura, animosidad, ira, gritos, insultos y toda clase de maldad. Sed, por el contrario, amables y compasivos unos con otros y perdonaos mutuamente, como Dios os perdonó en Cristo» (Ef 4,26.31-32).
Curiosamente, en el Evangelio la ira no se condena por sí misma, sino solo en la medida en que lleva a actuar de forma incontrolada y vengativa. En el Compendio de teología ascética y mística, se lee que «Hay una ira legítima, una santa indignación, que es deseo ardiente, pero razonable, de imponer a los culpables un justo castigo» (Tanquerey, 1923, p. 557). El mismo Jesús se enfadó...




