E-Book, Spanisch, 296 Seiten
Reihe: Ensayo
Milgram Obediencia a la autoridad
1. Auflage 2021
ISBN: 978-84-123242-9-7
Verlag: Capitán Swing Libros
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
El experimento Milgram
E-Book, Spanisch, 296 Seiten
Reihe: Ensayo
ISBN: 978-84-123242-9-7
Verlag: Capitán Swing Libros
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Aunque se le considera uno de los más importantes psicólogos del siglo XX, Stanley Milgram nunca estudió Psicología, sino Ciencias Políticas en Queens College (Nueva York), donde se graduó en 1954, aunque posteriormente realizó un posgrado en Psicología Social en la Universidad de Harvard después de tomar varios cursos de Psicología. A lo largo de su carrera llevó a cabo famosos experimentos, como el que concluyó que los seres humanos estamos distanciados por apenas seis grados de separación, pero los más conocidos son la investigación y experimentos sobre la obediencia a la autoridad. En ellos, Milgram demostró el peligro que encierra la predisposición de los sujetos a obedecer y cómo esta actitud llega a despojarlos de su conciencia y sentido de responsabilidad frente a los actos que pudieran cometer. En el epílogo del artículo de publicación de su experimento, Milgram afirmaba que lo peligroso no era el autoritarismo, sino el principio de autoridad en sí mismo, porque en la guerra de Vietnam, por ejemplo, las matanzas eran ejecutadas por personas corrientes transformadas por la obediencia a la autoridad. 'Medidas terribles como el uso de napalm contra civiles en Vietnam, la destrucción de la población india americana y otras atrocidades tuvieron su origen en la autoridad de una nación democrática'. En 2006 la cadena ABC recreó el experimento de Milgram tras pedir la aprobación de un comité ético. El resultado confirmó las conclusiones de Milgram 40 años después.
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Prólogo
Jerome S. Bruner[1]
En el momento de su aparición, hace más de cuarenta años, Obediencia a la autoridad, de Stanley Milgram, conmocionó al mundo entero. ¿Cómo era posible que hubiera personas capaces de proporcionar descargas eléctricas cada vez más devastadoras a otros seres humanos únicamente porque así se lo había requerido el profesor que estaba «a cargo» de un experimento? Desgraciadamente, la advertencia clara que el libro ofrecía sobre los estragos que podía causar aquella obediencia ciega, a día de hoy resuena todavía con más fuerza que entonces. Se han difundido imágenes de cómo soldados estadounidenses ordinarios, siguiendo las órdenes de sus oficiales, maltratan y humillan a prisioneros iraquíes encarcelados. Es un tratamiento sistemáticamente brutal, e incluso han llegado a tomar instantáneas de sus acciones ¡en las que posan sonrientes tras un trabajo bien hecho! Afirmaron estar obedeciendo órdenes de «ablandar» a los prisioneros para su posterior interrogatorio (independientemente de lo sumamente ambiguas que las investigaciones oficiales encontraran más tarde aquellas «órdenes»).
De alguna manera, ni siquiera parecía tener importancia (a pesar de la Convención de Ginebra y del reglamento del Ejército de los Estados Unidos) que la mayoría de los prisioneros fueran únicamente arrestados bajo sospecha de delito y ni siquiera hubieran sido hasta aquel momento acusados de actos criminales específicos. El libro de Milgram escandalizó porque desafiaba las arraigadas creencias sobre el modo en que se expresa la «naturaleza humana» en las rutinas de la vida cotidiana. ¿Cómo era posible que gente común —estadounidenses corrientes a la sazón, ciudadanos de a pie de la tranquila New Haven— infligiera un dolor supuestamente insoportable a otro ser humano por el simple hecho de que un profesor de Yale así se lo hubiera indicado? Sin lugar a duda, estaban allí para ayudar al profesor a llevar a cabo experimentos de laboratorio que giraban en torno a la idea de si el castigo afectaba la forma en que las personas aprendían listas de palabras. Pero ¿qué llevaba a aquellos participantes normales y corrientes a obedecer órdenes de tan buena gana que incluso llegaron a desestimar el ofrecimiento del profesor de poner fin a los alarmantes procedimientos?
¿De qué iba todo aquello? ¿Era simplemente el ambiente simulado de un experimento «psicológico» lo que conducía a semejante falta de humanidad o se había puesto en marcha algo más general acerca de nuestras relaciones sociales? El perturbador informe de Milgram nos incitó a pensar de una forma diferente con respecto a la autoridad y a la obediencia, incluso sobre la naturaleza humana, sobre cuánto de lo que había en ella procedía de adentro hacia fuera y cuánto de afuera hacia dentro.
Esto no quiere decir que semejantes preguntas fueran del todo novedosas a mediados de los 70, cuando el libro apareció por primera vez. Una década antes, Hannah Arendt había publicado Eichmann en Jerusalén, donde expuso sus entonces polémicas tesis sobre «la banalidad del mal»: que el despreciable nazi Adolf Eichmann no era un «monstruo», sino que simplemente obedecía la orden de que los judíos que se encontraban en su campo de concentración debían ser exterminados en las cámaras de gas. Eichmann no era más que un burócrata que obedecía órdenes, tal y como hacen los burócratas en todas partes.
En aquel momento, muchos pensaron que la perturbadora argumentación de Arendt no había tenido debidamente en cuenta las maldades intrínsecas del nazismo, su poder para convertir a los alemanes en bestias... Alemanes. ¿Podía pasar algo así en Estados Unidos? Preferíamos creer que existía algo profundo, algo malvado, en la cultura alemana que había dado lugar al mismo tiempo al nazismo y a los Eichmanns necesarios para desempeñar sus atroces mandatos.
En efecto, algo así no podría ocurrir en Estados Unidos. Sin embargo, en los diez años que separaban el Eichmann de Arendt y la Obediencia a la autoridad de Milgram se estaban produciendo cambios. El mundo occidental se enfrentaba a tiempos turbulentos de ira y dudas; los jóvenes mostraban cada vez una mayor desconfianza hacia la autoridad, en cualquiera de sus formas. No solo hacia la autoridad, sino hacia la obediencia irracional a ella. Era la década de los Derechos Civiles, de la concienciación del movimiento de liberación de las mujeres, de las turbulentas revueltas estudiantiles y del mayo del 68 parisino. La obediencia a la autoridad estaba siendo atacada no solo en las calles, sino también en las mentes de las personas corrientes como quizá no había sucedido desde la Revolución francesa.
A finales de aquella década tempestuosa, Obediencia a la autoridad tocó fibras sensibles a lo largo y ancho del mundo. De entrada, los estudios de Milgram mostraban que era cierto que pudiera llegar a pasar lo mismo allí, incluso en la mismísima Hillhouse Avenue de New Haven, sin importar los efectos predisponentes de la cultura autoritaria alemana. Ni siquiera hacía falta una «personalidad autoritaria» para volverte despiadadamente cruel con otros siguiendo instrucciones procedentes de arriba. Todos nosotros (o virtualmente todos nosotros), al parecer, estábamos dispuestos a hacer lo que se nos decía si considerábamos que aquellos que daban las órdenes estaban oficialmente «al mando».
La acogida de su libro por parte de la profesión psicológica contó con reacciones muy diversas, como cabía esperar. En particular, los psicólogos sociales, quizá para protegerse de posibles cargas de generalización incauta, suelen mostrarse bastante inciertos a la hora de sacar conclusiones generales sobre sus estudios (y así debería ser, puesto que rara vez resulta obvio lo mucho que uno es capaz de generalizar a partir de estudios de laboratorio «artificiales», desubicados). Pero Milgram, a pesar de dejar claras muchas de las precauciones técnicas que había tenido en consideración, no se anduvo con rodeos a la hora de discutir que sus experimentos no eran, por así decirlo, simples experimentos, sino piezas de la vida misma. Se llevaron a cabo estudios de seguimiento que, por ejemplo, mostraron que si hubiera habido otros que manifestaran su desacuerdo, la obediencia no habría sido tan ciega. Aun así, algunos compañeros psicólogos siguieron alzando quejas: «¿Qué vas a poder decir sobre la naturaleza humana a partir de pequeños estudios realizados con habitantes de New Haven a quienes previamente se ha trasladado a un sofisticado laboratorio de psicología de Yale, donde un “profesor” les ha dado unas pretenciosas instrucciones sobre lo que se suponía que debían hacer? ¡Por supuesto que hacen lo que se les diga que hagan!».
Hoy, cuando han pasado más de cuatro décadas desde entonces, nos replanteamos muy seriamente tales quejas. Ahora sabemos que existen en nuestra cultura, quizá en cualquier cultura, condiciones que predisponen, que nos impulsan a «seguir órdenes», sin importar qué opinión podamos tener de ellas al analizarlas bien. No todos nosotros aceptaríamos esta clase de encargo, desde luego, puesto que siempre hay impulsos que compiten entre sí para mantenernos fieles a nuestras convicciones internas (igual que también los hubo en los experimentos de Milgram). Pero, pese a todo, seguimos órdenes.
Entonces, ¿qué debemos pensar sobre Milgram pasados más de cuarenta años, teniendo en cuenta lo que ya sabemos sobre las humillaciones y las torturas de prisioneros iraquíes sujetos de forma segura en Abu Ghraib? ¿Por qué nuestra policía militar ejecutó de inmediato (y aparentemente con tanta alegría) la orden de «ablandar» a los prisioneros antes de ser interrogados? «Así es como ha de hacerse», les dijeron. Sin embargo, no todas las piezas de este rompecabezas encajan. Eso de: «Así es como ha de hacerse», ciertamente no aparece por ningún lado en el código militar gobernante. Pocas semanas después de nuestro desembarco en Normandía, estuve brevemente a cargo de un grupo de prisioneros de guerra alemanes que habían sido recientemente capturados. En ningún momento se nos pasó por la cabeza «ablandar» a nuestros prisioneros antes de interrogarlos (aunque mi unidad estaba implicada en la guerra psicológica). Al cabo de una generación, la tarea militar de mi hijo en Vietnam fue la de interrogar a prisioneros de guerra del Viet Cong, principalmente para la inteligencia política (acababa de terminar la universidad y estaba muy verde en todo aquello). «¡Dios mío! A nosotros jamás se nos habría ocurrido», fue lo que dijo cuando trascendió la noticia de Abu Ghraib.
Atormentar a prisioneros no tiene nada de «natural», al igual que tampoco hay nada de «natural» en el hecho de adherirse a la Convención de Ginebra sobre el tratamiento de los prisioneros de guerra: lo que Stanley Milgram nos enseñó fue que en cualquier sociedad, en cualquier parte del mundo, la obediencia a la autoridad ocurre con demasiada facilidad (y ahora ya sabemos que debemos tomar precauciones contra ella). A nadie sorprenderá que en lo profundo de nuestra tradición constitucional se encuentre la doctrina de que en una democracia la autoridad nunca debe volverse singular y unívoca (la famosa doctrina de la «separación de poderes» tan enérgicamente formulada por James Madison en su...




