E-Book, Spanisch, 112 Seiten
Millot La vida con Lacan
1. Auflage 2018
ISBN: 978-84-16737-32-1
Verlag: Ned Ediciones
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
E-Book, Spanisch, 112 Seiten
ISBN: 978-84-16737-32-1
Verlag: Ned Ediciones
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
Catherine Millot es una escritora y psicoanalista francesa que compagina su vocación por la escritura con su trabajo de profesora en el Departamento de Psicoanálisis de la Universidad de París VIII. Entre otras obras ha publicado Nobodaddy: l'hystérie dans la siècle (Nobodaddy: la histeria en el siglo), La Vocation de l'écrivain (La vocación del escritor) y Abîmes ordinaires (Abismos ordinarios).
Autoren/Hrsg.
Weitere Infos & Material
La vida con Lacan
Hubo un tiempo en que yo creía haber comprendido el ser interior de Lacan. Creía tener una especie de percepción de su relación con el mundo, un acceso misterioso a un lugar íntimo del que emanaba su relación con los seres y las cosas, también con él mismo. Era como si me hubiera deslizado en su interior.
Este sentimiento de comprenderlo desde el interior iba acompañado de la impresión de ser comprendida, en el sentido de estar todo mi ser incluido en su comprensión, cuyo alcance me sobrepasaba. Su espíritu —su grandeza, su profundidad—, su universo mental, incluía al mío como una esfera contiene a otra más pequeña. Descubrí una idea parecida en la carta en la que Madame Teste habla de su marido. Al igual que ella, yo me sentía transparente para Lacan, convencida de que él tenía un conocimiento absoluto sobre mí. No tener nada que disimular, ningún misterio que esconder, me daba una completa libertad con él, pero no solamente eso. Una parte esencial de mi ser la depositaba en él, que era su guardián, no cargaba yo misma con ella. Viví a su lado durante años en medio de esta levedad.
Un día, no obstante, él estaba manipulando uno de aquellos nudos que le daban tanto trabajo y de repente me dijo: «¿Ves esto? ¡Eres tú!». Yo era, como cualquiera, sin importar quién, lo real que escapaba a su control, que le causaba tanto sufrimiento. De pronto me asaltó la idea de aquello que en mí se le resistía como sólo lo real resiste.
Cuando digo «su ser», ¿qué quiero decir? Su particularidad, su singularidad, lo que en él era irreductible, su peso de real. Cuando hoy intento captar otra vez aquel ser, me vuelve a atrapar su poder de concentración, su concentración casi permanente en un objeto de pensamiento que nunca soltaba. Con el paso del tiempo, él mismo se había simplificado en extremo. En cierto modo, ya no era más que eso, esa concentración en estado puro. Concentración que se confundía con su deseo volviéndolo tangible.
Yo la veía también en su forma de caminar, inclinado, con la cabeza por delante, como llevado por su propio peso, recuperando el equilibrio a cada paso. Pero en esta misma inestabilidad, uno podía percibir su determinación, que no se apartaría ni un centímetro de su camino. Que llegaría hasta el final, siempre en línea recta, sin hacer caso de los obstáculos que parecía ignorar y que en todo caso no le inspiraban consideración alguna. Le gustaba recordar a todo el mundo que era un Aries.
La primera vez que le vi caminar fue por los senderos de Cinque Terre en Italia, a los que —en agosto y a pleno sol— arrastraba a la gente de su entorno, que no osaba protestar. Él caminaba por delante, con una determinación feroz. No importaba el riesgo de insolación, ni para él ni para los demás. Íbamos de un pueblo costero a otro por las colinas que se elevan junto al mar y volvíamos en tren.
Aquel verano, él hacía esquí náutico en la pequeña bahía de Manarola. Agarrado con fuerza a la cuerda y sin salirse de la estela del barco, allí tampoco se desviaba. Luego, en el invierno del mismo año, en las laderas de Tignes, no parecía saber hacer otra cosa más que schuss. Esto le había costado fracturarse una pierna algunos años antes. Fue entonces cuando Gloria, su secretaria, empezó a trabajar para él. La inmovilización le enfurecía y su mal humor recaía en la pobre Gloria, que acabó perdiendo la paciencia. Un día, mientras estaba tendido en la cama, ella agarró su pierna escayolada, la levantó y la dejó caer de forma brusca. Estupefacto ante aquella mujer que no se dejaba intimidar, Lacan cambió súbitamente de tono yse dirigió a ella con un repentino interés, preguntándole por sus orígenes, por su historia. Aquel día se creó entre ambos un vínculo de fidelidad indestructible.
Más adelante, yo lo acompañaba a menudo desde su casa de campo, en Guitrancourt, hasta el golf en el que tenía acciones aunque no jugaba nunca. La única función que tenía el golf era la de pasear. Pero «paseo» tampoco es una buena forma de llamarlo. En tales ocasiones también caminaba recto, con la cabeza gacha, a través de bosques y campos, enredándose en matorrales o hundiéndose en los terrones recién labrados, sin desviarse jamás de su ruta. Yo me preguntaba cómo conseguía orientarse, pero nunca perdía el rumbo. Le seguía calzada con unas botas de caucho, mientras que él embarraba sin miramientos sus bellos zapatos hechos a medida. Al llegar al golf llamaba a Jésus, el guarda de Guitrancourt, su «buen Jésus», como le gustaba llamarlo, que nos llevaba de vuelta en coche.
Lacan conducía de la misma manera. Cabeza hacia delante, pegado al volante, desdeñando los obstáculos, como decía una de mis amigas; nunca reducía la velocidad, ni siquiera por un semáforo en rojo o por no tener prioridad. La primera vez, en la autopista, a casi 200 kilómetros por hora, me entró una risa loca que me costó disimular. Pero de todos modos le dejé hacer, porque de tan concentrado como estaba no me hubiera hecho caso.
De todos modos, un día tuvo que dar un frenazo para no estamparse contra el coche de delante, que había disminuido la velocidad de golpe. Pero no bastó con el frenazo, el coche derrapó y se terminó para siempre el sentimiento de invulnerabilidad que yo tenía junto a él. Entonces empecé a tener miedo y los trayectos en coche se convirtieron para mí en un suplicio. No valía la pena implorarle que frenara. Su nuera, Laurence, una vez intentó engañarle: le pidió que fuera más despacio para poder «ver el paisaje». Él respondió: «Mira con más atención».
Una sola vez, yendo conmigo, la policía lo paró de vuelta de Guitrancourt. El domingo por la noche siempre había mucho tráfico y él tenía por costumbre invadir el arcén para adelantar por la derecha a los coches inmovilizados, mientras que los conductores, furiosos, daban golpes de volante para impedirle el paso a riesgo de una colisión. Aquella noche, nos llevaron a la comisaría que hay cerca del túnel de Saint-Cloud, donde estuvimos esperando mucho rato hasta que él se inventó una urgencia médica para justificar la infracción. Se mostró muy impaciente durante la espera. Lo real a veces adopta la forma de la policía.
Su forma de conducir formaba parte de su ética. No es casual que a su analista, Rudolph Loewenstein, peso pesado de la IPA, le contara a modo de apólogo la siguiente anécdota: en un túnel, al volante de su...




