Mira De Amescua / Williamson | El palacio confuso | E-Book | www.sack.de
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E-Book, Spanisch, Band 191, 138 Seiten

Reihe: Teatro

Mira De Amescua / Williamson El palacio confuso


1. Auflage 2010
ISBN: 978-84-9897-561-1
Verlag: Linkgua
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

E-Book, Spanisch, Band 191, 138 Seiten

Reihe: Teatro

ISBN: 978-84-9897-561-1
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El palacio confuso de Antonio Mira de Amescua es una obra de ambiente cortesano o palatino. En ella la rivalidad entre los pretendientes por el amor de una dama se escenifica a través de pruebas de ingenio y cuestiones amorosas que los galanes han de resolver. El palacio confuso es esencial la intervención del personaje de Barlovento, presentado como el «gracioso», que se ocupa de satirizar a los pretendientes.

Antonio Mira de Amescua (Guadix, Granada, c. 1574-1644). España. De familia noble, estudió teología en Guadix y Granada, mezclando su sacerdocio con su dedicación a la literatura. Estuvo en Nápoles al servicio del conde de Lemos y luego vivió en Madrid, donde participó en justas poéticas y fiestas cortesanas.
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Jornada segunda


(Salen Enrico vestido como Carlos y la Reina, cada uno por su puerta, Enrico por la de en medio.)

Reina Sal, Enrico.

Enrico Y en el traje

que ha mandado vuestra alteza.

ReinaPluma blanca traerá siempre

porque conocerte pueda.

Enrico¿Tanto le parezco?

Reina Sí;

necesarias son las señas.

Enrico, la industria suele

vencer la naturaleza,

y a cada paso miramos

a las dos en competencias.

¿Quién dijera que una garza,

que en las celestes esferas

hecha del Sol mariposa

las alas azules quema,

rayo de plumas bajara

a hacer túmulo la yerba

a los pies del cazador

que le flechó dos saetas

con almas en dos halcones?

¿Quién las montañas soberbias

del piélago verde y negro,

que amagan a las estrellas

impelidas de los vientos,

hollar pensara y, sujetas

las olas, de nieve ricas,

desatar pensara perlas

de sus nácares? ¿Y quién

domesticados creyera

dientes, garras y veneno,

que son armas de las fieras,

si le faltara la industria

al ingenio humano? Puedan

la fortuna y la desdicha,

atropellando miserias,

darnos batalla campal;

que la industria es la defensa

contra el rigor de sus manos,

contra el girar de su rueda.

Un rey tirano tenemos,

garza que la luz desprecia

del Sol con atrevimientos,

mar que amenaza inclemencias,

fiera que armó de crueldades

el pecho. La industria sea

quien deshaga este prodigio,

quien a este bárbaro venza.

EnricoSeñora, cuanto el invierno

o deshace con la fuerza

de los vientos que respira,

o con escarchas platea;

cuanto en las plantas destroza

arrugando las cortezas,

descabellando las copas,

renueva la primavera,

las colores restituye,

a los pájaros alegra,

a las fuentes causa risa

y a los pradillo belleza;

y estos dos tiempos contrarios

en un círculo se alternan,

robando y restituyendo

en hermosa competencia.

Dos reyes tendrá Sicilia,

si dura el engaño, Reina;

y yo, a tu voz obediente,

rayo de esa luz inmensa,

como vasallo leal

viviré con alma atenta

a tu gusto, deshaciendo

cuanto manda, cuanto ordena

un rey tirano; y seremos,

mientras que esto no se entienda,

él diciembre y yo el abril

coronado de violetas.

ReinaYa que sois tan semejantes

que un lunar os diferencia

que tienes en una mano,

las condiciones opuestas

serán, Enrico, distantes;

mientras él durmiere, Reinas,

y yo, con arte y cuidado,

seré siempre centinela

que te avise y que te esconda.

Disimula, pues. ¡Elena!

(Sale Elena.)

Elena¿Mi señora?

Reina Avisa a Floro

que el rey madrugó y le espera.

ElenaVoy a llamarle.

(Vase.)

Reina ¡Oh, si el cielo

diera a mis desdichas treguas!

Ama el rey a Porcia; a mí

con razones me desprecia,

que mis fáciles antojos

me obligaron a esta deuda.

El reino me tiraniza,

la voluntad me sujeta:

castigos son de mi error.

¡Animo, industria o paciencia!

(Vase la Reina.)

EnricoVenme aquí representando

la majestad y grandeza

del rey, y mis pensamientos

atrevidamente vuelan

por regiones de aire y fuego

hasta penetrar planetas

con sus alas. Un villano

era ayer entre las selvas

que miran en ese mar

su verde pompa y belleza.

Ya soy imagen y sombra

del mismo rey; y si vuela

el alma cuando en el sueño

yace un cuerpo, un alma sea

del rey mi voz mientras duerme;

he de usurpar su potencia:

Cástor y Pólux seremos,

la luz tendremos a medias;

que es dulce cosa Reinar

y peligros atropella.

(Vuelve a salir Elena.)

ElenaYa viene Floro, señor.

EnricoY en ti, hermosísima Elena,

viene Flora, a cuya imagen

la antigüedad hizo fiestas

como a Venus; en ti viene

la hermosura de la griega

con quien compite tu nombre,

no tu beldad. Oye, espera.

Deja que sólo contemple

con elevación honesta

la fábrica de ese rostro

que a la del cielo remeda.

Ni es alabarte lisonja,

ni es el mirarte flaqueza,

ni ambas cosas son amor;

que la hermosura deleita

naturalmente a los ojos

y en cualquier sujeto alegra.

ElenaEn la Reina, mi señora,

es la hermosura más cierta

y digna de admiración.

Si tu majestad contempla

aquel cielo, no le llamen

otros cuidados.

Enrico Despierta

la atención del alma siempre

cualquiera hermosura nueva.

ElenaNi yo la tengo, ni escriben

que quien la máquina eterna

del hermoso cielo mira

alabe una flor pequeña,

que es un átomo del Sol.

Ojos que ven las estrellas,

lunares del firmamento,

en su misma luz, no dejan

la verdad por el retrato,

que en las olas que se quiebran

nos dibujas los reflejos

de la luz. Cielo es la Reina,

un átomo suyo soy.

Tu majestad dé licencia

que vana y ociosamente

sus cuidados no divierta.

(Vase Elena.)

EnricoImperio tiene en las almas

la hermosura, con que fuerza

y arrebata los sentidos,

y el afecto desordena.

(Sale Floro.)

FloroEl capitán de la guarda

y el gobernador esperan

tu licencia.

Enrico (Aparte.) Entren. (Aquí

me sucede lo que cuentan

de aquel gran representante,

que, en viéndose con diadema

y con púrpura sagrada,

el espíritu de César

en su pecho se infundía.)

(Salen Livio y el Gobernador Arnesto.)

Floro, yo quiero que vuelvan

hoy a mi corte los nobles,

y algunos están ya cerca;

que la Reina les dio aviso.

No quiero que la nobleza

se agravie tanto de mí.

Y así, cuando alguno venga

a darme gracias, y yo

con ira y cólera inmensa

lo mandare prender, tú,

capitán, no me obedezcas,

que será enojo fingido

por ciertas causas secretas

que sabréis después. Tú, Floro,

dame siempre por respuesta

que lo mandé, y si me enojo,

disimula con prudencia.

Tú, gobernador, si yo

mandare que armas prevenga

el pueblo contra los nobles,

no lo has de hacer, porque es ésta

para gobernar mi reino

bien pensada estratagema.

Esto conviene; y así,

le cortarán la cabeza

al que no lo obedeciere.

ArnestoHaráse como lo ordenas.

EnricoTambién quiero que cedáis

los tres oficios; y tenga

Octavio vuestros papeles,

el conde, de la guarda, y sea

el duque...



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