Mira De Amescua / Williamson | La desgraciada Raquel | E-Book | www.sack.de
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E-Book, Spanisch, Band 221, 132 Seiten

Reihe: Teatro

Mira De Amescua / Williamson La desgraciada Raquel


1. Auflage 2010
ISBN: 978-84-9897-573-4
Verlag: Linkgua
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

E-Book, Spanisch, Band 221, 132 Seiten

Reihe: Teatro

ISBN: 978-84-9897-573-4
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La historia de la judía Raquel había tenido ya amplio tratamiento en el teatro español precedente. Desde Lope de Vega, iniciador de la tradición dramática, como en tantas otras ocasiones, en su obra Las Paces de los Reyes y Judía de Toledo, de 1617. El asunto fue retomado por - Antonio Mira de Amescua en su obra La desgraciada Raquel, de 1625; - por Juan Bautista Diamante en La Judía de Toledo, publicada en 1667 (según algunos críticos la obra de Diamante no es sino la pieza de Mira de Amescua, cambiada de título); - por Pedro Francisco Lanini Sagredo en El rey don Alfonso el Bueno, de 1675, - y en La batalla de las Navas y rey don Alfonso el Bueno, de 1701.Incluso escritores posteriores a García de la Huerta, continuaron abordando la misma historia en piezas como: - La Judía de Toledo o Alfonso VIII, de Eusebio Asquerino (1842);  - Raquel, o los amores de Alfonso VIII rey de Castilla, de Pedro Pardo de la Casta (1859);  - Raquel, de Ángel Lasso de la Vega y Argüelles (1891);  - Raquel, de Mariano Capdebón.La intriga de La desgraciada Raquel se centra en la relación amorosa entre el rey Alfonso VIII de Castilla y una judía oriunda de la ciudad de Toledo. Raquel va a la corte como emisaria de la comunidad judía para que interceda ante el rey por el decreto de expulsión que se efectuó. El rey Alfonso se enamora de Raquel y de este modo comienza el conflicto. Las relaciones amorosas entre ambos personajes no están permitidas, teniendo en cuenta: que el rey se encuentra casado y que su amante es judía, es decir, enemiga directa de la corona. Sin embargo, aunque Raquel logre que el monarca anule el decreto, luego lo traiciona y asesinada como castigo por su ansia de poder.

Antonio Mira de Amescua (Guadix, Granada, c. 1574-1644). España. De familia noble, estudió teología en Guadix y Granada, mezclando su sacerdocio con su dedicación a la literatura. Estuvo en Nápoles al servicio del conde de Lemos y luego vivió en Madrid, donde participó en justas poéticas y fiestas cortesanas.
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Jornada primera


(Salen Raquel dama, y David, su padre.)

RaquelSuspende de tus ojos,

padre y señor, el repetido llanto,

que te ha causado enojos,

y si mi amor puede contigo tanto

como mi confianza,

alcance amor lo que el dolor no alcanza.

La causa que tuviste

para tanto pesar me comunica;

y si tu llanto triste

en mudas quejas su dolor explica,

pues que no sea tanto,

dígamela tu voz, mas no tu llanto.

¿Por qué tu pena escondes?

Mira que dando estás tormento al alma.

En fin, ¿no me respondes?

Mira que ya con tan penosa calma

el dolor engañamos.

¡O sintamos los dos o no sintamos!

DavidEres, hija, importuna

enemiga de ti, cuando engañosa

buscas que tu fortuna

te haga más infeliz por más hermosa,

apurando el veneno

que oculta el pecho de recelos lleno

RaquelSi el mal comunicado

halla alivio en la pena que mantiene,

reparte tu cuidado,

y el dolor hará menos, que te tiene

en tan duro tormento,

ya, de puro sentir, sin sentimiento.

Comunica tus males

y templaré al oírlos el tenerlos;

que si los hizo iguales

el amor, no se aumentan con saberlos;

y quizás al oírlos,

descansará tu pecho con decirlos.

DavidRaquel, este cuidado,

que así es líquido aljófar desperdicio,

no sólo en mí ha empleado

el duro golpe que me priva el juicio;

que a muchos toca siento

mas no por eso es menos mi tormento.

Toda mi ley padece

el golpe de fortuna más airado;

que el dolor ennoblece,

siendo el honor, Raquel, el injuriado

triste y común afrenta.

Raquel¿No me dirás la causa?

David Escucha atento.

Después que Alfonso el VIII,

Rey de Castilla feliz,

entre rebeldes tinieblas

triunfante empezó a lucir,

brillando el acero armado

siempre en combate civil

de opuestos afectos, ciegas

luces de mentido ardid;

después que a sus plantas nobles

rindió la altiva cerviz

que descollaba a horizontes

presuntuoso cenit,

y después que victorioso

vio a Fernando desistir,

ceñido el sacro laurel

que usurpaba para sí;

después que fijó el imperio

y con pecho varonil

al colorido del alma

dio el valor oro matiz;

después, en fin, que engañada

envidia nueva, mentir

hizo a la edad el ardor

de experiencia juvenil;

entre diversos combates

que pudiera oprimir

mayores fuerzas, el yugo

supo al cuello sacudir,

y en repetidas campañas

contra la morisma lid

de mil victorias cargado

le vio su campo embestir,

fuera el repetir sus glorias

toda la luz reducir

del Sol a número, y todo

ese estrellado zafir

con la vista registrar

y en la memoria escribir.

De esta postrera lo digan

las Navas, donde le vi,

siendo de sus huestes todas

presuntuoso adalid,

competir con lo bizarro

y triunfar de lo gentil.

Pero, ¿para qué te canso

en contar ni repetir

victorias que han de parar

en tragedias para mí?

Vamos al caso, Raquel,

que ya no puede encubrir

el silencio tanto tiempo

la llama dentro de sí.

A Toledo llegó Alfonso,

y agradecido al feliz

triunfo que a su Dios le debe,

promulgó, en oprobio vil

de la mosaica y hebrea

ley, que para dividir

de sus cristianos vasallos

nuestra religión, salir

nos mandaba de Toledo.

Escucha; que desde aquí

empiezan, Raquel, mis penas

que en el secreto escondí

de mi dolor, porque el tuyo

en su noticia temí.

Diez días ha ya que estamos

desterrados, y de mí

ha diez días que no sé

con tan nuevo frenesí.

En este aprieto los nobles,

los ricos, que, de rabí

descendientes, a sus tribus

firmes siempre han de seguir,

hicieron junta, y Rubén,

descendiente de Leví,

nuestro pontífice sumo,

acordó que era bien ir

alguna hermosa judía

a hablar al Rey, y decir

de parte de su ley toda

que el miserable infeliz

estado de su ruina

no aumentase introducir

tan nueva mudanza al pueblo

que, olvidado del motín,

entre los hebreos vivía

quieto, seguro y feliz.

La causa que le movió

a aquesto fue el presumir

que, como el Rey es tan mozo,

en quien el ardor pueril

aun está expirando humos,

del fuego inquieto aprendiz,

puede ser que no tan firme

quiera el voto proseguir

con que a su ley sacrifica

despojos de Sinaí.

Y más, si es que la hermosura

pone con mano sutil

en la tabla de sus ojos

de su veneno el buril,

que es tan retórico el labio

si sabe bello fingir

que trueca distante unión

entre el mirar y el oír.

Persuade la hermosura

con otras voces, y así.

lo que lo atento callar,

hace lo hermoso decir.

Pareció bien este arbitrio,

y acordándose de ti,

quieren que tú misma seas

la que vayas a pedir

al Rey por tu pueblo; todos

unánimes, hija, aquí

dicen que esperan tu amparo

por más hermosa. Sufrir

debes tan nuevo cuidado.

Acuérdate de Judit,

que por libertar su pueblo

quiso arriesgarse a morir.

Por el miedo de Nabal

la prudente Abigaíl

el ímpetu resistió

de los campos de David.

No has menester pelear,

pues aunque vas a rendir,

tú en tus ojos aseguras,

triunfante victorias mil.

Ya no he podido excusarte;

sabe el gran Adonaí

cuánto intenté defenderlo,

mas, ¿cómo podré encubrir

los rayos de tu hermosura,

pasmo de Senacherib?

Esto fue lo que confuso

me tuvo, y aquesto, en fin,

lo que mi llanto ocasiona,

pues aunque es justo cumplir

el precepto de Rubén,

también es justo advertir

que hacer cebo tu hermosura,

y de su temprano abril

querer ya experimentar

la flor que empieza a salir,

es querer que se malogre

el fruto con la raíz.

¡Ay, Raquel! Cuánto lo lloro;

mejor que de Isaac, allí

el sacrificio presumo

que yo te le labro aquí,

pues si en el fuego de amor

materia haciendo de ti,

aplico la leña yo,

causa de su llama fue.

Hoy a la cumbre de Alfonso

tu subo; mas, ¡ay de mí!,

que hay incendio al abrasar

y no hay cordero al herir.

Ya te lo he dicho, Raquel;

mis miedos no hagan huir

el valor que te acompaña.

Y pues sabes resistir

las orejas a las vanas

lisonjas, por desmentir

mis temores, arma el pecho

de encantos, Circe gentil.

El árbol de Ulises lleve

tu nave, que surta oír

pueda las voces, y el sueño

burle encantos a su ardid.

Escúchate el más...



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