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E-Book, Spanisch, Band 205, 154 Seiten
Reihe: Teatro
Mira De Amescua / Williamson La rueda de la fortuna
1. Auflage 2013
ISBN: 978-84-9897-577-2
Verlag: Linkgua
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
E-Book, Spanisch, Band 205, 154 Seiten
Reihe: Teatro
ISBN: 978-84-9897-577-2
Verlag: Linkgua
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Antonio Mira de Amescua (Guadix, Granada, c. 1574-1644). España. De familia noble, estudió teología en Guadix y Granada, mezclando su sacerdocio con su dedicación a la literatura. Estuvo en Nápoles al servicio del conde de Lemos y luego vivió en Madrid, donde participó en justas poéticas y fiestas cortesanas.
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Jornada primera
(Salen en orden los que pudieren, con algunos despojos y banderas y a la postre Filipo.)
FilipoInvicto César famoso,
cuya mano poderosa
temen la blanca Alemania
y la abrasada Etiopia;
tú, que en los hombros sustentas
el África, Asia Europa,
volando tu nombre eterno
en las águilas de Roma;
tú, que ceñiste la frente
con esa inmortal corona,
al polo del otro mundo
quieres llegar con tus obras;
ya que del ártico helado
hasta la tórrida zona
pagan tributo a tu imperio,
sal a ver nuestras victorias.
Triunfando, señor, venimos
a la gran Constantinopla
de los fieros esclavonios
que de Misia huyendo tornan.
Restaurado queda el reino;
tus empresas prodigiosas
que son espanto del mundo
piden guirnaldas de gloria.
Sube a los muros soberbios
que de estrellas se coronan
porque sus altas almenas
la triforme Luna tocan.
Verás tu ejército ufano
con la gente victoriosa,
que con bárbaros despojos
los gallardos brazos honran.
Verás la región del aire
que la entapizan y adornan
las enemigas banderas
que tus soldados tremolan.
Verás que en cadenas de oro
cuatro mil cautivos lloran
la pérdida desdichada
de su libertad preciosa.
Treinta mil hombres me diste;
treinta y tres mil traigo agora,
que a precio de mil cristianos
sólo he comprado esta pompa.
Veinte mil dejo sin almas
y otros con vida tan poca
que está esperando la muerte
a sólo que abran las bocas.
Ya la fama bachillera
tocó en el aire la trompa;
va publicando en el mundo
esta jornada famosa.
Temblando están de tu imperio
los Alpes, Nervia, Borgoña,
Galia, Germania, Bretaña,
la Trapobana y Moscovia,
la fiera invencible Escitia,
la Tartaria belicosa,
la inculta y áspera Armenia,
la celebrada Panonia.
Ya de todas las naciones
más bárbaras y remotas,
tributo te ofrecen unas
y treguas te piden otras.
Los indios vienen con oro,
los samios vienen con rosas,
los tirios con carmesí,
los alarbes con aromas,
los escitas con algodones,
los egipcios con aljófar,
los corintios con sus vasos,
los fenicios con sus conchas.
Cada nación en tributo
te da las riquezas propias,
porque las crezca el valor
en tu mano poderosa.
Todos repiten tu nombre,
todos tu fama pregonan,
con más lenguas que tenía
la confusa Babilonia.
Sírvete de ver la entrada
de tu gente victoriosa,
porque los ojos del Rey
con sólo mirar dan honra.
Remunera con palabras
sus hazañas victoriosas,
que aun en boca de los reyes
son necesarias lisonjas.
Mostrándote agradecido,
podrá una palabra sola
más que el tesoro guardado
en tus doradas alcobas.
Descubre en público el rostro
que a las gentes aficiona,
porque será ver tu cara
el triunfo de mi victoria.
No me premian majestades
ni plata me galardona;
sólo quiero la presencia
que tantos reyes adoran.
Solamente con tocar
la púrpura de tu bola
dejaré de todo punto
a mi fortuna envidiosa.
Mi inclinación es servirte,
premios no me correspondan,
porque la virtud se mueve
con el precio de sí sola.
Deja besarte los pies
y tus sumilleres corran
esa cortina, que cubre
tu majestad grandiosa.
(Corren una cortina, y está en un tribunal, en la grada alta, el Emperador Mauricio, y en otra baja el Príncipe Teodosio, su hijo y la Infanta Teodolinda, su hija, y dos criados en pie bajo las gradas.)
Mauricio Hoy, capitán vencedor,
corona en tus sienes vea.
El Sol dé su resplandor.
Tu misma victoria sea
el premio de tu valor.
Hacerte inmortal procuro,
y harán tu nombre seguro
desde el Betis al Hidaspes
columnas de varios jaspes
y estatuas de bronce duro.
Todas tus empresas ricas
pondré en aceradas planchas
pues que mi fama publicas,
mi temido imperio ensanchas,
mis tesoros multiplicas.
Si a los bárbaros enojas,
y tu espada en sangre mojas,
un laurel he de ponerte
que ni el tiempo ni la muerte
pueden marchitar sus hojas.
FilipoSólo, señor, me aficiona
besar tus pies; que ellos solos
enriquecen mi persona.
(Llega a besar el pie al Emperador.)
MauricioCuanto abarcan los dos polos
te diera, con mi corona.
Teodolinda (Aparte.) (Capitán gallardo y bravo,
bien verá cuando te alabo,
que en amarle me anticipo.)
TeodosioEs muy gallardo Filipo.
TeodolindaEs gran varón.
Filipo Soy tu esclavo.
Teodolinda Por tan dichosa venida
en albricias vuelvo a darte
de mi alma y de mi vida
aquella pequeña parte
que me quedó a la partida.
(Tocan cajas destempladas y trompa ronca, y arrastrando un, estandarte, salen en orden Leoncio, detrás, de luto, armado, y lleva en la cabeza una corona de ciprés y un bastón quebrado, y Mitilene, de cautiva.)
Leoncio Ronca la trompa bastarda,
destemplado el atambor,
y vestido el cuerpo de luto,
y de ánimo el corazón;
arrastrando el estandarte,
que ufano en algo se vio,
con sola aquesta cautiva,
aunque de extraño valor,
el pecho lleno de heridas,
porque nunca atrás volvió,
coronado de ciprés,
hecho piezas el bastón;
si son ceremonias tristes
(¡Oh famoso Emperador!)
usadas de el que es vencido,
ya verás cual vengo yo.
Nunca tu ejército viera
el levantado pendón
de los persas victoriosos
tan a costa de mi honor.
Nunca yo volviera vivo,
(¡Pluguiera al eterno Dios
que entre mi sangre vertida
diera el alma a su creador!)
pero quiso mi desdicha
librarme en esta ocasión
de la pena de la muerte
para dármela mayor.
Nunca logró sus deseos
quien desdichado nació,
que aun la muerte le aborrece,
si el vivir le da dolor.
Uno sintiera muriendo
y viviendo siento dos:
la pérdida de tu gente
y de mi noble opinión.
Mi vida sólo llorara;
mas, ¡ay!, que llorando estoy
un ejército de vida
que el fiero persa quitó.
Llegué un desdichado día
cuando está el dorado Sol
entre los cuernos del toro
cobrando fuerza y calor.
Mil prodigios, mil agüeros
nos causaron confusión;
en un funesto ciprés
la corneja nos cantó;
tembló la preñada tierra
de lástima o de temor;
los montes se estremecieron,
sonó en el aire una voz;
mostróse el Sol encendido
en un encarnado arrebol,
sudaron las naves sangre,
y llovieron el sudor.
Antes de dar la batalla
cuyo fin contando voy,
infinitos buitres vimos
cortar el aire...




