Molteni | El cuerpo de Jesús | E-Book | www.sack.de
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E-Book, Spanisch, Band 147, 222 Seiten

Reihe: 100xUNO

Molteni El cuerpo de Jesús

La reflexión de Joseph Ratzinger
1. Auflage 2025
ISBN: 978-84-1339-570-8
Verlag: Ediciones Encuentro
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

La reflexión de Joseph Ratzinger

E-Book, Spanisch, Band 147, 222 Seiten

Reihe: 100xUNO

ISBN: 978-84-1339-570-8
Verlag: Ediciones Encuentro
Format: EPUB
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Este ensayo se adentra en preguntas tan simples como decisivas: ¿qué significa que Dios se ha hecho un cuerpo de carne? ¿Cómo pensó Joseph Ratzinger el cuerpo de Jesús? No como un detalle más de la fe cristiana, sino como una clave para entender toda su vida, su pensamiento y su misión. Lejos de enfoques abstractos, el autor explora cómo, en los textos de Ratzinger, el cuerpo de Jesús aparece como algo sensato, pensado, lleno de sentido, y también persuasivo, porque es por medio de su cuerpo que realiza la salvación del hombre. Un libro que invita a los cristianos y a los laicos a redescubrir la encarnación con una mirada nueva, y que ofrece herramientas para pensar hoy, con seriedad, sin prejuicios y de modo razonable en un Dios que se hizo carne.

Agostino Molteni (1958) es originario del norte de Italia. Es Doctor en Teología Dogmática en la Universidad Pontificia de Salamanca. Fue profesor en Petrópolis (Brasil) y en Concepción (Chile). Es autor de varios libros y artículos en revistas internacionales. Ha desarrollado una línea de investigación preferente sobre el pensamiento y el cuerpo de Cristo y sobre el escritor francés Charles Péguy.
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I. CENTINELA, ¿QUÉ HORA ES DE LA NOCHE?

«Centinela, ¿qué hora es de la noche?» (Is 21,11). Como teólogo (y después como cardenal y papa), Ratzinger ha representado a este centinela que advirtió a todos qué hora era de la noche. Ha sido un cristiano que no ha tenido miedo de vivir el drama de los tiempos modernos que él ha considerado como una buena ocasión para la misma fe cristiana:

Ser arrojado en el drama de nuestro tiempo y en sus formas cambiantes constituye una prueba para la fe, la purifica, la obliga a lo esencial, a lo que es vivo y da vida aún hoy13.

Lo que siempre le ha interesado es que la fe cristiana, el «depósito de la fe» (1 Tim 6,20) no fuera desvirtuado, confundido. Al final, en su Testamento escribía a los cristianos:

¡Manténganse firmes en la fe! ¡No se dejen confundir!14.

De hecho, solo una fe sana puede ser un aporte saludable para la construcción de una sociedad habitable.

Por otro lado, la advertencia de no dejarse confundir puede muy bien ser acogida también por quienes aún no han encontrado la fe, pues Ratzinger ha advertido del peligro de las patologías en que puede caer la religiosidad humana y la misma razón:

En la religión hay patologías altamente peligrosas. (…) También hay patologías de la razón, una hybris de la razón que no es menos peligrosa15.

Lo que importa aquí observar es que estas patologías afectan la misma concepción del cuerpo del hombre que, de este modo, corre el riesgo de ser pensado de manera confusa, en definitiva, sin reconocer sus reales propiedades:

Nuestra sociedad experimenta teóricamente con conceptos (…) para los que el cuerpo es indiferente16.

Además de eso, estas concepciones inadecuadas acerca del cuerpo han terminado por infiltrarse de alguna manera también en el ámbito cristiano. A este propósito se puede decir que nuestro autor hace remontar estas incomprensiones patológicas acerca del cuerpo a la herejía de Marción (siglo II) que les ha dado, de cierta manera, una forma sistemática. Patologías que, enseguida, han sido desarrolladas ya sea en ámbito cristiano (el falso ascetismo) o laico (el libertinaje), dos extremos que coinciden en el deprecio del cuerpo:

La repulsa de la creación condujo a Marción precisamente a un odio neurótico contra el cuerpo (…); un odio cuyo emplazamiento es el oscuro medievo, que se ha transmitido dentro de la Iglesia mayoritaria y que hoy se está superando. (…) Esta repulsa de Marción [hacia el cuerpo] se vincula con la gran corriente de la llamada gnosis y de esta nació tanto el ascetismo desdeñoso del cuerpo como el cínico libertinaje, que en realidad implica asimismo odio al cuerpo, al hombre, al mundo. Lo que en apariencia son dos extremos, se acercan mucho y sus posiciones fundamentales se cruzan entre sí. Así como en la falsa ascesis, enemiga de la creación, el cuerpo se convierte en sucio saco de gusanos que no merece sino desprecio y malos tratos, del mismo modo el libertinaje tiene su fundamento en que el cuerpo se torna organismo, mera cosa17.

La misma teología no ha escapado y no escapa actualmente, según Ratzinger, de estas patologías:

¿Y no se dan también en teología formas refinadas de semejante rechazo del cuerpo lejos de lo humano, de semejante reducción a cosa y del desprecio a ello anexo?18.

La gravedad de estas repulsas patológicas del cuerpo (falsa ascesis y libertinaje) para nuestro autor ha llegado a representar una cuestión política, es decir, la que se refiere a una adecuada construcción de la polis, de la ciudad de los hombres. De hecho, lo que amenaza a una política sana es el triunfo de la gnosis que, con su desprecio del cuerpo (y de la creación entera), pretende imponer a los hombres la necesidad de la creación de otro mundo, de una nueva era del mundo:

Tanto la ascesis como el libertinaje, adversos a la creación, conducen por necesidad forzosa al odio del hombre hacia su cuerpo, hacia sí mismo, hacia la realidad como un todo. Ahí se encierra el detonante político de ambas posiciones. El hombre, que tan profanado se siente, quisiera destruir esta prisión de deshonra, el cuerpo y el mundo como un todo, para poder evadirse de semejante rebajamiento. Pide a gritos el otro mundo, apoyado en el odio a la creación y a Dios, quien tiene que responsabilizarse de la totalidad de las creaturas. Por eso la gnosis, por primera vez en la historia del espíritu, llegó a ser ideología de la revolución total. No se trata ya de luchas políticas o sociales por el poder, como las que siempre se han dado, sino de algo más básico: de la hostilidad contra la realidad misma, que el hombre, en su propia asendereada existencia, ha aprendido a odiar. En el desdén del propio cuerpo se desintegra el hombre desde su raíz, juntamente con el mismo ser, que ya no es para él creación sino lo establecido y, por consiguiente, lo que se ha de aniquilar19.

Ahora bien, y esto es de decisiva importancia para Ratzinger, estas concepciones inadecuadas (patológicas) del cuerpo han creado graves dificultades para entender el mismo cuerpo de Cristo, o sea, su hacerse un cuerpo de carne. Estas dificultades se registran tanto en el ámbito cristiano como en el laico. Si Nietzsche ha escrito que, a lo largo de su historia, la filosofía ha sido «únicamente una exégesis del cuerpo y un malentendido con relación al cuerpo»20, Ratzinger diría que este malentendido se ha extendido también en referencia al cuerpo de Jesús. Por ello, nuestro autor, ha hablado de la existencia de patologías de la razón y de la religión que causan malentendidos respecto del cuerpo del hombre y de Jesús, y de las dificultades que de modo grave obstaculizan comprender de modo adecuado el cuerpo de Jesús en el ámbito cristiano. Reflexionar sobre estos malentendidos y dificultades es como una premisa necesaria para entender lo que él afirmará acerca del cuerpo de Jesús.

Malentendidos laico-patológicos acerca del cuerpo

Ratzinger jamás ha negado que la Ilustración ha tenido el mérito de valorar que el sujeto-hombre es capaz de pensar sin estar sometido a saberes superiores que inhibirían su mismo uso de la razón:

Fue mérito de la Ilustración haber dado voz propia a la razón21.

Esta valoración de la razón, del pensamiento del hombre podía constituir, como decía Kant, «una liberación del hombre de su culpable incapacidad de servirse de su inteligencia»22, incapacidad e incompetencia ya sea frente a los hombres o frente a Dios, como diría Hegel23. Esta valoración de la razón tenía que interesar a los mismos cristianos que a menudo a lo largo de la historia han mostrado abdicar de su pensamiento a favor de espiritualismos, fideísmos, falsos misticismos y emociones religiosas, terminando por tener una «fe no pensada», es decir, una fe sin ningún valor, como ya había dicho san Agustín24. De hecho, un mal cristiano, como decía Chesterton, se reconoce justamente porque desprecia la razón25.

Sin embargo, Ratzinger ha reconocido que la Ilustración ha quedado incompleta, inconclusa y que, por ello, la supuesta «modernidad» aún no se ha cumplido:

La filosofía ilustrada y su respectiva cultura son magnitudes incompletas26.

No podemos aquí enumerar todos los aspectos en los cuales, según nuestro autor, la Ilustración ha fallado. Nos detenemos solo en aquellos que se refieren a la fundamentación de un pensamiento patológico acerca del cuerpo del hombre y de Jesús.

¿El cuerpo meta-físico o mera naturaleza física?

Para Ratzinger, en la modernidad, los métodos de las ciencias «duras», físico-naturales, han pretendido ser los únicos métodos de pensamiento y de conocimiento. Esto ha llevado a despreciar lo que está más allá de la naturaleza física, es decir, a la meta-física. Al contrario, el pensamiento cristiano ha siempre distinguido claramente la física de la metafísica. En este sentido, Ratzinger ha señalado que el riesgo para el pensamiento moderno es el de caer en un mero naturalismo físico-cósmico:

La separación realizada por el pensamiento cristiano entre física y metafísica se va eliminando cada vez más. Todo ha de llegar a ser de nuevo «física»27.

Pensamos que para entender esta importante afirmación es necesario reconocer que existen dos «mundos». Existe el «mundo» físico, el de la naturaleza (cosas y animales), con sus leyes prestablecidas, con sus instintos naturales: es el mundo dominado por la secuencia de causa-efecto, es decir el mundo que estudian las ciencias naturales que descubren sus leyes para que puedan así ser usadas por la técnica (esto se espera, en favor del hombre). Este mundo físico es el de la inimputabilidad, es decir, de la ausencia de libertad, pues es un mundo causado, que se rige por leyes predeterminadas.

Sin embargo, existe otro «mundo», el meta-físico, es decir, que está más allá (meta) de la naturaleza física y que es incomparable con esta: es el mundo de los actos del hombre, es el mundo de la imputabilidad por los...



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