E-Book, Spanisch, Band 77, 256 Seiten
Reihe: Narrativas Gallo Nero
Monnier Rue de l'Odéon
1. Auflage 2023
ISBN: 978-84-19168-27-6
Verlag: Gallo Nero
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, Band 77, 256 Seiten
Reihe: Narrativas Gallo Nero
ISBN: 978-84-19168-27-6
Verlag: Gallo Nero
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Adrienne Monnier (1892-1955) fue escritora, librera, editora y bibliófila. Su actividad literaria y profesional floreció y resistió durante el delicado periodo de la historia que abarca dos guerras mundiales y una ocupación. Junto con Sylvia Beach, amiga y amante, dueña de la vecina librería Shakespeare & Co., fue una inquieta animadora de la vida cultural de la mítica Rive Gauche y una fervorosa defensora de la causa feminista. Aquejada gravemente del síndrome de Ménière, que se mostró inflexible a todo tipo de tratamiento, Adrienne se suicida el 18 de junio de 1955.
Weitere Infos & Material
Paul Claudel
[...] La amiga de todos nosotros, la amable y audaz directora de La Maison des Amis des Livres, la Srta. Adrienne Monnier. Todos conocen a la Srta. Monnier y el salón que abrió hace años, al nivel de una calle cara a las letras; solamente hay que empujar la puerta y entrar para aparecer en pleno paraíso de unos libros cuya carencia, ¡no lo duden!, era la verdadera razón que decoloraba sus existencias, y todo ello con la presencia de la persona mejor autorizada para presentarlos. Efectivamente, nuestra amiga comprendió —la primera— que entre un libro y una libra (hablo de un libro impreso y una libra de mantequilla, por poner un ejemplo) existía en realidad una diferencia en la que los minoristas del papel de leer no habían reparado hasta la fecha. Una libra de mantequilla es algo completamente homogéneo, se presenta de una vez y es fácil de juzgar con solo ver sus cualidades exteriores. (También hay seres humanos que son así.) Por el contrario, un libro, con sus miles de líneas cuidadosamente compuestas sobre un fondo de hojas plegadas ocho y dieciséis veces, es una especie de caja mágica llena de ideas, imágenes y sentimientos que exigen que una mano hábil y amiga los escoja y los presente al aficionado. Además, un libro que sale a la luz es un ente vivo, que crece, que nace, algo expansivo y contagioso por excelencia, llamado a sembrar a su alrededor la admiración, la imitación, el rechazo o, en todo caso, la discusión. Este algo no tiene por qué posarse sobre el espíritu como un peso muerto e inanimado; lo que pide son sitios donde pueda agitarse, desplegarse a la luz del día y bajo todos los aspectos, y donde tome prestada una expresión nueva del espíritu de los que acaban de recibirlo recién salido del horno. Y ¿qué sitio puede ser más favorable a tal objeto que aquel donde un transeúnte acaba de hacerle el raro y solemne honor de preferirlo al dinero? (A modo de paréntesis: ¿Por qué? La cuestión psicológica que plantea el desconocido que compra un libro resulta apasionante para nuestra curiosidad.) Ese papel, el de tienda y salón a la vez, un rol que estaba ya en la tradición de nuestras viejas librerías francesas, es el que la Srta. Adrienne Monnier ha resucitado, y es por eso por lo que me siento especialmente feliz de que mis intérpretes y yo mismo nos beneficiemos de sus auspicios para extraer juntos ante ustedes misterios parejos de lo inédito y de lo impreso.2
Jacques Prévert
La Maison des Amis des Livres.
Una tienda, un pequeño establecimiento, una barraca de feria, un templo, un iglú, los bastidores de un teatro, un museo de cera y de sueños, un salón de lectura y, a veces, simple y llanamente una librería con libros para vender o prestar y devolver y clientes, los amigos de los libros, llegados para hojearlos, para comprarlos, para llevárselos. Y para leerlos.
Desde hace ya bastante tiempo los literatos, o al menos muchos de ellos, hablan con desprecio de la «literatura», y en su vocabulario la palabra adquiere un cariz nada positivo.
Las películas y el baile, o el relato de los sueños y tantas otras cosas —la literatura, entre ellas—, las pasan canutas ante el juicio perentorio, erudito y despreciativo: «¡Todo eso no es más que literatura!».
Los pintores, los buenos y los malos, los grandes y los modestos y los auténticos y los falsos, los vivos y los muertos, nunca hablaron ni hablan mal de la pintura. E, igual, el jardinero ante un jardín sin gusto, un jardín sin ton ni son, un parterre insólito y misterioso de hiedra y ortigas, no dice: «¡Todo eso no es más que horticultura!».
Adrienne Monnier era como ese jardinero, y en el invernadero de la Rue de l’Odéon, donde se abrían, se cambiaban, se diseminaban o se marchitaban las ideas en total libertad, en total hostilidad, en total promiscuidad, en total complejidad, sonriente, inquieta y vehemente, hablaba de lo que le gustaba: la literatura.
Y por eso, al pasar por la Rue de l’Odéon, muchos entraban, como por su casa, en la casa de ella, la casa de los libros.
Su casa era también el vestíbulo de una estación, una sala de espera y de partida donde se cruzaban viajeros singularísimos, gentes de muy lejos y gentes de aquí, gentes de acá y de acullá, dublineses y de Vulturne, gentes de la Gran Garabaña y de Sodoma y Gomorra, gentes de las Verdes Colinas que venían, lo más sencillo del mundo, lo más complicado, a pasar con Adrienne una noche en el Luxemburgo, una velada con monsieur Teste, una temporada en el infierno, los minutos de arena memorial.
Y el ángel de lo singular se paseaba con Moll Flanders por los sótanos del Vaticano, bajo el puente de Mirabeau corría el Sena a lo largo de las orillas de l’Odéon, el cielo y el infierno se casaban, los pasos perdidos se buscaban en los campos magnéticos y sonaba la música. Se podían escuchar en sordina cinco grandes odas patrióticas magníficamente acompañadas por el estribillo de la trepanación y la canción del malamado y los cantos terribles y hermosos de un niño de Montevideo.
Y las bellas letras ronroneaban, pero aunque las acariciases a contrapelo Adrienne Monnier te dejaba hacer, y a veces hasta te ayudaba.
En ocasiones los más jóvenes, furtivos y eclipsados, mientras hojeaban los libros, pegaban mecánicamente la oreja, divertidos.
Extraños nombres surgían de las frases más simples, como el santo y seña de una sociedad secreta muy singular: Fogar, Smerdiakov, Barnabooth, Lafcadio, Benito Cereno, Nostromo, Charlus, Moravagine, Anábasis, Fantômas, Bubu de Montparnasse, Eupalinos...
Y luego los jóvenes se iban, sacando con ellos bajo el abrigo las hermosas castañas del fuego de la conversación, libros sin cortar, facsímiles y numerados. Modestos y anónimos representantes del comercio de ideas, ideas que se revenderían no muy lejos, en los muelles.
Y luego caía la noche.
Adrienne, antes de cerrar la tienda, a solas con sus libros, como se sonríe a los ángeles, les sonreía. Los libros, como diablillos buenos, le devolvían la sonrisa. Conservaba esa sonrisa y se iba. Y esa sonrisa iluminaba toda la calle, la Rue de l’Odéon, la calle de Adrienne Monnier.
Saint-John Perse
«Adrienne Francesa» podría haberse llamado. En ella, bajo esa mirada clara, tanto movimiento libre y gran sabiduría; en ella, pródiga como la que más, tanta temeridad natural y serena lucidez; y toda esa humanidad, y toda esa manera de ser ella misma y los demás, y tantas otras maneras de ser francesa: abierta a todo, curiosa por todo, pronta a agarrar lo vivo, y lo esencial, lo verdadero, en toda novedad; e igual de pronta a hallar sus conclusiones libres.
Con esa misma mirada clara que dedicaba a todo ser y a toda obra, continúa sin duda viviendo y queriendo en la mente de aquellos que le fueron cercanos. Parcial, ciertamente, como conviene ser: de esa parcialidad que es propia de la naturaleza misma a partir de un cierto nivel de exigencia.
Sus iniciativas fueron numerosas, y desbordaban su marco de actividad personal; y de aventura, cuando cogía la pluma para cualquier crónica o nota crítica y allí estaba, con el mismo libre movimiento, con la misma seguridad de tono y el mismo acento personal, todo el don de la escritura que brotaba, como de ella misma, a la fuente francesa. Escribió con naturalidad, como se escribía antes en Francia, con ese lenguaje en el que la formación humana prevalece sobre la formación académica. Presteza de visión y claridad de expresión, fuerza y sobriedad se congregaban en ella, con la firmeza de su juicio, para afirmar el hecho de una personalidad literaria. Al releer hoy sus memorias nos hacemos una mejor idea de todo lo que pudo llegar a sacrificar de ella misma por sus devociones literarias.
Fargue, Gide, Valéry y Claudel, o el propio Joyce —hombres que no están ya entre nosotros—, podían haber rendido homenaje mejor que yo a tanta y tan generosa actividad, decir todo lo que fue, por obra de una única mujer, aquella casa de postas tan viva en una pequeña tienda francesa de la Rue de l’Odéon. (Como aquellos pequeños patios de diligencias de nuestras viejas estampas donde se enganchaban y se desenganchaban los tiros de los coches, entre París y la provincia, entre París y el exterior.) Por mi parte hablaré solamente del afecto de esa mirada limpísima que ya he evocado, y de todo lo que de humano y personal conserva su recuerdo.
Resguardada en sus largas faldas de lana cruda, peinada en corto y de cabeza redonda, la frente tozuda contra toda idiotez y todo esnobismo, cruzaba un atuendo de criada sobre su robusta fe literaria, como otras, en otros tiempos, se tocaban con un fanchon de «ciudadanas». Siempre fue ella misma: Adrienne Monnier, la «sirvienta de gran corazón» de nuestras letras francesas, en el seno de su familia literaria, como en esos lugares de Francia regados por aguas bravas donde en las fuentes se conservan gusto y saber de sobra para extender la cortesía a los vecinos que se quiera.
Francesa, sí, así lo creo, hasta el punto de que a nadie nunca se le ocurrió preguntar por su provincia natal.
S. M. Eisenstein
En un atardecer de primavera la Rue de l’Odéon deja de parecer una calle.
Demasiado estrecha para una calle normal, parece más bien el largo pasillo de una pensión familiar.
Y las puertas de las tiendas son las puertas de las habitaciones amuebladas.
Un extremo de la calle va a dar a un salón; el otro, a una cocina.
La calma es lo que crea tal...




