Montalvo | La fosa | E-Book | www.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, 552 Seiten

Reihe: unnumerated

Montalvo La fosa


1. Auflage 2021
ISBN: 978-84-350-4815-6
Verlag: EDHASA
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

E-Book, Spanisch, 552 Seiten

Reihe: unnumerated

ISBN: 978-84-350-4815-6
Verlag: EDHASA
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)



Ya ha comenzado la excavación de la fosa. Está junto al cementerio, en Castillejos de la Sierra, Sevilla. Y a la exhumación se suma Mar Torralba, una reconocida y reputada antropóloga forense. Llega al pueblo acompañada de su sobrino Dani, mudo desde que, hace poco, su madre ha sido asesinada a manos de su padre. Mar está dispuesta a recuperar todos aquellos cuerpos que allí yacen sepultados. Represaliados del franquismo en 1940. Pero hay más, porque un terrible y oscuro secreto se encuentra escondido en la fosa común: uno de los cadáveres muestra signos de asesinato, de una muerte distinta. A partir de ahí, Mar y su familia se verán envueltos en un vertiginoso proceso de investigación que dejará al descubierto hechos del pasado que alguien se esforzó porque quedaran siempre bajo tierra. Mientras tanto, en el centro del vórtice, quedarán Dani y su oscuro secreto... Pasado y presente, historia hecha real y sentimientos se entremezclan en esta novela de Lola Montalvo. Con trazos rápidos y precisos, en una escritura envolvente, La fosa nos transporta a esos momentos vividos que nunca podremos olvidar.

Lola Montalvo nació en Madrid, pero vive en Andalucía, y desde hace ya más de veinte años se gana la vida como enfermera. Es diplomada en Enfermería, licenciada en Geografía e Historia y en Historia Antigua y máster en Ciencias Forenses y Derecho Sanitario. Ha ganado varios certámenes literarios, lo que la animó a adentrarse en la escritura. Su última novela, Historia de una enfermera (Ediciones B, 2017) la alzó al éxito de lectores y crítica.
Montalvo La fosa jetzt bestellen!

Autoren/Hrsg.


Weitere Infos & Material


Prólogo

Marzo, año 1940

El camión enfiló el camino del cementerio. La luz de los faros horadaba la negrura descubriendo a su paso un millar de insectos enloquecidos por tan inesperada claridad. Las ruedas crujían en la gravilla y varias chinas saltaron por el aire hasta los pantalones raídos del enterrador y del niño, padre e hijo, que esperaban junto al muro. Varios hombres, sentados de cualquier manera en el cajón y bamboleándose al ritmo del destartalado vaivén del vehículo, conformaban la carga del camión. Sus rostros, con los ojos vendados, mostraban una enorme ansiedad; a cada sonido nuevo, las caras giraban a un lado y otro, intentando adelantarse a lo inevitable, las bocas abiertas arañando un aire que se negaba a entrar en sus pechos aterrados. Esa tranquila noche de marzo, esa noche sin luna, iba a ser la última para ellos. Los frenos chirriaron. El camión se detuvo, y las luces enfocaron el muro que delimitaba el camposanto, mostrando en su superficie los orificios de bala que acribillaban sus ladrillos y los salpicones de sangre seca que menudeaban en la rugosa superficie.

El enterrador tomó por un hombro al niño y, sin decirle nada, lo empujó a un lado para no entorpecer a los milicianos nacionales, tres en total, que bajaron de la cabina, carabinas en mano, y obligaron a descender, entre empujones y risas de burla, a los pobres desgraciados. Los que iban a fusilar. Ocho hombres de diversa complexión y estatura, vestidos con pantalones raídos y camisas de trabajo desgarradas. Cuando estuvieron frente a los faros del vehículo, el enterrador pudo constatar que ninguno tendría más de veinte o veintitrés años. Aparte de vendarles los ojos, les habían amarrado las manos a la espalda y les habían atado cuerdas en los tobillos lo suficientemente holgadas como para dejarles caminar, pero no tanto como para permitirles correr. No iban a tener escapatoria alguna. Entre las carcajadas de los milicianos se escuchó el gimoteo de uno de los condenados, que sólo obtuvo como respuesta un fuerte golpe con la culata de la carabina entre los omóplatos. El hombre cayó al suelo de rodillas.

–¡Miguel, hombre, no lo mates antes de tiempo! –exclamó el que parecía tener el mando, al que llamaban el «Capitán», mientras se acercaba al hombre, que daba bocanadas de aire para poder respirar entre el llanto, ya incontrolable, y el intenso dolor devenido con el golpe. Lo ayudó a levantarse cogiéndolo por un brazo y lo empujó hacia los otros–. Venga, chaval –le dijo casi con amabilidad–, esto pronto va a acabar.

Los tres milicianos dispusieron entonces a los hombres en fila, uno al lado del otro, ante el muro del cementerio, frente a una enorme zanja de algo más de un metro y medio de profundidad; la tierra del fondo parecía removida, como si la hubieran utilizado recientemente, aunque en realidad no era así: desde la última saca habían pasado algunos meses, y ellos serían los últimos en ocupar la fosa común. Los milicianos se situaron frente a los hombres ya en fila, de espaldas a los faros del camión, para que su fuerte luz les iluminara la tarea que se disponían a llevar a cabo. Tomaron sus armas, separaron las piernas para buscar apoyo y apuntaron.

El niño y el enterrador se encontraban a un lado, cerca de los milicianos, aunque a suficiente distancia como para que no les alcanzara una bala perdida. El pequeño miró a su padre y lo vio sonreír. Tres de los ocho hombres ya lloraban ante su pelotón y movían los labios en una más que probable oración buscando consuelo. E intenso frío de la noche les sacaba grandes vaharadas de sus bocas, al ritmo intenso del terror, que ya los dominaba y hacía temblar sus cuerpos de forma descontrolada. De repente, los otros cinco lanzaron al cielo gritos de «¡Viva la República!». Pronto fueron silenciados por los disparos de las carabinas, cuyos mortales impactos retorcieron sus cuerpos en un baile grotesco antes de caer al suelo sin vida. Los milicianos dispararon con una pericia nada habitual, y en un par de barridas acabaron con la cuestión. El niño apartó, entonces, los ojos de su padre, que en ningún momento había dejado de sonreír satisfecho, y los dirigió con aprensión al grupo de cuerpos que conformaban un amasijo de sangre y carne pálida, incluso de excrementos, al tiempo que el que se llamaba Miguel sacaba una pistola de su cinto y le propinaba a cada uno un tiro de gracia en la cabeza. Tras el último disparo, el silencio se adueñó del lugar. Un silencio extraño, vacío, opresivo.

–¡Ea, Sebastián –dijo el Capitán dirigiéndose al enterrador, al tiempo que los otros dos milicianos tomaban las carabinas y se metían en la cabina del camión–, ahí te queda eso! En cuanto termines, tú y el chaval os pasáis por la cantina y os tomáis un orujo de mi parte, que os lo habéis ganado.

–¡Como usted ordene, señor! –replicó Sebastián, al tiempo que se quitaba la raída boina y la apretaba entre sus dedos–. Esto estará listo en un santiamén. El niño resulta de gran ayuda para lo chico que es.

El niño miró al jefe de la milicia nacional con gesto serio. Aún le retumbaban en los oídos los disparos. Conocía a dos de ellos; eran del pueblo: Andrés y Luis, los hijos de Manuel, el que un día ya lejano fuera el cartero del pueblo y que tuvo el dudoso honor de ser uno de los primeros, tres años atrás, a los que le dieron «el paseíllo» por apoyar al gobierno de la República, por ser de la UGT y cantarlo a los cuatro vientos. Sus hijos habían corrido la misma suerte, y de nada les había servido esconderse en los montes durante todo ese tiempo. A los otros seis ajusticiados debían de haberlos traído de las aldeas de alrededor, o quizá los habrían apresado en la sierra, donde aún se escondían bastantes rojos, último rescoldo de una más que inútil resistencia a la autoridad impuesta tras el fin de la guerra.

El camión arrancó, reculó unos metros dibujando un arco con sus ruedas en la arena suelta y se fue por el mismo camino por el que había venido, dejando tras de sí una densa nube de humo maloliente, polvo y una espesa oscuridad.

Sebastián se acercó al muro canturreando una canción. Cogió dos palas, que descansaban en el suelo junto a un par de lámparas de queroseno encendidas, que también tomó, y se acercó a la fosa.

–¡Venga, hijo, que como tardemos mucho se nos echará el relente encima! –llamó al muchacho.

Entre los dos empujaron y arrastraron al foso a tres de los cadáveres que no habían caído dentro. Los cuerpos impactaron en la tierra del fondo de la zanja con un ruido sordo y desolador. El niño apretó los labios, venciendo a duras penas las ganas de llorar al posar las manos sobre los cuerpos aún calientes. No se acostumbraba, no lo conseguiría nunca, y mira que había ayudado ya veces a su padre. Cuando estuvieron todos en la fosa, Sebastián le tendió una pala al niño al tiempo que le dedicaba una enorme sonrisa.

–Este trabajito extra nos viene de perlas, hijo. Nos darán vales para alimentos. Si las sacas se repiten a este ritmo, no pasaremos penurias. La pena es que los rojos y los gilipollas se están acabando, ya no los pillan como antes –rio por lo bajo. Dejó de echar tierra, se quitó la boina y se pasó la mano por el cabello–. Es bueno estar arrimado a los ganadores. Las ideas en estos tiempos no sirven para nada ni apaciguan el hambre. –El hombre se caló nuevamente la boina y susurró–: Las cosas nos van bien así. Esta noche lo celebraremos, tú y yo.

El niño lo miró fijamente mientras levantaba la pala en aparente gesto de seguir trabajando. Sebastián se pasó la lengua por los labios y le guiñó un ojo, gesto cómplice al que el pequeño respondió con una mueca de evidente asco y que le hizo parecer mucho mayor de los poco más de seis años que tenía. Era muy alto para su edad, y el constante trabajo físico le había ampliado las espaldas y encallecido las manos. Pero su rostro seguía siendo el de un niño. Un niño con gesto de viejo.

Sin decir nada, volvió a mirar a su padre, que chasqueó la lengua satisfecho con sus propios planes y se encorvó nuevamente sobre la tierra, dura y seca por el frío. En cuanto Sebastián bajó la cabeza y elevó la pala, el muchacho alzó la suya y la dejó caer con todas sus fuerzas sobre los hombros y el cuello de su padre, quien, con un quejido de sorpresa y dolor a partes iguales, cayó sobre la fría arena, entre las piernas de los fusilados. Sin dar tregua alguna, el niño movió una vez más la pala y la giró entre sus manos, de tal forma que impactó sobre la cabeza de Sebastián. El borde de hierro actuó como un cuchillo y le abrió una enorme brecha en el cuero cabelludo. El hombre empezó a bramar y a farfullar una maldición, como si de un animal salvaje se tratara, al tiempo que intentaba levantarse afianzando los pies en el suelo irregular, pero la pala cayó de nuevo sobre su cabeza, esta vez en la frente, haciéndolo caer hacia atrás, desmadejado y medio inconsciente. El niño tomó aire con enorme esfuerzo, de resultas de lo cual un gemido gutural brotó de su garganta, casi un gruñido. Elevó nuevamente la pala y golpeó una vez y después otra.

Sebastián ya no se movía. Estaba boca abajo, con la cara en la tierra. El niño se agachó y, tirándole del cabello, le giró el rostro para poder verlo mejor. Escupió.

–¡Hoy no celebramos nada, cabrón! ¡Tú te vas a quedar aquí! –le susurró con rabia.

Lo soltó de nuevo y le asestó un último golpe con la pala, que impactó sobre el cuerpo como sin ganas.

El niño se dejó caer de rodillas...



Ihre Fragen, Wünsche oder Anmerkungen
Vorname*
Nachname*
Ihre E-Mail-Adresse*
Kundennr.
Ihre Nachricht*
Lediglich mit * gekennzeichnete Felder sind Pflichtfelder.
Wenn Sie die im Kontaktformular eingegebenen Daten durch Klick auf den nachfolgenden Button übersenden, erklären Sie sich damit einverstanden, dass wir Ihr Angaben für die Beantwortung Ihrer Anfrage verwenden. Selbstverständlich werden Ihre Daten vertraulich behandelt und nicht an Dritte weitergegeben. Sie können der Verwendung Ihrer Daten jederzeit widersprechen. Das Datenhandling bei Sack Fachmedien erklären wir Ihnen in unserer Datenschutzerklärung.