Montesinos | Melancolía y suicidios literarios | E-Book | www.sack.de
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E-Book, Spanisch, Band 17, 120 Seiten

Reihe: Señales

Montesinos Melancolía y suicidios literarios

De Aristóteles a Alejandra Pizarnik
1. Auflage 2016
ISBN: 978-84-16247-30-1
Verlag: Fórcola Ediciones, S.L.
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

De Aristóteles a Alejandra Pizarnik

E-Book, Spanisch, Band 17, 120 Seiten

Reihe: Señales

ISBN: 978-84-16247-30-1
Verlag: Fórcola Ediciones, S.L.
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark



En Melancolía y suicidios literarios Toni Montesinos rastrea los caminos que a lo largo de la historia comunican la reflexión sobre el suicidio con las decisiones finales de aquellos escritores, filósofos y artistas que llevaron aquella idea a término. Más allá del estereotipo sociológico o psicológico, este libro aborda desde el campo de la literatura el estudio de la pareja 'suicidio-melancolía', que tras un largo noviazgo de siglos, adquiere una presencia realmente desorbitada en el siglo XX, en el que proliferó de manera apabullante, oculta tras tecnicismos y enterrada bajo la sombra de la incomprensión. Su temperamento melancólico hace al suicida víctima de la bilis negra, lo cual, como sabemos desde Aristóteles, no le convierte necesariamente en un enfermo, pero sí le condena a una cierta propensión a la enfermedad que los modernos conocemos como depresión. Por culpa de la bilis negra, uno de los cuatro humores clásicos, el suicida no tolera la sobriedad fría de la vida, y la melancolía le convierte en un ser excepcional que, según Platón, lo emparenta con héroes trágicos como Áyax o Heracles. Como hijo de Saturno, el melancólico-suicida está relacionado con el geómetra, el que domina 'el arte de la medida', la ciencia del peso y del número, y en definitiva, de la sabiduría y la escritura. Él posee las llaves, el poder del artista, y preso del taedium vitae, decide interrumpir el orden. Hijos de Saturno fueron Antístenes, Diógenes de Sínope, Zenón de Citio, Empédocles, Epicuro o Séneca, en la Antigüedad. El Romanticismo y el joven Werther hicieron suicidas a Karoline von Günderode, Alfred de Musset, Sophie Risteau, Camilo Castelo Branco, Mariano José de Larra, Antero de Quental o lord Robert Castlereagh. Finalmente, el siglo xx nos ha traído los suicidios de Ernest Hemingway, Virginia Woolf, Arthur Koestler, Cesare Pavese, Primo Levi, Stefan Zweig, Walter Benjamin o Alejandra Pizarnik.

Toni Montesinos Gilbert (Barcelona, 1972) es crítico literario del periódico La Razón y colaborador de la revista Clarín. Es autor de las novelas Solos en los bares de la noche (2002) y Hildur (2009), y del libro misceláneo El gran impaciente. Suicidio literario y filosófico (2005). Ha publicado los libros de poesía: El atlas de la memoria (1998), Labor de melancoholismo (2000), La ciudad gris (2001), La muerte escondida (2004), Sin (2010) y Diario del poeta isleño (2013). Ha recogido sus ensayos de poesía y narrativa, respectivamente, en Experiencia y memoria (2006) y Desarticulación (2009), los de cine en Que todo en la vida es cine (2013) y los de índole narrativo-americana en La pasión incontenible (2013). A estos se añade La resistencia del ideal. Ensayos literarios 1993-2013 (2014). Además, ha reunido sus poemas y crónicas neoyorquinas en Escenas de la catástrofe (2010) y editado a Ángel Crespo, José Balza, Horacio Quiroga, Benito Pérez Galdós, Luis Rogelio Nogueras, Jaime Quezada y José Antonio Ramos Sucre.
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introducción a la «nebulosa» del suicidio


No debe de ser una casualidad el hecho de que Francia2, uno de los países que más casos ve al año de suicidios, haya aportado al mundo un variopinto caudal de investigaciones que marcan un punto de inflexión en este campo: por un lado, a finales del siglo xix, Durkheim emprende la redacción del fruto de sus abundantes pesquisas sociológico-suicidas y publica El suicidio. Estudio de sociología. Por el otro, cabe remarcar que la suicidiología es una ciencia reconocida por la Academia de Medicina gala desde 1985. En todo ese tiempo, entre un momento y otro, a lo largo de un siglo xx cargado de guerras, éxodos y represiones, del diagnóstico de nuevas enfermedades mentales y los avances –si bien aún limitados– en materia de depresión, la estadística de suicidios se ha disparado hasta alcanzar una cantidad extraordinariamente elevada. También entre los artistas escritores, y en un considerable número por razones que, por decirlo à la Durkheim, se basarían en la no pertenencia a la sociedad, en la incomprensión por parte del entorno de un alma sensible y extraña, en la incomodidad de no saber adaptarse, pues, aunque el investigador francés entendía el suicidio como un mal que se gesta de manera íntima, otorgaba una gran importancia a las circunstancias sociales, que serían las que a la postre arrastrarían al individuo hasta el fatal desenlace: es decir, que el hecho de ser o no ser admitido en el ambiente del propio grupo, clan, tribu, pueblo o ciudad constituía, bajo su prisma, el factor determinante del suicidio.

Y sin embargo, pese a la gran cantidad de posibles agrupaciones en torno a la estadística suicida y más allá de toda visión clínico-objetivista, el misterio de los motivos –si éstos son sustancialmente diferentes– de los suicidas que, además, son escritores, filósofos o artistas permanece oculto en cada cadáver, según la opinión del psiquiatra Luis Rojas Marcos: «A pesar de los avances en nuestro conocimiento de las motivaciones que guían el comportamiento humano, todavía resulta difícil explicar el suicidio. Una razón bastante obvia es que no podemos examinar directamente lo que pasa en la mente atormentada de los suicidas consumados. Dependemos casi siempre de conjeturas sobre sus vidas pasadas».

Según los estudios suicidiológicos, los escritores son de diez a veinte veces más propensos que otras personas a sufrir enfermedades maniacodepresivas o depresivas, lo que les puede conducir a menudo al suicidio. El asunto se vuelve más perentorio si el escribiente cultiva la poesía3, género que deja aflorar como ningún otro las complejas impresiones que pueden provocar la tristeza, la soledad o el dolor intensos. Otra especialista en medicina, Isabel Cristina Pires, en su ponencia «Dolencia afectiva y creatividad», donde estudia el elevado número de suicidios entre escritores y pintores lusos –Unamuno dejó dicho: «Portugal es un pueblo de suicidas»–, no hace sino corroborar la sospecha de que las vivencias angustiosas se reflejan en muchas manifestaciones artísticas, y se fija, asimismo, en algo que parece paradójico:

¿Es la creatividad una reconstrucción de la realidad en la que el creador escoge libremente las piezas de su puzle, exigiendo para ello plena integridad del pensamiento, o por el contrario, el pensamiento psicopatológico está empobrecido y perturbado por la dolencia mental, haciendo evidente la asociación entre patología mental y creatividad? ¿Será verdadero el viejo mito de que el artista es un loco? Pero cuando hablamos de dolencia mental, ¿a qué nos estamos refiriendo? ¿Y de qué manera podrá influir esa patología en la creación artística?4

A tantas incertidumbres sobre el gesto suicida, y parafraseando a William Shakespeare, se añaden preguntas, preguntas, preguntas. Todas sin respuesta objetiva a no ser que confiemos en la observación médica de que los escritores tienen una mayor dolencia afectivo-depresiva, sobre todo bipolar, así como una tendencia mayor a la melancolía e incluso al alcoholismo. Y es que, en ciertas ocasiones, el instinto de matarse subyace de modo innato: «El suicida nace muerto a la vida, con esa muerte trágica esperándole en alguna parte de su rutina, aguardándole paciente y silenciosa como una loba para llevarse lo que es suyo», escribe Andrés Trapiello en un artículo sobre el suicidio de una joven escultora enamorada de Juan Ramón Jiménez.

Con todo, las excusas para matarse, por muy visibles y precisas que sean, siempre aceptan «una interpretación nebulosa», como apunta el suicida Primo Levi en Los hundidos y los salvados (1989) al recordar el suicidio del filósofo Jean Améry, víctima del acoso nazi y defensor de la muerte voluntaria como máxima libertad de expresión humana. «En efecto, la cuestión no es por qué me mataré, sino por qué no matarme», dirá el protagonista de Los suicidas (1969), del argentino Antonio di Benedetto, sintetizando a la perfección el derecho privado de sentir el desconcierto de la vida y buscar consuelo en el pensamiento de una defunción prevista, aunque sólo se produzca soñando: «El sueño del propio suicidio es raro, puede simbolizar la necesidad de suprimir una zona de la propia personalidad. Inversamente, el acto de destruir un objeto con el que alguien se haya identificado profundamente, puede ser símbolo de un anhelo latente de suicidio», afirma Juan Eduardo Cirlot, que desde su Diccionario de símbolos (1958) arroja algo de luz metafórica: «El suicidio, desde el ángulo tradicional, es el máximo crimen por destruir el “soporte de la evolución” que es la propia vida. Desde la concepción hinduista y, generalizando más, en todo pampsiquismo, es un acto enteramente inútil pues suprime sólo el aspecto exterior, un ente (que no es el ser, sino una manifestación de él)». Con fe o sin ella, establecidos en una u otra religión, sugestionados por las costumbres sociales a favor o en contra del propio homicidio, habremos de creer en la premisa más simple –la cual con el tiempo se ha hecho cada vez más célebre, pese a su simplicidad–, la expuesta al inicio de «Lo absurdo y el suicidio», el primer capítulo de El mito de Sísifo (1942), un breve ensayo de Albert Camus que empieza de la siguiente manera: «No hay sino un problema filosófico realmente serio: el suicidio. Juzgar que la vida vale o no la pena de ser vivida equivale a responder a la cuestión fundamental de la filosofía».

Camus aborda el problema filosófico y en ello se desmarca notablemente del componente social de Durkheim, centrándose en la relación que hay entre pensamiento individual y suicidio, un gesto este que «se prepara en el silencio del corazón, lo mismo que una gran obra. El mismo hombre lo ignora. Y una noche, dispara o se arroja al vacío». El autor, además de incluir en su trabajo asuntos harto elementales –«Hay muchas causas para un suicidio y, de forma general, no siempre las más aparentes son las más eficaces»; «Raramente nos suicidamos por reflexión (aunque no haya de excluirse la hipótesis)»–, introduce un aspecto capital a la hora de considerar la ejecución suicida, con frecuencia de tintes espasmódicos, esto es, el desencadenante incontrolable de la crisis violenta: «Los periódicos suelen hablar de “íntima congoja” o de “enfermedad incurable”. Estas explicaciones son válidas. Pero habría que saber si ese mismo día un amigo del desesperado le habló en un tono indiferente. Él sería el culpable. Pues eso puede bastar para precipitar todos los rencores y todas las lasitudes todavía en suspensión». Tal cosa es lo que le ocurrió, en el año 347 a. C., a los 46 años, al filósofo griego Espeusipo, sobrino de Platón –a quien sucedió en la dirección de la Academia–, que se envenenó en Atenas un día en que, montado en una litera y muy enfermo, se cruzó con Diógenes y éste le dirigió un comentario que precipitó su acto suicida.

En realidad, el valor emocional del suicidio, llevado a la desmesura en el siglo xx, es solamente un pequeño aspecto de la actitud suicida a lo largo de la historia. Por otra parte, casi toda la tipología de suicidios y sus reflexiones subsiguientes la hallamos representada en múltiples ejemplos de la Antigüedad grecolatina, dirigidos en muchas ocasiones a desdramatizar la «vulgaridad» de morirse, pues, como repetía Camilo José Cela pocos meses antes de fallecer, es lo único que ha hecho la humanidad entera desde el inicio de los tiempos5. Cicerón ya lo dijo en las Disputaciones tusculanas (años 44-45 a. C.): «¿De qué modo o por qué razón consideras la muerte un mal cuando nos otorga la felicidad, suponiendo que el alma sobreviva, o nos libra de nuestras miserias, si es que nos priva de toda sensación?»6.

Este ánimo de contención que, en el siglo pasado, retomarán mentes de una privilegiada serenidad como la del austríaco Stefan Zweig, sería expuesto, con mayor claridad y sin la grandilocuencia metafísica de algunos predecesores griegos, por dos escritores latinos: el suicida filósofo cordobés Séneca y el emperador romano Marco Aurelio. El primero proyectaba un alivio esperanzador en Consolación a Marcia (alrededor del año 40) por la pérdida del hijo de ésta: «Piensa cuánto bien comporta una muerte oportuna, a cuántos le ha perjudicado el haber vivido demasiado tiempo»; e insistía, en las Epístolas morales pensadas para su...



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