Morúa | La familia Unzúazu | E-Book | www.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, Band 153, 182 Seiten

Reihe: Narrativa

Morúa La familia Unzúazu


1. Auflage 2010
ISBN: 978-84-9953-207-3
Verlag: Linkgua
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

E-Book, Spanisch, Band 153, 182 Seiten

Reihe: Narrativa

ISBN: 978-84-9953-207-3
Verlag: Linkgua
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)



La familia Unzúazu es, junto a Sofía, parte de la serie de novelas que Martín Morúa quiso presentar como cuadros sociales de la vida cubana. Según sus propias palabras la serie titulada Cosas de mi tierra 'resultará estrechamente entrelazada; pero esto, respecto de un volumen a otro, no significará continuación por necesidad. Cada tomo será una novela completa, independiente cada obra, sin perjuicio, no obstante, de que los personajes pendientes de solución en una, pasen a desenvolverse en otra, y aun los de relativa importancia en la anterior, lleguen a ser los caracteres más salientes de la composición inmediata'. En La familia Unzúazu, Liberato, un esclavo, y su dueña remueven las relaciones sociales en una escena violenta y extática: 'Un movimiento que ahora hizo Ana María descubrióle, caída la blanca media hasta el tobillo, el desnudo y torneado nacimiento de la pierna. Liberato sintió como una vaporosa nube que le cegaba. Sin ánimo para resistir la propulsiva fuerza que le impelía, extendió el brazo palpando suavemente aquellas carnes tentadoras... y esto fue ya más de la medida. Extremecióle un punzante calofrío que le erizó todo el cuerpo, al contacto de la piel sedosa y tibia de su ama, y más enajenado que consciente de sus actos, cayó enardecido sobre la beldad reverenciada, y estrechándola convulso entre sus brazos sació con encarnizamiento el apetito brutal no sospechado, que tan súbita y bestialmente se manifestaba. El frenesí del bárbaro no encontraba oposición por parte de la víctima, y esto debió excitar su torpe sensualismo, hasta que, finalmente rendido en su locura, sin alientos quedó como fundido sobre la pequeña alfombra y abrazado al cuerpo de su ama.' Y este clímax tiene como trasfondo la Cuba del siglo XIX y el ambiente de los ñáñigos, libertos africanos que practicaban un código ético basado en ritos ancestrales.

Martín Morúa Delgado (1857-1910) Cuba. Hijo de padre español y madre negra, ex esclava, tuvo una formación autodidacta y múltiples ocupaciones, desde dependiente de una tabaquería hasta traductor literario. Fundó varias publicaciones periódicas y colaboró en otras, en Cuba y Estados Unidos, donde vivió tras ser acusado de colaborar con los independentistas, en 1881. Conspiró con los revolucionarios del exilio cubano, durante un breve tiempo fue autonomista, y volvió a Cuba en una expedición en 1898. En la República llegó a ser senador. Sus novelas Sofía y La familia Unzúazu, se encuentran entre lo más representativo de su producción literaria.
Morúa La familia Unzúazu jetzt bestellen!

Autoren/Hrsg.


Weitere Infos & Material


SEGUNDA PARTE


I


En grande confusión veíase la viuda de Nudoso, puesto que no quería volver al ingenio, porque cada día sentía crecer más su aversión contra su hermana Magdalena, mientras por otro lado no podía dejar allí a ésta sin detrimento de la pública reputación de la familia.

No era la primera vez que por su voluntarioso temperamento de criolla acaudalada veíase compelida a contrariar por sí misma sus propósitos; pero nunca se había dado tan exacta cuenta de ello como ahora que habiendo colocado a la bella Julita en el más acreditado colegio de la ciudad, advocado por una conocida comunidad religiosa, hallábase solitaria en aquel caserón que parecía más grande y sombrío con sólo unos cuantos criados los más indispensables, al servicio de la señora.

María de Jesús se había quedado con Malenita en el campo, y la estancia de ésta allí debía prolongarse por más tiempo aún, según infería la viuda. Pero ¿cómo presentaría ésta las cosas para justificar la ausencia de Malenita, mientras ella permanecía en Belmiranda? Ya no le quedaba el recurso de la prisión de Federico. Días hacía que se hallaba en libertad, y por cierto que él y el tal Perecito se habían portado como «dos bandidos de levita».

Previendo el monto que de sus emolumentos le presentara el doctor Jústiz, había procurado Ana María investigar respecto de la solvencia de Fico. ¿Solvencia? Su primera comida fuera de la cárcel la hizo con su hermana. Acompañábale su amigo Perecito, que como él había sido puesto en libertad; y no bien se hubieron levantado de la mesa cuando con toda la formalidad del caso le tiró Fico a la viuda un «cuerazo» de 500 pesos, «hasta que se normalizaran sus negocios», los cuales decía el mozo se hallaban algo descuidados «a causa de aquella prisión»: Pero Ana María, con sin igual listeza, desvió la bolsa, se plantó en firme, y quitándole un cero a la cifra la dejó en cincuenta. Arreció Federico en el ataque en pro de «su objetivo», pero esto mismo hizo que su hermana pusiera término a la lucha, diciéndole:

—Mira, Fico, yo sé bien lo que son esos negocios que tú te traes. De sobra tendrán tus amigos con 500 pesos; y tú no vuelvas por más, porque harto me ha de costar el haberte sacado de esa dichosa prisión.

Y no cedió un punto.

No había vuelto a tener noticias de su atolondrado hermano desde que, guardando con desdeñoso gesto los diez flamantes isabelinos, saliera de la casa aquel día, seguido de su amigo, el cual se despidió de la señora con la más exquisita cortesía.

Preocupada estaba ahora la viuda, y con la sangre envenenada por las mofetas que de sus pasiones nacían, cuando recibió una carta que le había traído el correo. Era de Malenita. «Estoy muy mala» —decía—. «Complica mis sufrimientos la presencia de Fico en ésta, con ese Perecito que debe ser un castigo del cielo o del infierno. Si no vienes enseguida mandaré a buscar al doctor Alvarado.»

Sí ¿hé? —dijo Ana María sonriendo diabólicamente—. Ya no me mirarás con aquel desdén supremo que te sugería tu desvergüenza. ¡Estúpida!... ¿No has querido interponerte en mi camino?... ¡ah, yo te aseguro que si no fuera por el buen nombre de la familia!... Pero una por una he de cobrármelas todas, todas, y con creces... ¡No digo yo!... Pero ¿qué habrán ido a buscar allá esos enemigos del alma?...

Y como lo demandaba la carta, enseguida dio órdenes a Liberato de disponerlo todo para volverse al ingenio; y al día siguiente quedaban de nuevo solos en la casa la anciana Malo y el portero Galaico.

En el apeadero de la finca encontró Ana María a Federico y a Perecito. ¡Qué solícito el hermano! Y su amigo ¡qué modoso y deferente con la hermosa viuda, la cual estaba más interesante que nunca al ostentar la blancura mate de sus carnes de mujer bien hecha, cuya palidez resaltaba al contrastar con lo negro de su traje!

Allá en la casa de vivienda se hallaba Magdalena, recluida a su aposento, con unos dolores que desde la madrugada le acometían con terrible fuerza. ¿Qué había pasado? Nada; infamias de Fico. La había acosado; la había amenazado con «divulgar sin deshonra» si no le daba dinero. Ya decía francamente que había jugado su herencia y la había perdido. No quería consejos, había dicho; lo que necesitaba era dinero. Cinco mil pesos le exigía a Malenita «para tolerar el deshonor» del nacimiento de su hijo; a reserva de averiguar quién era el padre de la criatura para entenderse con él.

—¡Ah! ¿Con el duque incógnito? —dijo con acerada ironía la viuda—. ¿Y qué habría de hacer; matarle, o pedirle dinero?

Magdalena no contestó. Lloraba. Un fuerte dolor que venía conteniendo se le hizo más agudo, insoportable, al extremo de arrancarle un quejido tan reconcentrado que parecía una maldición. Revolvióse en el mecedorcito en que se hallaba sentada, y tal fue la impetuosidad del movimiento que, faltándole apoyo, resbaló cayendo al suelo y retorciéndose desesperadamente. Acudió presurosa María de Jesús, que no se apartaba mucho de su joven ama desde que ésta le comunicara su estado y demandara suplicante su auxilio. Otro nuevo grito de la doliente fue a poco secundado por el llanto de la criatura que acababa de nacer.

Ocupábase Ana María, con la mayor indiferencia en favorecer a la parturienta, que había quedado sin sentido. Marta de Jesús atendía en el cuarto contiguo a la recién nacida. Y cuando vio vestidito al pimpollo aquel que parecía traer a la vida un copioso contingente de salud, no pudo menos de pensar en que era muy linda, que se parecía mucho a su madre, no obstante ser «la cara mismitica de su padre».

Y dándole un beso en la sonrosada manita que tenía la niña descansada en sus enrojecidos mofletes, la arropó y se dirigió con ella al aposento en que se hallaban Malenita y la viuda.

—¡Nada tienes que hacer aquí! Cuida a esa criatura y no te muevas de ese cuarto hasta que yo te lo mande. ¿Lo has oído?...

Parecía una de las Furias escapada del grupo. Con una contracción que daba a su rostro las duras líneas opresivas del mayor grado de crueldad a que puede llevar al individuo la obsesión del odio, quedóse contemplando a su hermana que, desfallecida aún, se hallaba tendida sobre la alfombra entre la cama y la «comadrita» en que había estado sentada.

La joven dio un profundo suspiro, e incorporándose dirigió a la viuda y luego en derredor suyo una ansiosa mirada de interrogación. Ana María, de pie en el cuarto de la estancia, tan pronto lo vio moverse con algún juicio volvióle la espalda, encaminándose hacia la puerta.

—Nanía... ¡Nanía...! —llamó doloridamente la enferma. Pero la contestación fue un violento portazo que dio al salir la inexorable viuda.

Magdalena cayó nuevamente sobre la alfombra con un sincope tremendo. María de Jesús, que había estado escuchando cuanto allí ocurría, al oír el golpe de la puerta y la pesada caída de la extenuada joven, entreabrió con cautela la mampara que comunicaba con aquel aposento, y viendo que no estaba en él Ana María, entró apresuradamente acudiendo en auxilio de Malenita. Intentó levantarla, pero no pudo; y cuando vacilaba y casi decidíase a mojarle el rostro con agua o con alguna esencia, volvió en sí la joven. Miróla un momento con fijeza, bien por efecto del desvanecimiento sufrido, o tal vez para asegurarse de la actitud de la negrita. La cual actitud debió estimarla favorable Magdalena, puesto que un instante después abrazaba en cuanto le era posible a la criada, que se había inclinado de rodillas hacia ella; y a viva lágrima lloraron las dos así estrechadas, seguramente sin conciencia en aquel instante de que eran ama y esclava.

María de Jesús se desprendió de Magdalena, y haciéndole señas para que guardara silencio entró en el cuarto, saliendo al momento con la niña en brazos.

Como una loca se levantó al verla Malenita, que antes no tenía fuerza para nada.

—¡Ah! —exclamó—. ¡Creí que me lo habían matado!...

Y sin reparar en que estaba dormida la criaturita quiso apoderarse de ella al tiempo mismo que la besaba tan repetidamente y con tal exaltación que la criada temió por la razón de la enferma, tanto por lo menos cuanto temía los furores de Ana María, si llegaba a sorprenderla allí.

II


En aquellos momentos estaba la señora en lo más culminante de su agitada conferencia con su hermano.

—¡Sí —decíale con creciente enojo—; ella es culpable, sin duda; pero tú, tú eres un infame, Federico!

—Dime lo que quieras —replicó Federico—; pero no olvides que no debo ser tan malo cuando nada te he dicho aún de Gonzaga...

—¡De Gonzaga! ¿Y qué tienes tú que decirme de Gonzaga?

—Nada que no fuera para conservar «el buen nombre de la familia», del cual eres tan celosa cuando se trata de los otros...

—¡Ah! ¿También para mí tienes inculpaciones?...

—¿Yo? No. Sólo te insinúo lo que es del dominio de la sociedad entera. ¡Y poco que se ha hablado de la intimidad de ustedes durante esa administración que todos han tomado por un pretexto!...

—¡Miren!... ¿Con que se ha hablado mucho?, ¿hé?... ¡Miserables!... ¿Y qué piensas tú que se me da a mí de todo eso?...

—¡Oh! nada; ¡ya lo sé! Y haces bien; pero aún así debiera ser esto un aviso y un motivo para que estrechásemos nuestras relaciones de familia. He pensado que no debo permanecer separado de ustedes, y ocuparé nuevamente mis habitaciones en casa... Bien mirado, nadie atenderá mejor que yo tus...



Ihre Fragen, Wünsche oder Anmerkungen
Vorname*
Nachname*
Ihre E-Mail-Adresse*
Kundennr.
Ihre Nachricht*
Lediglich mit * gekennzeichnete Felder sind Pflichtfelder.
Wenn Sie die im Kontaktformular eingegebenen Daten durch Klick auf den nachfolgenden Button übersenden, erklären Sie sich damit einverstanden, dass wir Ihr Angaben für die Beantwortung Ihrer Anfrage verwenden. Selbstverständlich werden Ihre Daten vertraulich behandelt und nicht an Dritte weitergegeben. Sie können der Verwendung Ihrer Daten jederzeit widersprechen. Das Datenhandling bei Sack Fachmedien erklären wir Ihnen in unserer Datenschutzerklärung.