Morúa | Sofía | E-Book | www.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, Band 154, 158 Seiten

Reihe: Narrativa

Morúa Sofía


1. Auflage 2012
ISBN: 978-84-9953-454-1
Verlag: Linkgua
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

E-Book, Spanisch, Band 154, 158 Seiten

Reihe: Narrativa

ISBN: 978-84-9953-454-1
Verlag: Linkgua
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Sofía es el primer volumen de la serie de cuadros sociales que, copiados del natural de la vida cubana, me propongo ofrecer a la respetable consideración de aquellos que me honren leyéndolos. He titulado Cosas de mi tierra la proyectada serie, porque, en realidad, aquéllas han de constituir el asunto de los trabajos que a Sofía seguirán -si a ello contribuye la protección que al volumen inaugural dispense el público lector, que, por cierto, ha de ser el colaborador imprescindible en este empeño crítico-social-. La serie resultará estrechamente entrelazada; pero esto, respecto de un volumen a otro, no significará continuación por necesidad. Cada tomo será una novela completa, independiente cada obra, sin perjuicio, no obstante, de que los personajes pendientes de solución en una, pasen a desenvolverse en otra, y aun los de relativa importancia en la anterior, lleguen a ser los caracteres más salientes de la composición inmediata. Hecha esta advertencia, a guisa de introducción presento mi primer libro original; y del ilustrado criterio del público dependerá lo restante. Martín Morúa

Martín Morúa Delgado (1857-1910) Cuba. Hijo de padre español y madre negra, ex esclava, tuvo una formación autodidacta y múltiples ocupaciones, desde dependiente de una tabaquería hasta traductor literario. Fundó varias publicaciones periódicas y colaboró en otras, en Cuba y Estados Unidos, donde vivió tras ser acusado de colaborar con los independentistas, en 1881. Conspiró con los revolucionarios del exilio cubano, durante un breve tiempo fue autonomista, y volvió a Cuba en una expedición en 1898. En la República llegó a ser senador. Sus novelas Sofía y La familia Unzúazu, se encuentran entre lo más representativo de su producción literaria.
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I


¡Qué vista más encantadora! ¡Qué hermoso panorama! ¡Diríase que la naturaleza desarrolló esta concepción sublime y regaló con ella al hombre, para demostrarle incontestablemente su munificencia y su imponderable fuerza creadora!

Estamos en el mar, a la entrada de un puerto de la Costa norte, en el tercio occidental de la isla de Cuba. Sobre una declinante altiplanicie, al fondo de extensa y bien cerrada bahía, y rodeada más allá por la colosal herradura que semejan los cumbrosos montes, a espacio encuadrados por vistosas y bien cultivadas campiñas, cuya exuberancia frutal abarrota los depósitos y pudiera abaratar los mercados, se levanta majestuosa la pintoresca señorial ciudad de Belmiranda, cual en fantaseado lienzo la suntuosa gradería de un anfiteatro al aire libre.

Holgadas casas de excelente construcción moderna, formando calles rectas, anchas, largas; bien situados y espaciosos parques y alamedas; un magnífico teatro, a la cabeza de elegantes liceos, casinos y sociedades de distintos matices; quintas de caprichosas y espléndidas estructuras, que realzan el blanco margen de las playas arenosas, bañadas ledamente por el desfallecido oleaje de aquel mar en calma que, picado a veces, salta para refrescar con gruesas y amontonadas gotas las tendidas escalinatas de los edificios cercanos, albergues del buen gusto, el refinamiento artístico y la fastuosa opulencia de sus poderosos moradores. Y al término de tanta magnificencia, como inevitable contraste comunal, numerosas cabañas de pescadores, situadas en aldeano desorden, confundiéndose a distancia con el terreno trasfloreado que allí comienza a verdeguear en ascendente graduación hasta que, empinado a las montañosas cimas, forma por las oscilaciones del Sol clarísimo de esta mi noble tierra, los inimitables cambiantes que tanto desesperan a la impotencia del arte. ¡Oh, sí! Todo esto lo admiramos desde el mar, desde la cubierta de uno de los infinitos barcos de diferentes naciones que visitan el puerto.

Bajemos a la ciudad.

Divídese la de Belmiranda en populosas barriadas que, a la vista del observador extranjero, simulan otros tantos pueblos distintos a los cuales identifica el sello que les ha imprimido el mismo sistema social, el mismo régimen gubernativo.

Hacia el centro de la población, y frente a la casa-palacio del gobierno —vetusta mole de verdinegruzcos sillares e indefinido orden arquitectónico en sus acastilladas reminiscencias—, hállase situado el parque principal, sitio recreativo al que, por seguir la rutina de anticuadas costumbres, llámasele en nuestras poblaciones Plaza de Armas. Y a ella, en derredor de la lujosa fuente hidromecánica, tallada de buena mano en mármol exquisito, concurrían —especialmente por las tardes— las niñeras o «manejadoras», para recrear a los niños de sus cuidados; y tras ellas acudía la ociosa soldadesca, que pocas veces encontraba cuartel, y también la juventud criolla, desocupada y licenciosa, la cual daba casi siempre al traste con las pretensiones de los pequeños industriales peninsulares, quienes a su vez se acercaban atraídos por el grato olor de la «canela». Todas las clases de la sociedad belmirandense cruzábanse en aquel sitio, entrechocándose en la cruda guerra sorda que se hacían para lograr sus fines más o menos mal intencionados —que todos los que allí se disputaban la preferencia, iban sólo a divertirse a costa de la virtud, o bien, estimulados por la desenvoltura de las criadas, ya esclavas, ya libres, y algunas que otras peninsulares a forasteras de otros países que en el paseo se juntaban.

Entre las manejadoras, jóvenes y bonitas con muy contadas excepciones, había una trigueña que se distinguía de sus demás compañeras por el carácter repasado y los dulces modales que realzaban su belleza natural; porque Sofía era una muchacha de mucho atractivo. Su estatura, más que mediana, una de esas estaturas de juventud eterna, lucía un talle largo, bien contorneado, y unos hombros con gracia tal colocados, que formaban un tronco perfecto, sobre el cual descansaba su hermosa cabeza ostentadora de una cabellera negra, reluciente, ondeada, magnífica; y cuyo rostro oval, de finísimas facciones; estaba iluminado por dos rasgados ojos de negras pupilas que derramaban torrentes de ternura, cautivando a cuantos las veían, admirando acaso más que todo aquel conjunto encantador, su habitual tristeza que le daba una expresión lo más interesante.

No hubo quien no se equivocara al dirigirse por primera vez a Sofía. Después de entablar conversación con ella, un sentimiento de dolorosa simpatía dominaba al nuevo conocido, que se retiraba lamentando la miserable condición social de aquella infortunada joven. Todas las criadas que con sus amitos iban a la plaza de recreo, sentíanse subyugadas por la amabilidad de aquella muchacha. Las negritas, y las mulaticas atrasadas de color, la miraban con cierta recelo al principio, obedeciendo inconscientes a las arraigadas preocupaciones de toda sociedad esclavista, considerándose inferiores a Sofía, porque la veían blanca y, lo que es más aún, seria y respetuosa con todos, cualidades poco comunes entre aquellas loquillas; pero luego vencía las preocupaciones el natural franco y modesto de la niña, que no entendía la superioridad que pudiera existir de esclavo a esclavo, considerada su esfera social. Sin embargo, más de una de sus compañeras tomó por ofensa o como desprecio a sus personas, el que no accediera nunca Sofía a las invitaciones continuadas que le hicieran para que tomase parte en ciertas diversiones, como paseos al Llano de los antojos, cabalgatas a la Cueva de los milagros, y romerías campestres a los diversos conocidos lugares de holgorio en las cercanías de la ciudad, o a las «bachitas» a puertas cerradas en ciertas casas y en calles de poco tránsito; fiestas que menudeaban los jóvenes criollos y los dependientes del comercio que habían sido por aquéllos admitidos, estimados ya como suficientemente «aplatanados»; fiestas en las cuales no consentían que tomasen parte los hombres de raza negra o mezcla reconocida, ni otras mujeres que las libertas bastante descocadas para el caso, y las criadas de casas particulares, a las cuales llamaban con guasona propiedad los mozos, «señoritas de zaguán».

Por instinto temía la joven a tales diversiones. Y los relatos que luego le hacían las muchachas asistentes a ellas, la convencieron de su clandestinidad. Así se lo manifestó una tarde a su amiga Teodora —mulatona de buenos años y mejores carnes, bien que un tanto flojas; viva de genio, de rostro bien cortado, al cual daban gracia peculiar sus apresillados ojos, que demostraban a las claras ser su poseedora uno de los más tempranos frutos de extracción mongólica—. Pero Teodora estaba siempre bien provista de argumentos para combatir cuantas objeciones se le opusieran a las «rumbantelas», en las que siempre se encontraba ella.

—¡No, muchacha, qué va! —decía en esta ocasión Teodora «la China», como le llamaban todos, menos Sofía—. Allí comemos, bebemos y bailamos con lo mejorsito de la gente de arriba. Los niños pepes más ricos y más buscáos por las señoritas blancas en sus reuniones, son los que nos buscan a nosotras y nos suplican pa que bailemos con ellos. ¡Ay, chica! ¡Si tú hubieras visto anoche! Celebramos un casamiento. María Roca, una muchacha muy bonita que echa cocó hasta no más... ¡Si tú debes conocerla! Es criada de mano de casa de don Fernando Roca... Aquella mulatica delgaíta, alta, que iba hasiéndose tóa un merengue en la procesión el otro día... ¿no te alcuerdas? Aquella que pasó po al láo de nosotras, llevando de la mano a una de las niñas de la casa, una rubiesita como de dies años...

—¡Ah, sí! Ya recuerdo —interrumpió Sofía—. Verdad que es muy bonita esa muchacha; y le caía muy bien aquel vestido de raso azul celeste con encajes...

—¡No digo yo! ¿Y la capota que llevaba? ¿Y el collar de perla? ¿Y el medio terno de brillante? ¿Y los sapato de raso, de corte bajo, del color del vestío? Y no hay que desir que esa no es como otras que tóo lo llevan prestáo de sus amas. ¡No faltaba más! María Roca es como yo; tóo lo que llevo siempre es miísimo, o si no mejor no voy a parte ninguna. Pues bien, toitiquitico ese rango sale de Ricardo Bonansa, un jovensito que te lo voy a enseñar cualquier rato. Es de los muchachos más rumbosos... Y anoche se casaron, muchacha...

—¿Cómo que se casaron? ¿Leonardo Bonanza no es blanco?

—Sin amparo, y bien blanco; pero ¿y qué? El casamiento fue secreto. Uno de los jóvenes que había allí, con lisensia del cura, trajo los vestíos y toitico, y en un altar que hisieron de la mesa del cuarto, los casó, muchacha, y tan bien como si hubiera sío un ministro del Señor. Todos fuimos testigos. Y antes de llegar al altar, ¿qué te figuras tú que le regaló Ricardo a María Roca?... ¡Náa menos que su carta de libertá, chica, que hasía ya muchos días que la tenía en el bolsillo sin que ella lo supiera!... Conque mira tú lo que sale de esas «reuniones de perdisión», como dicen los chachareros envidiosos...

Sofía se quedó muy pensativa un buen rato, después de esta relación de Teodora.

—Sí todo está bien —dijo luego abstraída—; pero no serán muchas las que alcancen la ventaja de María Roca, porque...

—¿Cómo que no? Pues pa que veas, Nolberto el baratillero me da cuanto le piido, y eso que es español; y anoche cuando lo vide, antes de dir a la bachita —por sierto que lo dejé cogiendo dieciocho; le di la gran engañá, muchacha—. Le dije que estaba mala y que me iba a recoger enseguida, pa que se fuera pronto, chica, y...



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