E-Book, Spanisch, 320 Seiten
Reihe: Narrativa
Morata El color del cielo
1. Auflage 2013
ISBN: 978-84-9967-535-0
Verlag: Nowtilus
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, 320 Seiten
Reihe: Narrativa
ISBN: 978-84-9967-535-0
Verlag: Nowtilus
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Santiago Morata (Zaragoza, 1969), diplomado en turismo, master en márketing internacional y diseño publicitario, pintor de óleo (5 exposiciones individuales), viajero, fotógrafo aficionado, creativo, diseñador y escritor: Publica Milenio de pasión (Delsan Libros, 2006), La sombra del Faraón (Ed. B 2008), El constructor de pirámides (Pàmies 2011), y La hija de Ra (Pàmies 2012). Novelas históricas avaladas por prestigiosos historiadores y egiptólogos, con gran éxito de ventas y crítica. Miembro de la asociación de Escritores de Aragón, colabora con foros literarios, imparte conferencias, participa en debates, jornadas literarias, etc .En la actualidad trabaja en comercio exterior de una empresa de Dietética.
Autoren/Hrsg.
Weitere Infos & Material
1
PETER
SUEÑO
Sabía, sin lugar a dudas, que estaba soñando. Desde lo más hondo de mi conciencia sentía la seguridad de existir en el universo paralelo. Podría echar a volar si quisiera, correr como si fuera un lobo o, quizá, hacer realidad la más peregrina de mis fantasías sexuales. Solía hacerlo, cuando encontraba esa seguridad de que me encontraba en el mundo de Hypnos y que tenía licencia para cualquier cosa sin temor al ridículo, y era maravilloso. Lo que más me gustaba de aquellas ocasiones era volar a voluntad como Supermán. Incluso lo prefería a un festín sexual pues, no siempre que quería, podía volar.
Pero, a pesar de saber positivamente que estaba soñando, no era agradable. Y no sólo por el hecho de que no era una sensación corriente de estar soñando, pues solía ser muy positiva y en aquel momento no me sentía nada bien. Era como si estuviera en plena vigilia sabiendo que estaba soñando. Veía, sentía, y hasta respiraba de modo diferente. Me pregunté si no se trataría de unos de aquellos extraños viajes astrales de los que hablaba mi peculiar profesora de yoga. Me pregunté si había muerto.
Todo era tan nítido que resultaba extraño incluso para un sueño. Jamás había vivido nada parecido. Uno tiene cierta seguridad en el fondo. La máxima de Descartes: «Pienso, luego existo», llevado al mundo del sueño; reconozco el mundo paralelo porque he estado antes allí; lo diferencio del real por algunas claves que me dicta la experiencia, ya sea la irrealidad constante, el aura, la niebla, mi propia posición…; ergo, estoy soñando.
Pero aquello entraba en otra dimensión desconocida y nada excitante. Era como uno de aquellos cuadros de Antonio López, hiperrealistas, tan nítidos que la conciencia de aquel cielo tan claro, sembrado de nubles blancas, limpias como algodón aséptico, dolía. Sí. Sin duda. Hiperrealidad era el concepto. Apenas podía moverme.
Y no era la mera sensación de inmovilidad que se podía llegar a identificar en pleno sueño con el hecho de estar enrollado en tus propias sábanas, sino un dolor físico, una rigidez extrema y el miedo absoluto.
Estaba paralizado por un terror que me oprimía el pecho, y el sudor frío me agobiaba. Aquel hombre extraño me miraba con la misma mueca de sorpresa que debía de ver en mí, lo que no me tranquilizó ni un ápice.
No podía focalizar mi visión en un punto concreto, e intentaba aclarar la niebla que me impedía inspeccionar aquel rostro anónimo, y que dejaba retazos de claridad entre la indefinición.
Un rostro extraño. Y no por sus hondas y oscuras ojeras, su gesto grave y, por lo que pude apreciar apenas un segundo, surcado de arrugas que no eran de viejo. No.
¡Aquella cara quería algo de mí! No era un rostro informe sin alma, como los de los juegos interactivos, o la cara de una persona sin vida. Aquel hombre me reconocía, me examinaba. Sea lo que fuere, era real. Un hombre vivo, no un espejismo en un sueño.
¡Esa era la diferencia! Un sueño era como una película de cine. Era yo y los demás extras sin alma, como decorados. Pero en aquel momento éramos dos personas.
Aquello estaba vivo. Y se comunicaba conmigo. No sabía de dónde había salido, ni en cuál de mis numerosas sesiones de psicoanálisis se había forjado un trauma lo suficientemente intenso para engendrar aquel ente.
Nunca había tenido amigos imaginarios de niño, ni, aunque había sido calificado oficialmente como trastornado, había tenido jamás visiones o bipolaridad o esquizofrenia o paranoia persecutoria. Simplemente había estado inmerso en una gran depresión, pero ni en su peor momento me había enfrentado a nada parecido.
Tampoco había creído en espíritus, aunque resulta fácil hacerte el valiente cuando no eres tú el que sueña con esos ojos escrutando hasta lo más hondo de ti.
Pero incluso su mirada estremecedora se vio relegada por algo que llamó mi atención por encima de aquellas pupilas dilatadas que me perseguían.
Lo más extraño era aquel paisaje verde tras él. Y ese cielo de color azul claro, tan diáfano que parecía una pared pintada. Tan luminoso que casi dañaba la vista... Y tan dolorosamente hermoso que hacía fluir lágrimas y congoja desde el corazón hasta el nudo de la garganta.
El hombre misterioso percibió la sorpresa en mis ojos posados tras él, y se volvió de un salto, tal vez a afrontar un hipotético peligro o a afrontar aquello que en mí había causado una impresión tan honda.
Para mí resultó terrorífico el hecho de comprobar que aquel ser interactuaba conmigo. Quiero decir: normalmente, cuando sueñas –y yo estaba soñando sin duda–, puedes ver una imagen fija o móvil, como el que ve una foto o un programa de televisión, pero una visión no actúa contigo, ni reacciona a tus respuestas con tal autonomía.
Pero aquel ser se volvió a mirar lo que mis ojos habían encontrado con tanto miedo. Y buscó y buscó, hasta que se volvió, y mis ojos le dieron la respuesta. Supo que estaba mirando su cielo. Resultaba paradójico tener la conciencia cierta de estar soñando y sufrir un miedo irracional ante aquel hombre indefenso, que me miraba con intensidad.
Sus gestos me parecían exagerados como los de un actor que sobreactúa. Se frotaba los ojos, negándose a creer en lo que veía y, curiosamente, también luchaba por mantener su mirada en mí, cuando sus ojos escapaban hacia el cielo…, mi cielo de color ocre.
En un atisbo de claridad, pude ver que estaba casi desnudo, y que apenas unas pieles cubrían su piel morena. Casi me hizo reír al pensar que parecía una película de salvajes, o El planeta de los simios. Sacudí la cabeza. Ni soñando podía dejar atrás mi obsesión por el cine.
La niebla debió de abrirse para ambos, pues pareció descubrirme de nuevo, recorriéndome lentamente con su mirada asustada de ojos enormes. Su miedo me envalentonó y di un paso en dirección a él, alargando el brazo para tocarlo, pero retrocedió como un gato asustado, mientras la luz se hizo, deshaciendo el hechizo que nos comunicaba, y devolviéndome bruscamente a la vigilia ingrata a la que no hubiera querido regresar después de descubrir aquel cielo maravillosamente limpio.
VIGILIA
Abrí los ojos, cegado por la luz intensa de la cápsula que yo mismo había accionado por contacto, al levantar mi brazo. Estaba sudando como cuando terminaba una de mis clases. Me toqué la frente. No tenía fiebre. ¡Qué estúpido! Cuando se suda, no se tiene fiebre.
Miré el reloj. Las cuatro de la madrugada. Levanté la cubierta de la cápsula de sueño y me incorporé, sentado. Me encontraba muy cansado pero totalmente desvelado. Me levanté de un saltito y desprogramé la cápsula para que se autolimpiase. Me di una ducha rápida –el agua era un bien escaso– y me senté en el despacho, ignorando los avisos automáticos de mi ordenador, para analizar aquel extraño sueño tan nítido.
¿Qué había sido aquello? Algunas veces no recordaba nada de mis sueños, o los olvidaba una vez abría la puerta del baño o recogía el café, pero aquel no se me iba de la cabeza.
¿Y por qué me había asustado tanto? El terror había sido tan intenso que me encontraba tan cansado como tras uno de aquellos viejos ataques de ansiedad. Quizá lo había sufrido en pleno sueño. Hacía mucho que no tenía uno. Me había costado mucho superarlo y el deporte me mantenía lejos de ellos. El solo hecho de recordarlo me hacía sentir mal. Una vez que la ansiedad te conoce tan profundamente, nunca escapas del todo de ella. Hoy día, con los fármacos se pueden vencer adicciones más o menos peligrosas pero no esta.
Me concentré en el sueño, intentando razonar. Normalmente, los objetos o personas en los sueños interactuaban de acuerdo a cierto patrón de comportamiento, que de alguna manera me tranquilizaba. Pero aquel tipo, y sin saber por qué, no se parecía a nada con lo que hubiera soñado antes. Y no por la cara o el cuerpo en sí. Ni siquiera por el marco en el que se situaba, un curiosísimo y misterioso paisaje. Aquel hombre parecía comportarse enteramente a su libre albedrío. Quizá era eso mismo lo que le había asustado tanto de mí. Era como si…
—¡No! –dije en voz alta.
Respiré hondo. Me sacudí la cabeza, alejando aquel pensamiento. Era sólo un sueño.
Había terminado con la psiquiatría por voluntad propia hacía ya un año y no deseaba volver a ser carne de loquero ni volver a poner en números rojos mi cuenta bancaria para pagar sus estupideces. Además, me había convertido en todo un experto tras leer cientos de libros y asistir a varios profesionales más o menos reputados. En mi opinión, una cuadrilla de farsantes. Si decidiese cursar la carrera, no me haría falta ni estudiar para aprobarla. No iba a volver ahora a confiar en eso, ni menos, a autopsicoanalizarme.
Me tomé el café aguado que me preparaba el ordenador central de mi apartamento, y aún le pedí otro. Para hacer cualquier cosa en aquel pequeño piso de treinta metros cuadrados en un altísimo rascacielos en la calle Hortaleza, debía tocar varios botones, cuando lo normal era usar el software de voz del ordenador que controlaba casi todo pero que había desprogramado por la misma razón por la que había dejado a mi psiquiatra. Sentía que me estaban volviendo loco y me encontraba mejor en silencio que no gobernado por una puñetera máquina agobiante de voz...




