Moreto Y Cabaña | El desdén con el desdén | E-Book | www.sack.de
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E-Book, Spanisch, Band 294, 136 Seiten

Reihe: Teatro

Moreto Y Cabaña El desdén con el desdén


1. Auflage 2010
ISBN: 978-84-9897-054-8
Verlag: Linkgua
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

E-Book, Spanisch, Band 294, 136 Seiten

Reihe: Teatro

ISBN: 978-84-9897-054-8
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El desdén con el desdén es una comedia de enredo de Agustín Moreto y Cabaña, ambientada en Barcelona. En ella Carlos, conde de Urgell, se enamora de Diana, princesa en extremo esquiva y para seducirla finge indiferencia. La obra es una loa al amor por lo inaccesible y el désden parece ser la mejor arma para conquistar a la persona amada.

Agustín Moreto y Cabaña nació en Madrid, 9 de abril de 1618 y murió en Toledo, 28 de octubre de 1669. España. Dramaturgo y religioso español. Su nombre completo es Agustín de Moreto y Cavaña. Estudia en Alcalá de Henares y se ordena sacerdote en 1643. Capellán del Hospital de los Pobres de Toledo. Fernando IV lo nombra 'poeta de la corte'. De su abundante producción literaria se conservan actualmente sesenta y siete comedias y treinta y dos piezas cortas entre entremeses, bailes, etc. Muy influido por la técnica escénica de Lope de Vega. Como muchos dramaturgos de su época, reelaboró comedias anteriores suprimiendo los defectos que iba encontrando.
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Jornada primera


(Salen Carlos y Polilla.)

CarlosYo he de perder el sentido

con tan extraña mujer.

PolillaDame tu pena a entender,

señor, por recién venido.

Cuando te hallo en Barcelona

lleno de aplauso y honor,

donde tu heroico valor

todo su pueblo pregona;

cuando sobra a tus victorias

ser Carlos, conde de Urgel,

y en el mundo no hay papel

donde se escriban tus glorias,

¿qué causa ha podido haber

de que estés tan mal guisado?

Que, por más que la he pensado,

no la puedo comprender.

CarlosPolilla, mi desazón

tiene más naturaleza.

Este pesar no es tristeza,

sino desesperación.

Polilla ¿Desesperación? Señor,

que te enfrenes te aconsejo,

que tiras algo a bermejo.

CarlosNo burles de mi dolor.

Polilla ¿Yo burlar? Esto es templarte;

mas tu desesperación,

¿qué tanta es a esta sazón?

CarlosLa mayor.

Carlos ¿Cosa de ahorcarte?

Que si no, poco te ahoga.

CarlosNo te burles, que me enfado.

PolillaPues si estás desesperado,

¿hago mal en darte soga?

CarlosSi dejaras tu locura,

mi mal te comunicara,

porque la agudeza rara

de tu ingenio me asegura

que algún medio discurriera,

como otras veces me has dado,

con que alivie mi cuidado.

PolillaPues, señor, polilla fuera.

Desemboca tu pasión

y no tenga tu cuidado,

teniéndola en el criado,

polilla en el corazón.

CarlosYa sabes que a Barcelona,

del ocio de mis estados,

me trajeron los cuidados

de la fama que pregona

de Diana la hermosura,

de esta corona heredera,

en quien la dicha que espera

tanto príncipe procura,

compitiendo en un deseo

gala, brío y discreción.

PolillaYa sé que sin pretensión

viniste a este galanteo

por lucir la bizarría

de tus heroicos blasones,

y que en todas las acciones

siempre te has llevado el día.

CarlosPues oye mi sentimiento.

PolillaEllo, ¿estás enamorado?

CarlosSí estoy.

Polilla Gran susto me has dado.

CarlosPues escucha.

Polilla Va de cuento.

CarlosYa sabes como en Urgel

tuve, antes de mi partida,

del amor del de Bearne

y el de Fox larga noticia.

De Diana pretendientes,

dieron con sus bizarrías

voz a la fama, y asombro

a todas estas provincia.

El ver de amor tan rendidos

como la fama publica

dos príncipes tan bizarros,

que aun los alaba la envidia,

me llevó a ver si esto en ellos

era por galantería,

gusto, opinión o violencia

de su hermosura divina.

Entré pues en Barcelona;

víla en su palacio un día

sin susto del corazón

ni admiración de la vistas,

una hermosura modesta,

con muchas señas de tibia,

mas sin defecto común

ni perfección peregrina,

de aquellas en quien el juicio,

cuando las vemos queridas,

por la admiración apela

al no sé qué de la dicha.

La ocasión de verme entre ellos

cuando al valor desafían

en públicas competencias,

con que el favor solicitan,

ya que no pudo a mi amor,

empeñó mi bizarría,

ya en fiestas y ya en torneos

y otras empresas debidas

al culto de una deidad

a cuya soberanía

sin el empeño de amor

la obligación sacrifica.

Tuve en todas tal fortuna

que, dejando deslucidas

sus acciones, salí siempre

coronado con las mías,

y el vulgo, con el suceso,

la corona merecida

con la suerte dio a mi frente

por mérito, siendo dicha,

que cualquiera de los dos

que en ella me competía

la mereció más que yo.

Pero para conseguirla

tuve yo el faltar mi amor

y no tener la codicia

con que ellos la deseaban,

y así por fuera fue mía;

que en los casos de la suerte,

por tema de su malicia,

se van siempre las venturas

a quien no las solicita.

Siendo pues mis alabanzas

de todos tan repetidas,

sólo en Diana hallé siempre

una entereza tan hija

de su esquiva condición

que, siendo mis bizarrías

dedicadas a su aplauso,

nunca me dejó noticia,

aya que no de favorable,

siquiera de agradecida.

Y esto con tanta esquivez

que en todos dejó la misma

admiración que en mis ojos;

pues la extraña demasía

de su entereza pasaba

del decoro la medida

y, excediendo de recato,

tocaba ya en grosería;

que a las damas de tal nombre

puso el respeto dos líneas:

una es la desatención,

y otra el favor; mas la avisa

que ponga entre ellas la planta

tan ajustada y medida

que en una ni en otra toque,

porque si de agradecida

adelanta mucho el pie,

la raya del favor pisa,

y es ligereza, y si entera

mucho, y la planta retira

por no tocar el favor,

pisa en la descortesía.

Este error hallé en Diana,

que empeñó mi bizarría

a moverla por lo menos

a atención, si no a caricia;

y este deseo en las fiestas

me obligaba a repetirlas,

a buscar nuevos empeños

al valor y ala osadía;

mas nunca pude sacar

de su condición esquiva

más que más causa a la queja

y más culpa a la malicia.

De esto nación el inquirir

si ella conmigo tenía

alguna aversión o queja

mal fundada o presumida,

y averigüé que Diana

del discurso las primicias,

con las luces de su ingenio

las dio a la filosofía.

De este estudio y la lección

de las fábulas antiguas,

resultó un común desprecio

de los hombres, unas iras

contra el orden natural

del amor con quien fabrica

el mundo a su duración

alcázares en que viva;

tan estable en su opinión,

que da con sentencia fija

el querer bien por pasión

de las mujeres indigna;

tanto, que siendo heredera

de esta corona, y precisa

la obligación de casarse,

la renuncia y desestima

por no ver que haya quien triunfe

de su condición altiva.

A su cuarto hace la selva

de Diana, y son las ninfas

sus damas, y en este estudio

las emplea todo el día.

Sólo adornan sus paredes

de las ninfas fugitivas

pinturas que persüaden

al desdén. Allí se mira

a Dafne huyendo de Apolo,

Anajarte convertida

en piedra por no querer,

Aretusa en fuentecilla,

que el tierno llanto de Alfeo

paga en lágrimas esquivas.

Y viendo el conde, su padre,

que en este error se confirma

cada día con más fuerza,

que la razón no la obliga,

que sus ruegos no la...



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