Müller | La bestia del corazón | E-Book | www.sack.de
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E-Book, Spanisch, Band 166, 196 Seiten

Reihe: Nuevos Tiempos

Müller La bestia del corazón


1. Auflage 2010
ISBN: 978-84-9841-491-2
Verlag: Siruela
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

E-Book, Spanisch, Band 166, 196 Seiten

Reihe: Nuevos Tiempos

ISBN: 978-84-9841-491-2
Verlag: Siruela
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PREMIO NOBEL DE LITERATURA 2009 Un grupo de cuatro amigos que se resisten a ser anulados por el sistema, ven en el suicidio de Lola, una joven estudiante del sur de Rumanía que intenta escapar de la pobreza durante el régimen de Ceausescu, una razón para continuar resistiéndose. Porque La bestia del corazón nos habla de la resistencia que se ha de tener para que no destruyan nuestra individualidad. Y habla también de la corrupción y la asimilación social, de la violación de las normas, del hastío del mundo, de ser «un error para nosotros mismos». Herta Mu?ller nos describe en esta sobrecogedora novela, llena de poesía, una sociedad que excava su propia tumba a través de la supresión y de las privaciones materiales: «Si nos mantenemos en silencio, nos odiamos a nosotros mismos. Si hablamos, nos volvemos ridículos».

Herta Müller (Nitzkydorf, 1953), descendiente de suabos emigrados a Rumanía, es uno de los valores más sólidos de la literatura rumana en lengua alemana. Estudió Filología germánica y románica en la Universidad de Timisoara y se vio obligada a salir del país por su relevante papel en la defensa de los derechos de la minoría alemana. Vive en Berlín desde 1987. Premio Nobel de Literatura 2009, ha sido galardonada también con los premios Aspekte (1984), Ricarda Huch (1987), Roswitha von Gandersheim (1990), Franz Kafka (1999) y Würth (2006), entre otros. Desde hace más de una década, está muy vinculada al Museo del Exilio de Berlín, en cuya fundación tuvo un papel muy relevante. Siruela ha publicado en castellano buena parte de su obra.
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En la fábrica traducía instrucciones de maquinaria hidráulica. Para mí, las máquinas eran un grueso diccionario. Permanecía sentada al escritorio. Raras veces iba a las naves. El hierro de las máquinas y el diccionario no guardaban relación alguna. Los dibujos técnicos se me antojaban combinaciones entre ovejas de hojalata y obreros que trabajaban por turnos: obreros de día, obreros de noche, capataces, trabajadores modélicos, peones. Lo que moldeaban con las manos no requería nombre. Así envejecían si no huían o se desplomaban y morían.

Entre las tapas del diccionario se ocultaban todas las máquinas de aquella fábrica. Yo quedaba excluida de todos los engranajes y los tornillos.

El despertador se ha parado poco después de medianoche. La madre despierta hacia mediodía. Da cuerda al despertador, pero el reloj no hace tic-tac. Sin despertador no se hace de día. La madre envuelve el despertador en papel de periódico y envía a la niña al relojero. El relojero pregunta: Cuándo lo necesitáis. Sin despertador no se hace de día, dice la niña.

Y entonces se hace de día. Hacia mediodía, la madre despierta y envía a la niña a buscar el despertador. El relojero arroja las piezas del despertador a una palangana y dice: Este aparato ya no funciona.

En el camino de regreso, la niña mete la mano en la palangana y se traga la ruedecilla más pequeña, el pasador más corto, el tornillo más delgado. Luego la segunda ruedecilla más pequeña...

Desde que tenía el vestido floreado, Tereza pasaba cada día por mi oficina. No quería ingresar en el partido. Mi consciencia no está tan desarrollada, había dicho en la reunión, y además digo demasiadas palabrotas. Todos se echaron a reír, dijo Tereza. Puedo negarme porque mi padre era un pez gordo en la fábrica. Ha fundido todos los monumentos de la ciudad. Ahora es muy viejo.

Vi una tierra árida en el rostro de Tereza, en sus pómulos, en el centro de sus ojos o en las comisuras de sus labios. Una chi ca de ciudad que aún unía las palabras y las manos al hablar.

Tereza no visitaba el lugar que en mí era un vacío. Tal vez lo visitó una vez, cuando decidió que yo le caía bien sin motivo. Tal vez porque yo me había alejado de los gestos de mis manos. Y de muchas palabras. No sólo las palabras que Edgar, Kurt, Georg y yo habíamos acordado para las cartas. En el diccionario esperaban otras que habían acordado los obreros y las ovejas de hojalata. Se las escribí a Edgar y a Georg: tuerca, cuello de cisne, cola de milano.

Tereza hablaba sin prudencia. Hablaba mucho y reflexionaba poco. Zapatos, decía, y no eran más que zapatos. Cuando el viento cerraba la puerta de golpe, decía palabrotas durante el mismo rato que tarda un fugitivo en morir.

Comimos juntas, y Tereza me mostró los dibujos de las palabrotas. Tereza rió hasta que las lágrimas le brotaron de los ojos diminutos. Quería arrastrarme a su risa y me miraba. Sobre el papel vi los despojos de animales sacrificados. No pude seguir comiendo. Tuve que hablarle de Lola.

Tereza rasgó los dibujos. Yo también estuve en la sala de actos, dijo Tereza, todos tuvimos que ir.

Comíamos juntas cada día, y cada día, Tereza llevaba un vestido distinto. El de flores sólo se lo puso un día. Tenía vestidos de Grecia y Francia. Jerseys de Inglaterra y vaqueros de América. Tenía polveras, barras de labios y rímel de Francia, joyas de Turquía. Y medias transparentes de Alemania. Tereza no caía bien a las mujeres de las oficinas. Se notaba lo que pensaban cuando la veían. Todo lo que lleva Tereza bien merece la fuga, pensaban. La envidiaban, se entristecían. Cantaban con el cuello estirado para verla:

A quien ama y abandona

que Dios lo castigue

que Dios lo castigue

con el paso del escarabajo

con el susurro del viento

con el polvo de la tierra.

Tarareaban la melodía por sí mismas y por la fuga. Pero la maldición de la canción iba dirigida a Tereza.

La gente de la fábrica comía panceta amarillenta y pan duro.

Con sus dedos gruesos, Tereza dejó sobre mi mesa lonchas delgadísimas de jamón, queso, hortalizas y pan. Te haré soldaditos para que comas, dijo. Alzó las torres entre el pulgar y el índice y se las llevó a la boca.

Cómo que soldaditos, pregunté. Se llaman así, dijo Tereza.

La comida de Tereza encajaba con ella. Tenía el regusto de su padre, quien la encargaba en la cantina del partido. Cada semana se la traen en coche a casa, dijo Tereza. Mi padre no tiene que hacer la compra, va a ver sus monumentos y se lleva la bolsa de la compra a todas partes sin razón alguna.

Tiene perro, pregunté.

Los hijos de la modista dijeron: Nuestra madre está con una clienta. Era la primera vez que veía a sus hijos. No me inspiraban curiosidad. Quién eres, preguntaron. Una amiga, dije. Me estremecí, porque en aquel instante percibí que no era cierto.

Los niños tenían los labios y los dedos de color azul oscuro. Cuando el lápiz se seca escribe gris. Con saliva escribe de color azul como la noche.

Pensé: Los niños están aquí por primera vez porque es la primera vez que vengo sin segundas intenciones, sin querer olvidar algo.

Sí quería olvidar algo: la muerte del loco de la fuente.

El hombre de la pajarita negra yacía muerto sobre el asfalto, donde había permanecido de pie durante años. La gente se agolpaba a su alrededor. El ramo marchito aparecía pisoteado.

Kurt había dicho que los locos de la ciudad nunca mueren. Cuando se desploman, del lugar en que caen surge otro igual. El hombre de la pajarita negra se había desplomado. Y otros dos habían surgido del asfalto: un policía y un vigilante.

El policía dispersó a la muchedumbre. Le relucían los ojos, tenía la boca mojada de tanto gritar. Se había hecho acompañar por el vigilante, quien estaba acostumbrado a tirar de la gente y dar palizas.

El vigilante se colocó delante de las suelas de los zapatos del muerto y embutió las manos en los bolsillos del abrigo. El abrigo olía a nuevo, a sal y aceite como las telas impregnadas en las tiendas. Como en todas las tallas únicas para vigilantes, las mangas le quedaban cortas. El abri go del vigilante estaba presente. También la gorra nueva del vigilante. Sólo los ojos bajo la gorra estaban ausentes.

Tal vez la huella de la niñez paralizaba al vigilante junto al muerto. Tal vez bajo su cráneo anidaba un pueblo. Tal vez pensó en su padre, a quien llevaba tiempo sin ver. O en el abuelo que ya había muerto. Quizás en una carta con la enfermedad de su madre. O en un hermano que tenía que apacentar las ovejas de patas rojas desde que el vigilante se había marchado de casa.

La boca del vigilante era demasiado grande para aquella estación del año. La tenía abierta, porque en invierno no había ciruelas verdes con que llenarla.

Junto al muerto, quien después de tantos años estaba a punto de volver a ver a su mujer bajo tierra, el vigilante no podía propinar ninguna paliza.

Los hijos de la modista escribieron su nombre en azul noche por enésima vez. Se peleaban por el espacio de la hoja. No era una pelea a gritos: Apestas a cebolla. Tienes los pies planos. Buh, dientes torcidos. Tienes gusanos en el culo.

Bajo la mesa, los pies de los niños no llegaban al suelo. Sobre la mesa, manos de niño se pinchaban con lápices. La furia de sus rostros era obstinada y adulta. Si la madre se retrasa, los niños crecerán, pensé. Qué pasará si dentro de un cuarto de hora ya son adultos, retiran las sillas de la mesa con el trasero y se marchan. Cómo le digo a la modista, cuando entre y deje la llave sobre la mesa, que los niños ya no la necesitarán.

Si no miraba a los niños no lograba distinguir sus voces. En el espejo vi mi rostro y los ojos de nadie. No tenían motivo alguno para observarme.

La modista llegó, dejó la llave sobre el tocador, las cartas y la cinta métrica enrollada sobre la mesa. Dijo: Mi amiga tiene un amante que cuando se corre salpica hasta el techo. Su marido no sabe que las manchas que hay sobre la cama son manchas de semen. Parecen manchas de agua. Ayer se llevó a casa a su primo, que trabaja con él en el turno de noche. En plena lluvia se encaramaron al tejado para buscar la teja rota. Encontraron dos tejas rotas, pero ninguna sobre la cama. El primo dijo: Cuando el viento sopla de lado, la lluvia también cae de lado. El marido de mi clienta quiere pintar el techo mañana. Lo he convencido para que espere hasta la primavera, dijo la modista. Es que cuando vuelva a llover le pasará lo mismo, le dijo.

La modista acarició el cabello de uno de los niños. El otro apoyó la cabeza en su brazo, también quería caricias. Pero su madre fue a la cocina a buscar un vaso de agua. Bichos, dijo, los lápices son venenosos, metedlos en el agua. Cuando cogió una hoja en blanco, el niño acariciado alargó la mano, pero la madre dejó la hoja de papel sobre la mesa.

El amante puede transportar un cubo medio lleno con la polla, dijo la modista, una vez me lo demostró. Se lo he advertido a mi cuenta. Su amante es del sur, de Scornicesti. Es el menor de once hermanos. Seis de ellos aún viven. Con ésos nunca hay suerte. Auguré a Tereza que se rompería el brazo. Sois muy distintas, dijo la modista, pero a veces eso es bueno. Todos los que me conocen me creen.

Un hombre sacó un cubo de un edificio corcovado. Dejó el portal abierto. En el patio, el sol brillaba...



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