Müller | Una mosca atraviesa medio bosque | E-Book | www.sack.de
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E-Book, Spanisch, Band 87, 192 Seiten

Reihe: Biblioteca de Ensayo / Serie menor

Müller Una mosca atraviesa medio bosque


1. Auflage 2024
ISBN: 978-84-10415-01-0
Verlag: Siruela
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

E-Book, Spanisch, Band 87, 192 Seiten

Reihe: Biblioteca de Ensayo / Serie menor

ISBN: 978-84-10415-01-0
Verlag: Siruela
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)



En este libro, íntimo y sobrecogedor, Herta Müller reflexiona sobre temas tan diversos como la realidad política o las obras de Heinrich Böll, Liao Yiwu o Georges-Arthur Goldschmidt. La constante que vertebra los ensayos de este volumen es que la autora siempre toma partido por la honestidad; hace uso de su personal estilo, sagaz y contundente, para arrojar luz en tiempos oscuros. Müller conoce el poder subversivo de la risa y sabe que, si algo toleran mal los dictadores, es la verdad. Pero también su mirada sobre nuestra sociedad es incorruptible, y obliga al lector a cuestionarse sobre la responsabilidad moral y civil de proteger a las minorías, a los perseguidos y a los exiliados. En lo que a ella respecta, la autora no tiene dudas: «Lo más claro que he aprendido también sé expresarlo de una forma muy sencilla: la libertad y la dignidad siempre son concretas».

Herta Müller (Nitzkydorf, 1953), descendiente de suabos emigrados a Rumanía, es uno de los valores más sólidos de la literatura rumana en lengua alemana. Estudió Filología germánica y románica en la Universidad de Timisoara y se vio obligada a salir del país por su relevante papel en la defensa de los derechos de la minoría alemana. Vive en Berlín desde 1987. Premio Nobel de Literatura 2009, ha sido galardonada también con los premios Aspekte (1984), Ricarda Huch (1987), Roswitha von Gandersheim (1990), Franz Kafka (1999) y Würth (2006), entre otros. Desde hace más de una década, está muy vinculada al Museo del Exilio de Berlín, en cuya fundación tuvo un papel muy relevante. Siruela ha publicado en castellano buena parte de su obra.
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Monólogo
Una mosca atraviesa medio bosque1


Ya no vive. O sí vive. También se puede vivir sin dar señales de vida.

Sé que ya no vendrá.

Cuando el metal hace ruido al zarandearlo el viento, cuando un árbol tiene la corteza blanca o alguien lleva un pañuelo en la mano, yo enseguida pienso en una cosa distinta de la que veo. Igual debería pensar en lo que veo. Pero no me atrevo. Y quién me dice cuántas vueltas tendría que darle a eso para que me entrara en la cabeza. Y luego a ver cómo me lo volvía a sacar.

Que esté fuera, en el árbol, o dentro, en la cabeza; no tengo ni idea de qué es mejor.

Treinta y cuatro años pasé en la fábrica. Salía al amanecer del turno de noche.

La habitación estaba mucho tiempo sola. A la alfombra, por las noches, mientras yo estaba en el trabajo, le había crecido la lana, así que la mesa estaba más hundida por la mañana que la noche anterior. Los muebles dormían.

Cómo iba a dormir yo, cuando estando dormida veía cubrirse poco a poco las patas de la mesa. Yo por las noches salía huyendo, al turno de noche, con los tornillos. Los tornillos casaban con la noche. Y a las otras mujeres, a las que tenían marido en casa, les hacía un favor.

Con el alba salía del trabajo. Durante el camino de vuelta estaba la luna por encima de los gruesos árboles. Las hojas aún dormían. Las noches tenían polvo, la hojarasca, sueño. Y, en invierno, los árboles estaban desnudos e igual de somnolientos. La madera pesaba mucho.

En el cielo de aquí, la luna estaba sobre la estación de autobuses, y en el cielo de allá, sobre la fábrica de cigarrillos. En el mismo cielo, ninguna de las dos era mayor que un dedo del pie. La luna se calentaba y se apartaba de los árboles y se me acercaba a mí a la cara. Y el sol se enfriaba, se metía dentro de los árboles y se me seguía por la nuca.

Era al revés, pero para mí no. Yo cada mañana me marchaba del principio del día. El sol se me quedaba con ojos de noche en la parte de atrás de la cabeza y delante tenía la cara, que no había dormido. Y el cielo tenía una joroba de lana, una joroba que se metía en la ciudad.

Al amanecer había dos pares de dedos de los pies…, solo que en distintos pares de pies. Yo hubiera podido imaginarme dos vidas, simultáneas las dos, muy alejadas. Pero no lo hacía. Llevaba en el paladar la imperiosa sed de los tornillos, una sed como terciopelo desgastado. Al ver los dos dedos de los pies, me imaginaba una cosa distinta y de la que nunca podría haber dicho: justo eso es lo que te estás imaginando.

Y es que lo que me imaginaba se me removía en la garganta cada mañana por el camino de vuelta. Tenía que tragar en vacío.

Cuando llegaba a mi habitación, la habitación dormía. Qué iba a hacer, si no había nadie que la recorriera como hacían con otras habitaciones o nadie que se sentara en ella o mirase a ver si todo seguía allí.

Yo nunca llegaba con sueño, solo un poco trastocada del trayecto del trabajo a casa o del aire de la mañana. Me acostaba a dormir en una cama que aún seguía dormida, en una almohada que aún seguía dormida, al lado de una mesa que por la mañana estaba más hundida en la alfombra que la noche anterior.

Había adoptado la costumbre de beberme una botella de leche entera en la fábrica antes de volver a casa. Me llevaba la botella a la boca y me la bebía toda. Me bebía la leche como nieve. Me quitaba los tornillos de la cabeza. Después de beberme la leche, aún daba vueltas por la nave para acá y para allá. Caminaba con mis propios pies como un cántaro con una lengua dentro con un mango largo.

Acostada en la cama, se iba adueñando de mí el sueño. No mi propio sueño. La cama me llevaba tanto sueño de ventaja que yo luego, cuando soñaba, siempre llevaba un vestido de una tela sin color. El vestido era transparente. Habría sido de cristal si a través de él se me hubiera visto a mí. Pero a mí no se me veía. O yo no lo llevaba puesto o no se veía a través de él.

Siempre que soñaba estábamos en la linde de la ciudad en el patatal. Yo llevaba el vestido, y las hojas de patata llevaban flores impregnadas de blanco azulado. Él me cogía la mano. Con la otra me enseñaba las montañas. Eran altas y blancas, aunque el pie lo tenían tan fino como las cimas de lo alto. Yo decía, pero si son paredes de una habitación, ahí está colgado tu retrato. Él decía: la mina está abajo. Yo decía: la fosa. Él decía: la mina. Yo pensaba: la fosa.



Una mañana de camino a casa, junto a la esquina de la fábrica de cigarrillos, vi a un niño con un revólver rojo. No pensé nada cuando el dedo del niño tiró del seguro. Pero luego vino el viento a lo largo de la larga pared y zarandeó una señal metálica de una trompeta tachada.

Si el viento no hubiese zarandeado el metal, ya ni me hubiese acordado de que, tan temprano, había un niño con un revólver en la esquina de la fábrica de cigarrillos.

El viento se fue para arriba, levantó un remolino de polvo que no sería más grande que una toquilla. El cartel metálico de la trompeta tachada no traqueteó más que un instante. Pero eran cosas así las que me hacían pensar en él. Casi habría podido decir que aquellas cosas de él me venían a la mente, porque no tenía nada que ver con él que se levantase viento y zarandease el metal, o que hiciera viento y los árboles murmurasen o que hiciera viento y solo te levantase a ti el pelo y no las hojas a los árboles.



Al cartero no lo veía nunca. A aquella hora tan temprana nunca se cruzaba conmigo y, más tarde, no me cruzaba yo con él. Hoy sigo sin saber cómo era. Yo no quería verlo nunca, pues pensaba que cada día podía traerme alguna noticia. Una buena o una mala. Por mí no era, sino que él, de por sí, recorría aquel camino a diario con independencia de mi vida. Habría tenido fácil traerme la noticia, yo no lo habría visto echar la carta con la noticia por la ranura del buzón ningún día. Él no habría tenido que verme reír ni habría tenido que verme llorar. También podría haberse olvidado la carta una y otra vez y llevarla encima días y años. Yo no me habría enterado.

También la diferencia entre la buena y la mala noticia se la comieron los años, estuve mucho tiempo sola.



En pleno verano había un espantapájaros tres jardines más allá. Yo sabía cómo se hacen los espantapájaros. Sabía que se clavan dos ramas formando una cruz, que se clava la rama larga en el suelo, se ponen piedras alrededor y así pesa en la tierra. Y en lo alto de la rama se cuelga el sombrero. Y a las ramas cortas se les pone la chaqueta y a la rama larga el pantalón. Que se usa un traje negro, se rellena de paja antes de abrocharle los botones.

Una noche me colé en el jardín y descolgué el espantapájaros de la cruz. Y cuando lo hube hecho, la madera tenía la corteza blanca. Yo solo quería bajar el traje negro y el sombrero de la madera para acostarlo en el jardín, porque llevaba semanas pensando a diario durante el camino de vuelta: lo están dejando expuesto. No los vecinos, sino las frambuesas que la noche enfría y al alba se han convertido en densos coágulos rojos hasta el borde del camino, siempre dispuestas a gotear sangre, eso sí. Y las plantas de judías escarlata, escuálidas y temblonas, sonaban a sonajero como si llevaran piedras dentro.

Y, acostado en el camino, el traje relleno de paja, como las ramas tenían aquella corteza blanca, ya no tenía nada que ver con él. La corteza tampoco, ahí yo no pensaba en piel, esas cosas no me las figuro yo.

A pesar de todo, viendo aquella corteza sentía que debía darme frío.



Cuando iba en el tren a la otra ciudad, me conformaba. Por fuera viajaba una ola de cielo, campo y matorrales. Y los raíles cantaban. Algunos hablaban entre ellos. Pero como suele pasar en los trenes, cuando los raíles han cantado un rato, se callan. Conversaciones que viajen mucho tiempo no hay. Incluso cuando alguien te cuenta su vida entera, es breve.

Luego se hace el silencio.

Siempre se mencionan trenes y raíles cuando se habla de prisioneros. Se mencionan, pero lo que yo pensaba no era eso. Tampoco era el silencio, después de que un hombre me contara que no aguantaba en casa de su tercera mujer y que a ver a la segunda no iba nunca. Que todas las semanas iba a casa de la primera y le pedía pasar la noche allí, aún tenía cama para él. Tampoco eran los raíles, que cantaban para sus adentros. Todo eso podría haber tenido que algo ver, pero en mi cabeza no tenía nada que decir de él.

Luego, el hombre sacó un pañuelo de su cartera plana, de cuero. El pañuelo estaba recién planchado. Eso sí fue lo que pensé y con lo que pude decirme: ahora vas a pensar eso. Y: ahora vas a pensar eso en relación con él.

El hombre se limpió la comisura de los labios y volvió a guardar el pañuelo en la cartera plana, de cuero.

Hasta la siguiente ciudad había estaciones pequeñas junto a las vías y pequeños pueblos detrás de ellas. El hombre dormía, su mejilla empañaba el cristal. Estando el tren en marcha, yo pensaba en bajarme en alguna pequeña estación. Pensaba en ir al centro del pueblo cruzando la sala de espera de la estación, contemplar las vallas y ventanas por el camino y comprar algo en el centro del pueblo. Algo que se pudiera comer en el momento, sin dejar de andar, un panecillo o una manzana.

Pero cuando el tren paraba en una estación, no pensaba en bajarme. El hombre del pañuelo llevaba la cuenta de todas las estaciones dormido. Notaba...



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