Murgo | Miss Diciembre y el clan de Luna | E-Book | www.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, 240 Seiten

Reihe: Infantil

Murgo Miss Diciembre y el clan de Luna


1. Auflage 2023
ISBN: 978-84-19735-79-9
Verlag: Nórdica Libros
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

E-Book, Spanisch, 240 Seiten

Reihe: Infantil

ISBN: 978-84-19735-79-9
Verlag: Nórdica Libros
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark



Miss Diciembre busca trabajo, pero todas sus experiencias laborales han terminado con fracasos estrepitosos nada más empezar. Un día que responde a un anuncio para trabajar como niñera, descubre que su jefe no es otro que el Hombre del Saco, que busca a alguien que cuide de su hijo Corvin, un niño irritante que sabe convertirse en humo y esconderse entre las cenizas. Una noche, los acontecimientos toman un giro inesperado: cuando Diciembre descubre un interesante detalle sobre la familia para la que trabaja, tres desconocidos irrumpen en la casa...

Antonia Murgo es una periodista especializada en cine, series y películas de animación. Se define como lunática -aunque no tanto como el Hombre del Saco, que se apellida Moonro y dirige el Clan de Luna-, y le obsesionan las historias fantásticas para niños y jóvenes, que siempre está leyendo, escribiendo y dibujando. 'Miss Diciembre y el Clan de Luna' (Nórdica Infantil) es su primera obra, que fue galardonada con el Premio Strega Ragazze e Ragazzi 2022 a la mejor novela debut.
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En la chimenea

Diciembre abrió la boca y se frotó los ojos. Había un niño en la chimenea de la casa.

Había visto niños en las cunas y los cochecitos, dentro de los buzones y en las cestas de la lavandería, en los cañones y las jaulas de los tigres, pero nunca en una chimenea. La cabeza le sobresalía como un ovillo de humo por la garganta de piedra y el pelo de cuervo le ondeaba al viento, o quizá era un mirlo que le había anidado entre las orejas.

Sin duda, aquel niño estaba mirándola. No había nadie más en el camino de entrada, nadie más allá de las puertas que marcaban los límites de la mansión.

La casa era un edificio de dos pisos de ladrillo rojo coronado por una torrecilla y franqueado por una hilera de árboles amarillos. Había hojas secas en el jardín y enredaderas en las ventanas, como si el invierno aún no hubiera llegado.

Diciembre sacó el recorte de periódico donde venía impreso el anuncio de trabajo y comparó la dirección con el número de la puerta: ambos coincidían.

—¿Ha venido por la entrevista? —preguntó el ama de llaves que le abrió la puerta—. La he visto desde la ventana.

Diciembre asintió y se acercó a ella con cautela.

—Hay un niño en la chimenea —susurró preocupada.

—¿Y dónde quiere que esté? —replicó la mujer, sacudiéndose la ceniza del delantal—. Sígame, mister Moonro está esperándola.

Diciembre vaciló. Lanzó una última mirada al tejado, por encima de las tejas y los ladrillos de la chimenea. El niño ya no estaba.

Siguió con docilidad al ama de llaves por la casa, y atravesaron el amplio vestíbulo de la entrada, alrededor del cual serpenteaba la galería del segundo piso. Las paredes y la barandilla eran de un marrón cálido, como la piel de una castaña. Una escalinata de madera de cerezo bordeaba la pared del lado este y al otro extremo, detrás de unas columnas con incrustaciones, se vislumbraba un magnífico comedor.

El ama de llaves siguió hasta detenerse ante una puerta de dos batientes con unos rombos de cristal pintados como panales de abeja. Al abrirlas, se adentraron en una biblioteca que también contaba con un saloncito de lo más acogedor. Había una chimenea encendida, una mesita y un sofá con forma de medialuna que seguía la curva de la pared.

—Puede dejar aquí sus cosas —dijo señalando un perchero entre los estantes. A continuación le dio otra sacudida al delantal y se alejó trotando.

Diciembre se quedó sola en la estancia. Dejó la maleta cosida con retazos de tapices en el suelo, colgó la capa con capucha y el sombrero amarillo y rojo con forma de merengue en el perchero y tomó asiento en el sofá de medialuna.

Observó las cortinas corridas ante las ventanas, con dibujos de pinzones y petirrojos posados en unas ramas. Con la mirada recorrió la lámpara de pie, el globo terráqueo dorado, el taburete decorado con borlas… Casi no reparó en el hombre que se había sentado frente a ella.

—¿Mister Moonro? —preguntó desconcertada. ¿De dónde había salido?

El hombre asintió, pero no se dignó a mirarla. Llevaba un elegante traje azul noche y una barba gris y poblada que le subía hasta las sienes, como los penachos de humo que salen del hornillo de una pipa. Con el dedo índice, largo y huesudo, hojeaba unos folios plegados en acordeón.

—Sin duda, su currículum es el más largo que he recibido nunca, miss Diciembre —dijo mister Moonro.

—Muchas gracias.

—Me temo que no es un cumplido.

Diciembre apretó los labios y recorrió las piernas con las manos hasta tocarse los dedos de los pies. De ese modo, esperaba encogerse aunque fuera un poquito.

—Veo que ha tenido innumerables trabajos en los últimos dos años, la mayoría durante un tiempo, digámoslo así, limitado —prosiguió el hombre, y se detuvo a reflexionar acariciándose la barba de humo. Fue como si de las mejillas le salieran ovillos de lana que luego absorbían las brasas de la chimenea.

—Bueno, hubo algunos imprevistos… En fin, impedimentos —murmuró ella, tratando de concentrarse. Mister Moonro levantó la mano para pedir silencio.

—Vendedora de billetes de tranvía de las tres a las cinco de la tarde. Del mismo día.

—Es que el rollo de los billetes se atascó y salió rodando, y entonces…

—Limpiabotas. Dos días —volvió a interrumpirla mister Moonro.

—No me dijeron que había que cepillar antes de sacar brillo, si lo hubiera…

—Florista. Tres días.

—Eso sí que fue una injusticia, las flores aún tenían casi todos los pétalos…

—Ni siquiera sabía que existían algunos de sus trabajos: vendedora de fresas, decoradora de encajes en una tienda de mariposas, afinadora de cajas de música, encuadernadora de libretos de ópera, falsificadora de mapas de carreteras… Este último me intriga mucho. ¿De qué se trata?

Diciembre se inclinó hacia delante y le hizo un gesto para que se acercara.

—Bora Boulevard en realidad no existe —susurró.

Mister Moonro hizo una mueca y siguió rebuscando en la trayectoria profesional de Diciembre.

—Según leo aquí, se crio en un circo. Tiene quince años y hace dos que llegó a la ciudad para buscar trabajo.

Diciembre asintió.

—Seré sincero, miss: no tiene referencias ni competencias y, además, es muy pero que muy joven. ¿Sabe al menos cuál es la regla número uno de una niñera?

Diciembre reflexionó un momento. ¿Tal vez saber cocinar? No, para eso estaban las cocineras o las amas de llaves. ¿Contar cuentos? Podían hacerlo los padres o los hermanos mayores de los niños, si tenían la suerte de tenerlos. ¿Enseñar el abecedario? Los profesores, claro, no había pensado en los profesores…

—Pues yo…

—En fin, después de todo, no creo que sea la persona que estoy buscando. De todas maneras, muchas gracias por haber venido —dijo mister Moonro. Al levantarse, quitó el dedo índice de la hoja y procedió a señalarle la puerta. Luego le dio la espalda y fue a sentarse a un escritorio de caoba al fondo de la sala, dispuesto a volver a sus asuntos.

Diciembre se levantó decepcionada, con la falda arrugada por el lado en que había estrujado la tela. Indignada, se dirigió a la puerta para recoger la maleta y la capa colgada del perchero. Sin embargo, del sombrero rojo y amarillo con forma de merengue no se veía ni rastro. Se quedó horrorizada al descubrirlo en el anaquel más alto de la biblioteca. ¿Cómo había acabado ahí? La escalera de madera no llegaba siquiera a la mitad de la estantería y, por si fuera poco, se había quedado atrapada entre el reposapiés, la lámpara y el globo terráqueo dorado.

—¿Aún sigue ahí? —preguntó mister Moonro mientras garabateaba algo sobre una pila de documentos.

—Mi sombrero —dijo Diciembre señalando el anaquel más alto.

—Adelante —se limitó a responder mister Moonro.

Si hubiera sido el sombrero rojo de las setas de cera, o incluso el amarillo de los girasoles, los habría dejado allí para que se marchitaran entre los libros, pero ese era su sombrero preferido.

Diciembre se recogió la falda con las manos, tomó impulso y saltó. Apoyó el pie derecho en el reposapiés acolchado, se agachó hacia un lado y volvió a saltar. Aterrizó con el pie izquierdo en la escalera y se sostuvo con el derecho sobre la lámpara. De un último salto alcanzó el globo, se puso de puntillas y dio una vuelta sobre la esfera dorada hasta rozar el borde del sombrero con la punta de los dedos. Lo agarró y saltó al vacío. La falda se le hinchó como una nube alrededor de las caderas y Diciembre aterrizó con suavidad a los pies de la estantería.

—Que tenga buen día —exclamó satisfecha, calzándose el sombrero en la cabeza.

—Está contratada.

—¿Cómo dice?

Mister Moonro se puso en pie de un brinco, se dio la vuelta y se acercó a Diciembre, que estaba justo al otro extremo de la estancia.

—¿Aún le interesa el trabajo? —preguntó escudriñándola con unos grandes ojos grises.

Quizá lo habían impresionado los buenos modales, el tono claro y decidido con que le había deseado un buen día. O quizá había sido su buen gusto: después de todo, el sombrero rojo y amarillo con forma de merengue era una pieza única en su género. Diciembre asintió sin llegar a creérselo del todo.

—Muy bien, miss Malhoney le enseñará su nueva habitación. ¡Nidia! —llamó mister Moonro con unos golpes en la puerta. La misma mujer de antes apareció en el umbral sacudiéndose el delantal manchado de ceniza.

—Mister Moonro, hace un rato, antes de entrar… He visto a un niño en la chimenea —dijo Diciembre antes de seguir al ama de llaves por el...



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