Murphy | Dumplin | E-Book | www.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, 400 Seiten

Murphy Dumplin


1. Auflage 2017
ISBN: 978-84-16858-18-7
Verlag: NOCTURNA
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

E-Book, Spanisch, 400 Seiten

ISBN: 978-84-16858-18-7
Verlag: NOCTURNA
Format: EPUB
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Willowdean Dickson es Will para sus amigos, una chica gorda (y a mucha honra) para sí misma y Dumplin para su madre. Ser hija de una antigua reina de la belleza nunca ha afectado su autoestima... hasta que descubre que el chico que le gusta se siente atraído por ella. Para librarse de la repentina inseguridad que eso le genera, Will hace lo más impulsivo y horrible que podría habérsele ocurrido: presentarse al concurso de belleza local Miss Lupino Juvenil de Clover City con el objetivo de demostrar que una persona es algo más que su peso. Sin embargo, al inscribirse no se imaginaba la reacción en cadena que provocaría entre otras chicas de su instituto. 'No sé qué pasa con los bañadores que te hacen pensar que debes ganarte el derecho a llevarlos. Y no es así. En realidad, la cuestión es muy simple: ¿no tienes un cuerpo? Pues ponte un bañador'. Porque si tienes que hacer algo, hazlo a lo grande o no lo hagas.

Julie Murphy vive en Texas con un marido que la quiere, un perro que la adora y varios gatos que la toleran. En 2014 publicó su primera novela, Side Effects May Vary, seguida de Dumplin (2015; Nocturna, 2017) --que nada más salir a la venta lideró la lista de best sellers del New York Times, se vendió a más de veinte idiomas y cuyos derechos cinematográficos compró Disney-- y Ramona Blue (2017).
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1

Las mejores cosas que me han pasado en la vida han empezado con una canción de Dolly Parton, incluida mi amistad con Ellen Dryver.

La canción que selló el trato fue «Dumb Blonde», de su álbum debut de 1967 Hello, I’m Dolly. El verano antes de entrar en primaria, mi tía Lucy trabó amistad con la señora Dryver gracias a su devoción mutua por la cantante. Mientras bebían té dulce a sorbitos en el comedor, Ellen y yo veíamos dibujos animados sentadas en el sofá sin saber muy bien qué hacer. Pero una tarde aquella canción salió del estéreo de la señora Dryver, Ellen se puso a tamborilear con el pie mientras yo canturreaba y, antes de que Dolly hubiera llegado al estribillo, ya estábamos bailando en círculos y cantando a voz en grito. Por suerte, nuestra amistad y nuestro amor mutuo por Dolly terminó durando más de una canción.

Espero a Ellen delante del todoterreno de su novio en el aparcamiento del instituto. Mis pies se hunden poco a poco en el asfalto reblandecido por el sol abrasador. Intento no estremecerme al contemplar a mi amiga salir por la puerta y zigzaguear entre el tráfico que se produce a la salida de clase.

El es todo lo que yo no soy: alta, rubia y víctima de esa imposible paradoja torpona y sexi que sólo parece darse en las comedias románticas. Siempre se ha sentido satisfecha consigo misma.

No veo a Tim, su novio, pero no me cabe la menor duda de que se encuentra unos pasos por detrás con la nariz metida en el móvil para ponerse al día de todos los partidos que se ha perdido durante las clases.

Lo primero que me llamó la atención de Tim fue que era por lo menos ocho centímetros más bajito que El, aunque a ella nunca le ha importado. Cuando le mencioné lo de su diferencia de estatura, sonrió y me dijo mientras el sonrojo de sus mejillas se le extendía por el cuello: «¿A que es mono?».

Ellen derrapa al pararse delante de mí, jadeante.

—Esta noche trabajas, ¿no?

Me aclaro la garganta.

—Sí.

—Aún estás a tiempo de encontrar un trabajo de verano en el centro comercial, Will. —Se apoya en el todoterreno y me da un empujoncito con el hombro—. Conmigo.

Niego con la cabeza.

—Me va bien en el Harpy’s.

Un camión gigantesco nos pasa por delante y se dirige a toda velocidad hacia la salida.

—¡Tim! —grita mi amiga.

Su novio se detiene en seco y nos saluda al tiempo que el camión pasa casi rozándolo, a escasos centímetros de convertirlo en papilla.

—¡Por Dios! —exclama El lo suficientemente alto como para que yo lo oiga.

Creo que están hechos el uno para el otro.

—¡Gracias por avisar! —grita él.

Podríamos estar en medio de una invasión alienígena y Tim diría: «Guay».

Después de cruzar el aparcamiento, se mete el móvil en el bolsillo trasero y le da un beso a su novia. No es uno de esos con la boca abierta, sino más bien uno de hola-te-he-echado-de-menos-estás-tan-guapa-como-en-nuestra-primera-cita.

A mí se me escapa un lento suspiro. Si alguna vez pudiera apartar la vista de toda la gente que se besa, estoy segura de que mi vida sería al menos un dos por ciento más gratificante.

No es que esté celosa de Ellen y de Tim o que sienta que me la roba. Ni siquiera que él me interese. Pero quiero lo que ellos tienen. Quiero que alguien me salude con un beso.

Desvío la mirada con los ojos entrecerrados en dirección al sendero que rodea el campo de fútbol.

—¿Qué están haciendo ahí todas esas?

Hay un puñado de chicas con pantalones cortos rosas y camisetas sin mangas a juego corriendo por el camino.

—Un entrenamiento intensivo para el concurso —me aclara mi amiga—. Dura todo el verano. Una de mis compañeras de trabajo lo está haciendo.

No me molesto siquiera en poner los ojos en blanco. Clover City no es conocida por muchas cosas. Cada pocos años, nuestro equipo de fútbol se lo curra para jugar una final y, de vez en cuando, alguien incluso se pira de aquí y hace el tipo de cosa que merece un reconocimiento, aunque lo único que pone a nuestra pequeña ciudad en el mapa es la celebración del concurso de belleza más antiguo de Texas: Miss Lupino Juvenil. Nació en los años treinta y ha ido creciendo en importancia y ridiculez con el paso del tiempo. Lo sé de muy buena tinta porque mi madre lleva los últimos quince años dirigiendo el comité organizador.

Ellen le saca a su novio las llaves del coche del bolsillo delantero de los pantalones cortos y me da un abrazo de costado.

—Que te vaya bien en el curro, no dejes que te salpique grasa ni nada de eso. —Abre la puerta del conductor y le dice a su pareja al otro lado—: Tim, deséale a Will un buen día.

Este levanta la cabeza un segundo y me dedica esa sonrisa que a mi amiga tanto le gusta.

—Will —puede que tenga la cara pegada al móvil la mayor parte del tiempo, pero cuando habla…, bueno, lo hace de un modo que provoca que una chica como Ellen siga con él—, te deseo que pases un buen día.

A continuación hace una reverencia.

Ellen alza los ojos al cielo, se coloca detrás del volante y se mete un chicle en la boca.

Me despido de ellos con la mano y voy camino de mi coche cuando pasan a toda velocidad por mi lado. Ellen vuelve a gritarme «adiós» por encima del «Why’d You Come in Here Lookin’ Like That» de Dolly Parton, que sale a todo volumen por los altavoces.

Cuando estoy rebuscando las llaves en el bolso, me doy cuenta de que Millie Michalchuk se acerca por la acera y atraviesa el aparcamiento con sus andares de pato.

Sé lo que va a pasar antes incluso de que ocurra. Patrick Thomas, que probablemente sea el imbécil más grande de todos los tiempos, está recostado sobre la miniván de los padres de Millie. Tiene la superhabilidad de ponerle motes a la gente y que estos se le queden grabados para siempre. A veces son motes chulos, pero la mayoría son cosas como Haaaaaaaa-nah, pronunciado como el relincho de un caballo, porque la chica parece tener la boca llena de…, en fin, de dientes de caballo. Ingenioso, lo sé.

Me avergüenza admitir que Millie es esa chica a la que me he pasado toda la vida mirando mientras pensaba: «Podría ser peor». Yo estoy gorda, pero ella tiene el tipo de gordura que necesita pantalones con cinturilla elástica porque no los fabrican con botones y cremalleras de su talla. Tiene los ojos demasiado juntos y la punta de la nariz respingona. Lleva camisas con perritos y gatitos y no de un modo irónico.

Patrick bloquea la puerta del lado del conductor y, junto con su grupito de amigos folloneros, se pone a gruñir como un cerdo. Millie se sacó el carné hace unas semanas y, por cómo va zumbando por ahí con esa miniván, creerías que lleva un Camaro.

Está a punto de doblar la esquina y de encontrarse con todos esos gilipollas apiñados alrededor de su coche cuando grito:

—¡Millie! ¡Aquí!

Millie tira de las correas de su mochila, cambia de rumbo y se dirige hacia mí, haciendo que su sonrisa le levante tanto las sonrosadas mejillas que casi le toquen los párpados superiores.

—¡Hola, Will!

Sonrío.

—Eh. —No había pensado en lo que le iba a decir una vez que llegara y se me plantara delante—. Felicidades por el carné —le suelto.

—Ah, gracias. —Vuelve a sonreír—. Eres muy amable.

Por encima de su hombro observo a Patrick Thomas, que se estira la nariz hacia atrás con un dedo para que parezca el hocico de un cerdo.

Escucho a Millie contarme que ha cambiado las emisoras de radio que su madre tenía grabadas y cómo fue la primera vez que le echó gasolina al coche. Patrick me fulmina con la mirada. Es el típico tío que esperas que nunca se fije en ti, aunque no se me ocurre cómo podría llegar a ser invisible ante sus ojos. No hay manera de esconder un elefante.

Millie sigue charlando muy animada y Thomas y sus amigos se rinden y se van. Ella hace un gesto con las manos hacia atrás como señalando la miniván.

—No es por nada, pero en la autoescuela no te enseñan a echar gasolina y la verdad…

—Mmm, lo siento, es que voy a llegar tarde al trabajo —le digo. Ella asiente—. Pero felicidades de nuevo.

La observo mientras se dirige a su coche. Ajusta todos los espejos antes de dar marcha atrás para salir de su plaza en un aparcamiento casi vacío.

Estaciono detrás del Harpy’s Burgers & Dogs, corto por el autoservicio y llamo al timbre de la puerta del almacén. Como nadie contesta, llamo otra vez. El sol texano me da de lleno en la coronilla.

Espero mientras un tío con mala pinta, que lleva un sombrero de pescador y una camiseta interior sucia, se para con el coche en la ventanilla de pedidos y recita su comanda dolorosamente específica, que incluye el número exacto de pepinillos que quiere en su hamburguesa. Una voz le indica el importe. El hombre se me queda mirando, se baja las gafas de sol tintadas de naranja y suelta:

—¡Bonitas posaderas!

Me giro en redondo pegándome el vestido a los muslos y aporreo el timbre cuatro veces. Se me hace un nudo en el estómago.

No estoy obligada a llevar vestido en el trabajo, también tenemos la opción de los pantalones de poliéster, pero la cinturilla elástica no da bastante de sí para subirme por las caderas. Yo le echo la culpa a los pantalones. Me niego a pensar que mis caderas son un incordio; desde mi punto de vista, son más bien una ventaja. Me refiero a que si estuviéramos, pongamos por ejemplo, en...



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