E-Book, Spanisch, 136 Seiten
Reihe: Terapia Breve
Nardone No hay noche que no vea el día
1. Auflage 2012
ISBN: 978-84-254-3114-2
Verlag: Herder Editorial
Format: EPUB
Kopierschutz: 0 - No protection
La terapia breve para los ataques de panico
E-Book, Spanisch, 136 Seiten
Reihe: Terapia Breve
ISBN: 978-84-254-3114-2
Verlag: Herder Editorial
Format: EPUB
Kopierschutz: 0 - No protection
Giorgio Nardone es director del Centro di Terapia Strategica de Arezzo, que fundó junto con Paul Watzlawick. Dirige la Escuela de Especialización en Psicoterapia Breve Estratégica y la Escuela de Comunicación y Problem Solving Estratégico, con sedes en Arezzo, Milán, Madrid y Barcelona. Reconocido internacionalmente como el máximo exponente de los investigadores que impulsaron la evolución de la Escuela de Palo Alto, es autor de numerosos trabajos que se han convertido en una referencia teórica y práctica para estudiosos, psicoterapeutas y managers de todo el mundo.
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Capítulo 1
La mente que cae en su propia trampa: anatomía del pánico
«No puede vivir sin el temor
que es la causa de su temor.»
Epicuro, Escritos morales
«Negra utopía, la ansiedad solamente nos
proporciona «aclaraciones» sobre el porvenir.»
E. Cioran, Silogismos sobre la amargura
Psicofisiología del pánico
El pánico, en cuanto reacción psicofisiológica, puede definirse como la forma extrema del miedo. Se trata de una reacción iniciada por la percepción a través de nuestros sentidos o, algo que no hay que subestimar, por imágenes mentales de tipo realista o fantástico, que involucran a todo el organismo; desde las zonas más arcaicas de nuestro cerebro hasta los componentes más evolucionados de nuestra mente; de las partes más viscerales a las zonas más periféricas de nuestro cuerpo. Los parámetros generalmente utilizados para medir la activación del organismo –latido cardiaco, ritmo respiratorio, sudoración, reflejo psicogalvánicose van por las nubes. Precisamente esta rápida escalada de sucesos es la que lleva a la sensación de total pérdida de control. A esta experiencia, que como una cuchilla afilada causa un desgarro en la sensación de seguridad de la persona, se le asocia inmediatamente el miedo a morir o a enloquecer o, de todas formas, de ser poseído por una fuerza oscura que impulsa a hacer algo más allá de la propia voluntad. La combinación entre las sensaciones concretas propioceptivas y las atribuciones de sentido en su recíproca y circular interacción conduce, de forma gradual, a estructurar el círculo vicioso del miedo patológico. En otras palabras, las sensaciones de alteración que la persona experimenta activan pensamientos y convicciones amenazadores; éstos retroactúan provocando en el organismo las consiguientes reacciones de alarma que conducen a mayores alteraciones psicofisiológicas; estas últimas alimentan posteriormente las formas aterrorizadoras de atribución de significado a aquello que está sucediendo. Esta dinámica circular lleva al tilt mental y psicofisiológico que es el ataque de pánico.
Además de los puntuales relatos de los pacientes, que describen lúcidamente la escalada del miedo al pánico, recientemente este proceso de interacción entre la mente y las reacciones fisiológicas ha sido observado también gracias a las mediciones en el laboratorio de las actividades cerebrales sometidas a impulsos aterrorizadores.
El gráfico de Dennis S. Charney, investigador del National Institute of Mental Health, el centro que está a la vanguardia mundial del estudio de los fenómenos mentales, describe con claridad lo que sucede durante una manifestación de miedo intenso.
La anatomía del pánico
Desencadenante: Cuando los sentidos perciben un peligro –un ruido imprevisto, una imagen de miedo, una sensación desagradable– las informaciones toman dos caminos diferentes a través del cerebro:
A. El atajo: El cerebro activa automáticamente un dispositivo de emergencia, la amígdala. Una vez activada, ésta envía el equivalente a un mensaje que alerta a todas las otras estructuras cerebrales. El resultado es la clásica reacción de miedo: sudoración en las manos, taquicardia, aumento de la presión sanguínea y una descarga de adrenalina. Todo esto sucede antes de que la mente se dé cuenta de que ha notado o tocado algo. Antes de saber de qué tienes miedo, lo experimentas.
B. El camino principal: Solamente después de que la respuesta al miedo se ha activado, la mente consciente entra en funcionamiento. Algunas informaciones sensoriales, en vez de viajar directamente hacia la amígdala, toman un camino más circular, deteniéndose primero en el tálamo –el centro que elabora los síntomas sensoriales– y después en la corteza –la capa externa de las células cerebrales–. La corteza analiza los datos tal como entran a través de los sentidos y decide si requieren una respuesta de miedo. Si es así, la corteza envía una señal a la amígdala y el cuerpo es alertado.
1. Estímulos auditivos y visuales reales o imaginarios
Las visiones y los sonidos se elaboran en el tálamo, que filtra los impulsos de entrada y los desvía directamente a la amígdala o a las partes apropiadas de la corteza.
2. Estímulos olfativos y táctiles reales o imaginarios
Las sensaciones olfativas y táctiles atraviesan el tálamo dirigiéndose directamente a la amígdala. Por tanto, los olores pueden provocar recuerdos o sensaciones más fuertes que las visiones o los sonidos.
3. El tálamo
Analiza los impulsos visuales en entrada por dimensión, forma y color, y los impulsos auditivos por volumen y contraste; por tanto, envía la señal a las partes relacionadas de la corteza.
4. La corteza
Proporciona el sentido natural de la visión y del sonido, permitiendo al cerebro llegar a ser consciente de lo que se ve o se oye. Actuando sobre una región, la corteza prefrontal, puede interrumpirse la reacción de la ansiedad.
5. Amígdala
Centro emocional del cerebro, la amígdala desempeña el papel primario de poner en marcha la reacción del miedo. Las informaciones que la atraviesan tienen un significado emocional.
6. Núcleo basal del terminal estriado
Si la amígdala desencadena una inmediata explosión de miedo, el núcleo perpetúa dicha reacción, causando el malestar de larga duración típico de la ansiedad.
7. Locus ceruleus
Recibe señales de la amígdala y es responsable de muchas manifestaciones típicas de la ansiedad: taquicardia, aumento de la presión, sudoración y dilatación de las pupilas.
8. Hipocampo
Es el centro de la memoria, vital para almacenar las informaciones que provienen de los sentidos, cargadas del bagaje emocional recibido durante su recorrido a través de la amígdala.
...y cómo reacciona el cuerpo
Alertando al cerebro, la amígdala desencadena una serie de cambios químicos y hormonales que ponen a todo el organismo en modo de alerta.
Incremento de las hormonas del estrés
Respondiendo a las señales del hipotálamo y de la glándula pituitaria, las glándulas suprarrenales segregan grandes niveles de cortisona. Demasiada cortisona cortocircuita las células del hipocampo, haciendo difícil la organización de la memoria de un trauma o de una experiencia estresante. Los recuerdos pierden coherencia y se vuelven fragmentarios.
Aumento del latido cardiaco
El sistema nervioso simpático del cuerpo, responsable del latido cardiaco y la respiración, desarrolla un trabajo adicional: el corazón late más fuerte, la presión de la sangre aumenta y los pulmones se hiperventilan. Aumenta la sudoración y, finalmente, las terminaciones nerviosas bajo la piel entran en acción provocando la llamada piel de gallina.
Agresión o fuga
Los sentidos se vuelven hiperactivos, en busca de nuevas amenazas potenciales. La adrenalina se descarga hacia los músculos, preparando el cuerpo para combatir o huir.
Paro de la digestión
El cerebro deja de pensar en las cosas que producen placer y se concentra en peligros potenciales. Para evitar la pérdida de energía en la digestión induce al cuerpo a vaciar el tracto digestivo a través del vómito involuntario, la orina y la defecación.
Estas investigaciones –con todos los límites del todavía escaso conocimiento del funcionamiento del sistema nervioso central y de sus complejas funciones– muestran el modo en que los centros ligados a las reacciones emocionales, es decir la mente más arcaica y primitiva, y los centros ligados al racionamiento y a las decisiones lógicas, o sea la mente más moderna y evolucionada, interactúan durante las reacciones de pánico. Sin embargo, las reacciones psicofisiológicas de alarma típicas del miedo se disparan antes, y de manera autónoma, de la activación de las zonas más evolucionadas del cerebro. Esto significa que la primera sensación de miedo es mucho más rápida que cada uno de nuestros pensamientos y elaboración mental. Esto, como nos enseñan los biólogos, frente a un peligro, desencadena aquellas reacciones inmediatas que a menudo nos salvan la vida y es, por tanto, un dispositivo natural que sería realmente arriesgado no poseer. Cuando nuestra mente moderna y evolucionada confunde este sano dispositivo con algo peligroso, porque se dispara fuera de su control, entonces se inicia la escalada que conduce al pánico. La mente se engaña a sí misma hasta el punto que, normalmente, después de las primeras experiencias de pánico, el organismo ya no necesita estímulos externos para iniciar aquella cadena de eventos psico-fisiológicos y nuestra mente puede hacerlo todo ella sola. Es suficiente una imagen mental para inducir las emociones y las reacciones fisiológicas que llevan al ataque de pánico. En otras palabras, la mente excava la trampa en la cual después se mete y de la cual ya no consigue salir: se convierte en víctima y verdugo al mismo tiempo. Como escribe Rawling, «atados por vínculos invisibles a nuestro miedo, somos, al mismo tiempo, marionetas y titiriteros, víctimas de nuestras expectativas».
La trampa mental
Son muchos los estudios que intentan explicar este fenómeno, raro en apariencia pero devastador en sus efectos. Como siempre, los investigadores se dividen entre...




