E-Book, Spanisch, 624 Seiten
Narla Breo
1. Auflage 2023
ISBN: 978-84-350-4923-8
Verlag: EDHASA
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
E-Book, Spanisch, 624 Seiten
ISBN: 978-84-350-4923-8
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Francisco Narla, nacido en Lugo en 1978 y afincado en un pequeño pueblo del corazón de Galicia, Friol, es aviador y escritor. Pero son sus aficiones las que lo definen: arquero, pescador con mosca, aficionado a los bonsáis, apicultor y casi cualquier cosa sobre la que pueda leer en un libro. Ha publicado poesía, relatos, ensayos técnicos y novelas. Ha colaborado con radio y televisión y también es conferenciante habitual en foros universitarios. En 2009 publica su primera novela, Los lobos del centeno, con nueva edición ilustrada en Edhasa en 2019. En noviembre de 2010 ve la luz su segunda obra de ficción, Caja negra, reeditada en 2015 y traducida a varios idiomas. En 2012 nos sorprendió con Assur, con la que recibe el aplauso del público y conquista las listas de los más vendidos. Y al año siguiente nos presenta Ronin, que le consagró como uno de los más versátiles y talentosos escritores de novela histórica de nuestro país y que, en 2020, se publica en Edhasa una nueva edición que incluye un prólogo del autor y una guía y un mapa del viaje. Narla continuó en este género con su trabajo más personal: Donde aúllan las colinas. En 2018 gana el I Premio Edhasa de Narrativas Históricas con la obra Laín. El bastardo. Tras el éxito, tanto en ventas como en críticas, de Laín, publicó, Fierro, seguro que recordarás este nombre.... En 2022 cambia de época y nos sorprende con Balvanera. Y en 2023 publica Breo. El celta que desafió a Roma
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El silencio aplastó al niño.
Cuando apartó las manos, los gritos habían terminado. Ya no se oía nada. Ni siquiera el viento se atrevía a susurrar entre las espigas.
Y todo fue silencio. Un silencio que ahogaba, hasta que las risas lo hicieron añicos.
El niño se revolvió entre los tallos. Y vio aquellas risas, lejos, más allá del cereal, apenas franjas borrosas, pero las vio; las risas, las sombras, las espadas, y el brillo de las antorchas.
El mijo, seco y lleno de verano, prendió como yesca. Y el fuego creció. Insaciables, las llamas se tragaron el silencio. Y las risas. Pero no el miedo.
Un cuervo echó a volar con un graznido y el niño apretó los ojos.
No quería llorar, pero, si obedecía, moriría.
Mamá le había dicho que se quedase allí, escondido. Y no se atrevió a desobedecer. No quería que se enfadase. Si se enfadaba, no acabaría el cuento. El de la dama que vivía en el manantial, en la sierra, donde se guardaban las nieves.
Lo había escuchado mil veces. La bella engatusaría al cazador. Lo sabía, pero no quería que mamá se enfadase. Quería escuchar el final. Quería sentirse arropado y dormirse en su voz.
Pero el fuego no conocía aquella historia.
Ya no habría siega. La plantación se convirtió en una pesadilla al rojo vivo. Los granos reventaban. Las chispas revoloteaban, caían y engendraban más llamas. Y el fuego, que tenía prisa, lo engulló.
Se abrazó las rodillas despellejadas. Y tosió. Y vaciló. Y tuvo que rendirse.
–Lo siento –tartamudeó–, mamá.
Y desobedeció.
Escapó, a gatas, arrastrándose como los ratones, que huían despavoridos. Se desolló los dedos, se arañó las manos. Salió trastabillando, sin mirar atrás, temiendo que una flecha le atravesase el corazón. Y tras él, furioso, el fuego rugió.
Corrió hasta la loma y se refugió tras la zarza. La misma que unos días antes le había regalado jugosas moras.
Allí volvió a verlos, al otro lado del fuego. Ya no tenían antorchas, pero seguían riéndose. Se alejaban del horror, satisfechos. Se llevaban su botín: la victoria. Dejaban atrás su legado: desolación.
Y el niño corrió. A su hogar. Hacia mamá.
Cruzó las hileras de piedras, los parapetos y el foso. Pasó junto al madero donde se ataban las riendas, dejó atrás las tallas sagradas. Y llegó a la muralla. Allí, flanqueado por las dos torres, encontró el portón, bajo el enorme dintel del que colgaban los colmillos.
Estaba destrozado. Los troncos, quebrados. Los herrajes, retorcidos. Nadie volvería a cerrarlo.
Y el primero con el que se topó fue con Zainus.
Había luchado junto a papá cuando Segilus mintió a las tribus. Había sido un guerrero del clan y también quien le había enseñado a trenzar las crines de las yeguas.
Se habían llevado su casco, su arma, sus brazaletes. Y le habían cortado la mano derecha, la de la espada.
Y no era el único. Desperdigados, rotos, los cuerpos sembraban la entrada. Habían peleado. Y habían pagado el precio.
Ainvar, sólo un par de estaciones mayor, el primero en presumir de barba, también lo había intentado. Su espada, mellada, yacía a unos palmos. Era el arma de un niño haciéndose hombre, y ésa no se la habían llevado.
Estaban todos muertos. Sólo quedaba el fuego.
Habían arrimado lumbre a los capazos de grano. A los techos, a la paja de las cuadras, a todo lo que pudiera arder. Dragones furiosos, hechos de llamas, reptaban por los muros y rugían sobre las casas. Consumían los postes, las varas, los juncos. A unos pasos, ardía el taller de Umar, aquel viejuco que tallaba flautas en las ramas de saúco. Ardía el taller y ardía el propio Umar.
Y el niño apartó los ojos del horror.
Y echó a correr. Corrió una vez más.
Corrió entre las casas, junto a las ortigas que brotaban en el umbral de Diviciacus. Pisó las calvas en la hierba, gastada por quienes iban a pedir consejo a papá. Saltó sobre el socavón que había frente al establo del Grueso.
Corrió. Con un brazo en alto, para resguardarse de las brasas. Por el camino de siempre. Como si regresase tras echar una galopada sin permiso.
Pasó junto a la casa de Apanio, que era quien tejía los mejores cestos. Y los cestos estaban en llamas. Y olía a manzanas asadas, porque también ardía el gran manzano frente a la cuadra de Titoz.
Corrió, y el infierno se lo tragó.
Quería escuchar cómo la amada del cazador era embrujada.
–La convirtió en loba, en una loba blanca...
La leñera de la casa de vapor ardía. Más allá, los panes de sal del almacén reventaban entre crujidos.
Corrió. E intentó no mirar.
La pequeña Briga, con sus pecas, con sus trenzas desiguales, yacía junto a las varas de gordolobo. La habían sorprendido mientras la muy golosa recolectaba las ricas flores amarillas.
Corrió. Y mamá no lo riñó.
Mamá estaba allí.
Los dos estaban allí. Junto a la puerta. Y no quiso creérselo, pero allí ardían las pieles, la de un lobo y la de un oso, los centinelas de la familia. Y allí estaban las marcas que papá había hecho según crecían los hermanos. Y, más allá, dentro, el telar de mamá.
Y las llamas lo envolvían todo.
Él había intentado protegerla. Hasta el último momento.
Se habían llevado su cabeza.
El niño cayó de rodillas.
La mano, sucia, tinta de sangre, enseñaba los callos de la espada. Los dedos, recios, contaban otras historias, historias donde no había lobas blancas. Le faltaba el meñique, perdido bajo el hacha de un sureño. Y tenía una cicatriz.
–Me mordió una mula –le había contado en una ocasión.
Sollozó.
–Fue una lanza –le había dicho en otra.
El humo lo apuñaló.
–Me caí de niño, cuando le robaba manzanas a Titoz.
Nunca sabría la verdad. Y, aun así, la conocía bien: era la mano de papá.
Y la mano de papá se había aferrado a algo. Fuerte, curtida, con su cicatriz, sin uno de los dedos, sujetaba un último deseo. Un pajarillo entre espinas. La mano de mamá.
–Al llegar la luna nueva –susurró el niño–, el cazador supo que el plazo se acababa. Debía matar a la loba blanca. La había estado esperando durante nueve días. Nueve días con sus nueve noches, como le había dicho la bella dama de rubios cabellos...
El fuego crecía, y el castro se convertía en ruinas. Su vida se volvía cenizas. Y aquel cuervo arañaba las nubes volando sobre el infierno.
–¡Es una historia estúpida!
Los sollozos trocearon las palabras.
–¡Era una loba! El cazador no la hubiera reconocido, ¡no puede ser cierta!, ¡no...!
Uno de los techos se derrumbó. Salpicó brasas y sopló bocanadas que envalentonaron a otras llamas. Pedazos de los postes salieron disparados. Uno, ardiendo, cubierto de brillantes escamas, le pasó a un palmo.
Tenía que salir de allí. Escapar. Correr una vez más.
–No... –repitió lastimero.
Y sólo le respondió el viejo manzano, que se resquebrajó con un crujido.
No quedaba nadie. O se los habían llevado como esclavos o los habían matado. Nadie soplaría el cuerno por los muertos. Nadie entonaría los cantos que honraban a los valientes. Nadie llevaría a papá hasta la isla en el gran río para ser entregado a los buitres.
–No –protestó–. ¡Es una historia estúpida!
Entonces lo vio. En la esquina entre la casa y la cuadra. Se habían llevado las ovejas, pero se habían dejado algo atrás.
Una vara de serbal, sobada por las batallas y rematada con una estatuilla de bronce, un jinete que blandía una espada sobre las tres colas de caballo. Las tres crines blancas.
–No –repitió entre dientes apretados.
El niño se acercó. Y algo irrefrenable estrujó su rostro. Tiznada de hollín, marcada por los regueros de las lágrimas, aquella tierna cara se llenó de odio y, en sus ojos, del color del mar, se desató una tormenta.
–¡Nooo!
El grito arrancó algo de sus entrañas y pateó el estandarte con todas sus fuerzas.
–¡No!, ¡no!, ¡nooo...!
Y lo pisoteó. Y maldijo. Y se arrancó los brazaletes, los que papá le había regalado. Y los tiró al suelo.
Uno de los establos se derrumbó. Las piedras de las casas blanqueaban, como en el horno listo para recibir el pan.
Y oyó algo. Gemidos que salían de la cuadra en llamas. Y entró sin pensárselo.
Para llevarse al rebaño, habían matado a la perra. La pobre, con un tajo en el costado, se había refugiado en una esquina con su último aliento.
La lobera, de un gris sucio y revuelto, se había apagado. Y descubrió tras ella a la camada que él mismo había ayudado a nacer. Mamá le había dicho qué hacer, y la perra, agradecida, le había lamido las manos.
Seis cachorros. Dos pardos, que heredaban del padre; otros tres indecisos, con manchas de ambos colores, y el último, el más pequeño, ceniciento, como la madre.
Todos habían muerto, ahogados por el humo. Todos menos uno. El pequeño. Era él quien gemía. Sus zarpas amasaban el pescuezo, pidiendo una leche que no llegaría.
Se acercó. Y el cachorrillo gruñó e hizo ademán de morderlo.
La furia del niño se había desvanecido, ahora sólo quedaba el desconcierto. Y la pena. Una pena honda y...




