E-Book, Spanisch, 792 Seiten
Narla Ronin
1. Auflage 2021
ISBN: 978-84-350-4836-1
Verlag: EDHASA
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
E-Book, Spanisch, 792 Seiten
ISBN: 978-84-350-4836-1
Verlag: EDHASA
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Francisco Narla, nacido en Lugo en 1978 y afincado en un pequeño pueblo del corazón de Galicia, Friol, es aviador y escritor. Pero son sus aficiones las que lo definen; arquero, pescador con mosca, aficionado a los bonsáis, apicultor y casi cualquier cosa sobre la que pueda leer en un libro. Ha publicado poesía, relatos, ensayos técnicos y novelas. Ha colaborado con radio y televisión y también es conferenciante habitual en foros universitarios. En 2009 publica su primera novela, Los lobos del centeno. En noviembre de 2010 ve la luz su segunda obra de ficción, Caja negra, reeditada en 2015 y traducida a varios idiomas. En 2012 nos sorprendió con Assur, con la que recibe el aplauso del público y conquista las listas de los más vendidos. Y al año siguiente nos presenta Ronin, que le consagró como uno de los más versátiles y talentosos escritores de novela histórica de nuestro país, género que ha continuado en su trabajo más personal y última novela hasta la fecha: Donde aúllan las colinas. En 2018 gana el I Premio Edhasa de Narrativas Históricas con la obra Laín. El bastardo. Tras el éxito, tanto en ventas como en críticas, de Laín, Francisco Narla acaba de presentar su nueva novela que ya está en librerías, Fierro, seguro que recordarás este nombre....En 2019, publicó en Edhasa una nueva edición revisada por el mismo de la obra Los lobos del centeno en versión ilustrada; en 2020 una nueva edición de la epopeya vikinga titulada Assur que incluye un prólogo nuevo escrito por el propio autor, una guía del viaje y un mapa del viaje; y en 2021 la nueva edición de su aclamada obra Ronin, sobre la venganza de un samurai.
Autoren/Hrsg.
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PRIMER MAGARI
FUSHIMI
«Un samurái debe ante todo tener presente,
día y noche..., el hecho de que un día ha de morir».
Daidoji Yuzan, El código del samurái
Moriría esa noche. Y él lo sabía.
Aquella mansa quietud no duraría mucho. Las guerras, como los mentirosos, jamás sacaban provecho del silencio. Los combates empezarían de nuevo; sin remisión. Y serían los últimos.
No vería el nuevo amanecer.
Era una noche plácida, la primera desde el comienzo del asedio que concedía un respiro a los samuráis del castillo. La luna, casi en plenitud, se mostraba con timidez sobre las tejas oscuras, y su reflejo, acompañado por las llamas vacilantes de los faroles, apenas llenaba las sombras. El agua del arroyo, modelado durante años por los artesanos, susurraba con el tono justo. El cálido aroma de los juncos maduros se escapaba de los jardines dispuestos entre los almacenes, las armerías y los barracones de la guarnición. Las ramas de los cedros trenzaban huecos de claroscuros, mecidos por una suave brisa que rompía el encanto de aquella serenidad al revolver, sin recato, los hedores de las cruentas batallas que se habían sucedido durante diez largos días.
El verano terminaba y el calor del día, apresado por las enormes piedras trabadas en los cimientos, se liberaba poco a poco. Ni siquiera las cigarras y los grillos, espantados por las atroces contiendas, se atrevían a romper la hipócrita calma de la tregua.
Envuelto en aquel presentimiento del otoño, recogido entre los aleros de las murallas, Saigo caminaba adentrándose en el corazón del alcázar. Se movía con ligereza. Con un andar suelto, impropio para un hombre que arrastraba sus años y cicatrices.
Los duros geta de madera que calzaba apenas hacían ruido cuando apoyaba las suelas, pero cada paso se acompañaba de un desagradable tintineo; el complicado entramado de cordajes de seda que sujetaba la miríada de escamas de su armadura había recibido algún corte. Probablemente en el último ataque, al ocaso, durante las escaramuzas a caballo que habían librado instantes antes del incendio de la torre del este, cuando, una vez más en aquel interminable asedio, Torii Mototada, el daimyo del castillo de Fushimi, había dado la orden sin temer la aplastante superioridad del enemigo. Y, una vez más, había resultado evidente que los dos centenares escasos de supervivientes poco podían hacer contra los casi cuarenta mil aceros del ejército comandado por el magistrado Ishida Mitsunari.
Ahora, mientras se preparaban para lo que sería el final, los dos bandos cobraban resuello aprovechando la pausa. Y en tanto el adversario tomaba aliento, en el fortín, muchos componían un postrer poema con el que afrontar la muerte u otros acometían unas últimas tareas que apestaban a derrota, y el señor de la fortaleza, sin explicaciones, lo había hecho llamar, con urgencia, despreciando el destino de dolor y muerte que se cernía sobre ellos.
Le parecía recordar el silbido agudo de un disparo que había pasado demasiado cerca, aunque Saigo no dedicó un solo pensamiento a esa o a cualquiera de las veces que había estado a punto de morir en aquella sarta de días esculpidos a sangre y fuego. Se palpó el costado del peto hasta encontrar las launas que la bala había rozado, las liberó de los cabos deshilachados y las guardó bajo el kote que protegía su antebrazo izquierdo. No quería perderlas. A excepción de su hijo, al que no veía desde hacía demasiado tiempo, aquella desgastada armadura y su par de sables eran cuanto le quedaba de su vida anterior.
Sin detenerse, desechando la nostalgia que pretendía hacer presa en él, ató los cabos sueltos con manos ágiles y sus labios se contorsionaron en un inacabado amago de sonrisa. Ya no se oía aquel incómodo soniquete, solo el leve susurro de los zuecos en la arena del camino.
Satisfecho, el samurái sacudió los hombros acomodando las guatas. Abrigado con la reconfortante sensación de que cada pieza y lazada asentaba en los callos de su cuerpo. Era como toparse con un viejo amigo. Y aquella percepción le permitió arrinconar la melancolía que le había producido pensar en su pasado. Siguió su camino.
En un pequeño patio, decorado por jardines de grava rastrillados y arbustos de azalea delicadamente podados, se cruzó con un grupo de shinobi. A la luz de antorchas y lampiones de papel, aquellos guerreros arreglaban sus oscuras vestimentas azules, preparándose para una incursión nocturna a las líneas enemigas; probablemente advertidos por alguno de los capitanes de que debían cortar las líneas de correo del enemigo.
Eran fabulosos espías, maestros en las refriegas cuerpo a cuerpo y artesanos consumados en las tareas de sabotaje, pero, como él mismo, aquellos hombres llevaban en sus rostros el castigo del largo asalto. Estaban marcados por el hollín y la suciedad. El cansancio contorsionaba sus expresiones. En algunos incluso destacaban aparatosos vendajes tintos de sangre.
Sin detenerse, instigado por el extraño mandado de su señor feudal, Saigo tan solo les dedicó un severo gesto de reconocimiento. Y aquellos misteriosos soldados, dispuestos siempre a arriesgarse con las más temibles encomiendas al abrigo de la oscuridad, se inclinaron con gravedad.
Habían sido enviados a Fushimi desde la región de Koga por petición expresa del propio Tokugawa Ieyasu, el líder del Consejo de Regencia, y en aquellos días en que las dos facciones de un Japón dividido se tentaban preparándose para una guerra civil, se habían mostrado inestimables, incluso en las escaramuzas previas al asedio. Y su saludo estaba lleno de profundo respeto, pues los hombres del ninjutsu habían llegado a admirar a aquel samurái de magros modales y profundos silencios que se alejaba caminando hacia el dédalo de tapias y murallones que conformaba el reducto interior del castillo. Uno de ellos incluso le debía la vida, y fue el último en apartar la mirada. Todos eran conscientes de que no volverían a verse; pronto arderían de nuevo las mechas de los odiosos mosquetes occidentales que sus sitiadores habían conseguido.
Desde su imponente altura de cuatro plantas, la torre del homenaje, grácil y ligera, contemplaba los pasos del hombre. Su silueta, recortada contra el velo azabache del cielo gracias a la claridad de la luna, recordaba a un gran pájaro en equilibrio sobre una rama quebradiza, delicadamente apoyado, pendiente del crujido que lo obligase a emprender el vuelo. Las onduladas cornisas parecían estar a punto de abatirse para tomar impulso.
Y, coronando una suave pendiente al abrigo de la atalaya, Saigo llegó hasta un par de peldaños adoquinados de largas huellas en las que despuntaban verdes brotes de hierba. Algo más allá, un ángulo en el murallón cedía el paso a dos puertas: una enorme y solemne, tachonada de remates de bronce, y otra mucho más humilde, terminada en bastos maderos. Había llegado.
No dudó. Franqueó el más sencillo de los umbrales, el que había sido construido para que un extraño no adivinase el camino correcto. La pesada hoja se movió con suavidad sobre las bisagras de hierro y, una vez al otro lado, aguardó respetuosamente a ser llamado.
En aquel recinto, el alma de la fortaleza, unos pocos guardias de rostros demacrados, vestidos con formales hakama de piel y sobretodos estampados con el blasón del clan Torii, protegían a su daimyo, al elegido por el mismísimo Tokugawa Ieyasu para guardar la crucial fortaleza de Fushimi. Antes de mover siquiera un músculo, observaron con fijeza al antiguo labriego, al que, misteriosamente, habían llamado a comparecer.
Saigo era un hombre espigado, de casi un ken de altura. Tenía el aspecto nervudo de uno de esos sables de prácticas hechos con manojos de cañas de bambú que usaban en las escuelas meridionales. Su rostro, picado por la viruela, y las arrugas que entretejían su piel castigada daban testimonio de sus casi cuarenta años. Sus pómulos altos enmarcaban ojos del color del nogal viejo y oscurecían las mejillas, sombreadas por una barba rala en la que, cada mañana, despuntaban las canas. Como los monjes, en lugar de llevar el tradicional tocado que le correspondía por posición, se afeitaba escrupulosamente la cabeza. Había nacido al sur, en un pequeño señorío de la isla de Kyushu, y decía ser de origen humilde. Aunque todos habían oído rumores de cómo aquel samurái había forjado sus propias leyendas en las antiguas luchas fratricidas que habían conducido a la unificación del «país de los dioses».
Los guardias se apartaron entre los crujidos del cuero de sus prendas.
–Podéis pasar, el señor os espera –le dijo, franqueándole el paso, una voz severa que no sació sus dudas por el llamamiento.
Aquel era un recinto de paz dedicado al daimyo. Un atrio ordenado con la exquisitez de la asimetría en el que cada arbusto, laja de pizarra y piedra parecían haber terminado en su lugar de manera natural, aunque la realidad era que, a través de un infinito trabajo, hasta el más diminuto parche de musgo había sido dispuesto por artesanos minuciosos. Era un lugar al servicio de la meditación y la belleza. Incongruente en la tensión que anegaba el ambiente previo a la batalla que se avecinaba.
Sobre tocones desmochados con elegantes cortes, o encima de piedras cuidadosamente elegidas, se apoyaban pequeños árboles cultivados en vasijas de porcelana de la mejor calidad. Y, moviéndose con dificultad entre ellos,...




