E-Book, Spanisch, 410 Seiten
Nelson La Corona de los Tres Reinos
1. Auflage 2017
ISBN: 978-84-16970-45-2
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, 410 Seiten
ISBN: 978-84-16970-45-2
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Fue marino profesional y es autor de un gran número de obras de ficción y no ficción ampliamente premiadas. Actualmente vive en Maine (Estados Unidos) con su antigua compañera de barco, y ahora esposa, Lisa, y sus cuatro hijos. La Corona de los Tres Reinos es la segunda novela que publicamos del autor después de Vikingos (2017).
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1
«Las palabras no lograron derribarme;
por todos los medios
yo, Roble de Guerra, he llevado
la muerte a muchos hombres,
haciendo que la boca de mi espada hablara».
Saga de Gisli Sursson
Las aves de presa esperaban pacientes en la oscuridad que precede al amanecer, en silencio, con las alas plegadas.
Media docena de langskips, prácticamente inmóviles, subían y bajaban sobre las olas que llegaban del mar; tenían las velas plegadas y sus mástiles se mecían hacia la popa y la proa. Cada uno de ellos lucía una fila de escudos redondos montados en la regala. A una milla de sus proas, más allá de las rodas elegantes y curvadas, con dragones y aves tallados en robusto roble, se extendía la costa sur de Irlanda y el corte que suponía el acceso fluvial más cercano hacia el monasterio de un lugar conocido como Cloyne. La tierra apenas era visible: una presencia oscura y amenazante a la luz de la media luna que tenían sobre sus cabezas.
La flota había llegado desde Dubh-linn, a vela y a remo, navegando hacia el sur, y luego hacia el oeste, siguiendo la línea de la costa. La noche anterior habían varado las naves en una playa arenosa a algunas millas de distancia. En las horas anteriores al amanecer, los hombres, habiendo sido despertados y gruñendo, volvieron a empujar las embarcaciones hacia el mar. La noche se mostraba tranquila, así que hicieron uso de los largos remos para recorrer el último trecho de costa hasta llegar a aquel lugar, a ese punto en el que desembarcarían y arrollarían el fuerte circular, el pueblo y el monasterio. En cuestión de una hora tenían intención de convertirse en los propietarios de todo hombre, mujer y niño a tres millas a la redonda, una población que, esperaban, aún no sabía que estaban allí.
Los barcos eran de diferentes tamaños. Los más pequeños llevaban unos veinte o treinta hombres apiñados a bordo, mientras que los grandes y esbeltos langskips, con bancos de remos para cuarenta hombres, albergaban con facilidad más del doble en sus elegantes estructuras alargadas. En suma, cerca de trescientos guerreros esperaban nerviosos a esas horas gélidas de la mañana.
No era la inminente batalla lo que les producía inquietud. Más bien al contrario. Pensar en un enfrentamiento sangriento animaba su espíritu; esa era la razón por la que estaban allí. Muchos de los hombres, anidados en la oscuridad, pensaban en los muros de escudos, en los tajos de las espadas y en la sensación que producía el hacha al alcanzar su objetivo. Tales pensamientos resultaban reconfortantes.
Lo que no les gustaba era la oscuridad. Los hombres del norte odiaban la oscuridad. No temían a ningún hombre vivo, pero les aterrorizaban esas cosas que se ocultaban en las profundas sombras, cosas que no eran del mundo de los hombres, que se agazapaban en los ignotos recovecos de la costa o, peor aún, en las negras aguas bajo las quillas. Así permanecían, sentados en sus bancadas mientras se ajustaban la cota de malla y las armas. Los hombres del norte esperaban la llegada del sol y la orden de hacerse a los remos para bogar hacia la costa lejana.
En el extremo posterior del langskip conocido como el Cuervo negro, Thorgrim Lobo Nocturno miraba a tierra, con una mano descansando sobre la empuñadura de la espada. Con la otra tiraba de la fíbula que le mantenía la capa abrochada al cuello, liberando así el metálico ornamento de sus barbas. Su vello facial ya no era negro carbón, como lo había sido en su juventud. Hacía unas semanas había visto su reflejo en un cáliz de plata; había visto que su barba lucía ahora mechones blancos por todas partes, como los últimos bancos de nieve invernal que se aferran a los lugares más sombríos y se niegan a derretirse.
Bajo sus pies podía sentir el leve bamboleo de la nave sobre las olas, y se volvió para darle al hombre que manejaba el timón la orden de girar la caña, pero se detuvo al recordar que aquel no era su barco, y aunque se le hubiera concedido un lugar de honor a popa, no tenía autoridad alguna a bordo.
El propietario del barco, el hombre que estaba al mando de aquellos noruegos sentados en sus bancadas, era Arinbjorn Thoruson, cuya refinada sonrisa le había valido el nombre de Arinbjorn Diente Blanco. Thorgrim podía distinguir su silueta en el extremo opuesto. Thorgrim pensó en decir algo sobre el modo en que la nave se retorcía sobre las olas, aunque no parecían correr el riesgo de golpear alguna de las otras embarcaciones, así que Thorgrim se ahorró el consejo. No le correspondía hablar cuando algo no era asunto suyo, y muchas veces ni siquiera decía una palabra aunque lo fuera.
Como si presintiese que Thorgrim estaba mirando en su dirección, Arinbjorn recorrió la estrecha cubierta y llegó hasta él, asintiendo hacia la costa.
—¿Qué opinas, Thorgrim? —preguntó, y había desenfado en su voz, un tono casual que puso a Thorgrim en guardia—. Estos irlandeses… ¿tendremos suerte de que se den a la lucha?
—Es difícil decirlo con los irlandeses —repuso Thorgrim escogiendo las palabras con cuidado.
Ya llevaba en Irlanda casi medio año, había aprendido muchas cosas sobre el territorio y sus gentes y, a grandes rasgos, despreciaba a ambos. La mayoría de los hombres que habían venido con él y con Ornolf el Incansable desde Noruega habían muerto a causa de la violencia que parecía rodear a la Corona de los Tres Reinos como un enjambre de abejas. Aquellos que sobrevivieron habían acabado a la deriva en un bote irlandés hecho de madera y pieles, y terminaron topando con la gran flota de Olaf el Blanco que se dirigía a arrebatarles Dubh-linn a los daneses.
—Es difícil decirlo —repitió Thorgrim.
Arinbjorn no estaba a más de unos pasos de distancia, una sombra negra y gris bajo la luz de la luna, voluminoso bajo su capa de pieles. Sus dientes parecían resplandecer. Thorgrim apartó la mirada y la dirigió hacia la costa. Supuso que ya estaba amaneciendo: la costa se veía algo mejor ahora.
—A veces huyen cuando ven un langskip —completó—; a veces se deciden a luchar. Muchas veces dependerá de lo que estén haciendo sus vecinos. Uno de cada tres irlandeses es rey de algo, señor de alguna tierra de pasto para las vacas. Si están en guerra entre ellos, no dispondrán ni de hombres ni de arrestos para luchar contra nosotros. Si deciden unir fuerzas, pueden poner en el campo un contingente respetable y luchar de verdad.
Arinbjorn permaneció en silencio un instante.
—Comprendo —dijo al fin—. Bien, veremos cómo están las cosas dentro de poco.
La mente de Thorgrim recordó la última vez que había estado allí, de pie, en la cubierta de un langskip, ansioso por la batalla. Aquella ocasión había culminado con la captura de Dubh-linn, y al final no había supuesto un esfuerzo excesivo. El contingente de Olaf era arrollador, y Dubh-linn había dejado de ser un enclave remoto aferrado a duras penas a territorio irlandés para convertirse en todo un asentamiento, con tenderos, cerveceros, herreros, carpinteros y todo tipo de comerciantes y artesanos a los que les traía sin cuidado quién gobernara en el enclave siempre y cuando les dejaran ganarse la vida en paz. Los pocos daneses dispuestos a morir defendiendo Dubh-linn cayeron rápidamente, mientras que el resto dio la bienvenida a los recién llegados encogiéndose de hombros.
Ornolf el Incansable y Olaf el Blanco, quienes se conocían desde hacía muchos años y eran grandes amigos, compartían pasión por la bebida, la comida y las mujeres; de todo ello había en cantidades abundantes en el próspero longphort. Ornolf no tardó en proclamar que el nuevo Dubh-linn era un lugar tan excelso como pudiera serlo el Valhalla, solo que sin la incomodidad de tener que tomar las armas y pasar todos los días luchando y matando a tus compañeros de juerga. Ornolf juró por Odín que tenía intención de volver a Noruega en cuanto pudiera. Pero tales declaraciones se fueron haciendo cada vez más infrecuentes con cada noche que pasaba en la casa comunal, hasta que al fin, incapaz de convencer a nadie de su sinceridad, Ornolf dejó de intentar convencerse a sí mismo.
Thorgrim ahora ya estaba seguro de que clareaba. Los hombres, de popa a proa, empezaban a moverse como si el grisáceo amanecer les hubiera insuflado vida. Thorgrim podía ver a su hijo Harald junto al cuarto remo desde popa, a babor. El muchacho había crecido desde que zarparan de Vik con Ornolf, el abuelo de Harald. Había crecido en muchos sentidos. Físicamente era el doble de lo que había sido entonces. Seguramente ya medía lo mismo que Thorgrim, si no más. A Thorgrim no le gustaba pensar en eso. Harald también había ensanchado de brazos y pecho. Era el tipo de muchacho que no soportaba la inactividad. Si había trabajo, era el primero en ofrecerse, y si no lo había, lo encontraba.
En Dubh-linn habían llegado a un acuerdo para alojarse en casa de un herrero de Trondheim llamado Jokul y de su adorable esposa irlandesa. De todos los artesanos que habían ido a Dubh-linn y se habían quedado —los carpinteros, los peleteros, los orfebres, los que se dedicaban a la manufactura de peines—, los más demandados eran los herreros, y, de estos últimos, Jokul era considerado el mejor. Tanto su casa como su taller eran más amplios que la mayoría, más cómodos.
Sin embargo, en un primer momento el herrero había mostrado reparo ante la idea de alquilarles un hueco a los dos hombres de Vik. De hecho, fue su esposa, Almaith, la que insistió para que se quedasen y la que logró convencer al herrero al final. Y eso, a su...




