Nooteboom | El azar y el destino | E-Book | www.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, Band 91, 256 Seiten

Reihe: El Ojo del Tiempo

Nooteboom El azar y el destino

Viajes por Latinoamérica
1. Auflage 2016
ISBN: 978-84-16749-42-3
Verlag: Siruela
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

Viajes por Latinoamérica

E-Book, Spanisch, Band 91, 256 Seiten

Reihe: El Ojo del Tiempo

ISBN: 978-84-16749-42-3
Verlag: Siruela
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)



Brasil, Bolivia, Colombia, México, Surinam, Nooteboom se adentra en algunos de los países más fascinantes de América Latina. El azar y el destino narra un viaje inaugural, el encuentro de Nooteboom con unos países que progresivamente fueron captando su atención, y que forman «un mapa inconmensurable que ha conocido la tragedia de las tierras conquistadas, de las dictaduras y de la colonización, que ha vivido la revolución, la liberación y el ascenso». Brasil, Bolivia, Colombia, México, Surinam. Cees Nooteboom desembarca en países fascinantes cuyo atractivo aumenta gracias a lo que escribe sobre ellos. En esta obra, marcada por la intensidad de sus reflexiones y vivencias, Nooteboom nos revela su asombro al descubrir una América Latina que lo conmueve a la vez que le aporta nuevas perspectivas como narrador y también como viajero: «nada me había preparado para la violencia, los colores y los sonidos del continente que más adelante visitaría muchas veces. El trópico me abrumó, literalmente, y en realidad me sigue abrumando. Cuando miraba el mapa veía asomar detrás de las fronteras de Surinam un continente gigantesco, Brasil, Venezuela, Bolivia, Argentina, y tenía la firme determinación de visitar esos países infinitamente diversos en mi vida futura. Fue entonces, como principiante, cuando escribí mis primeros relatos de viaje».

Cees Nooteboom (La Haya, 1933) es uno de los mayores y más originales escritores holandeses contemporáneos: traductor de poesía española, catalana, francesa, alemana y de teatro americano; autor de novelas, poesía, ensayos y libros de viaje. Su obra, en constante reflexión sobre el europeísmo y el nacionalismo, ha sido traducida a más de veinte idiomas. Ha obtenido, entre otros reconocimientos, el Premio Europeo Aristeon de Literatura (1993) por La historia siguiente, el Premio Bordewijk (1981), el Premio Pegasus de Literatura (1982), el Premio Grinzane Cavour de Narrativa (1994), la Medalla de Oro del Círculo de Bellas Artes de Madrid (2003), el Premio Europeo de Poesía (2008), el Premio de Literatura Neerlandesa (2009) y el mayor premio que se concede en la literatura de viajes, el Premio Chatwin (2010), el prestigioso Premio Internacional Mondello (2017) y el Premio Formentor de las Letras 2020. En Francia ha sido nombrado Caballero de la Legión de Honor y es Doctor Honoris Causa por la Freie Universität de Berlín. Vive en constante nomadismo entre Holanda, España y Alemania.
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Regreso

Ya he regresado, aunque en realidad no he llegado aún. Si sales de casa hacia las cuatro de la tarde, llegas al humeante aeropuerto de Río de Janeiro al día siguiente, sobre las doce y media de la mañana, hora nuestra. Todo eso le sucede a tu propio cuerpo, no hay truco que valga, y quejarse es una actitud pueril. Llego a Fráncfort, donde me aburro; a Ginebra, donde hace frío y es de noche; a Dakar, la capital del Senegal, donde también es de noche. Un calor húmedo me sube por las piernas cuando bajo del avión. A continuación cruzo el océano, la luz me adelanta, y estoy en Sudamérica. El piloto me deja sentarme en la cabina. Escucho las órdenes pronunciadas en voz baja y en alemán, pues el avión es de Lufthansa. Luego, a casi diez kilómetros debajo de mí, asoman una línea de costa verde y dentada y una ciudad, Salvador de Bahía. Los hombres de negocios suelen hacer estos viajes con frecuencia, por eso existen las líneas aéreas. Yo soy la excepción: enredado en lazos absurdos de un tiempo incomprensible me encuentro en Dakar sudando en un bar, en compañía de unos negros rapados. Mi reloj ha perdido su validez, mi hora no es su hora, y luego su hora dejará de ser la hora. Las tardes, mañanas y noches rebotan las unas contra las otras y mi parte visible revolotea en medio. En la oscuridad sobrevuelo el Sáhara. Visto desde abajo —de haber alguien que pudiera verlo— es como estar metido en un lejano tubo de aluminio con las luces apagadas. Una de las imágenes más curiosas —de noche, cuando todo el avión duerme— se produce cuando vas al servicio. Los viajeros dormitan en sus asientos como formas retorcidas bajo las mantas. Me deslizo entre ellos caminando en calcetines, la temperatura exterior es veinticinco grados bajo cero, la altura de diez kilómetros y abajo se extiende el océano en el que en ese momento no se ve ni una luz ni un barco. La azafata me ofrece una copita de coñac y, cuando me la he acabado, he recorrido de nuevo una distancia de más de cien kilómetros. La luna cuelga del cielo de manera diferente y yo he dejado de creer que viajar sirva para entender las cosas. Es todo demasiado misterioso.

Estoy de vuelta ahora. Sobre mi mesa hay tres extraños pedacitos de yeso, azul, blanco y de color sangre, unos objetos que le compré a un viejo negro en el mercado de Bahía y cuya función es ahuyentar la mala suerte. Además de esto, el hombre me dio unos polvos para proteger mi casa de los malos espíritus. El regreso fue igual que la ida, mejor dicho, un poco diferente, pues me despidió una gente que anteriormente no conocía.

El vuelo salió de noche. Aún veo las miles de estrellas iluminando los negros tapices del cielo cuando ya dormían todas las almas a mi alrededor. Tal vez fue más extraño el regreso, porque acabó en lo conocido. Cruzamos el océano, cuyas aguas surqué rumbo a Surinam hace diez años como trabajador en un pequeño carguero. Intento recordar aquellos días, pero lo único relacionado con lo de ahora son las estrellas que contemplaba de noche durante horas apoyado en la borda, la luna bañándose en el agua y, detrás del rumor del océano, el silencio infinito. Tres semanas duró la travesía, ahora el viaje no dura ni veinticuatro horas. Aterrizamos, al tiempo que amanece, en Dakar. Tónica y Coca-Cola, el mundo se ha convertido en una aldea cuyos habitantes beben todos lo mismo. McLuhan lleva razón. Un par de palmeras, calor, un mar liso sobre el que empieza a encenderse la luz. El enésimo vuelo, el correr de un lado a otro, el subidón que se siente en el instante del despegue, y luego, al cabo de media hora, el Sáhara, amarillo, marrón, implacable, que durante horas se extiende debajo de nosotros. Usando mi asiento eyectable vuelvo a estar, siete años atrás, frente al último puesto fronterizo tocando Mauritania, Mhamid, mirando ese peligroso paisaje que no termina nunca que ahora sobrevuelo. No solo se ha liado el tiempo en el avión, sino también mi propio tiempo personal, y mientras tanto estoy sentado en mi asiento, muy formalito; leo el Frankfurter Allgemeine; me alimento con Schnellimbiss, comida rápida; dejo que desaparezca la costa española, Marsella y otros miles de recuerdos; veo cómo el mundo se vuelve blanco, alto, nórdico e invernal; veo nieve sobre los dientes de Drácula de piedra de las montañas suizas y paños ensangrentados de niebla sobre la ciudad de Zúrich que ahora sobrevolamos hasta aterrizar y salir al delicioso aire fresco. Un par de horas después estoy en mi casa, que no ha cambiado, y leo el correo. Escucho un avión sobrevolando mi casa y me entran ganas de salir e irme con él. En la calle los árboles están amarillos y pelados. Ha empezado una extraña estación del año.

[17 de noviembre de 1967]

(Texto escrito en mayo de 1968 como introducción a un reportaje gráfico de Eddy Posthuma de Boer en la revista Avenue):

Brasil, atrapado en Sudamérica como un gigante en el escuálido abrazo de miles de enanitos. Tres millones doscientos ochenta y siete mil ciento noventa y cinco millas cuadradas, ni una menos. En algunas de esas millas se alzan rascacielos y clubes nocturnos; en otras, chabolas ancladas en el agua fangosa rodeadas de cangrejos; algunas de las millas son en sí mismas agua y fango; otras son selva; otras, la ciudad más moderna del mundo; muchas de ellas, una árida llanura; la mayoría no son nada, un campo inútil sin sentido: tierra. Tierra con animales encima, tierra con personas encima. Setenta millones de personas, la mitad de la población de Sudamérica. Esto no es un país, es un mundo. Estuve en Brasil, sí, pero ¿dónde estuve? Ni en Amazonas, ni en Sertao, ni en Mato Grosso, ni en la selva, ni en la llanura. No, no estuve en ninguno de esos sitios. Visité una ciudad, Río, y luego sobrevolé dos mil kilómetros de col rizada, en dirección a Bahía, donde aterrizamos en un aeropuerto con un calor insoportable. Vi a unos militares silenciosos en sus camiones, whisky con hielo tintineante en los verdes campos de césped del gobernador, y, un par de horas después, las miradas apáticas procedentes de las chabolas levantadas sobre palos. También vi los cuerpos paradisíacos, insolentemente bellos, luciéndose en la playa de Copacabana, y la misma mirada de odio o apatía en los barrios de favelas que engullen las pintorescas colinas de Río.

Hace más de un año que visité Brasil. Esa tierra ya no se te quita de la cabeza. Los primeros días te sientes aturdido por el calor, la luz, la alegría, la música. Todo es real. La samba es real y la bossa nova es real. El carnaval es real y Villalobos es real. El sol, las palmeras, el mar, las mujeres son reales. Al mismo tiempo está la realidad de la miseria y de la violencia, de la dictadura y del hambre, una realidad que se torna invisible para quien no quiera verla y que es invisible para muchos de los que la ven a diario.

El velo que oculta esta realidad no solo lo ha tejido el gobierno. Es la propia idiosincrasia nacional la que teje esa cortina de música ante los ojos de los forasteros que no quieren ver más allá. Y la dictadura es discreta. Solo el hambre no es discreta y los obispos, intelectuales, estudiantes, líderes de sindicatos o curas que se manifiestan en público tampoco son discretos. La mortalidad infantil en Manaos, capital del estado de Amazonas, es de 230 por cada mil nacimientos. En Nueva Zelanda, por poner un ejemplo, es de 32 por cada mil. Cojo esta cifra del libro Geografía del hambre, del brasileño Josué de Castro. Elijo una sola cifra pero podría dar miles. De Castro ha trazado todo un mapa de este inmenso país, pero no un mapa de colinas, montañas y ríos, sino un mapa de diversos tipos de hambre, o mejor dicho, de carencias. El hambre sabe igual en todas partes, pero la carencia de hierro, calcio y proteínas varía según la región del país. Por esa misma razón varían también las enfermedades y los problemas.

Es un libro de porcentajes y estadísticas. Aquello que antes llamábamos el fantasma del hambre se describe aquí fríamente y con todo lujos de detalles como si se tratara de identificar a un criminal perseguido por el FBI. El libro termina tal como corresponde a ese tipo de libros: «El Brasil que ha creado la capital del futuro debe arrancar al resto del país de las sombras del pasado, de los restos de una infraestructura precapitalista donde más de la mitad de la población ha vegetado hasta ahora. Vencer el hambre es el reto de la generación actual y será el símbolo de la definitiva victoria sobre el subdesarrollo». Victoria, triunfo, sí, pero ¿cómo? El país es del tamaño de un dinosaurio. Cada vez que el cerebro piensa algo, los pies tardan un año en ejecutar su instrucción. Eso no solo vale para un buen o mal gobierno, también vale para la revolución. Brasil no es Cuba, no es una isla. El teórico de Europa occidental puede predicar la violencia desde su butaca, el «sospechoso» Marcos d’Oliveira, obispo de Santo André y detenido ya cinco veces por la policía nacional brasileña, responde: «Una revolución social armada sería un acto de desesperación, el último instrumento al que recurrir. No hay que ir por este camino porque habría muchísimas víctimas. La policía del Ejército lo sabe todo. Enseguida intervendría con violencia. Se enteran de cualquier reunión por chivatazos. Todos los adversarios son espiados. Mientras no se agoten todos los demás medios, la revolución practicada con violencia es un error». Como diletante o persona ajena al asunto, todo lo que uno pueda comentar es absurdo y superfluo. Muchos hablan, desde una cómoda distancia, de la necesidad de...



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