Nooteboom | El caballero ha muerto | E-Book | www.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, Band 325, 148 Seiten

Reihe: Nuevos Tiempos

Nooteboom El caballero ha muerto


1. Auflage 2015
ISBN: 978-84-16638-12-3
Verlag: Siruela
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

E-Book, Spanisch, Band 325, 148 Seiten

Reihe: Nuevos Tiempos

ISBN: 978-84-16638-12-3
Verlag: Siruela
Format: EPUB
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El caballero ha muerto narra la muerte de un escritor imperfecto y refleja el conflicto de Cees Nooteboom con la literatura. En esta novela, la segunda de su carrera, Nooteboom representa la muerte del autor de la primera, el escritor que ya no quería ser. Y esta destrucción del escritor imperfecto es a la vez una autodestrucción y un perfeccionamiento, lo que hace de El caballero ha muerto una novela fundamental para entender la literatura del autor neerlandés. Ocho años después de escribir su primera novela, Philip y los otros, Cees Nooteboom terminaba El caballero ha muerto, una sobrecogedora obra en la que se entremezclan estados de ánimo, puntos de vista y reflexiones. El novelista Andre Steenkamp pretende superar su bloqueo en una isla mediterránea donde se rodea de un grupo de expatriados bohemios y excéntricos; allí se enamora de la misteriosa Clara. El lector sabe que Steenkamp muere: el narrador es un amigo que intenta completar el trabajo del novelista hilando sus caóticas notas y lo que conoce de la vida de Steenkamp. El libro resultante es una sutilísima exploración de la muerte y de las emociones primarias que se solapa con las conjeturas sobre las preocupaciones de Steenkamp como hombre y como escritor.

Cees Nooteboom (La Haya, 1933) es uno de los mayores y más originales escritores holandeses contemporáneos: traductor de poesía española, catalana, francesa, alemana y de teatro americano; autor de novelas, poesía, ensayos y libros de viaje. Su obra, en constante reflexión sobre el europeísmo y el nacionalismo, ha sido traducida a más de veinte idiomas. Ha obtenido, entre otros reconocimientos, el Premio Europeo Aristeon de Literatura (1993) por La historia siguiente, el Premio Bordewijk (1981), el Premio Pegasus de Literatura (1982), el Premio Grinzane Cavour de Narrativa (1994), la Medalla de Oro del Círculo de Bellas Artes de Madrid (2003), el Premio Europeo de Poesía (2008), el Premio de Literatura Neerlandesa (2009) y el mayor premio que se concede en la literatura de viajes, el Premio Chatwin (2010), el prestigioso Premio Internacional Mondello (2017) y el Premio Formentor de las Letras 2020. En Francia ha sido nombrado Caballero de la Legión de Honor y es Doctor Honoris Causa por la Freie Universität de Berlín. Vive en constante nomadismo entre Holanda, España y Alemania.
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2

André desembarca en la isla en el mes de febrero. Es el mes del aquelarre, fuertes lluvias han vuelto la carretera intransitable.

Llega a Barcelona en tren. El viejo barco blanco de la Compañía Mediterránea le espera y le abduce: la leyenda comienza. ¿Soy yo todavía quien habla de él? ¿O es él quien habla de sí mismo? ¿Soy yo el que le está describiendo en lugar del protagonista de su relato, que también fue él? Aunque ¿hasta qué punto? ¿Y yo?

El mar, verde o gris o negro, es flagelado por los vientos. No quisiera hacer uso de todos los símiles que él suele emplear, como por ejemplo: «El mar era verde como el ojo de un gato». U otros como: «Un color tan execrable como la absenta». Al mismo estilo pertenece «El indómito carruaje ruso tirado por doce caballos» (el barco). La lluvia le azota el rostro, pero eso le encanta. La noche ha desaparecido «partida por la mitad» y en «las vastas antesalas grises del horizonte» emerge la silueta de la isla, como una aparición. André es sensible a la atmósfera mítica que envuelve una arribada de este tipo. Está excitado, su pálido rostro heroicamente alzado. ¿Cuándo oyó hablar por primera vez de la isla? Yo estaba presente. Fue en una de esas reuniones informales que abundan en el mundillo de las letras nacionales: vi cómo se le ocurrió la palabra, el nombre. Al día siguiente ya había comprado un mapa de España y me señaló la ruta para llegar a la isla atravesando el mar azul, la línea marítima representada con una fina línea roja, la línea por la que en ese momento es tirado hacia su isla, junto con los delfines, los carruajes rusos y su exaltación.

Se le acerca un hombre. O mejor dicho, yo coloco un hombre a su lado, pero con el consentimiento de los sucesos tal como acontecieron en la realidad. Un patriarca ebrio, vestido de tweed consagrado. Aunque Maugham, que procedía de la misma cuna, lo hubiera descrito de otra manera. Un cinturón de colores le sujeta el pantalón pesado; el cabello cano al viento; los ojos anegados en la bolsa de su rostro, amarillos y enfermos, otean el horizonte con su radar desvencijado. Cuando la isla aparece en pantalla, algo parecido al júbilo brota en los valles y colinas de ese rostro. Con su bastón imposible golpea contra la borda y dice que la isla es bella. Very, very, very beautiful. Se lo repite a André con insistencia: «Es muy, muy bella, la isla».

Y a continuación, la obertura. La voz retumbante del viejo vierte sobre nuestro héroe su nombre, su admiración y su apego por la isla. Todo pronunciado en un inglés lento y muy enfático, que surte efecto. Sí, es bella, responde André, es bella, es bella y piensa que le gustaría flotar por encima de isla, tumbarse sobre ella, porque ahí es donde sucede; sucede la casa en la que residirá, la cama donde dormirá esa noche, suceden las personas que conocerá. (Eso ha sido mi primer «él piensa» y noto que no me resulta fácil. Pero conseguiré que el lector lo acepte, aunque no será impunemente. Sobre todo si, para mantenerme fiel a su estilo, debo hacer que las casas y las personas sucedan. No tengo más remedio que aceptar ese tipo expresiones como su realidad, aunque eso no significa que las emplee a gusto. Precisamente lo que hago ahora es dejar claro que no me gustan. Al fin y al cabo, él murió por todas esas exageraciones. La única razón, a fin de cuentas, para mantenerme fiel a él).

La voz del hombre a su lado contamina el día con historias sobre moros y fenicios, griegos, yacimientos con cántaros de vino y jarras de aceite, inscripciones, sistemas de irrigación. El siglo X, el siglo VIII, la isla se torna cada vez más antigua, una antigüedad insumisa —una emboscada sembrada de sepulcros polvorientos y grutas sacrificiales— dominada por la luna, una diosa blanca; por los moros; bombardeada por la aviación de Mussolini; el obispo disfrazado de campesina huyendo de los anarquistas hacia el interior de la isla mientras su hermano es fusilado... Las historias le impresionan, al igual que la lluvia, el viento de esa mañana y las colinas que ahora distingue con más claridad.

En la negrura de la lejanía ve asomar un vago color verde. También ve unos terrenos amarillos baldíos, algunas rocas, una sombra de rojo, campos aterrazados y luego, incluso bajo el verde más lanoso, las huellas de la tierra pelada, como esos parches de calvicie que asoman en la cabeza de las ancianas. Puntos blancos, casas. Cosas que se mueven, una pequeña barca que pasa junto a una roca y aumenta de tamaño.

El hombre que está a su lado, el iniciador, se inclina hacia él y se presenta por segunda vez: Cyril Clarence. There are MANY Dutchmen living on... did you know that? Mah, hah, you don’t like that, do you? Hah, hah, a complete Dutch colony, hah, hah! Let’s have a drink, and spill some! AS A LIBATION FOR THE GODS. Esa última frase se le queda a André en la cabeza, soy testigo de ello. Dócilmente acompaña al hombre al bar sujetándose a la borda. El encuentro con el viejo no justifica la creciente emoción que le embarga, piensa André. Pero su emoción no se inmuta ante esa idea. Frente a él se representa la primera parte del espectáculo. Cyril Clarence, el primero de los santos, el primer miembro de la corte. Y André ya lo ha aceptado, ya está actuando.

El bar está lleno de estatuas matinales, barbas congeladas sobre los rostros. Son los pobres santos desheredados que han pasado la noche en cubierta, una orden de monjes mendicantes que comen pan seco con cebolla, o pan con aceite, sal y pimienta. Los santos no faltan aquí, santos y demonios, enviados por un oscuro espíritu colectivo a esta isla con reputación de isla de santos.

El inglés le envuelve en un manto de lana de narraciones y fábulas señalando aquí y allá entre las estatuas con su dedo moreno, y André lo absorbe todo: la isla, la isla. Como un verdadero escritor. No ve nada todavía. Beben absenta mientras la costa se va aproximando por los ojos de buey del bar. Cyril no deja de señalar con el dedo mientras suelta nombres por la boca: cala Pada, punta Arabí, cap Roig, cala d’En Serra, platja de Talamanca. De repente dice «falta un cuarto de hora» en un tono como si fuera a correrse en ese mismo momento. A continuación se pone en pie con dificultad y canta: «Volveré a verte en el muelle» y desaparece abandonando a André en un olor de santidad, el humo graso del cigarrillo negro flotando a ras de suelo. Ideales. ¡Ideales! Las estatuas a su alrededor también se ponen en movimiento con un chirrido. André empieza a sentir miedo —le sucederá más veces— y sube a cubierta. Muy cerca ahora, una ciudadela en lo alto de una colina. El barco rodea lentamente un muelle y entra en el abrigado puerto. Nunca olvidará la escena de esa arribada. Observa el espectáculo encastrado en un cuadro renacentista. El cráneo de una ciudad le mira: una localidad portuaria, alta y piramidal, de blancas casas con negros ojos abiertos, un osario coronado por una iglesia medieval, arena vieja.

No quiero eso, piensa, no lo quiero. En el muelle la gente gesticula y grita a los pasajeros que contestan también a gritos. Los isleños que viajaban en el barco salen de sus escondrijos y sus voces dominan sobre las de los extranjeros, que han quedado en minoría. Mensajes vitales, exclamaciones, niños que nacen y muertos que son enterrados en todas esas voces, familias enteras sumidas en el duelo o felices con un tálamo rústico largamente anhelado, y él ahí en la borda como si fuera a bendecir a la multitud. Y sin embargo, los mensajes y los acontecimientos que rodean a toda esa gente le resbalan, no le conciernen.

André ve cómo se aproxima lentamente el muelle de piedra, su mapa hecho realidad, ya no amarillo con una orla roja, sino gris y húmedo por la lluvia. Todo el mundo le empuja a un lado, maletas y cajas de cartón le golpean y le lastiman, el barco choca contra el atracadero, una vez, dos veces, todo se tambalea —el inicio del baile de San Vito—, se extiende la pasarela y una avanzadilla de hombres vestidos de azul con números en sus gorras se arroja sobre el barco al grito de: «¡Mozo, mozo!».

Uno de ellos le acompaña a su camarote para recoger la maleta. Todo sucede muy rápido ahora. André abandona el sólido caparazón del barco. El muelle huele a gente. De repente le vienen a la memoria otros viajes: películas aceleradas con andenes repletos de trenes humeantes, voces mágicas emitiendo verdades por los altavoces y luego siempre la ejecución de la sentencia: un taxi, la habitación de un hotel repleta hasta el último rincón de un silencio celosamente preparado.

Mozo n.º 11. Le habla el rostro sin afeitar bajo una gorra demasiado grande. Debe escuchar. ¿Pensión? ¿Coche? Sí, sí. Voces y palmeos. Ese automóvil tiene al menos treinta años, piensa André, y de inmediato él también se hace mayor (embaucador constante), rígido y frío, y con un pasado arrogante de servicio colonial, sirvientes de color, juegos de whist. Se sube al automóvil, dos peldaños, la mano pálida y fría sujetando ligeramente la agarradera. A través de la sucia mampara de cristal observa la nuca del chófer. No le hace falta hablar. El mozo, su chambelán privado, le acompaña, le da explicaciones. Quiero que esto dure eternamente, piensa André. Un hombre que se apea, que acciona una manivela, el traqueteo y luego ese zumbido anticuado, el poder de 1929, Lili Marlen, una guerra apocalíptica, los frenos. El automóvil borbotea suavemente sobre el fuego, aspira el aire exterior, se pone en marcha, le transporta. La ciudad se desliza detrás de las ventanillas, hombres de negro,...



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