E-Book, Spanisch, Band 50, 224 Seiten
Reihe: El Ojo del Tiempo
Nooteboom Hotel nómada
1. Auflage 2014
ISBN: 978-84-16120-25-3
Verlag: Siruela
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
E-Book, Spanisch, Band 50, 224 Seiten
Reihe: El Ojo del Tiempo
ISBN: 978-84-16120-25-3
Verlag: Siruela
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Cees Nooteboom (La Haya, 1933) es uno de los mayores y más originales escritores holandeses contemporáneos: traductor de poesía española, catalana, francesa, alemana y de teatro americano; autor de novelas, poesía, ensayos y libros de viaje. Su obra, en constante reflexión sobre el europeísmo y el nacionalismo, ha sido traducida a más de veinte idiomas. Ha obtenido, entre otros reconocimientos, el Premio Europeo Aristeon de Literatura (1993) por La historia siguiente, el Premio Bordewijk (1981), el Premio Pegasus de Literatura (1982), el Premio Grinzane Cavour de Narrativa (1994), la Medalla de Oro del Círculo de Bellas Artes de Madrid (2003), el Premio Europeo de Poesía (2008), el Premio de Literatura Neerlandesa (2009) y el mayor premio que se concede en la literatura de viajes, el Premio Chatwin (2010), el prestigioso Premio Internacional Mondello (2017) y el Premio Formentor de las Letras 2020. En Francia ha sido nombrado Caballero de la Legión de Honor y es Doctor Honoris Causa por la Freie Universität de Berlín. Vive en constante nomadismo entre Holanda, España y Alemania.
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La primera foto de Dios
Éste era yo después de aquel primer día.
Yo solo, con mis piedras de piedra.
Yo solo, con mis cielos de cielo.
Aquel día yo era todavía feliz,
la tierra todavía solitaria y yerma.
No fue hasta más tarde que creé los árboles,
los animales, el ejército y ese fotógrafo.
A menudo siento nostalgia del día
en que lo creé, mi primera criatura.
Él y yo juntos en mi creación,
yo con mi chaquetita morada entre
[mis cielos de cielo,
él con su ojo como un espejo
sobre mis piedras de piedra,
y nada más.
Madre Tierra
Acabo de barrer el mundo,
le he quitado el polvo
le he perdonado las heridas
le he curado los pecados.
Soy la madre tierra
todos los dioses han desaparecido
ahogados perdidos consumidos
en residencias de ancianos e iglesias.
Sólo quedo yo,
para cocinar, confortar, barrer.
Alguien,
señor fotógrafo,
debe hacer el trabajo sucio.
Mientras miro las fotos de Ante el ojo del mundo [Amsterdam 1996], de mi amigo el fotógrafo Eddy Posthuma de Boer, con el que he viajado entre los años sesenta y ochenta por todo el mundo, me vienen a la memoria unos versos sobre Basho, poeta clásico japonés: «La contabilidad del universo tal como se presenta a diario». Algunas de estas fotos las llevo tan grabadas en el alma que a menudo siento como si hubieran sido impresas sobre mi persona en lugar de sobre papel. Se hicieron en mi presencia; yo vi la transformación en un solo segundo de una persona en fotografía, y sé que de otro modo ese segundo se hubiera disuelto en la inmensidad del olvido en que transcurre nuestra existencia, porque sin el olvido nos volveríamos locos. Borges trata este tema en un famoso relato, «Funes el memorioso». El pobre Funes no es capaz de olvidar nada, ni una rama, ni una hoja, ni la forma de una nube que una tarde o una mañana vio en algún lugar, y acaba muriendo de lastre, de exceso.
Me he preguntado con frecuencia adónde van a parar las imágenes, esos millones o miles de millones de imágenes que vemos a lo largo de nuestra vida. Pueblan nuestros sueños, las empleamos como referencia, como material de reconocimiento, como memoria comprimida, como experiencia y guía. Y, sin embargo, al mismo tiempo dejamos que fluya sobre nosotros, como una esclusa abierta, una infinita cantidad de imágenes que ya nunca retendremos como imagen independiente. Lo irrevocable de esta experiencia tiene el sabor de nuestra mortalidad, pero su naturaleza misteriosa se debe también a otra razón. ¿Para qué sirve esta profusión de imágenes? ¿No podríamos vivir con menos? ¿Tiene algún sentido delimitar nuestro entorno? ¿Acaso ve menos un monje cuya vida transcurre entre las paredes de un monasterio? No, es posible que el monje vea otras cosas, pero no podrá cerrar los ojos, como tampoco podemos los que vivimos en el mundo.
Eddy Posthuma de Boer viaja desde que le conozco, y de eso hace ya muchos años. Nos conocimos en los cincuenta. Él me fotografió como un ser que hoy apenas reconozco, a eso me refiero cuando digo hace muchos años. En los sesenta emprendimos nuestros grandes viajes: Brasil y Bolivia, Japón y Malasia, Gambia, Níger y Malí, y siempre mucha Europa. Decir que se conoce bien a una persona es difícil, pero pueden ayudar los mercados de camellos, los aeropuertos africanos, los aduaneros desconfiados, los hoteles de mala muerte, los barcos que uno pierde en el último momento, los tipos poderosos con ganas de fastidiar, el peligro de las calles y los largos silencios en el interior de extrañas galerías.
¿Son éstas experiencias negativas? No, naturalmente que no, pero viajar no deja de ser una prueba de fuerza, sopesar lo que se puede hacer y lo que no, saberse dependiente de personas y circunstancias, tener la paciencia de aceptar que en ese otro mundo las expectativas y los criterios de uno no se corresponden siempre con la realidad y que el miedo en sus múltiples manifestaciones puede formar parte del viaje. En Bolivia, la carretera por la que pasaste ayer hoy se ha hundido; el DC-3 hace un ruido muy sospechoso mientras sobrevuela el árido territorio del desierto; la cabeza de ternero sobre el regazo del vecino de autobús cerca de Goulimine no huele precisamente a perfume al cabo de un par de horas; y la sola imagen de una cámara profesional es o era capaz, en algunos países, de excitar los ánimos de los militares hasta grados altamente imprevisibles. Tal vez son situaciones incómodas, pero en realidad carecen de importancia. No se olvidan, pero tampoco aparecen registradas en las fotos y la mayoría de las veces ni siquiera en los artículos.
Solemos olvidar lo desagradable. Pero de lo que se trataba era de la contabilidad de lo visto, lo cual me remite a la pregunta formulada anteriormente ¿por qué algunas imágenes se conservan y otras no? ¿Qué convierte a mi compañero de viaje en el excepcional fotógrafo que es? He pasado tanto tiempo con él y hemos vivido tantas experiencias juntos que debería saber la respuesta a esta pregunta, pero no, curiosamente no es así como funcionan las cosas. Las decisiones íntimas son invisibles, y es a este tipo de decisiones a las que me refiero: el instante en que mi acompañante, interrumpiendo una conversación, me dice «un momento», toma en sus manos una determinada cámara y no otra, retrocede unos pasos, se sube encima de algo y filma unos cuantos corderos envueltos en una nube de arena levantada por una ráfaga de viento.
Cuando más adelante veo la foto reconozco la signatura, el sello personal que la convierte en una foto intransferiblemente suya, el instante observado que a punto estuvo de esfumarse y que, como en una película de dibujos animados, fue rebobinado justo a tiempo ante el agujero negro del pasado. Hace años que no he visto esta foto y sin embargo me la imagino con toda claridad. La verdad es que no sé muy bien por qué me viene a la memoria esta foto y no otra al referirme a la signatura, seguramente por lo insólito de la reacción de Eddy, él, que habitualmente es tan tranquilo, que parece vivir en una calma serena y, además, irradiarla. Su manera de ser tiene algo de confortante y mágico, no sólo para el compañero de viaje que se entusiasma con facilidad cuando cree haberse topado con algo interesante, sino también para el sujeto fotografiado, gente muy diferente en diferentes países. Basta fijarse bien para verlo. Durante un segundo, la gente es rozada, tocada, por esa gravedad y esa calma de Eddy. Sucede con una ligera sonrisa, y antes de que se den cuenta ya ha pasado. A través de los ojos del hombre que los fotografía, ellos mirarán a los ojos de otras personas que no conocen, tal vez dentro de un año o tal vez dentro de un siglo, cuando este mundo –sus ropas, el país en que vivían, todo– se haya vuelto irreconocible, excepto una sola cosa: la mirada de un ser que mira a otro ser, una transacción entre personas que trasciende su anonimato y su futura ausencia.
Así es como lo mágico entra a formar parte de la signatura. En el instante en que se dispara la cámara sucede de todo. La decisión de fotografiar a una persona, de captar su imagen en un lugar determinado, con un determinado enfoque de la cámara y una determinada luz, debe ser secundada por la decisión del otro de dejarse fotografiar durante ese mínimo segundo anterior a la adopción de una pose. En este sentido, puede que la signatura sea compartida, pero es más probable que la signatura del uno, del fotografiado, se convierta en un elemento de la signatura del otro, del fotógrafo.
La palabra signatura connota tal vez cierta vanidad, apropiación, querer estampar el propio sello para distinguirse de los demás. En este sentido, la expresión «captar la imagen» adquiere un tinte negativo. Resulta comprensible que en ciertas culturas la gente se resista a ser fotografiada por temor a que alguien se apodere de su alma, esa cosa volátil. Y esto no vale solamente para una vendedora en el mercado de Mauritania, sino también para personas como Balzac, quien, un siglo atrás, no se sentía muy cómodo con el nuevo medio, porque creía que la foto, digámoslo así, le desgastaba. Esta misma idea la volvemos a encontrar, aunque de otra forma, en Walter Benjamin cuando afirma que el aura del objeto «reproducido» queda dañada por el acto mismo de la reproducción. Pero yo me refiero más bien a lo contrario, al reconocimiento, casi inmediato, del ser más íntimo de la persona fotografiada, y a cómo ésta –en ese instante en que su imagen es captada en una determinada postura, al lado de tal o cual objeto o en un espacio vacío– expresa plenamente su naturaleza sabiendo o sintiendo que el otro la ha visto tal como es, como el ser que es para sí misma. Éste es el elemento mágico y trascendente de la fotografía, y para ello se requieren magos, alquimistas manipuladores del tiempo que, fijando nuestro yo dinámico en un doble estático, expresen algo de lo que somos, incluso cuando hace ya tiempo que hemos dejado...




