E-Book, Spanisch, Band 134, 228 Seiten
Reihe: El Ojo del Tiempo
Nooteboom Lluvia roja
1. Auflage 2022
ISBN: 978-84-15803-65-2
Verlag: Siruela
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
E-Book, Spanisch, Band 134, 228 Seiten
Reihe: El Ojo del Tiempo
ISBN: 978-84-15803-65-2
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Cees Nooteboom (La Haya, 1933) es uno de los mayores y más originales escritores holandeses contemporáneos: traductor de poesía española, catalana, francesa, alemana y de teatro americano; autor de novelas, poesía, ensayos y libros de viaje. Su obra, en constante reflexión sobre el europeísmo y el nacionalismo, ha sido traducida a más de veinte idiomas. Ha obtenido, entre otros reconocimientos, el Premio Europeo Aristeon de Literatura (1993) por La historia siguiente, el Premio Bordewijk (1981), el Premio Pegasus de Literatura (1982), el Premio Grinzane Cavour de Narrativa (1994), la Medalla de Oro del Círculo de Bellas Artes de Madrid (2003), el Premio Europeo de Poesía (2008), el Premio de Literatura Neerlandesa (2009) y el mayor premio que se concede en la literatura de viajes, el Premio Chatwin (2010), el prestigioso Premio Internacional Mondello (2017) y el Premio Formentor de las Letras 2020. En Francia ha sido nombrado Caballero de la Legión de Honor y es Doctor Honoris Causa por la Freie Universität de Berlín. Vive en constante nomadismo entre Holanda, España y Alemania.
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Murciélago
Heredé Murciélago hace años. No un murciélago cualquiera, no. Me refiero a Murciélago, una gata gris de raza cartuja, un nombre que me encanta porque me aficioné a visitar monasterios cartujos en mis viajes por España. Los monjes cartujos, a diferencia de los de otras órdenes contemplativas, llevan una vida solitaria y común. El cartujo es un ermitaño dentro de una comunidad. Vive en una celda donde recibe la comida a través de una trampilla. No ve a los otros monjes sino durante el rezo, las faenas del huerto y dos veces por semana durante un largo paseo, detalle este que a mí me agrada mucho. En Holanda ya no quedan cartujos, se han extinguido.
Bueno, en realidad de lo que quería hablar es de mi cartujo, de Murciélago. Mi gata no es un monje, aunque algo tienen en común ella y los cartujos, pues Murciélago vive aquí nueve meses al año en completa soledad.
¿Cómo se hereda una gata? En cierta ocasión le dejé mi casa de la isla a un irlandés, un tipo peculiar, no abstemio, que respondía al nombre de JohnJohn. El hombre no tenía dónde quedarse. Unos amigos me sugirieron que le dejara pasar la temporada de invierno en mi casa para evitar humedades, pues eso perjudica a los libros (cada vez que regreso, estos despiden un leve olor a moho y soledad). Como contrapartida, JohnJohn nos abonaría una suma simbólica. Nunca llegó a hacerlo. A cambio nos regaló Murciélago, pues no sabía qué hacer con la gata. Dijo que vendría a recogerla a finales del largo verano. Dicho y no hecho. Murciélago, nos comentó, había recibido ya un «tratamiento», de modo que no debíamos preocuparnos por la hueste de gatos solteros que merodeaban por la isla. A partir de aquel momento nuestra única preocupación fue Murciélago. Le pusimos ese nombre porque se parecía a un murciélago, con sus lindas orejas radar y su habilidad para «casi» volar. En la isla abundan los muros de grandes piedras sueltas. Quien haya visto a Murciélago subir a un muro de esos no puede concebir que tras un salto de dos metros no continúe su vuelo hacia la estratosfera.
La gata no tardó en adoptarnos. Una vez adoptados nos adiestró para realizar una serie de acciones: ponerle la comida a unas horas determinadas, dejarle un sitio libre en una esquina de la cama para cuando regresara de la caza o de la discoteca a las cuatro de la madrugada, levantarse (nosotros, se entiende) por la mañana sin hacer ruido dado que ella no empezaba el día hasta aproximadamente las once. La gata, por su parte, memorizó el sonido de nuestro viejo Renault 5 como punto de partida de una sucesión lógica de acontecimientos: si se alejaba el sonido, los compañeros de casa, o al menos uno de ellos, se ausentaban; si el sonido regresaba, se colocaba junto a la verja, acompañaba a la cocina a uno de los compañeros de casa, inspeccionaba qué habían traído esta vez del mercado o del supermercado, y, por último, festín.
Al cabo de tres meses nos habíamos habituado a la convivencia. Murciélago se acostumbró a despedirnos varias veces al día. No estaba claro adónde iba cuando nosotros salíamos. Nuestra casa está en el campo y la carretera termina prácticamente delante de ella. Algo más allá, debajo de dos altos árboles, vive el cerdo de los vecinos, un animal de considerables dimensiones, y después empieza la tierra de nadie, campos cultivados y otros abandonados, cercados todos por sus muros de piedras apiladas, algunos cubiertos de zarzamoras y otros de matorrales mediterráneos. Cuando nos marchábamos, la gata salía disparada en dirección al cerdo. No quería de ningún modo que la siguiéramos, razón suficiente para que no nos preocupásemos en exceso por nuestra partida («ya se espabilará»). Sin embargo, nunca logramos quedarnos tranquilos. Mi otra vivienda está en Holanda y paso gran parte del año viajando. Me era imposible llevarme a Murciélago a Japón o a Australia. Además, mi jardín era el territorio de Murciélago, su terreno de caza, su hogar. Trasladar la gata a una ciudad habría sido un crimen. Y no obstante, cada vez que nos marchábamos nos sentíamos culpables. ¿Cómo se las apañaría la gata sin nosotros? Cuando nos la regalaron era todavía pequeña (por aquel entonces se llamaba Mrs. Wilkins, ridículo nombre que le puso JohnJohn y que nosotros le cambiamos enseguida). Su mundo era nuestra casa de Menorca, cierto, pero dejarla sola durante nueve meses olía a traición. La gata no reaccionó cuando nos marchamos. Se quedó mirando algo sorprendida las doscientas latas de Whiskas que habíamos encargado y que nos entregaron un día de finales de septiembre, pero por lo demás no se inmutó. Ni siquiera nos preguntó si no sería mejor pasar el invierno en la isla, que es cuando las lluvias y las fuertes tormentas expanden el aire salado del mar. Hablamos con Nuria, la vecina que vive a unos doscientos metros de nosotros, y acordamos que le daría de comer a diario a la gata. La verdad es que no teníamos claro (ni nosotros ni Murciélago) si lo haría ni cómo lo haría. El día de nuestra partida fue dramático, pero Murciélago nos ahorró la vergüenza desapareciendo de casa. ¿Qué sucedería cuando a las cuatro de la mañana la gata descubriera de repente que ya no estábamos allí? ¿Cómo reaccionaría cuando nadie regresara del mercado con pescado fresco y cuando no pudiera ya saltar el muro, como cada noche, en el preciso instante en el que nos disponíamos a empezar el segundo plato? Nunca lo sabremos. De vez en cuando llamábamos a Nuria desde un país lejano para preguntarle por el gato (a Nuria le parecía un sinsentido que Murciélago fuera gata), y ella siempre nos contestaba que estaba bien. ¿Qué pensaría Nuria de nosotros? Probablemente nos consideraba un par de locos sentimentales que se habían encaprichado de un gato, elegido entre los cientos de gatos vagabundos de la isla, para procurarle una vida con casa propia y servicio. En cuanto a la gata, imposible saber qué pensaba. Ella no escribía ni cogía el teléfono ni llevaba un diario. Lo que sí sabemos es que cuando regresamos a la isla después de nuestra primera partida, hace ahora ocho años, tardó todo un día en aparecer por casa. Seguramente se detuvo a estudiar el panorama desde la distancia antes de volver, desempolvó del archivo de su memoria el sonido del coche y tal vez también el de nuestras voces. Lo único cierto es que aquella primera noche, a las cuatro de la madrugada, escuchamos de repente un plof y vimos que el abriguito de piel había vuelto a apoderarse de la esquina de la cama.
Así continuó la cosa durante años: tristeza al despedirnos y alegría al regresar, al menos por nuestra parte. A ella no le interesaban los relatos de nuestros viajes: Japón no le decía nada, América tampoco. Nunca quiso leer mis libros, ni siquiera aquel en el que figuraba ella misma (). Solo manifestaba su emoción ante el olor de las sardinas a la brasa u otras delicias que en invierno no existían. Eso sí, a veces, muy de vez en cuando, y sin que supiéramos por qué, buscaba un regazo y se ponía a ronronear como un viejo motor de barca. Misterios.
Sin embargo, en cierta ocasión, en uno de nuestros regresos a la isla, todo fue diferente. Murciélago apareció como solía hacerlo, sí, pero esta vez con el abriguito hecho jirones y con los ojos turbios y velados. Se arrancaba constantemente mechones de pelo y un ojo no paraba de llorarle. El velo de los ojos se le oscureció cada día más. Como no había manera de meter a la gata en una cesta o en una jaula, nos plantamos nosotros mismos en la consulta del veterinario del pueblo. La veterinaria, una chica muy seria que no aparentaba tener más de dieciséis años, nos dedicó una disertación sobre lombrices, pulgas y demás parásitos indeseables. ¿Comía bien la gata? No paraba de comer. ¿Y aun así estaba delgada? Patéticamente delgada, una sombra. ¿Podíamos garantizarle que la gata estaría en casa cuando fuera a visitarla? No, no podíamos. Al final logramos ponerle gotas en los ojos y hacerle tragar las pastillas combinándoselas con pedacitos de calamar o de conejo, pero nos resultó del todo imposible meterla en la jaula.
Hasta que una señora entrada en años nos prestó su jaula, mucho más grande que la nuestra. La señora transportaba en ella a su perro de lanas, de la isla a la península y viceversa. Entretanto conseguimos la dirección de un matrimonio de veterinarios residente en la ciudad. La primera consulta la hicimos de nuevo sin Murciélago. La veterinaria, una alemana joven, nos atendió bajo una galería de retratos de perros y gatos. Ninguno de ellos se parecía a Murciélago. Acordamos con la veterinaria que yo volvería a casa para intentar capturar a la gata. Si lo lograba, regresaríamos enseguida a la consulta. Tras tres intentos, lo conseguí. Fue una experiencia horrible que jamás olvidaré. Murciélago no entendía lo que era una jaula, y, una vez dentro, su estupor adquirió la forma de un sonido que parecía salir de un gato trescientas veces mayor, una especie de monstruo subterráneo. Era como un rugido de pavor y pena por sentirse traicionada, cuya intensidad aumentó cuando colocamos al animal en el asiento trasero del Renault. El rugido no cedió hasta que en la sala de espera de la consulta se puso a examinar a través de los barrotes de su jaula a los otros gatos enjaulados y descubrió un perro inmenso que temblaba y aullaba flojito como si estuviera a punto de desfallecer. Esta era mi primera consulta a un veterinario. El doctor, un hombre joven y rubio, me preguntó si la gata se pondría muy fiera y le contesté que sinceramente no lo sabía. Yo la veía muy tensa en su jaula provisional. Miraba a su alrededor con...




