E-Book, Spanisch, Band 157, 288 Seiten
Reihe: El Ojo del Tiempo
Nucci La Ilíada a la hora del aperitivo
1. Auflage 2024
ISBN: 978-84-10183-86-5
Verlag: Siruela
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
E-Book, Spanisch, Band 157, 288 Seiten
Reihe: El Ojo del Tiempo
ISBN: 978-84-10183-86-5
Verlag: Siruela
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
Una relectura de la Ilíada en la que los dioses son los verdaderos protagonistas. En esta suerte de novela coral, Nucci revindica la fuerza y la vigencia del mito para interpretar la actualidad.
Cuando pensamos en la Ilíada, imaginamos a los dioses como espectadores desde lo alto del Olimpo, comentando el feroz combate de héroes y guerreros en la llanura de Troya mientras disfrutan del aperitivo, tomando partido por unos u otros y moviendo los hilos de los protagonistas como si estos fueran marionetas o piezas sobre un tablero. Para Giovanni Nucci no es exactamente así, y en este libro propone una interesante relectura del célebre poema épico situando a los dioses como los verdaderos protagonistas, pues más allá de su intervención en las batallas de los héroes, representan a las fuerzas interiores que mueven desde lo más profundo nuestra humanidad. Con erudición y un gran sentido del humor, el autor ahonda en las complejas y paradójicas relaciones de los moradores del Olimpo, arrojando una nueva luz sobre las historias y curiosidades del entramado divino.
Apasionado estudioso y divulgador de la mitología griega desde hace más de veinte años, Nucci también reivindica la interpretación del mito como herramienta para comprender mejor nuestro mundo en la actualidad. La pandemia de la Covid-19, las guerras, la emergencia climática, la arrogancia de algunos políticos, la crisis del patriarcado o la identidad sexual son algunos de los temas que aborda en esta obra.
«Giovanni Nucci, como de costumbre, nos deslumbra con este libro. Un nuevo camino hacia la historia del mito que consigue con aparente simplicidad y gran precisión, con regocijo poético». La Repubblica
Giovanni Nucci nació en Roma en 1969. Es poeta y autor de narrativa para adultos y jóvenes. Durante más de veinte años ha estudiado, contado y reescrito mitos griegos y romanos. Recientemente se ha interesado en la obra de Shakespeare. Entre sus libros más conocidos destaca el gran éxito juvenil Las aventuras de Ulises (Siruela, 2009).
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Segunda ponencia
El sueño de Agamenón
La noche posterior a la asamblea, Agamenón sueña con Néstor. Néstor es el más anciano de sus generales, por tanto el más sabio, el mejor consejero. Es significativo que Agamenón trate de entender, en un plano simbólico, qué dios se encuentra detrás de este sueño; es más, es el propio sueño el que se lo dice. He ahí la intención de Zeus: al soñar con Néstor está soñando con Zeus. Está claro que se trata de un sueño importante, de esos que no se olvidan, que permanecen mucho tiempo marcando el límite entre el inconsciente y la conciencia. La historia nos cuenta que, cuando a la mañana siguiente Agamenón sale de su tienda, se encuentra un poco aturdido y la voz divina lo siguen envolviendo, es decir, le sigue resonando en la cabeza y le estremece el alma. Será un arrogante, pero está claro que sabe lo que significa soñar con Zeus. Si queremos ver lo ocurrido a la inversa, Zeus se ha servido del sueño para llegar a Agamenón, al tiempo que el sueño se ha servido de Néstor, una persona que Agamenón conoce bien y le es familiar, para contarle lo que Zeus piensa. Lo primero que nos viene a la mente, a estas alturas, es que los dioses y los sueños están en el mismo plano, un plano del que no tenemos conciencia ni control, que es muy profundo. Supongo que estamos hablando del método de cualquier interpretación psicoanalítica de los sueños. Pero no solo: cuando pensamos que los dioses están eclipsados de nuestras vidas, de nuestra actual secularización, nos olvidamos del hecho de que, mientras tanto, seguimos soñando. Sigue habiendo un plano, el de los sueños —que, por otra parte, es igual que una lectura poética de la realidad—, que gobierna el lado inconsciente de nuestra existencia. Pero lo interesante aquí es el hecho de que Agamenón, al soñar con Néstor, sabe que tiene que otorgarle un valor simbólico distinto, tiene la sensación emotiva de haber soñado algo muy importante. Y comprende que es Zeus quien le está hablando en sueños. La percepción de los sueños de Agamenón, y su elaboración, es la misma que ahora nosotros podemos tener.
Pues bien, Zeus le está diciendo que deje de hacerse el remolón y lance su ataque, la guerra tiene que comenzar. No es un buen consejo, porque induce a Agamenón a un error táctico, y a partir de ahí se produce la aplastante derrota militar de los griegos, aunque se trate de una derrota provisional, ya que terminarán conquistando Troya. El sueño es malicioso, no tanto porque ofrece un consejo equivocado, sino porque empuja a Agamenón y a los protagonistas de este drama a la destrucción tanto de griegos como de troyanos, y es una destrucción que Zeus ha querido. Lo segundo que hay que tener en consideración es que, por mucho que pueda parecer una escena marginal (a la que Homero dedica pocos versos), en realidad es crucial: si después de nueve años Agamenón sueña con Zeus y solo entonces forma a su ejército, significa (si hiciera falta repetirlo) que los dioses quieren esta guerra. Así pues, es un conflicto que viene desde abajo (o desde arriba), un conflicto de valores que emergen para chocar entre sí. Deberíamos leer todas las guerras de este modo (hablo de esas guerras que interfieren en nuestros sueños transformándolos en pesadillas), como si detrás hubiera un orden que domina lo bueno y lo malo de las naciones, y este orden se resquebrajara y las fuerzas que lo mantenían en equilibrio comenzaran a enfrentarse entre ellas. En esta guerra bajo las murallas de Troya entran en conflicto los valores de lo femenino; pero no es una cuestión política, no tiene nada que ver con el feminismo o con el patriarcado, y mucho menos con la belleza como la entendemos hoy día. Es una cuestión de profundidad, de fuerzas que emergen de sus propias tensiones: la imagen que debemos esperar al final de esta historia es la de un terremoto (que, de hecho, llegará). Pero si la elección de Paris es el inicio, el momento en el que el conflicto toma forma, en el sueño de Agamenón el conflicto sale a la luz, porque los sueños son la manera en que lo profundo se manifiesta. Así pues, Zeus está pidiendo que dé comienzo la batalla. De hecho, de ahora en adelante los dioses comenzarán a venir al proscenio para recitar su papel.
La elección de Paris
La batalla acaba de comenzar e inmediatamente la contienda se vuelve tan feroz que Paris, al ver a Menelao avanzar hacia él, huye. Luego es llamado al orden por Héctor, su hermano. Pero en ese momento pensó que lo mejor era tratar de resolver la batalla con un duelo, salvando la vida de muchos y, sobre todo, la integridad de la ciudad: el vencedor se quedaría con Helena. Aparte del hecho de que aquí nadie considera oportuno preguntar a Helena lo que ella quiere, tiene gracia que hayan tenido que esperar nueve años antes de llegar a una solución tan coherente y rápida. En cualquier caso, no me limitaré a considerar a Paris un cobarde, entre otras cosas porque es precisamente él quien pide el enfrentamiento directo. Lo que ocurre durante el duelo, en resumen, es que Paris tira primero su lanza, que golpea el escudo de Menelao sin hacerle ningún daño. Luego Menelao tira tan fuerte que logra traspasar tanto el escudo como la armadura de Paris, aunque solo lo alcanza de refilón. Si imaginamos la escena, supongo que a estas alturas Paris debe de estar, por lo menos, desconcertado. De hecho, Menelao arremete contra él con fiereza, lo coge por el yelmo, lo golpea contra el suelo, y luego lo lanza con todas sus fuerzas y trata de llevárselo, pero la correa del yelmo se rompe. Podríamos imaginar el duelo fragmento a fragmento, como en una película moderna, ralentizando los movimientos donde se quiere que recaiga nuestra atención, para después volver a una velocidad normal. Ahora Menelao ha arrojado el yelmo de Paris contra las tropas troyanas que se encuentran alrededor mirando, aunque Paris sigue en el suelo, y se le echa encima dominándolo con todo su cuerpo. Paris está paralizado de miedo, mientras Menelao lo mira con desprecio y rabia, mucha rabia, teniendo en cuenta que ahora, a sus pies, se encuentra quien durante diez años se ha estado acostando con su mujer. En ese momento Menelao vuelve a coger la lanza y, levantándola, se dispone a traspasarlo. Está claro que está a punto de matarlo. Este es el momento en el que la imagen se detiene y comienza a ralentizarse, suspendida entre la pose escultural de Menelao y los ojos aterrorizados de Paris. El joven príncipe troyano está contemplando su muerte reflejada en el reluciente yelmo de Menelao. Ahora toda su vida pasa ante sus ojos y empieza a hacer repaso de las decisiones que ha tomado, de las personas a las que ha querido, quizá también del dolor que ha infligido. La conciencia de sí mismo toma forma y comprende lo que quiere, de qué parte está, qué prefiere, qué sentido le da a su vida. Paris, a punto de morir, no piensa en la batalla, en el reto que ha perdido, en la guerra o en su condición (o no) de héroe; tampoco piensa en su reino, en el Estado, en la ciudad, no piensa en la familia, en sus hermanos y menos aún en sus amigos: Paris, a punto de morir, piensa solo en ella. Y su pensamiento es sorprendentemente claro, límpido, luminoso y, en este caso, también numinoso. Porque las decisiones que ha tomado, las personas a las que ha querido y el dolor que ha infligido se pueden reducir a una sola cuestión: Helena. Él piensa en Helena, en su amor, en el amor de ambos, y en su deseo. En mi opinión, piensa sobre todo en su cuerpo, piensa físicamente en ella, en cada parte de su belleza, piensa incluso en su olor más íntimo, y esto, todo esto, lo envuelve en el deseo que sigue sintiendo por ella. Todo en su vida, justo cuando está a punto de terminar, se reduce a una sola cosa: el deseo.
El deseo y la belleza
Lo suyo, por consiguiente, no es más que una grandiosa celebración del deseo, y me resulta difícil culparlo (y mucho menos tildarlo de cobarde), teniendo en cuenta cómo, en un momento tan definitivo, logra alcanzar un pensamiento tan elevado, misterioso y lúcido. Porque, a pesar de todos los pesares, está muriendo absolutamente fiel a su personaje; y porque no tengo nada claro que merezca la pena morir por dinero, por poder o por gloria, pero sí por esa pasión que nos quema por dentro y nos empuja hacia el amor. En cualquier caso, lo que está sucediendo es que el deseo en el que se deja envolver Paris, por el que se deja arrastrar, lo invade: no su deseo, sino el deseo como tal, el deseo de todos, la realidad misma del deseo, aquello que mueve el mundo lo invade haciendo que su decisión sea no solo definitiva, sino también dirimente y resolutiva. Eso hace de las fuerzas de lo profundo algo tan imponente que conlleva siempre una necesidad, y esta necesidad termina por arrollarnos o, en el caso de Paris, salvarlo de la muerte. En cierto sentido, al hacer su elección, Paris le ha brindado su mejor tributo a Afrodita, y por eso, en lugar de ser traspasado por la lanza de Menelao, se encuentra en el lecho con su mujer. Independientemente de cómo imaginamos esta escena, el resultado es el mismo: en lugar de morir, se encuentra una vez más amando a Helena. A mí, al fin y al cabo, me parece un buen resultado.
Mientras Paris está tratando de evitar que Menelao lo mate, Helena sigue el duelo desde los bastiones de la ciudad, junto a Príamo. La escena es igual de importante que lo que ocurre abajo, porque Helena contempla a sus dos maridos luchar por ella. Todos se han acercado a lo alto de las murallas para asistir al duelo, todos esperan saber cómo terminará, más que nada porque están convencidos de que, a estas alturas, la guerra...




