Oates | Dame tu corazón | E-Book | www.sack.de
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E-Book, Spanisch, 344 Seiten

Oates Dame tu corazón


1. Auflage 2017
ISBN: 978-84-17109-16-5
Verlag: Gatopardo ediciones
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

E-Book, Spanisch, 344 Seiten

ISBN: 978-84-17109-16-5
Verlag: Gatopardo ediciones
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark



La necesidad de amor -obsesiva, autodestructiva, impredecible- nos conduce a lugares prohibidos; así sucede en el mundo escalofriante de Dame tu corazón, esta colección de relatos de la inimitable Joyce Carol Oates. En estas diez magníficas historias nos encontramos con niños que escapan al control de sus padres; cónyuges que se despiertan un día y descubren que apenas se conocen; pasados obsesivos que interfieren en futuros inciertos y también con la certeza de que aquellos que tenemos más cerca pueden ser quienes nos hagan más daño. Historias sobrecogedoras capaces de despertar nuestras pasiones más profundas.

(Nueva York, 1938) ha cultivado todos los géneros literarios: novela (Qué fue de los Mulvaney, Blonde, La hija del sepulturero, Hermana mía, mi amor, Ave del paraíso, Carthage); relatos (Infiel, La hembra de nuestra especie, Mágico, sombrío, impenetrable); ensayo (Del boxeo); autobiografía (Memorias de una viuda); poesía (Women In Love and Other Poems, Tenderness); teatro (The Perfectionist and Other Plays) y libros para jóvenes (Como bola de nieve, Monstruo de ojos verdes, Sexy). Su obra es extensísima. En la actualidad enseña escritura narrativa en la Universidad de Princeton (Nueva Jersey). Ha sido galardonada con numerosos premios, entre ellos el National Book Award, el PEN/Malamud Award y el Prix Femina étranger. Desde 1978 es miembro de la Academia Estadounidense de las Artes y las Letras, y desde hace unos años es una permanente candidata al Premio Nobel de Literatura. De la misma autora, Gatopardo ediciones ha publicado Dame tu corazón (2017), Desmembrado (2018) y Persecución (2020).
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Dame tu corazón

Querido doctor K:

¡Cuánto tiempo ha pasado! ¿A que sí? Veintitrés años, nueve meses y once días.

Desde la última vez que nos vimos. Desde la última vez que me viste, tal como vine al mundo, sobre tus rodillas desnudas.

¡Doctor K! No pretendo que este saludo formal sea un halago, ni mucho menos una burla; por favor, compréndelo. No te escribo después de tantos años para pedirte un favor poco razonable (confío), ni para exigir nada, sólo para preguntarte si, en tu opinión, debería cumplir con el trámite, y tomarme la molestia, de cursar la solicitud para convertirme en la afortunada receptora de tu órgano más preciado, tu corazón; si después de tantos años puedo aspirar a cobrarme lo que me corresponde.

Me he enterado de que tú, el prestigioso doctor K, eres de los que han tenido la generosidad de firmar un «testamento vital» para donar tus órganos a quienes los necesiten. Nada de cosas anticuadas y egoístas como un funeral y un entierro en el cementerio para ti, ni siquiera una incineración. ¡Bien hecho, doctor K! Pero yo sólo quiero tu corazón, no tus riñones, tu hígado o tus ojos. A ésos pienso renunciar en beneficio de otros que los necesiten más que yo.

Por supuesto, mi intención es presentar mi solicitud como lo hacen otros en casos médicos similares al mío. Ni se me ocurriría esperar cualquier tipo de favoritismo por mi parte. La petición propiamente dicha se haría a través de mi cardiólogo. «Mujer de raza blanca, de mediana edad, bien conservada, atractiva, inteligente, optimista, pero con una cardiopatía; aparte de eso, goza de perfecta salud.» No se haría mención alguna de nuestra antigua relación, por mi parte al menos. Aunque tú, mi querido doctor K, como un posible donante de corazón, sí podrías indicar tu preferencia, digo yo.

Todo eso, sin duda, saldrá a la luz cuando mueras, doctor K. ¡Por supuesto! Ni un segundo antes.

(Sospecho que no eres consciente de que tu sino es morir pronto, ¿no? De que te queda menos de un año. De que tendrás un accidente «trágico» e «insólito», tal como lo describirán. De que supondrá un final «irónico» y «espantoso hasta lo indescriptible» para una «carrera brillante». Todo eso no lo sabes, ¿no? Siento no poder ser más específica con respecto a la fecha, el lugar, los medios; ni siquiera sobre si morirás solo o con uno o dos miembros de tu familia. Pero he aquí, precisamente, la verdadera naturaleza de un accidente, doctor K. Es una sorpresa.)

¡No pongas esa cara de pocos amigos, doctor K! Todavía eres un hombre apuesto, y todavía presumido, pese al cabello canoso y cada vez más escaso que, al igual que otros hombres presumidos que pierden el pelo, te has aficionado a peinarlo de lado sobre tu reluciente calva, imaginando que, si tú no eres capaz de advertir semejante ardid en el espejo, los demás tampoco. Pero yo sí lo veo.

Tus dedos torpes se desplazarán ahora hasta la última página de esta carta para ver mi firma —«Ángel»— y de repente te verás obligado a recordar…, con una punzada de culpa.

¡Es ella! ¿Sigue… viva?

¡Pues sí, doctor K! Más viva que nunca.

Como es natural, habrás llegado a imaginar que había desaparecido, que había dejado de existir, puesto que dejaste de pensar en mí hace tantísimo tiempo.

Estás asustado. Tu corazón, ese órgano culpable, ha empezado a latir con fuerza. Desde una ventana del primer piso de tu casa, en Richmond Street (victoriana y meticulosamente restaurada con tejas gris pálido y molduras azul marino, «pintoresca» y «señorial» entre otras de su mismo estilo en el viejo y exclusivo barrio residencial al este del Seminario Teológico), observas con inquietud…, ¿qué?

No me miras a mí, obviamente. Yo no estoy ahí.

En todo caso, no estoy donde puedas verme.

¡Y sin embargo, el cielo encapotado y mortecino parece palpitar con siniestra intensidad! Como un gran ojo que te mirase fijamente.

¡No pretendo hacerte daño, doctor K! De verdad que no. Esta carta no supone una reclamación de tu (póstumo) corazón, ni siquiera una «amenaza verbal». Si decides cometer la estupidez de mostrársela a la policía, te asegurarán que es inofensiva, que no es ilegal, que es una mera demanda de información; ¿debería yo, el «amor de tu vida», a quien no has visto en veintitrés años, cursar la solicitud para ser la receptora de tu corazón? ¿Qué posibilidades tiene Ángel?

Yo sólo quiero que me den lo que es mío, lo que se me prometió hace tantísimo tiempo. ¡Yo sí he sido fiel a nuestro amor, doctor K!

Sueltas una risotada áspera, incrédula. ¿Cómo vas a responder a este Ángel, si no ha incluido apellido ni dirección? Vas a tener que buscarme. Para salvarte, búscame.

Estrujas esta carta con la mano, la arrojas al suelo.

Te alejas trastabillando, con la intención de dejarla ahí tirada, pero es obvio que no puedes dejar las hojas estrujadas de mi carta manuscrita en el suelo de… —¿se trata de tu estudio?, ¿en el primer piso de la vieja y señorial casa victoriana en el 119 de Richmond Street?—, donde alguien podría encontrarlas, recogerlas y ponerse a leer lo que tú no querrías que leyera ninguna otra persona, sobre todo alguien «cercano» a ti. (Como si nuestras familias, en especial los parientes de nuestra misma sangre, estuvieran tan «cerca» de nosotros como en la auténtica intimidad del amor erótico.) Así que, como es natural, regresas; con dedos temblorosos, recoges las hojas desparramadas, las alisas y continúas leyendo.

¡Mi querido doctor K! Por favor, compréndelo, no siento rencor, no abrigo obsesiones. Yo no soy así. Tengo mi propia vida, y hasta he tenido una carrera (con moderado éxito). Soy una mujer normal, de mi tiempo y mi entorno. Soy como la exquisita araña negra y plateada con cabeza de diamante, la llamada «araña feliz», la única subespecie de araneidos que, según se dice, posee la particularidad de tejer telarañas medio improvisadas, tanto de forma circular como de embudo, y de errar por el mundo a su antojo, pues se siente como en casa, ya sea en la hierba mojada como en los interiores secos, oscuros y protegidos que son obra de la mano del hombre; que disfruta de libre albedrío (relativo) dentro de las inevitables limitaciones de la conducta de los araneidos; con una mordedura muy venenosa, a veces letal para los seres humanos, sobre todo para los niños.

Como la cabeza de diamante, tengo muchos ojos. Como la cabeza de diamante, puedo parecer «feliz», «dichosa» y «exultante» a la mirada de los demás. Pues ése es mi papel, mi interpretación.

Es cierto que, durante años, me resigné estoicamente a mi pérdida; a mis pérdidas, de hecho. (Y no es que te culpe a ti de esas pérdidas, doctor K. Aunque un observador imparcial podría concluir que mi sistema inmunológico quedó dañado debido al desplome físico y mental que me causaste al expulsarme de tu vida tan de repente.) Y entonces, este marzo pasado, al ver tu fotografía en el periódico —«El distinguido teólogo K será el director del seminario»— y, unas semanas más tarde, cuando te nombraron miembro de la Comisión Presidencial sobre Religión y Bioética, reconsideré mi postura. «Los tiempos del anonimato y el silencio han llegado a su fin me dije—. ¿Por qué no intentarlo? ¿Por qué no intentar cobrar lo que te debe?»

¿Recuerdas ahora el nombre de Ángel? ¿Ese nombre que no has deseado pronunciar a lo largo de veintitrés años, nueve meses y once días?

Busca mi nombre en cualquier listín telefónico; no lo encontrarás. Es posible que mi número no figure en la guía; es posible que ni siquiera tenga teléfono. Es posible que me haya cambiado el nombre. (Legalmente.) Es posible que viva en una ciudad remota en una región remota del continente; o es posible que, como la araña cabeza de diamante (el tamaño de la araña adulta es aproximadamente el de la uña de tu pulgar derecho, doctor K), habite silenciosa bajo tu propio techo, hilando mis exquisitas telas entre las sombrías vigas de tu sótano o en un nicho hueco entre tu precioso escritorio de caoba y la pared, o, vaya idea tan estupenda, en el recoveco mal ventilado, debajo de la antiquísima cama de latón con dosel en la que compartes la decrepitud de la madurez avanzada con la señora K.

¡Sí, así de cerca estoy, y sin embargo soy invisible!

¡Mi querido doctor K! Hubo un tiempo en que te maravillaba mi impecable «piel de Vermeer» y el cabello «hilado en oro» que me caía ondulado por la espalda, y que tú acariciabas y aprisionabas en tu mano. Hubo un tiempo en que yo era tu Ángel, tu «bienamada». Yo me deleitaba en tu amor, pues no lo ponía en duda. Era joven, virginal, tanto mi espíritu como mi cuerpo lo eran, y jamás habría puesto en duda la palabra de un distinguido hombre maduro. Y en el paroxismo de nuestro amor carnal, cuando te entregabas a mí por completo, o eso parecía, ¿cómo podrías haberme… engañado?

El doctor K del Seminario Teológico, un erudito y una autoridad en la Biblia, protegido de Reinhold Niebuhr y autor de exégesis «brillantes» y «revolucionarias» de los manuscritos del Mar Muerto, entre otros temas esotéricos.

«Pero yo no tenía ni idea… —te oigo protestar—. No le había dado motivos para creer, para esperar…»

(¿Que fuera a tragarme tus declaraciones de amor? ¿Que te tomara la palabra?)

«Cariño mío, mi corazón es tuyo. Siempre lo será, para siempre.» ¡Eso me...



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