E-Book, Spanisch, 211 Seiten
Obras de Tácito
1. Auflage 2015
ISBN: 978-3-95928-471-4
Verlag: IberiaLiteratura
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Biblioteca de Grandes Escritores
E-Book, Spanisch, 211 Seiten
Reihe: Biblioteca de Grandes Escritores
ISBN: 978-3-95928-471-4
Verlag: IberiaLiteratura
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
• Germania - DE ORIGINE ET SITV GERMANORVM • Agrícola - La vida de Julio Agrícola - DE VITA IVLLI AGRICOLÆ • Diálogo de los Oradores - DIALOGVS DE ORATORIBVS Cornelio Tácito (en latín: Cornelius Tacitus; c. 55-120) fue un historiador, senador, cónsul y gobernador del Imperio romano. Se sabe poco de la biografía de Cornelio Tácito: ni siquiera las fechas y lugares de nacimiento y muerte o su primer nombre (praenomen) (se le han atribuido sin suficientes pruebas los de Gayo y Publio). La mayoría de las referencias sobre su vida provienen de la correspondencia que mantuvo con Plinio el Joven y de sus propias obras.
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Excursus sobre Britania: su geografía, sus pueblos, su historia
[10] Voy a narrar la geografía de Britania y las características de sus pueblos, que ya han sido descritos por muchos otros escritores, sin buscar la comparación con su precisión o talento, sino porque entonces todavía no había sido sometida: así, todo lo que entonces se desconocía, que estos primeros escritores embellecieron con su elocuencia, ahora lo contaremos de manera fiel a la realidad. Britania, la isla más grande de todas las que los romanos tenemos noticia, mira en hacia Germania por el este y hacia Hispania por el oeste; desde la Galia se puede llegar a atisbar su costa sur y sus tierras septentrionales no dan a ninguna otra tierra, sino que reciben el azote de un inmenso e inacabable mar. El aspecto de toda la isla de Britania lo han descrito dos de los autores más elegantes de todos —Livio entre los antiguos, Fabio Rústico entre los modernos— como similar a un escudo alargado o a un hacha de doble hoja. Y en efecto es este su aspecto si dejamos fuera a Caledonia, por lo que ha pasado a ser su descripción más habitual; para los que la recorren hasta el final, hay una enorme y vasta extensión de tierras que llegan hasta unas costas muy lejanas que se van estrechando como en una cuña. Cuando la flota Romana rodeó el litoral de este, el último de los mares, confirmó que Britania era una isla y, al mismas tiempo, descubrió y conquistó unas islas desconocidas hasta aquel momento, las Orcadas. También otearon Tule[3], puesto que hasta aquí llegaban sus órdenes y se acercaba el invierno. Pero cuentan que aquel mar pesado y difícil para remar no se agita ni siquiera por los vientos: a mi juicio, ello se debe a que por aquella región hay una menor cantidad de tierras y montañas, que son la causa y el combustible de las tormentas, y el inmenso peso de un mar sinfín resulta difícil de mover. Sin embargo, no es el objetivo de esta obra inquirir sobre la naturaleza del Océano ni de las mareas: tan solo me gustaría añadir que en ningún lugar el mar domina tanto su entorno, pues mueve a los ríos de un lugar a otro y no crece o baja levemente la marea en la costa, sino que se difunde y fluye tierra adentro y entonces las colinas e incluso las montañas quedan como insertas en su interior. [11] Por lo demás, poco es lo que se sabe sobre quiénes fueron los primeros mortales en habitar en Britania, ya fueran indígenas, ya fueran inmigrantes, como suele suceder entre los bárbaros. Pero su aspecto físico presenta diversas apariencias y de ahí se extraen diversos razonamientos. Los cabellos rubios y la percha de los habitantes de Caledonia[4] confirman su origen germánico; el rostro colorado de los siluros, el pelo rizado de la mayoría y su ubicación frente a Hispania dan fe de que los antiguos íberos cruzaron el mar y se asentaron en estas regiones; los pueblos más cercanos a los galos son muy semejantes a ellos, ya sea porque todavía pervive la fuerza de su común origen, ya sea porque en unas tierras que se extienden tan lejos las características de esa región les ha dado a sus cuerpos un aspecto concreto. Sin embargo, en general a cualquiera que lo piense le parecerá razonable que los galos hayan ocupado esa isla vecina. Podrías entender su culto religioso como una veneración de lo sobrenatural. Su lengua no difiere mucho; presentan el mismo valor para enfrentarse a los peligros que temor a retirarse cuando ya han llegado; a pesar de todo, los britanos destacan más por su ferocidad, porque todavía no los ha reblandecido una larga paz: pues sabemos que los galos antaño destacaron en la guerra pero, en cuanto penetraron en sus tierras las pereza y la vagancia, perdieron su valentía al igual que su libertad. Esto ya les ha sucedido a los britanos que fueron vencidos hace tiempo, los demás todavía siguen siendo como antes fueron los galos.
[12] Su fuerza militar radica en la infantería; algunos pueblos también combaten con carros: se considera un puesto de mayor honor el de auriga y son sus seguidores[5] quienes combaten. Antiguamente obedecían a un rey, pero actualmente las disputas entre diversos cabecillas los han dividido en facciones y grupos... y no hay nada que nos resulte más útil en nuestros enfrentamientos contra estas poderosas gentes que su incapacidad de ponerse de acuerdo para actuar en conjunto: extraño es que se reúnan dos o tres tribus contra un peligro común: luchan por separado, así pierden todos. El clima es desapacible, con abundantes lluvias y nubes, aunque el frío no es áspero. Sus días duran más que en nuestra latitud; la noche, en el extremo (norte) de Britania es clara y breve, hasta tal punto que es poca la diferencia que puedes reconocer entre el final de un día y el principio de otro. Y si las nubes no lo ocultan, se dice que puedes ver de noche el brillo del sol, cruzando el firmamento sin ponerse ni salir. Ello se debe a que aquellas tierras planas y alejadas no consiguen crear una noche, sino unas débiles sombras y bajo el cielo y las estrellas cae la noche. Su tierra, a excepción de los olivos, la vid y el resto de cultivos acostumbrados a un clima más cálido, es fértil tanto para la agricultura como para la ganadería. El fruto tarda en madurar, pero crece muy rápido y la causa de ambas características es la misma: hay mucha humedad en la tierra y en el aire. Britania alberga minas de oro, plata y otros metales, una recompensa a nuestra victoria. En su océano también crecen perlas, pero pálidas y grises: algunos creen que a sus recolectores les falta pericia, pues en el mar rojo se arrancan vivas y todavía respirando mientras que en Britania se recogen una vez que se han expulsado: yo antes pensaría que la naturaleza carece de perlas suficientes que a nosotros la avaricia.
[13] Los propios britanos cumplen con las levas, tributos y demás requisitos del impero sin dilación, siempre y cuando no se les trate injustamente: esto lo soportan a duras penas, pues aunque ya han sido suficientemente sometidos como para obedecer, todavía no son unos esclavos. Así pues, aunque el divino Julio César, el primer romano en llegar a Britania al frente de un ejército, aterrorizó a los indígenas en una guerra propicia y se apoderó de la costa, puede parecer que antes indicó el camino a sus sucesores que les entregó una provincia. Después siguieron las guerras civiles, cuando los ejércitos de nuestros cabecillas se volvieron contra el estado romano, y con ellas llegó un largo olvido de Britania incluso en épocas de paz. Augusto consideraba este hecho como una política deliberada y Tiberio como una orden; está bastante claro que Calígula había tomado en consideración la invasión de Britiania, si no hubiera sido tan rápido en mudar su voluble carácter y no hubieran fallado estrepitosamente sus ataques contra los germanos. El divino Claudio fue el impulsor del segundo intento y transportó a legiones y auxiliares y encomendó parte de la tarea a Vespasiano, lo que fue el principio de lo que los hados le depararían. Diversas tribus fueron sometidas, algunos reyes fueron capturados y Vespasiano se dio conocer a su destino.
[14] El primero de los legados consulares que asumió el mando fue Aulo Plaucio y, después, Ostorio Escápula: ambos eran eminentes militares y poco a poco la parte más cercana de Britania fue convertida en provincia y se creó en ella una colonia de veteranos. Algunas ciudades le fueron entregadas al rey Cogidumno —él fue nuestro aliado más leal incluso hasta nuestros días—, una antigua y desde luego reconocida costumbre del pueblo romano, la de servirse de los reyes como una herramienta para esclavizar a sus pueblos. Tras ellos, Didio Galo mantuvo los territorios que le habían dejado pero estableció alguna guarniciones más hacia el interior del país, con lo que buscaba el reconocimiento de haber engrandecido su cargo. Veranio siguió a Didio y en aquel mismo año murió. Después de esto, Suetonio Pualino consiguió que la provincia prosperara durante dos años, sometiendo a más pueblos y fortaleciendo las guarniciones. Confiado por estos preparativos, intentó atacar la isla de Mona[6], que suministraba refuerzos a los rebeldes, pero dejó su espalda abierta a la rebelión. [15] Pues con la ausencia del legado, los britanos perdieron el miedo y empezaron a reflexionar sobre las penurias de su servidumbre, compartieron las afrentas sufridas y se encendieron sus ánimos, mientras se decían que en nada les beneficiaba soportarlo como no fuera para que todavía les exigieran mayores sacrificios como si lo toleraran con facilidad. Decían que antaño habían servido únicamente a un rey, pero que ahora se les había impuesto dos, de los cuales al legado tenían que servir con sangre y al procurador con sus bienes; que tanto su concordia como discordia los perjudicaba y que los centuriones del uno y los esclavos del otro unían a la violencia la injuria: nada quedaba fuera de su capricho ni de su lujuria. Afirmaban que en una guerra es el más fuerte quien puede saquear, pero que ahora sus casas se veían sacadas por cobardes y débiles, que secuestraban a sus hijos y que los obligaban a unirse a sus levas, como si ellos no supieran morir por su patria. !Qué pequeño era el número de soldados —decían— que había cruzado el mar, si contáramos a los britanos por separado! Aseguraban que Germania se había sacudido así el yugo romano, y eso que a ellos los defendía un río y no un mar; para ellos, su patria, sus esposa y sus hijos eran los motivos para ir a la guerra, para los romanos, la avaricia y la ambición. Estaban convencidos de que los romanos se tendrían que marchar, como hizo el divino Julio, en cuanto consiguieran emular a los antepasados, pero no debían atemorizarse por el resultado de un par de...




