E-Book, Spanisch, 200 Seiten
Reihe: Otras Latitudes
O'Brian El tercer policía
1. Auflage 2014
ISBN: 978-84-15564-96-6
Verlag: Nórdica Libros
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, 200 Seiten
Reihe: Otras Latitudes
ISBN: 978-84-15564-96-6
Verlag: Nórdica Libros
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Flann O'Brien (Brian O'Nolan, Strabane, Tyrone, 1911 - Dublín 1966). Escritor irlandés. Trabajó para la Administración Pública desde 1935 hasta 1953. También colaboró durante 26 años en el Irish Times con el seudónimo de Myles na gCopaleen, ya que al ser funcionario no podía escribir con su nombre. En sus artículos retrataba con un estilo mordaz la política de su tiempo. Su estilo y el argumento de sus libros son muy originales y fueron alabados por Samuel Beckett y James Joyce, quien, ya prácticamente ciego, leía sus novelas con la ayuda de una lupa. Joyce dijo de O'Brien y de este libro: 'Un escritor auténtico, con el verdadero espíritu cómico. Un libro realmente divertido'. En Nórdica Libros estamos entusiasmados con la obra de este genial irlandés y con En Nadar-dos-pájaros hemos cumplido el sueño de publicar todas sus novelas: El Tercer Policía, Crónica de Dalkey, La boca pobre y La vida dura. En el libro El canon occidental, del famoso crítico literario Harold Bloom, aparecen El Tercer Policía y Crónica de Dalkey como dos de las obras más importantes de la literatura en lengua inglesa.
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Capítulo 2
De Selby dice cosas muy interesantes acerca de las casas1. Considera que una fila de casas alineadas es una concatenación de males necesarios. Atribuye el reblandecimiento y la degeneración de la raza humana a la progresiva predilección por lo interior y al decreciente interés por el arte de salir al aire libre y quedarse allí. Estima que esto se debe al desarrollo gradual de actividades como leer, jugar al ajedrez, beber, el matrimonio y otras parecidas, ya que pocas de ellas pueden llevarse a cabo satisfactoriamente al aire libre. En otro lugar2, de Selby define una casa como «un ataúd grande», «una madriguera» o «una caja». Evidentemente, su principal objeción recaía en el confinamiento entre cuatro paredes y un techo. Atribuyó algunos improbables valores terapéuticos —en su mayoría pulmonares— a algunas estructuras que él mismo diseñó y a las que dio el nombre de hábitats: toscos dibujos que aún hoy pueden apreciarse en las páginas del Álbum Campestre. Había dos clases de estructuras: «casas» sin techo y «casas» sin paredes. Las primeras tenían puertas y ventanas abiertas de par en par, con una superestructura realmente antiestética de toldos que, en caso de mal tiempo, se enrollaban con holgura en unas barras; todo el conjunto se parecía a un barco de vela hundido elevado sobre una plataforma de mampostería, el último lugar en que alguien pensaría ni siquiera para guardar ganado. El otro tipo de «hábitat» poseía el típico tejado de pizarra, pero sólo tenía una pared, que debía levantarse en el lado en que soplaba el viento predominante; alrededor se encontraban los inevitables toldos enrollados en unos rodillos suspendidos de las canaletas del tejado, toda la estructura rodeada por un pequeño foso o pozo, que guardaba cierta similitud con letrinas militares. A la luz de las teorías de hoy en día respecto a vivienda e higiene, no hay duda de que de Selby estaba francamente equivocado, pero en aquellos remotos días más de un enfermo perdió la vida en la desatinada búsqueda de salud en estas moradas3.
Mi visita a la casa del viejo Mathers me trajo a la cabeza estos recuerdos sobre de Selby. A medida que me iba acercando al edificio, se me aparecía como una espaciosa casa de ladrillo, de edad dudosa, de dos pisos con porche y ocho o nueve ventanas en la fachada de cada piso.
Abrí la puerta de hierro y caminé, tan en silencio como pude, por el sendero de grava cubierto de hierbajos. Mi mente se hallaba extrañamente vacía. No tenía la sensación de estar a punto de culminar con éxito un plan en el que había trabajado sin descanso día y noche durante los tres últimos años. No experimentaba ninguna impresión placentera, y la perspectiva de hacerme rico tampoco me excitaba. Estaba concentrado únicamente en la mecánica tarea de encontrar la caja negra.
La puerta del vestíbulo estaba cerrada, y aunque se encontraba al fondo de un porche muy profundo, el viento y la lluvia la habían recubierto de polvo y gravilla; el polvo y la gravilla también habían obstruido la ranura por donde se abría la puerta, haciéndose evidente que había estado cerrada durante años. De pie sobre un lecho de flores marchitas, intenté empujar hacia arriba el bastidor de la ventana situada a la izquierda de la puerta. Cedió por fin ante mi empuje, terca y ásperamente. Me introduje por aquella apertura, pero no me encontré en una habitación, sino arrastrándome por el alféizar más profundo que he visto en mi vida. Cuando alcancé el borde, salté con estrépito sobre el suelo y me pareció que la ventana por la que había entrado estaba muy lejos y que era demasiado pequeña como para haberme permitido el paso.
La habitación en la que me hallaba estaba llena de polvo y de moho y no tenía mueble alguno. Las arañas habían tejido grandes telarañas en la chimenea. Salí con rapidez al pasillo, abrí la puerta de la habitación donde estaba la caja y me detuve en el umbral. Era una mañana oscura, y el tiempo había recubierto las ventanas con un tamiz grisáceo que no dejaba pasar la débil luz exterior. El rincón más alejado de la habitación quedaba en sombras. Me invadió una urgente necesidad por acabar el trabajo y salir de la casa para siempre. Caminé por el suelo de tablas, me arrodillé en el rincón y pasé las manos por el suelo en busca del tablón suelto. Me sorprendió encontrarlo enseguida. Tenía unos dos pies de largo y se balanceaba con un sonido hueco bajo mis manos. Lo levanté, lo puse a un lado y encendí una cerilla. Vi una caja de caudales negra dentro de aquel oscuro agujero. Metí la mano y con un solo dedo cogí el mango de la caja, pero el fósforo vaciló, se apagó de repente y, cuando apenas había levantado la caja unas pulgadas, se me resbaló. Sin detenerme a encender otra cerilla, introduje firmemente mi mano en el agujero y, cuando estaba a punto de alcanzar la caja, ocurrió algo.
No podría describir lo que fue, pero me asustó antes de llegar a comprenderlo mínimamente. Fue una especie de cambio que me sobrevino a mí o a la habitación, un cambio sutil aunque trascendental e indescriptible. Fue como si la luz del día cambiara antinatural y repentinamente, como si la temperatura de la noche sufriera una alteración radical en sólo un instante, o como si el aire se hubiera enrarecido más aún, o se hubiera vuelto dos veces más denso de lo que ya era en un abrir y cerrar de ojos; quizás todas estas cosas y algunas otras ocurrieran a la vez, ya que todos mis sentidos quedaron aturdidos a un mismo tiempo, y no fueron capaces de proporcionarme ninguna explicación. Los dedos de mi mano derecha, que había introducido en la abertura, trataron de alcanzar algo de un modo instintivo, sin encontrar nada. ¡La caja había desaparecido!
Oí una tos a mis espaldas, suave, natural y, sin embargo, más inquietante que ningún sonido que jamás haya escuchado el oído humano. Que no cayera muerto del susto se debe, creo, a dos motivos: que mis sentidos ya estaban trastornados y sólo eran capaces en parte de interpretar lo que habían percibido, y también que aquella tos parecía traer consigo alguna alteración aún más horrible sobre todas las cosas, como si se hubiera detenido el universo por un instante, suspendiendo a los planetas en sus órbitas, interrumpiendo el sol y sosteniendo en el aire todo lo que la tierra atraía hacia ella. No pude mantenerme de rodillas y me desplomé débilmente hacia atrás, quedándome medio sentado, sin fuerzas, en el suelo. La frente se me cubrió de sudor y mis ojos permanecieron abiertos mucho tiempo sin pestañear, vidriosos, casi incapaces de ver.
En el rincón más oscuro de la habitación, cerca de la ventana, había un hombre sentado en una silla, observándome con escaso pero constante interés. Había alargado muy lentamente la mano a lo largo de la mesita que estaba a su lado para encender una lámpara de aceite. La lámpara tenía una tulipa de vidrio con un pabilo apenas visible en su interior, dando vueltas en circunvoluciones como un intestino. Había un juego de té sobre la mesa. El hombre era el viejo Mathers. Me observaba en silencio. No se movía, ni tampoco hablaba, y de no ser por el leve movimiento de su mano hacia la lámpara y el giro suave de la ruedecilla de la mecha con su pulgar y su índice, podría haber pasado todavía por muerto. La mano estaba amarillenta, la piel arrugada formaba pliegues sobre los huesos. Sobre el nudillo del dedo índice pude ver claramente la curva de una delgada vena.
Es difícil escribir sobre una escena así, o transmitir con palabras los sentimientos que se agolpaban dentro de mi mente abrumada. No sé, por ejemplo, cuánto tiempo permanecimos mirándonos el uno al otro. En aquel intervalo indescriptible e inconcebible pudieron transcurrir años o minutos con la misma facilidad. La luz de la mañana se desvaneció ante mi vista, y el polvoriento suelo parecía esfumarse bajo mi cuerpo, que se disolvía, reduciéndose todo mi ser sólo a la estúpida y hechizada mirada que venía hacia mí desde el rincón.
Recuerdo que me di cuenta de algunas cosas, fría y mecánicamente, como si estuviera allí sentado con la única preocupación de anotar mentalmente todo lo que observaba. Su rostro era aterrador, pero tenía una expresión en sus ojos tan terrorífica y horrible que el resto de sus facciones parecían casi afables. Su piel era como de pergamino descolorido, con una serie de pliegues y arrugas que le daban una expresión de inescrutabilidad insondable. Pero lo más aterrador eran los ojos. Mirándolos fijamente tuve la impresión de que no eran ojos realmente, sino réplicas mecánicas activadas por electricidad o algo parecido, con un diminuto agujero en medio de «la pupila», a través del cual el verdadero ojo observaba secretamente y con gran frialdad. Semejante idea, probablemente infundada, me sumió en tal desconsuelo que surgieron en mi mente interminables especulaciones sobre la naturaleza y el color del verdadero ojo, y sobre si realmente era éste el verdadero ojo o sólo otra réplica exacta a la del primero y de este modo, el verdadero ojo me observaba a través de una serie de apretadas mirillas, posiblemente detrás de miles de estos absurdos artificios. De vez en cuando, los pesados párpados, parecidos al queso, se cerraban lentamente, con extrema languidez, y se abrían de nuevo. El viejo estaba envuelto en una bata vieja de color rosado.
Angustiado, pensé que quizás era el hermano gemelo del viejo, pero en ese momento oí como alguien decía:
Difícilmente. Si te fijas, en el lado izquierdo del cuello verás algo como esparadrapo o una venda. También lleva vendadas la garganta y la...




