E-Book, Spanisch, 344 Seiten
Reihe: ECR
Odio / de Vallbona / Paldao Eunice Odio
Edición anotada
ISBN: 978-9930-58-094-3
Verlag: Editorial Costa Rica
Format: EPUB
Kopierschutz: 0 - No protection
Antología poética anotada
E-Book, Spanisch, 344 Seiten
Reihe: ECR
ISBN: 978-9930-58-094-3
Verlag: Editorial Costa Rica
Format: EPUB
Kopierschutz: 0 - No protection
Eunice Odio, poeta, ensayista y narradora, nació en San José en 1919. A partir de 1945 aparecieron sus primeros poemas en Repertorio Americano. En 1947 recibió el Premio Centroamericano de Poesía 15 de Septiembre por Los elementos terrestres.
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1.ª PARTE
POEMAS SUELTOS PUBLICADOS EN REVISTAS Y ANTOLOGÍAS (1945-1979)
Los textos que abarcan los “Primeros poemas (1945-1953)” de esta sección, no fueron incluidos en Territorio del alba y otros poemas, antología que preparó Eunice Odio poco antes de morir y que fue publicada en San José, Costa Rica, en 1974 por EDUCA. Algunos, pero no todos, aparecieron en las Obras completas de las Editoriales de la Universidad de Costa Rica y de la Universidad Nacional (1996). Sin embargo, vieron la luz pública en diversas revistas como Repertorio Americano, Diario de Centro América, Zona Franca, Viento Nuevo, Poesía de América, Textos y otras. Como todos los que no se publicaron en las ediciones de sus libros podrían irremediablemente perderse, hemos incluido uno que hemos localizado en la revista Textos de Jalisco, México, de julio-agosto, 1979, pp. 11-13, mucho después de su muerte, aunque sobrepasa la fecha de 1953 de sus primeros poemas.
1. Repertorio Americano, N.° 8,
22 de diciembre de 1945,
pp. 120-22, Tomo XLII,
Año XXV, N.° 998
Esas mujeres perdidas[1]
A Nicolás Guillén, enorme poeta y gran amigo.
Esa mujer a la que vimos
pegándose a la luz,
apropiándose los faroles,
con los ojos en veredas caídas,
Señora exacta y sola es,
y va a morirse
en uno de estos días.
Me lo dijo en secreto
aquel señor que se nutre de diminutivos
esclarecidos y esfumados
en las salas de fluoroscopía.
Yo la había visto ya antes;
cuando solía irse
entre las voces y los cuerpos
de los hombres,
Señora exacta y sola de la umbría,
limpia de albas presencias,
merodeando entre los brazos hondos
de los prostíbulos,
desafiante de coloraciones dudosas,
enlutado de tréboles
su cuerpo todo un gajo
de nocturnas perspectivas,
marchando tras las voces airadas y rugosas
entre predicadoras hierbas
y caserías displicentes,
y ahora va a morirse,
decayendo,
tenaz en su morir,
liquido el paso
descontinuado y hosco,
Señora exacta y sola,
limpia de albas presencias.
De un poema con cuatro acentos[2]
A Pedro Juan Labarthe, mi poeta y hermano de siempre.
Por ahí viene volando
mi corazón de ajedrez.
No tiene bordes
ni diámetro.
tiene dos blancas ramitas
aguadas de largos viajes,
y altas
si lo quiere el día.
Por ahí viene volando
mi corazón de ajedrez.
¡Mira si puedes cogerlo!
¡¡Una, dos, tres!!
Corazón de blancas ramas
Se te fue.
¡Ay!
Se te fue el corazón,
Mira si puedes cogerlo
otra vez.
Amores de sor María de la Anunciación (Tal como en confidencia me lo contaron)
A Juan Manuel Sánchez, nuestro máximo
Juan Manuel, como si fuera yo misma.
María de la Anunciación,
discípula de los chopos,
tenía un temblor de cristal
cuando dormía en el agua,
María de la Anunciación,
doctora antigua del huerto,
era maestra de grillos
y tejedora en la arena.
Sor María
tenía un amor,
con los trascielos del agua,
trascielada se ponía
en desvestida fragancia,
y murmuraban los grillos
y descendían las cigarras.
María de la Anunciación
tenía un temblor de cristal
cuando en el agua callaba.
De noche, por esas noches, por esos muros[3]
De noche,
con la estrella,
se ve muy alto el muro vecino
sobre el mundo,
y hasta parecen muelles
en sus aguas gastadas,
y hasta hay niños que purgan
una pena de alondra,
De noche
con la estrella
hay corazones de hombre
que oscilan
sobre el muro.
En la tarde, en las ramas[4]
Tarde en las ramas y en el agua,
agua de la tarde,
y el vendaval sonámbulo
de la clara mañana
con dirección al faro
de insomnios transparentes
de la tarde en el agua.
Ruiseñor
volador
un rosicler geométrico de alas,
rama del aire
en la ventana dulce
de la tarde en el agua.
De las canciones con tono de ay y almendras
Del almendrolón
El almendrolón
vive en el río florido,
y la almendrita,
ciñe verdes suspiros,
¡Ay!
Almendrita nocturna,
almendrolón dormido.
¡Quién te fuera llevando
inquieto
como te lleva el río
en su dulce espejito!
Maravilla almendrita
de espuma y sueño,
Almendrolón dormido.
Alizarín (Canción)
Alizarín,
Pájaros polichinelas
dialogan en tu jardín,
diálogos de plumería.
Un pinzón trasnochador
piensa con alas curvadas,
que la alberca es un estambre
con fingimientos de agua
y espejos amarillos.
Un grillo
con voz de duda,
hace una pátina blanca
para que duerma la luna,
y murmuren las cigarras
su sospecha cristalina.
¡Ay!
Con el viento se pierden
blancas ramitas del día.
Subiendo van al monte
Clavelito de almendra,
¡Ay clavelito!
Subiendo van al monte
los peregrinos,
a lavar una torre
de cien suspiros,
¡Ay!,
claveles dormidos.
¡Ay!
Clavelitos.
Amores van en sandalias
cruzando el río,
para ver a la niña
lavando lirios.
¡Ay amores,
Por el aire y por el río!
Las alcaldesitas
Las alcaldesitas,
una a una,
y dos a dos,
sueñan que el monte suspira.
Las alcaldesitas,
sueñan que se van al monte
Por el río.
Era la tarde delgada
como una gota de lirio.
Las alcaldesitas,
pies en el tibio sendero
ojos en sombra de almíbar
y labios en la alameda.
Soles en sueño se quedan,
el lucerón en el cielo
les repica sus espuelas,
¡Ay!
Llevan ceñidas sus medias,
y en la mirada una torre,
Que las alcaldesitas,
vuelta abajo y sin veleta.
2. Repertorio Americano, N.° 9,
29 de diciembre de 1945,
p. 144, Tomo XLII,
Año XXV, N.° 999
Sobre la muerte de Fernando Brenes
Hablo en nombre de todos (Atención de la autora)
Con la mirada huyendo en una lágrima,
Cómo hacemos, amigo,
para decirte
que estamos casi al frente de nuestro cuerpo,
desgajados,
puros
en pleno alumbramiento con tu muerte,
Cómo hacemos con tu velocidad aniquilada,
Cómo hacemos, amigo, para decirte
que estamos más arriba de la frente,
Que hemos llegado a tu ciudad muy húmedos,
todos al borde de un escalofrío,
al filo de una lágrima,
Cómo hacemos todos
llorando a la orilla virginal de tu pañuelo,
Cómo hacemos,
amigo,
para decirte,
que tu semblante sube aislado y hondo,
y tu paso adelántase suavísimo,
a tono con el fiel de la congoja,
Porque es que ahora
se detiene tu olor en la fragancia,
y tiene un gesto de agua
tu silencio,
Porque es ahora que se pone
tu carne toda larga,
tu piel toda brumosa,
y tu materia esquiva,
se vuelve terminante a cada beso,
Cómo hacemos
tan turbios, nosotros,
como establos,
como piedras,
tan tersos todos,
tan cambiados;
Tan faltos hasta de tu solapa familiar,
Si la brutal ternura se amontona,
y el cielo cae de tu alma
en cada pecho,
Cómo hacemos,
hermano,
para decirte.
Costa Rica, enero 8 del 46
3. Repertorio Americano, N.° 20,
19 de octubre de 1946,
pp. 310-11, Tomo XLII,
Año XXVI, N.° 1008
Nube y cielo mayor[5]
A los milicianos de dentro y fuera.
Porque en España ardía la voz,
Ardía el vientre floral de la mujer
encinta con el mundo,
Ardía la arteria triste desnuda.
Ardía el humus conciso de los hombres,
Ardía el húmedo estuario de tu daga
total y coronada.
Porque en España
se cubrían de lujosos cadáveres
los párpados de las muchachas
y el alba cercenada
soñaba con obispos y medusas,
y murmuraba el hombre su cándida estatura
más allá de su muerte conquistada,
Porque en España,
Miliciano español
encubierto por escombros doloridos,
y tu cielo veloz acuchillado,
Mientras los enlutados,
perdían tu ancha jornada de...




