E-Book, Spanisch, Band 440, 536 Seiten
Reihe: El Acantilado
Ordine Tres coronas para un rey
1. Auflage 2023
ISBN: 978-84-19036-20-9
Verlag: Acantilado
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
La empresa de Enrique III y sus misterios
E-Book, Spanisch, Band 440, 536 Seiten
Reihe: El Acantilado
ISBN: 978-84-19036-20-9
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Nuccio Ordine (Diamante, 1958) es profesor de Literatura Italiana en la Universidad de Calabria y autor de diversos libros, varios de ellos sobre Giordano Bruno y el Renacimiento. Ha sido profesor invitado de centros como Yale, Paris IV-Sorbonne, IEA de París, CESR de Tours, el Warburg Institute o la Sociedad Max Planck de Berlín. Es también miembro del Harvard University Center for Italian Renaissance Studies y de la Fundación Alexander von Humboldt, así como miembro de honor del Instituto de Filosofía de la Academia Rusa de Ciencias. Acantilado ha publicado «La utilidad de lo inútil» (2013), traducido en veinticuatro lenguas, «Clásicos para la vida» (2017), «Tres coronas para un rey» (2022) y «Los hombres no son islas» (2022) .
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PREFACIO
Pocos estudiosos han contado con un grupo de alumnos tan numeroso y tan brillante como Frances Yates, una de las principales personalidades científicas inglesas que supieron preservar el espíritu del Instituto fundado por Aby Warburg y transferido justo a tiempo, antes de 1939, de Hamburgo a Londres. El aura legendaria que emanaba del fundador y de sus discípulos alemanes, Gertrud Bing, Edgar Wind, Erwin Panofsky, se extendió a Frances Yates y a su obra.
Frances Yates no fue la única beneficiaria de tales inspiraciones. Su colega inglés D. P. Walker abrió un nuevo campo de investigación con su ensayo (1958), en el que llamaba la atención sobre el renacimiento que se había producido en el siglo XVI, con el neoplatonismo de Jámblico, de la fe en los poderes angélicos y mágicos de entidades intermedias, de los cuales podían ser vehículos las artes, y en particular la música. Al espíritu de Warburg debemos también la suma bibliográfica, fuente de innumerables trabajos posteriores, que el gran anglicista italiano Mario Praz dedicó a las colecciones de emblemas y empresas de los siglos XVI y XVII. La tesis principal de André Chastel, , así como su tesis anexa, (1954), son deudoras de los contactos que el autor había establecido, antes de la guerra, con el Warburg Institute de Londres. Estos trabajos constituyeron el punto de partida de una nueva era en la historia del arte en Francia.
Frances Yates apenas viajó, pero en su caso es posible afirmar que cada uno de sus libros abrió un campo internacional de investigaciones y fundó incluso una nueva disciplina. Su libro sobre las Academias de los Valois (1947) modificó profundamente la idea que los de Montaigne nos ofrecía de la época de D’Aubigné y Lefèvre de La Boderie. El libro que dedicó al (1966) está en el origen de muchas importantes carreras de historiadores e intérpretes de la antigua mnemotecnia. El que dedicó a (1964) concitó un renovado interés mundial sobre el Nolano; tres generaciones de historiadores de las ideas han completado después la restitución de Bruno en el lugar que Frances Yates reclamaba para él en la historia de la filosofía.
Vale la pena observar que lo que caracteriza al espíritu Warburg—y en esto Frances Yates sigue exactamente la misma vía que su fundador—es la seriedad con la que, para comprender e interpretar el mundo, se afrontan los textos y las obras de arte llamados «premodernos», las ciencias en las que se fundaba este mundo, por más que después hayan sido «desmentidas» por una ciencia galileana según la cual el mundo está escrito en lenguaje matemático y no por medio de correspondencias y metáforas. Aby Warburg (que fue también antropólogo de campo) reclamó que se dedicara la misma atención, receptiva y simpatética, al tratamiento de los sistemas de pensamiento simbólicos, alquímicos y mágicos de la Europa premoderna, que después Claude Lévi-Strauss solicitó para el «pensamiento salvaje» y el ingenioso «bricolaje» de los así llamados pueblos «primitivos».
Es digno de mención el hecho de que el extraordinario centro de redescubrimiento del mundo de las imágenes simbólicas y la dimensión mágica de la palabra que fue el Warburg Institute, trasladado, en la vigilia de la Segunda Guerra Mundial, al país de Francis Bacon, la Royal Society y John Locke, sea estrictamente contemporáneo de Alan Turing. Turing fue el genio matemático que en Bletchey Park, durante la guerra, descifró el lenguaje encriptado del Ejército y la Marina alemanes. Fue asimismo quien, desde 1937-1939, estableció las bases de los procedimientos algebraicos, y aun de los tecnológicos, que después hicieron posible el mundo de la informática y lo digital (véase el libro de Jean Lassègue , París, Les Belles Lettres, 1998). La percepción es la de dos polos rivales de la inteligencia humana, antitéticos, incompatibles, y sin embargo extrañamente cercanos por su recurso a las formas simbólicas y a sus operaciones.
Frances Yates llegó a ser a tal punto experta en pensamiento mágico que llegó a despertar sospechas y a concitar recriminaciones por excesiva simpatía hacia sus héroes neoplatónicos y aristotélicos del siglo XVI. Lo cual no fue óbice para que el gobierno de Su Majestad la ennobleciera en 1977 con el título de . Alan Turing, cuyo genio matemático expandió la ciencia de Galileo desde el mundo físico hasta el social, y hasta la formalización algorítmica de los problemas de comunicación y gestión, no recibió un trato tan bueno del Estado inglés, pese a la victoria decisiva que éste le debía. Condenado a la castración química por desviaciones sexuales, se quitó la vida el 7 de junio de 1954, mordiendo, según parece, una manzana impregnada de cianuro. Ésta es la manzana que Steve Jobs eligió como emblema de Apple. El melancólico final de Turing es equiparable, en su horror, al suplicio por herejía capital que sufrió Giordano Bruno, quemado en una hoguera erigida en Campo de’ Fiori.
Nuccio Ordine nació bajo una estrella mucho más benigna que las de Bruno y Turing: la estrella de Frances Yates, de quien, entre sus jóvenes émulos, es uno de los más eruditos y productivos, tanto en el terreno de los estudios brunianos como en el de la hermenéutica de las imágenes simbólicas, antiguas rivales de los algoritmos de Turing y de los ordenadores. En lo que respecta a los estudios brunianos, que el libro de Frances Yates ha contribuido a legitimar en Francia, Nuccio Ordine ha desempeñado un papel decisivo dando a conocer al público culto francés un pensamiento hasta ahora casi excluido del canon filosófico universitario. En este esfuerzo de largo aliento, se ha beneficiado de apoyos napolitanos (el abogado Marotta y su denodado Istituto Italiano per gli Studi Filosofici) y parisinos (las ediciones Les Belles Lettres). Con Yves Hersant, Nuccio Ordine es codirector, en esta hospitalaria editorial, de una «Collection Bruno» que publica a la vez la edición bilingüe de las del Nolano y estudios traducidos al francés relacionados con tal edición, varios de cuyos títulos, y no de los menores, firma su codirector.
Aunque la empresa tenga ciertamente un formato distinto, la tipología es la misma que define la edición de Voltaire preparada por la Voltaire Foundation de Oxford, acompañada de una magnífica serie de «Studies on Voltaire and the XVIIIth century» ampliamente abierta a todos los aspectos del contexto de la obra volteriana.
Este libro de Nuccio Ordine, . , se ha publicado en francés precisamente en la serie bruniana de Les Belles Lettres—antes de aparecer en Italia en la editorial Bompiani, dirigida por Elisabetta Sgarbi—. Se trata de un trabajo de desciframiento de un mensaje codificado del rey de Francia, en la estela (aunque en otro frente) de aquel al que se entregó Frances Yates en su último libro, . Dos equivalentes arcaicos de los códigos secretos de la máquina Enigma del Estado mayor nazi, en los que Turing logró penetrar.
Frances Yates manifestó un gran interés por Enrique III, el último rey Valois, uno de los cuatro nietos de Francisco I, en el primer libro que publicó, dedicado a las academias de Carlos IX y Enrique, su hermano menor. En él se hablaba ampliamente de una música de las esferas, de un arte coreográfica y poética capaces de propiciar el descenso de la armonía cósmica a una tierra atormentada, pero también de un arte de la persuasión capaz de conferir a la palabra del rey el poder de aplacar pasiones y apaciguar violencias. Impregnados de la cultura y la ciencia neoplatónicas y neoaristotélicas del Renacimiento italiano, estos príncipes, y su madre Catalina de Médici, estaban tanto más preocupados por los problemas políticos que planteaban Maquiavelo y los italianos (antes que el francés Jean Bodin) por cuanto la atroz guerra civil entre calvinistas y católicos, en una sucesión de crisis, desgarraba su reino, desafiado respecto a la soberanía de sus reyes, amenazado por las intrigas e intrusiones de los Habsburgo de España, y también por las posibles interferencias del papado, que ostentaba un poder espiritual todavía muy eficaz y favorable a los Habsburgo. El rey de Francia y su madre anhelaban la reconciliación dogmática de sus súbditos católicos y calvinistas, pero el concilio de Trento hizo imposible un compromiso de esta suerte. Por otra parte, nunca quisieron romper con el papado, como se había atrevido a hacer Enrique VIII de Inglaterra, para crear una Iglesia galicana autocéfala. La Francia de los Valois planteaba un problema político tan inextricable como la cuadratura del círculo, y sólo podía pensarse en resolverlo (a la espera de lo imprevisible: el asesinato de Enrique III y la abjuración de Enrique de Navarra) mediante una intervención divina o gracias a la alianza de los recursos de la magia natural y de los poderes de la palabra puesta al servicio de la moderación.
No puede extrañar que Giordano...




