Ouellet | El don de la comunión trinitaria | E-Book | www.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, 224 Seiten

Reihe: 100XUNO

Ouellet El don de la comunión trinitaria

Encuentros con Iesu Communio
1. Auflage 2018
ISBN: 978-84-9055-861-4
Verlag: Ediciones Encuentro
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

Encuentros con Iesu Communio

E-Book, Spanisch, 224 Seiten

Reihe: 100XUNO

ISBN: 978-84-9055-861-4
Verlag: Ediciones Encuentro
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)



Este libro ofrece una serie de reflexiones del Cardenal Marc Ouellet, actual Prefecto de la Congregación para los obispos, cuyo hilo conductor gira en torno a la gloria de la comunión trinitaria. De esta gloria puede participar la humanidad ya en el presente por medio de la carne de Cristo, de la carne del Resucitado que se regala aquí y ahora, de manera particular en la Eucaristía. Ello lleva al autor a hacer una rica presentación del misterio eucarístico desde claves trinitarias. Buena parte de los textos que se recogen en el libro proceden de las meditaciones y homilías que el Cardenal Ouellet pronunció y entregó por escrito para su meditación durante la Semana Santa de 2017 a la comunidad de Iesu Communio y a un grupo numeroso de jóvenes en discernimiento, a quienes el Cardenal acompañó con su presencia y su palabra.

El Cardenal Marc Ouellet nació en La Motte (Canadá) en 1944. Fue ordenado sacerdote en 1968, nombrado arzobispo de Quebec en 2002 y creado Cardenal en 2003 por san Juan Pablo II. Desde 2010 es el Prefecto de la Congregación para los obispos y Presidente de la Comisión Pontificia para América Latina.
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2. EL DON DE DIOS OTORGADO A LA HUMANIDAD


Meditación del Lunes Santo

Queridas hermanas, doy gracias al Señor por la oportunidad que me ofrece de celebrar juntos esta Gran Semana, la Semana Mayor en la vida de la Iglesia, un kairós, es decir, un momento de gracia particular, gracia para cada uno de nosotros, para la Iglesia en su conjunto y también para la humanidad. Esta Semana, en la historia del mundo, es el don de Dios por excelencia, no solo a la Iglesia, sino a toda la humanidad y a toda su creación. El don del misterio pascual es el don que Dios hace de su Hijo Jesucristo, en el que todo ha sido creado y recreado. Él ha cumplido su misión de reconciliar al mundo con Dios a través de su Pasión, muerte y resurrección. Y ha derramado el último secreto de Dios, que es su Espíritu Santo, la intimidad del Padre y del Hijo, la intimidad totalmente desvelada: no solamente revelada, sino entregada, derramada, ofrecida a la humanidad como don último de Dios, el don que diviniza, que hace de la humanidad una sola cosa con Dios, una sola vida.

La Iglesia, que conoce la revelación, que conoce este don hecho por Dios a todos, el don de sí mismo a sus criaturas, en esta Semana se recoge en oración, en adoración y, ciertamente, en compasión, porque este don por excelencia de Dios es un don que pasa por el dolor, la cruz y la muerte, en favor de la reconciliación real de los pecadores que están alejados de Dios y que han de ser alcanzados allí donde están, para ser atraídos, tocados en su corazón cerrado y convertidos desde dentro para que la alianza con Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo sea auténtica y verdadera, de modo que todo el ser y toda la vida se vean concernidos por la comunión trinitaria.

Celebramos una fiesta de la fe, que es la proclamación de una verdad realizada en la historia y de una realidad histórica que se alza como la verdad más profunda de la historia; no nos limitamos a evocar un ideal que se anhela y a duras penas se intuye; es el reconocimiento de un don ya ofrecido y entregado, porque la salvación del mundo no es una mera promesa sino algo ya acontecido y realizado en nuestro Señor Jesucristo: Dios hecho hombre toma sobre sí la responsabilidad de llevar la creación a la casa del Padre y de preparar el camino para la glorificación de todas las cosas en el Espíritu Santo, en la unción suprema que es el Espíritu del Padre y del Hijo.

Celebramos el don que se nos ha hecho. Nosotros, cristianos, que conocemos la revelación, estamos llamados a proclamar y a dar testimonio de este don. La Iglesia –el Concilio Vaticano II lo recordó y desarrolló– es sacramento de salvación, es decir, un signo puesto por Dios en la historia de las naciones para dar testimonio de este don y esta verdad cumplida por Dios: la verdad de su amor que no solamente ha creado, sino que ha reconciliado el mundo y ha derramado el Espíritu Santo para que la vida de Dios sea vida nuestra, la vida de amor total, de amor mutuo, de amor que irradia paz y alegría. Esta vida suya se nos comunica a través del misterio de la encarnación, es decir, en la carne de Cristo; esta vida nos lleva, como nos enseña san Ireneo [12], a ser cuerpo de Cristo, un solo cuerpo con Cristo.

Y por eso Cristo, al finalizar su camino, ha dejado su humanidad en manos de la Iglesia, pues ha regalado el don del misterio pascual como una realidad también sacramental: especialmente en el memorial de la Última Cena, de la Cena pascual, así como en la comunidad que creció en torno al memorial regalado para ser la fuente perpetua de su vida. En efecto, la communio divina se nos da en la carne de Cristo, y en la carne de Cristo resucitado, que es su carne eucarística, su carne real. Su carne no es una carne simbólica que recuerda algo que pasó, sino que es su carne real, porque Él lo dice y lo hace. Si lo dice, lo hace: Este es mi cuerpo [13]. «Este es mi cuerpo, y haced esto en memoria mía, haced esto, lo que Yo hago».

Y la Iglesia, a través de los siglos, ha entendido –y aquí radica la peculiaridad, la belleza, la maravilla de la fe católica– que este don, esta palabra de Cristo es una palabra única que Él ha dicho de una vez por todas. De tal manera que, cuando el sacerdote la repite, no es una repetición, es siempre Cristo mismo quien la dice. A eso lo llamo la «magia del Espíritu Santo»: por la ordenación sacerdotal el acto único de Cristo, multiplicado millones de veces, es siempre el mismo acto. El Espíritu Santo hace que el tiempo y la distancia se anulen; o mejor, no se anulan, se vuelven uno. No se anulan, porque todos los momentos de la historia valen la pena. ¡No se cancelan! ¡No! Ese es el misterio de nuestra fe: el Verbo se hace carne y entrega su carne para que se quede con nosotros de una vez para siempre en su acto supremo de amor. «Este es el misterio de nuestra fe», como decimos después de la transubstanciación, después de la consagración en la Misa.

Iesu Communio es para mí nombre que habla de la Iglesia y del misterio de donde brota la identidad de esta comunidad y de cada una de vosotras como miembro de esta comunidad.

Soy también consciente de que Iesu Communio se halla en un momento de discernimiento, de testimonio –ciertamente, como lo llevan haciendo desde siempre– y de compromiso. El Espíritu de Dios derramado en sus corazones por el misterio pascual de Cristo lleva a un camino de crecimiento –no necesariamente un crecimiento en extensión, pero sí siempre en intensidad–, porque el amor es siempre más. Es ley divina que el amor, por ser infinito, no tenga límites.

Cada uno, personalmente, se halla en una dinámica de crecimiento en el amor; y el crecimiento en el amor pasa también por la cruz de nuestro Señor. El crecimiento implica algún dolor, dar algún paso más allá de lo que se ha realizado hasta ahora, porque es la ley del amor, del amor divino.

Somos pobrecillos, pobres criaturas, pero debemos ser portadores del amor divino. Cristo pobre se hizo todo eucaristía, se multiplicó, se abajó hasta multiplicarse y entregarse a través de un trozo de pan y un poco de vino; y así se multiplicó por la tierra entera. Esta es la lógica del amor, del amor divino que pasa a través de la carne, y la carne inventa maneras de amar..., y en realidades muy concretas.

Lleváis una vida contemplativa, vida de comunidad, vida también de muchos pequeños gestos de servicio. Al Papa –también a mí– le gusta decir que Dios está en los detalles [14]: le encantan los detalles, las cosas más pequeñas, las cosas más humildes. Uno podría pensar: «Me parece que habría otras formas de servir mejor en la comunidad con mis talentos, con mis cualidades…». Bueno, pero Dios te quiere donde estás; en la obediencia, en el amor, en las cosas más humildes ahí está Dios. A veces la cruz está en cosas muy sencillas.

Tengo la alegría de celebrar junto a vosotras el misterio pascual con toda sencillez, como María de Betania, tal como hemos escuchado en el Evangelio [15] proclamado en la Misa de hoy. La Iglesia manifiesta su gran sabiduría al escoger este pasaje evangélico al comienzo de la Semana Santa.

Este Evangelio es de una gran belleza por lo que significa este perfume de mucho precio, abundante, derramado sobre sus pies..., en definitiva, sobre todo su ser; es la unción.

Como dije esta mañana, este gesto evoca el sacramento de la unción de los enfermos. Me percaté de ello hace poco, porque nunca antes había pensado en ello, pero me parece muy sugestivo.

En el misterio del Señor que camina hacia su fin, las mujeres, que intuyen en el amor las cosas de la vida y de la muerte, quieren acompañarlo de algún modo, quieren al menos ser una presencia compasiva, un estar con Él. Y mientras los discípulos protestan –ellos siempre llegan al amor después–, el testimonio de las mujeres es testimonio de puro amor.

Esa es la vocación de las contemplativas, de las mujeres que aman y quieren estar ahí, al lado de Jesús, sin necesidad de grandes empresas y acciones que podrían distraer de lo esencial: el amor ofrecido como respuesta al amor gratuito de Dios en Cristo Jesús. Y en la humanidad debe haber alguien que perciba este misterio, este don, y que se ofrezca para responder, no sin falta de algún titubeo, con una consagración de sí, como lo vivimos ayer en la profesión perpetua de tres hermanas, un signo de la naturaleza de este amor. No se trata de un amor pasajero, efímero, como suele suceder en el mundo, sino del amor eterno, definitivo y divino que nos hace entrar en su propia lógica y, por eso, la consagración es para siempre, perpetua, conforme a la naturaleza del amor que ha tocado el corazón, que lo ha arrebatado y que lo quiere en su servicio.

Vuestro servicio al Señor reviste los rasgos del amor esponsal, de un amor real, porque, si no lo fuese y se tratase simplemente de un ideal anhelado y buscado por la humanidad, no perseveraría en el tiempo. Es real, dado y experimentado en la fe como algo vivo, que vivifica y lleva en sí mismo la prueba de su verdad y su certeza. Y al vivirlo, se recibe la confirmación de que es el camino justo para cada una.

Vamos a seguir a María de Betania, pero también a su hermana, a Marta, porque debemos hacer muchos gestos de servicio, y a veces nos distraen, nos hacen perder la calma. Y si no exteriormente, al menos en el interior nace el juicio, y la comunión se resiente incluso en los momentos más sagrados de la vida. Entonces nos pasa como a Marta [16]. Es importante...



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