E-Book, Spanisch, 768 Seiten
Reihe: TBR
Owen El trono usurpado
1. Auflage 2024
ISBN: 978-84-19621-63-4
Verlag: TBR Editorial
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, 768 Seiten
Reihe: TBR
ISBN: 978-84-19621-63-4
Verlag: TBR Editorial
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
A Abigail le encantan las tramas ágiles, las heroínas luchadoras, los héroes sarcásticos que ocultan un gran corazón y, por supuesto, los finales en los que todos son felices y comen perdices (o, mejor dicho, chocolate, del que se declara adicta). Abigail es esposa, madre, friki de Star Wars, ex paracaidista, amante de las hojas de cálculo, gurú organizacional, competitiva y texana. Actualmente reside actualmente en Austin, Texas, con su marido (su propio héroe digno de desmayos), sus angelicales adolescentes y dos adorables bebés de cuatro patas.
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1
El espectro sombrío
destrozado
REVEN
Uno podría pensar que secuestrar a una reina es tarea fácil para un Espectro Sombrío.
Teniendo en cuenta que cuando rapté a una princesa en este mismo palacio nadie me detuvo, debería serlo. Pero eso fue antes de que Eidolon, el rey de Tyndra, viniera a vivir aquí. Él es la razón por la cual, en lugar de utilizar mi poder sobre las sombras para llegar hasta ella sin que nadie me vea, me encuentro en una habitación olvidada en la parte superior de unas escaleras oscuras que conducen a una cisterna subterránea. Si utilizara mis sombras, él lo sabría.
Al ser mi creador, el rey también puede utilizarlas.
–Que la Diosa me ayude –susurra una voz en la oscuridad y, por un largo segundo, pienso que se trata de ella.
Meren.
Mi corazón vuelve a latir con fuerza mientras escucho con atención, esperando y esforzándome por volver a oír esa voz, por asegurarme de que realmente ha sido ella.
Nada.
Mi último atisbo de esperanza sale de mi cuerpo en un suspiro. ¿A quién pretendo engañar? No tengo tanta suerte. No es el único susurro que oigo. La mayoría de esas voces no son buenas.
Tampoco creo que haya sido una de las sombras de Eidolon, los fragmentos malignos del alma del rey que llevo en mi interior. La voz habría sonado como la mía, porque yo también soy una de esas sombras. La que logró escapar. La que se enfrentó a él.
Puede que haya sido algún extraño desesperado que estuviera gritando para pedir ayuda. Los oigo todas las noches. Sus voces provienen de los seis dominios de Nova: son personas sin esperanza que susurran plegarias en la oscuridad, pensando que nadie las escucha. Pero las sombras transportan sus palabras hasta mí. Antes iba a buscarlos –los Desvanecidos, tal como los llamaba la gente– y me los llevaba a la seguridad del bosque Umbrío para que tuvieran la oportunidad de comenzar una vida nueva. Pero el bosque Umbrío ya no es un lugar seguro. Ya no puedo salvar a nadie.
«Patético». Una nueva voz suena dentro de mi cabeza. Esta la reconozco porque proviene de mi interior. Se trata de una de las sombras de Eidolon. «Si no puedes salvarlos a ellos, ¿por qué crees que podrías salvarla a ella?».
–Cállate –murmuro.
Eso hace que despierten las demás sombras del rey. Sus voces se entremezclan dentro de mi cabeza y se difuminan conforme hablan las unas sobre las otras. Esas capas horribles que hay en mi interior luchan por salir cada segundo de cada hora de cada día. Si fallara mi control sobre ellas, las sombras de Eidolon enterrarían sin remordimiento mi conciencia en las profundidades de mi propio cuerpo y tomarían el control. Y no me gustaría saber lo que pasaría si eso llegase a suceder.
Cierro las manos en puños y obligo a las sombras a retroceder.
Funciona, al menos, por ahora.
Por suerte, Cain, que está conmigo aquí abajo, no parece darse cuenta de nada de lo que ha pasado. Está demasiado cabreado por lo que estamos a punto de hacer.
En la historia de las malas ideas, la de secuestrar a la supuesta reina del dominio de Aryd bajo las narices del poderoso rey con el que todo el mundo piensa que está casada, se encuentra en lo más alto del podio. Sobre todo, cuando ni siquiera puedo utilizar mis poderes.
Pero es lo mejor que se nos ha ocurrido.
Me niego a perder un segundo más en sacar a Meren de ahí. Me he escondido durante lo que me ha parecido una eternidad, esperando, y he pasado cada arduo y tortuoso segundo sanando las heridas que sufrí en la última batalla contra el rey. La batalla en la que perdí a Meren.
Nos han dado caza durante todo el camino. Hemos tenido que evadir constantemente a los soldados de Eidolon, moviéndonos por todo el maldito dominio para mantenernos fuera de su alcance. Prácticamente todos y cada uno de los coloridos desiertos de Aryd y sus paisajes han conocido a nuestra banda de inadaptados fugitivos desharrapados. Los hombres del rey han atacado sin piedad.
Y, por supuesto, yo guardo las sombras de Eidolon y unas cuantas cosas más que quiere recuperar en mi interior.
Pero él también tiene algo que yo quiero recuperar.
A mi lado, Cain suelta una risilla irónica.
–Esto será una broma, ¿verdad?
Aprieto los dientes.
Después de todo el tiempo que he pasado en el desierto, la arena infinita y el calor complementan mi idea del séptimo infierno, pero después de tres semanas viajando juntos nosotros dos solos, el octavo es ver la desagradable mueca de Cain todos los días.
–Por si no te habías dado cuenta, yo no soy muy de bromas.
Cain refunfuña algo en voz baja y clava la mirada, con una expresión dubitativa, en el agua oscura a la que conducen las escaleras.
–A ver si lo he entendido bien. Quieres que confíe en ti para entrar en el palacio a nado, a través de un oscuro laberinto subterráneo que solo has utilizado una vez. Una vez. Y esa única vez tú no tenías el control sobre tu cuerpo y no podías ver nada en la oscuridad absoluta; la única que realmente conocía el camino era Meren. ¿Lo he entendido bien?
Ya hemos discutido esto. Muchas veces.
–Sí.
–No. –Cruza los brazos y aprieta la mandíbula en un gesto tozudo.
Clavo los ojos en Cain. Está a principios de la veintena, como yo, y aunque somos igual de altos, su cuerpo es más larguirucho y esbelto gracias a que creció en el desierto. Tiene el pelo negro y los ojos casi del mismo color. Es un tío que se ríe mucho cuando no está entre enemigos, cosa que soy para él.
Mi relación con Cain es... complicada.
Meren nos envió con él en busca de protección. Al ser hijo del zarif Cainis, que lidera un zarifato de Caminantes –un pueblo nómada y orgulloso que prospera en el desierto–, podía ofrecernos una protección única. Este hombre es la auténtica razón por la que los Desvanecidos que trato de proteger, la hermana gemela de Meren, Tabra –que técnicamente es la verdadera reina de Aryd– y yo no estamos muertos todavía. Cain nos ha dado refugio a todos mientras ponía a su propio pueblo en peligro.
Debería respetar a este hombre. Sentirme agradecido.
Pero no lo soporto.
Lo odio porque conoce a Meren de toda la vida y la quiere para él. Lo odio porque ha pasado años con ella, unos años en los que podía verle la cara o tocarla cuando lo único que tuve yo fue su voz en la oscuridad suplicando una vida diferente y unas pocas semanas con ella a mi lado. Lo odio porque sé que sería mejor para ella que yo. Él podría protegerla, hacerla feliz y mantenerla a salvo. Meren podría envejecer siendo su compañera de corazón.
Y yo, por otro lado, solo provoco muerte.
Tampoco ayuda que lo único que ha hecho Cain es dudar de mí y discutir conmigo durante todo el camino hasta aquí. Tiene suerte de que no lo haya hecho desaparecer todavía. Podría hacerlo; ya lo he hecho antes.
Mi control sobre las sombras es una bendición y una maldición al mismo tiempo. Puedo manipularlas para que cumplan mi voluntad, esconderme en ellas, viajar a través de ellas y blandirlas como armas. Pero también podría arrasarlo todo en varios kilómetros a la redonda si perdiera el control.
Sin embargo, ahora mismo no puedo hacer nada de eso. Aunque me encuentro mejor que antes, sigo estando débil.
Y Cain lo sabe.
Y las sombras de Eidolon también lo saben.
Las sombras de la estancia se agitan inquietas a nuestro alrededor. Cain se gira de golpe hacia mí, con el cuerpo tenso y preparado para defenderse.
Obligo a la oscuridad a mantenerse inmóvil, sin éxito.
Es lo bastante inteligente como para no hacerlo.
–¿Cuál es el auténtico plan? –me pregunta con los ojos entrecerrados–. ¿Hacer que tus sombras me ahoguen? ¿Esconder mi cadáver en la oscuridad?
¿Que si ese es mi plan? No. Por muy tentador que resulte.
¿Podría ocurrir de todos modos? Puede ser.
Por los siete infiernos, hace unas semanas estuve a punto de matar accidentalmente al padre de Cain por no dejarnos marchar antes para rescatar a Meren.
Si Cain lo supiera...
–¿Tienes alguna forma mejor de entrar?
Sé que no la tiene.
Su mandíbula se tensa. Aborrece este plan, pero no tenemos otra opción mejor. Necesitamos colarnos en los terrenos del castillo sin ser detectados y sin usar mi poder.
Hemos acordado –y con hemos me refiero a que Cain insistió mucho y yo acabé aceptando– que no debería utilizar mis sombras para entrar y salir del palacio. Teniendo en cuenta cómo me agota y que lo más probable es que Eidolon sea capaz de sentirlo, no me parece una idea descabellada.
Estoy reservando mi poder «por si las cosas salen mal» y necesito sacarnos de allí con rapidez. Y las probabilidades de que eso ocurra son altas. Nosotros no hemos sido los únicos con tiempo para trazar planes.
Meses. Meren ha estado atrapada con ese monstruo durante meses. ¿Quién sabe qué clase de protecciones habrá empleado el rey o lo que le habrá hecho a ella?
Tabra estuvo con Eidolon menos de dos semanas y se está consumiendo, propensa a ataques violentos. No ha sido complicado imaginar a Meren en el mismo estado, ya que tienen la misma cara.
Estoy harto de esperar.
Me imagino encerrando a la fuerza a las sombras del rey en...




