Padilla | ¿A quien vamos a dejar morir? | E-Book | www.sack.de
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E-Book, Spanisch, 176 Seiten

Reihe: Ensayo

Padilla ¿A quien vamos a dejar morir?

Sanidad pública, crisis y la importancia de lo político
1. Auflage 2019
ISBN: 978-84-120906-6-6
Verlag: Capitán Swing Libros
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

Sanidad pública, crisis y la importancia de lo político

E-Book, Spanisch, 176 Seiten

Reihe: Ensayo

ISBN: 978-84-120906-6-6
Verlag: Capitán Swing Libros
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark



En una época en la que solo se habla de salud y sanidad para reclamar más infraestructuras, más prestaciones, más servicios, más profesionales, más, más, ..., se hace preciso hacer una parada para poner en el centro el valor de los sistemas públicos de salud en un momento en el que, tras la destrucción de todo lo que los rodea (precarización laboral, emergencia climática, crisis de cuidados, ...), son vistos como el siguiente reto de las dinámicas de captura de lo público. Este libro plantea qué sociedad puede permitirse pensar una sanidad pública para las próximas décadas, y qué sistema público de salud puede aportar algo a una sociedad que ha de transformarse para resistir y cambiar las dinámicas de precarización y crisis permanente del sistema económico y social.

Médico de familia y comunidad con formación en el ámbito de la salud pública, gestión sanitaria y economía de la salud. Durante años co-autor del extinto blog 'Médico Crítico', en la actualidad forma parte del Colectivo Silesia, donde escribe y agita cuando y cuanto es posible. Trabajó durante un tiempo como asesor parlamentario de Marta Sibina cuando ésta era portavoz de sanidad de En Comú Podem en el Congreso de los Diputados. En 2014 comenzó a investigar y escribir sobre teorías de la justicia y su aplicación al ámbito de la salud pública y las desigualdades sociales en salud.
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Introducción

La salud como bien social.

Su cuidado como respuesta colectiva

«Hace falta una comunidad entera para cuidar una persona», ese lema del XVIII Encuentro del Programa de Actividades Comunitarias en Atención Primaria (PACAP) bien podría estar inscrito en la entrada de los centros sanitarios del Sistema Nacional de Salud, y refleja que, si se considera la salud como un bien social, su cuidado ha de ser una respuesta colectiva.

Ahí es donde comienzan a surgir las tensiones. ¿Es la salud un bien social? ¿Hay que conjugarla en plural o en singular? En definitiva, ¿qué es la salud?

Si le preguntamos a un profesional sanitario (especialmente, si se trata de un médico) qué es la salud, es muy probable que nos recite la definición que dio la Organización Mundial de la Salud (OMS) en 1946, que dice que se trata del «estado de completo bienestar físico, psicológico y social». Aunque esta definición fue útil en su momento para tratar de trascender la barrera que identificaba la salud exclusivamente con lo físico, lo cierto es que en la actualidad se nos antoja obsoleta, imposible e incluso dañina, dado que plantea como no saludable todo aquel estado que no sea completamente perfecto.[1]

Desde aquella definición de salud, muchas otras son las que se han ido sucediendo, tanto desde el punto de vista teórico como del de la aplicación práctica de saberes colectivos de culturas diversas. Quién define qué es la salud cuando esta es inseparable del contexto, la vivencia y su corporalidad es algo complejo, necesario y complicado de responder. Nada más lejos de mi intención adentrarme en ese laberinto en este libro. Durante los capítulos de este se hará uso de una conceptualización de la salud cercana al concepto de dignidad que utilizan Amartya Sen y Martha Nussbaum en el llamado «abordaje de las capacidades», y que está compuesta no solo por variables clásicas de salud (duración de la vida, falta de discapacidad…), sino también por variables relacionadas con la capacidad para el disfrute del ocio, la representación pública o la participación social.

La adscripción a un tipo de definición de salud u otro es, al fin y al cabo, la toma de partido en el eje individuo-comunidad. Ya sea hablando de cómo financiar los servicios públicos de salud (impuestos, donaciones, seguros, pagos de bolsillo[2]…), de quién es responsable de enfermar (decisiones individuales, influencia de los determinantes sociales de salud…) o de cómo hemos de abordar los grandes problemas de salud (abordaje individual basado en la estratificación del riesgo, abordajes poblacionales que intenten desplazar la distribución del riesgo de la totalidad de la población…), el dilema que subyace es el de considerar a los individuos o a las poblaciones como sujetos de desarrollo de las políticas de salud y dueños de la calificación de «sanos» o no.

En un mítico artículo publicado en el International Journal of Epidemiology,[3] Geoffrey Rose planteó que la manera de enfermar de los individuos y la de las poblaciones eran diferentes y que tenían que ser analizadas de maneras distintas; asimismo, Rose planteaba que los abordajes desde la salud pública no deberían basarse en actuar sobre los individuos o grupos de individuos con alto riesgo de presentar un resultado adverso de salud, sino que deberían llevarse a cabo actuaciones universales que lograsen disminuir el riesgo de la población en su conjunto, desplazando la curva de riesgos hacia lugares más saludables. Tratando de aterrizar esto en alguna medida que nos suene familiar, podríamos decir que antes que buscar a las personas que ingieren altas cantidades de bebidas azucaradas para llevar a cabo alguna medida que disminuya su consumo, deberíamos plantear medidas como la implantación de un impuesto a las bebidas azucaradas que, aunque tenga un impacto variable a lo largo de la escala de consumo de estas bebidas, desplazará a la totalidad de la población hacia consumos de menor riesgo. Otro ejemplo sería el de actuar para promover la actividad física en personas con alto riesgo cardiovascular construyendo una gran red de carriles bici con seguridad e incentivos para su utilización por parte del mayor porcentaje de población posible.

¿Es la salud un bien común?

Un aspecto común de todas las definiciones de salud que habitualmente se manejan es que consideran que la salud es un bien individual, más allá de que tenga condicionantes que hundan sus raíces en los determinantes sociales de la salud y que impliquen a la colectividad en su cuidado. Conjugan la salud en singular.

Sin embargo, se hace necesario un abordaje que piense la salud como un bien colectivo de cuyo cuidado también ha de responsabilizarse a dicha colectividad (a la que podemos llamar comunidad, sociedad…). Esta visión de colectividad sí que se ha desarrollado a la hora de pensar en qué políticas e intervenciones son las que tienen mayor capacidad para mejorar la salud de los individuos y las poblaciones, pero también la han aplicado las grandes industrias fabricantes de productos nocivos para la salud (tabacaleras, industria de alimentación ultraprocesada…) en su intento de actuar a nivel poblacional vendiendo una idea prefabricada y totalmente uniformizada de individualidad y originalidad.

Si la salud es un bien común,[4] más allá de las definiciones, visiones y acercamientos desde la academia, será esa comunidad la que tenga que hacer el esfuerzo por definirla. Una de las características de la conceptualización de la salud en los últimos cincuenta años ha sido la creciente separación del papel del pueblo (entendido como «sabiduría popular», pero también como «sentido común») en su definición.

El aceleramiento en los ritmos del capital, el acortamiento en los tiempos de vida útil de los bienes y conceptos y el incremento en la explotación comercial de ámbitos antes nunca explotados han hecho que la salud no tuviera tiempo para ser definida por gente lega y desde la colectividad, de modo que ha debido ser expropiada, estandarizada y transformada en una suerte de matriz de medidas y biomarcadores que faciliten su clasificación.

Paradójicamente, a la vez que la definición de salud en su práctica material se ha alejado de la población, esta última ha ido recibiendo más mandatos sobre prácticas y conductas que debe elegir de forma «libre» (ya se hablará en este libro sobre esta libertad) para así poder alcanzar ese estado de salud definido desde fuera.

Es necesario definir una forma de acordar qué consideramos salud, qué implicaciones tiene y cómo preservarla; probablemente esto no pueda ser hecho, de forma operativa, con la participación de «todos los afectados»,[5] pero parece claro que es necesario dejar de acaparar la normativización de la salud por parte de los profesionales sanitarios, así como desmercantilizarla (lo cual irá unido a alejarla de la búsqueda perpetua de marcadores biométricos que traten de medir cosas que aún no sabemos si sirve para algo medir).

Esta necesidad de recuperar lo comunitario afecta no solo a las vivencias positivas y los derechos, sino también a la gestión de la escasez y la toma de decisiones complejas. El título del libro hace referencia a un artículo del filósofo barcelonés Àngel Puyol en el que se preguntaba «¿A quién debemos dejar morir?»,[6] a raíz de un suceso ocurrido en un hospital madrileño en el que se excluyó de la lista de trasplantes a un paciente por su contexto socioeconómico, y no por razones médicas. Al fin y al cabo, de esto trata lo que hacemos con los sistemas públicos de salud: priorizar el uso de los recursos que se tienen aplicando criterios de eficiencia y equidad para, en última instancia, tratar de mejorar la salud de la población de la manera más justa posible.

La sanidad pública y las retrotopías

El periodista Guillem Martínez acuñó el término «cultura de la transición» en alusión a la cultura española posterior al franquismo, una cultura consensuada y vertical que ha actuado, desde los años ochenta, como el paradigma cultural unificador de conciencias políticas y sociales. Como el único marco posible de realidad durante décadas.

Paralelamente, podríamos hablar de la «sanidad de la transición» como aquella conceptualización de las políticas de salud en el Estado español posterior al franquismo, unas políticas de salud consensuadas y verticales, centrípetas hacia lo sanitario, que han actuado, desde los años ochenta, como el paradigma unificador de políticas de salud, pero también sociales. Como el único marco posible de realidad durante décadas.

El papel de la sanidad en el conjunto de los estados de...



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