E-Book, Spanisch, 232 Seiten
Reihe: Ensayo
Padilla Bernáldez / Gullón Tosio Epidemiocracia
1. Auflage 2020
ISBN: 978-84-122264-5-4
Verlag: Capitán Swing Libros
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Nadie está a salvo si no estamos todos a salvo
E-Book, Spanisch, 232 Seiten
Reihe: Ensayo
ISBN: 978-84-122264-5-4
Verlag: Capitán Swing Libros
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Madrileño de ida y vuelta, Javier Padilla es médico de familia y comunidad con formación en el ámbito de la salud pública, la gestión sanitaria y la economía de la salud. Durante años fue coautor del extinto blog Médico Crítico, y en la actualidad forma parte del Colectivo Silesia, donde escribe y agita cuando y cuanto es posible. Padilla trabajó durante un tiempo como asesor parlamentario de Marta Sibina cuando esta era portavoz de Sanidad de En Comú Podem en el Congreso de los Diputados. En 2014 comenzó a investigar y escribir sobre teorías de la justicia y su aplicación al ámbito de la salud pública y las desigualdades sociales en salud. Miembro del grupo nacional y autonómico de inequidades en salud de la Sociedad Española de Medicina Familiar y Comunitaria. Padilla es colaborador esporádico en Agenda Pública y en otras diversas revistas del ámbito de la medicina familiar y la atención primaria. También es co-coordinador del libro Salubrismo o barbarie (Editorial Atrapasueños, 2107). Desde hace algo más de una década, ha tratado de mezclar elementos típicos de los debates sobre salud y sanidad con aspectos menos hegemónicos del ámbito de la política, la filosofía o el activismo y los movimientos sociales. En la actualidad, compatibiliza toda esta actividad con un trabajo a media jornada en un centro de salud del norte de Madrid y, sobre todo, con la crianza de su hija.
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Prólogo
Yayo Herrero
Existen figuras formadas por componentes infinitos. Al observarlas, su apariencia no cambia, aunque cambie la posición o la escala desde la que lo haces. Se llaman fractales y son elementos irregulares, semigeométricos, que presentan una estructura esencial que se reitera a distintas escalas.
Al leer Epidemiocracia, las reflexiones sobre la pandemia, la salud pública y los sistemas sanitarios que realizan Javier Padilla y Pedro Gullón me conectaban con el análisis de la emergencia climática, la profundización de las desigualdades, el declive de la energía fósil y los minerales, la pérdida de biodiversidad, la subordinación de las mujeres en las sociedades patriarcales, la crisis de cuidados, la crisis migratoria o el racismo estructural.
El análisis de todos estos fenómenos permite detectar rasgos comunes en todos ellos. Cuando los observamos, acercándonos a uno de ellos o mirándolos en su conjunto, comprobamos que son isomorfos. Se anclan en las mismas raíces y se interconectan conformando una profunda crisis civilizatoria.
Javi y Pedro realizan en este libro un análisis de la crisis sanitaria desencadenada por el COVID-19, pero en realidad se adentran en la comprensión de esta crisis de civilización mirando el conjunto desde la particularidad de una de las figuras fractales que la componen. Las conclusiones y propuestas políticas que hacen se integran con lo que hemos de hacer para afrontar el momento histórico que vivimos sin dejarnos por el camino jirones de vida.
Según avanzamos en los capítulos del libro, comprobamos que lo que estamos viviendo —los contagios, las muertes, el confinamiento o las fases de desescalada— necesita un marco más amplio que el de la propia enfermedad y el de los sistemas sanitarios para poder ser comprendido. Los autores son plenamente conscientes de la complejidad y dicen: «Las crisis sanitarias del siglo XXI no son solo crisis sanitarias, sino que podríamos concebirlas como crisis matrioshkas, de modo que la crisis sanitaria está a su vez cubierta por otra crisis de tipo económico y ambas son alojadas dentro de una crisis mucho mayor, que es la ecológica». Más allá de la metáfora que se utilice, desde luego, esta obra no elude la interrelación y realimentación que existe entre los grandes conflictos que afrontamos.
El COVID-19 ha llegado, efectivamente, cabalgando sobre las múltiples crisis interconectadas que nos sitúan ante la normalidad —previa a la pandemia— de una emergencia civilizatoria, en la que se desenvuelve ya —y se va a desarrollar en el futuro— la vida humana. El problema es que, a pesar de la manifiesta gravedad de esta crisis y de las consecuencias catastróficas de lo que llamamos normalidad, el conflicto entre la normalidad y la conservación de la vida pasa política y socialmente inadvertido para la mayoría. Todo lo más, reaccionamos a algunas de sus manifestaciones cuando golpean en forma de pandemia, tormenta, incendio o explosión de burbuja financiera. Y la reacción no necesariamente protege las vidas reales, las que vivimos de forma cotidiana.
Plantarle cara a la crisis de civilización exige incidir en sus causas y ser conscientes de las relaciones y vínculos de ecodepen-dencia e interdependencia imprescindibles para sostener una existencia digna. Intentar abarcar las manifestaciones de la crisis solo desde una perspectiva es inútil y peligroso. Afirman los autores que «afrontar las crisis sanitarias, especialmente las de tipo epidémico-infeccioso, desde una perspectiva solo sanitaria, empeorará la crisis económica que se producirá a continuación de aquellas; además, abordar estas dos crisis desde una perspectiva solamente sanitaria y económica redundará en un empeoramiento de la crisis ecológica global».
Lo mismo sucede con las otras dimensiones de la crisis. Abordar el declive de la energía fósil intentando suplirla con energías renovables sin modificar la escala material de la economía, es inútil, además de que incurrmos entonces en el riesgo de convertir una alternativa deseable y necesaria como son las energías renovables en una industria extractivista, subsidiada por las fósiles y causante de la expulsión de personas de sus territorios; abordar las desigualdades de género solo desde el espacio laboral, sin desfeminizar los cuidados en el ámbito de lo reproductivo ni trastocar los modelos de masculinidad hegemónica, puede agravar las desigualdades de partida y profundizar la crisis de cuidados…
Necesitamos una mirada compleja capaz de nombrar sin miedo los conflictos que se encuentran en el origen de la crisis de civilización.
Las raíces del deterioro ecosocial
La sociedad occidental ha construido una forma de organizar la vida en común —política, economía, relaciones o cultura— que no solo le ha dado la espalda a ella misma, sino que se construye en contraposición a las insoslayables relaciones con la naturaleza y entre las personas que sostienen la vida.
Quienes ostentan el poder económico y político, y en buena medida las mayorías sociales que les aúpan, no son conscientes de que nuestra especie depende de esos bienes fondo de la naturaleza ni de que la vida humana se mantiene gracias a las condiciones biogeofísicas que ella misma altera y a los vínculos y relaciones que permiten la reproducción cotidiana y generacional de la vida; no se dan cuenta —o no quieren ver— de que las desigualdades, la precariedad, la violencia y las guerras se conectan de forma íntima con el deterioro ecológico. Ignoran lo que es imprescindible para sostener la vida y construyen instituciones e instrumentos económicos organizados en torno a prioridades que colisionan con las bases materiales que aseguran nuestra existencia.
La emergencia civilizatoria es el resultado de organizar la economía, la política, la cultura o el conocimiento pivotando sobre un sujeto abstracto —blanco, burgués, varón, supuestamente autónomo, sin discapacidad y adulto— que comprende y actúa en el mundo guiado por una racionalidad estrictamente contable. Da igual que la unidad contable sea la moneda, los votos o los likes. El caso es que tenemos la mirada puesta en cómo evolucionan las cuentas de resultados, el PIB, las encuestas, el número de artículos publicados en revistas JCR o las tendencias, y mientras, delante de nuestros ojos, las condiciones que permiten una vida decente se van degradando. Cuanto más te alejas del sujeto abstracto, entronizado como sujeto universal, más te expones al abandono, la precariedad y la violencia estructural. Solo cuando las crisis llegan al corazón del privilegio se denominan emergencia, se nombran y se hacen políticamente visibles.
La sacralidad del dinero ha transformado la economía convencional en una verdadera religión civil. Las vidas, los territorios o los tiempos tienen sentido en función del valor añadido que puedan generar. La mejora de los indicadores bursátiles, el crecimiento del PIB y de las cuentas de resultados de los fondos de inversión y el reparto de dividendos exigen sacrificios. Merece la pena sacrificar todo con tal de que crezcan.
Javier y Pedro señalan con acierto en Epidemiocracia que «históricamente la relación salud-economía se ha dibujado como una dicotomía en la cual era necesario elegir una de las dos, lo que suponía la exclusión (o, al menos, el desprecio) de la otra». Este es nuestro gran problema. Existe un conflicto entre esta economía y la salud, los equilibrios de la biosfera y la dignidad para todo lo vivo. Existe un conflicto entre el capital y la vida.
Ha tenido que llegar la excepción de la crisis sanitaria provo-cada por el virus para comprobar que cuando la maquinaria loca de esta economía frena, la vida parece regenerarse, aunque sea coyunturalmente. Ha tenido que llegar una catástrofe para que el Gobierno prohíba cortar la luz y el agua o desahuciar a quienes no pueden pagar. Ha sido una catástrofe la que ha forzado la aprobación de un ingreso mínimo vital. Ha sido una desgracia la que ha hecho que los indicadores de polución mejoren en las ciudades. Da rabia, mucha rabia, que sea un drama doloroso, y no una política pública precavida, responsable y comprometida con el bienestar, el que consiga, temporalmente, cosas que se han negado desde hace mucho. Da mucha rabia que el precio a pagar por la «normalidad del desarrollo» sea la destrucción irreversible de la Naturaleza y el sacrificio de las personas y de otros seres vivos.
Creo, sinceramente, que salud y economía serán compatibles solo con una economía que pivote sobre unas bases radicalmente diferentes, una economía que priorice las condiciones de vida y se constriña a los límites biofísicos ya superados. A veces, nos quedamos en la sencillez del eslogan: priorizar salud, ecosistemas o cuidados por encima de la economía, poner en el centro la vida, pero los eslóganes hay que llenarlos de contenido y propuestas políticas, y comprender las consecuencias que conllevan.
Los autores del libros plantean —y estoy de acuerdo con ello— que lo mejor que se puede hacer con esta aparente dicotomía es superarla,...




