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Pakman | Palabras que permanecen,  palabras por venir | E-Book | www.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, 480 Seiten

Reihe: Cladema Filosofía

Pakman Palabras que permanecen, palabras por venir

Micropolítica y poética en psicoterapia
1. Auflage 2011
ISBN: 978-84-9784-473-4
Verlag: Gedisa Editorial
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

Micropolítica y poética en psicoterapia

E-Book, Spanisch, 480 Seiten

Reihe: Cladema Filosofía

ISBN: 978-84-9784-473-4
Verlag: Gedisa Editorial
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)



El foco del libro legitima una concepción crítica y poética de la psicoterapia como alternativa a los enfoques puramente técnico-racionales que se han vuelto hegemónicos. Una práctica crítica de la psicoterapia permite distanciarse de las identidades sociales cotidianas a través de las cuales lo social se encarna en lo psíquico y lo sujeta a guiones estereotipados, incluidos aquellos ligados a nuestros modelos terapéuticos. La dimensión poética puede emerger así como eventos singulares de los que ciertas palabras que permanecen dan testimonio, abriendo mundos que aparecen como alternativas frente a la hegemonía de estereotipos que congelan lo que es único e irrepetible en lo humano. Viñetas clínicas y elaboraciones teóricas se entrelazan para desarrollar una concepción de la psicoterapia como una aventura poética y de crítica social donde el lenguaje como un regazo a habitar se vuelve protagónico. Trascendiendo la domesticación de nuestras identidades constituidas y estabilizadas, y la abstracción del sujeto filosófico, la dimensión poética abreva en una sensibilidad cotidiana para generar eventos en torno a los cuales se hace presente, en la psicoterapia, una comunidad en ciernes. La posición critico-poética no es una empresa hermenéutica o educativa estabilizadora, sino una invitación a la discontinuidad siempre abierta como una promesa de palabras que la continuaran en una aventura de sentido. Hoy en día, el trabajo del psicoterapeuta en las sociedades occidentales ya no es posible sin tener en cuenta dos conceptos fundamentales: la micropolítica y la poética. Para no quedar domesticado dentro de una psicoterapia tecnocrática es necesario tomar distancia crítica de las normas políticas que configuran al sujeto y sus identidades, y sobre todo rescatar la singularidad de la experiencia humana tal y como aparece en eventos poéticos, en los que se hace visible la raíz del lenguaje.

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Autoren/Hrsg.


Weitere Infos & Material


Introducción


La mente científica huye de lo único; la mente única huye de la psicología y de las reglas.1

ISAAC BASHEVIS SINGER, Isaac Bashevis Singer:

Conversations, 1992, p. 125.

Incluso nuestras ideas son ficciones creativas. [...] la metafísica, la religión y la literatura tienen todas la misma fuente.2

JORGE LUIS BORGES, States of Mind: Dialogues with

Contemporary Thinkers on the European Mind,

1995 [1982], pp. 114-115.

El artista puede refutar a la historia como una categoría, pue

de decir: «No, yo prefiero soñar posibilidades».3

SEAMUS HEANEY, States of Mind: Dialogues with

Contemporary Thinkers on the European Mind,

1995 [1992], p. 107.

Comunicados en un lenguaje que nos precede, excede y abarca; encarnados en una biología que nos iguala en el anonimato de sus formas repetidas; regidos por leyes físicas

  1. Traducción del autor.
  2. Original en inglés. La traducción es del autor.
  3. La traducción es del autor.

insensibles a nuestras alegrías y miserias, y por leyes humanas que aspiran a una ceguera neutral como garantía de justicia; empujados por una voluntad tan íntima como ajena y por un deseo igualmente impersonal; dotados de una racionalidad hecha de abstracciones que nos proyecta a un saber de vocación universal que no logra capturar lo particular de nuestra circunstancia; guiados en lo cotidiano por una conciencia que encuentra su límite en la búsqueda del sentido último de nuestra aventura vertical sobre el planeta, late sin embargo en esa encrucijada maquinal de nuestras determinaciones una fascinación pensada con la maravilla de ser irrepetibles e irreemplazables. Este libro quiere ser una afirmación de esa condición única, de la psicoterapia como la generación de un espacio donde esa posibilidad se pueda pronunciar y comenzar a habitarse, y de la justicia de ejercer esa mínima promesa emancipatoria que anida en lo humano como un corazón político, ético y estético.

Esta afirmación conlleva una revalorización de la psicoterapia como empresa dedicada a examinar la vida y participar de su devenir, de un modo menos general y abstracto de lo que lo hace la filosofía, y en torno a experiencias de se - res humanos concretos y a los sufrimientos implicados en sus circunstancias específicas. Pretendemos hacerlo manteniendo las distancias tanto con la terapia concebida como una mera empresa —a la que Donald Schön (1991, 1983) llamaba técnico-racional— como con la psicoterapia que encuentra siempre la experiencia concreta como ejemplo de una abstracción que se esconde en una supuesta profundidad y termina descubriendo siempre sus propios prejuicios teóricos. La primera forma de psicoterapia se celebra como pragmática, y la segunda como «profunda», pero para afirmar la existencia sensual, concreta, encarnada, específica e irrepetible, y llevarla al centro de atención, tenemos que resistirnos a caer en sus órbitas, ya que actúan como poderosos atractores que restringen el campo de la salud mental.

Ambas tienden a circular como una concepción dominante de la psicoterapia como tecnología social de resolución de «problemas», concepción que coincide con el ocaso final de lo social como pertinente a lo psicológico.

El año 1968 marcó un hito en la promoción de la justicia social en las profesiones. Fue el año de la revuelta del Mayo francés, de agitación en las universidades de México y de EE. UU. y de la invasión de Checoslovaquia por la Unión Soviética para contener al movimiento de la Primavera de Praga. Como señalara Immanuel Wallerstein (2003), esas movilizaciones populares marcaron una insatisfacción profunda con el concepto, central tanto para los movimientos revolucionarios como para los reformistas, de que detentar el poder estatal era un paso preliminar imprescindible para poder introducir el cambio social. Ni el socialismo en el Este, ni la socialdemocracia en el Occidente desarrollado y el Tercer Mundo, eran capaces, a pesar de haber tomado el poder en muchos países, de iniciar desde «arriba» los cambios sociales e institucionales necesarios para reducir las desigualdades en la sociedad. Las explosiones sociales de 1968 señalaron una frustración con respecto a los modos habituales de pensar y promover el cambio social, y estimularon el crecimiento de movimientos como los «verdes» y otros ambientalistas, los feministas, los representantes de minorías, los grupos de derechos humanos, etc., que no se proponían tomar el poder estatal, aunque buscaban promover el cambio social para grupos específicos. Los profesionales influidos por estos movimientos comenzaron a encontrar modos de introducir sus metas de justicia social en sus prácticas cotidianas. Este proceso llegó a su apogeo con el movimiento de salud mental comunitaria de los años setenta en EE. UU. que, en ese ambiente político, retomó las reivindicaciones de cerrar los grandes hospitales psiquiátricos, tan centrales para el movimiento antipsiquiátrico de los años sesenta en Europa. Éste había sido un precursor en la implementación de una política institucional que confrontara al poder no sólo a través de una lucha que pasara por el Estado. Pero la promoción de «políticas de identidad» orientadas a rescatar los intereses de grupos sociales específicos, si bien estimuló la incorporación de la justicia social en las profesiones y la reforma «realista» sin esperar la realización de sueños utópicos de revolución, se hizo también parte, paradójicamente, de la postergación de las concepciones de alternativas globales al capitalismo (Eagleaton, 2003, 1996; Žižek, 2008, 2006). Despojado de una visión global de lo político, el foco en el campo profesional cotidiano como vehículo de cambio facilitó, junto a las metas de justicia social, una visión autónoma de la salud mental que, dadas ciertas condiciones contextuales, abriría la puerta a una práctica técnico-racional.

Esas condiciones se dieron a partir del avance de la derecha de Thatcher y Reagan en los años ochenta, consolidada con la caída del muro de Berlín y el imperio soviético a fines de esa década, y afianzada durante los años noventa, los tiempos de la hegemonía del mercado liberal. La visión técnico-racional de la psicoterapia como solucionadora de problemas para reconstituir una «normalidad» asumida como natural o autoevidente, se hizo progresivamente dominante, tanto en los servicios de salud mental públicos como en los privados, administrados éstos por compañías de seguros que pronto se irían adueñando también de los servicios públicos. El proceso coincidió con la llamada «década del cerebro» y con el desarrollo de la psicofarmacología, que promovieron de manera implícita una concepción de lo mental como cerebral, lo que supuso el ocaso de lo social como aspecto constitutivo central de lo mental. Lo social se vio relegado por una autonomía de lo mental que estaba en germen en el nacimiento de la psicología como disciplina autónoma con su objeto de estudio y sus métodos propios, separados de otras ciencias sociales (comunicación, lingüística, antropología, sociología, etc.) (Foucault, 2000 [1982]: 339). Sin embargo, y de manera paradójica, la redefinición de lo mental como biológico desafiaba la autonomía misma de lo psicológico y lo relegaba en la práctica a ciertos modelos considerados de «sentido común», a técnicas educativas, o a una asistencia social que básicamente se concebía como una nota a pie de página de una visión pragmática simplista que se convocó con fervor a practicar tratando de definirla, de manera un tanto difusa, como «aquello que realmente funciona». Las excepciones se limitaron a aceptar ciertas psicoterapias entendidas como científicas. El nicho de la salud mental pública sobrevivió con señales de biologización y sin fondos disponibles para ocuparse de aspectos sospechosos de ser sociales o políticamente motivados. Además, la visión asistémica de lo biológico que se promovió de esta manera estuvo centrada en los neurotransmisores, cuyas vicisitudes adquirieron la categoría de mecanismos predominantes, cuando no únicos, de una experiencia redefinida como «comportamiento». Había aquí un revival de la concepción conductista de lo humano, que celebraba por fin la captura de la elusiva mente y el blando cerebro en la dura red de la ciencia. Esta visión simplifica-dora y reduccionista promovió también una concepción abstracta y descarnada de lo humano, en la cual el determinismo de lo biológico oscureció el determinismo de lo social, lo que sólo dejó lugar a la libertad en su concepción de un individuo que debía hacerse responsable de su salud. Esta postura predilecta del voluntarismo individualista fue coherente con el liberalismo económico de mercado y el ethos del protestantismo que Max Weber había señalado mucho tiempo antes como el elemento central en el desarrollo del capitalismo (Weber, 2003).

El argumento del pragmatismo, en colusión con el nuevo reinado del cerebro en detrimento de lo social como definidor de lo mental, resultó poderoso y fue adoptado rápidamente por las administraciones interesadas en el manejo...



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