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E-Book, Spanisch, 584 Seiten
Panikkar Obras completas. Tomo I. Mística y espiritualidad
1. Auflage 2015
ISBN: 978-84-254-3295-8
Verlag: Herder Editorial
Format: EPUB
Kopierschutz: 0 - No protection
Vol. 2: Espiritualidad, el camino de la vida
E-Book, Spanisch, 584 Seiten
ISBN: 978-84-254-3295-8
Verlag: Herder Editorial
Format: EPUB
Kopierschutz: 0 - No protection
Raimon Panikkar (Barcelona, 1918-Travertet, 2010) es, sin duda, uno de los representantes más destacados del pensamiento intercultural e interdisciplinario. Su obra bebe de las fuentes de la cultura india y la europea, la hindú y la cristiana, la científica y la humanista. Ordenado sacerdote en 1946, y doctorado en Química, Filosofía y Teología, ejerció la docencia en algunas de las universidades más destacadas de América, Europa y la India. Fue miembro del Instituto Internacional de Filosofía y fundó diversas revistas y centros de estudios interculturales. Es autor de más de cuarenta libros y alrededor de mil artículos acerca de las religiones comparadas, la indología, la filosofía de la ciencia y la metafísica. Herder Editorial ha publicado De la mística (2005), Paz e interculturalidad (2006), Mito, fe y hermenéutica (2007) y La puerta estrecha del conocimiento (2009).
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IEL DISCURSO SOBRE DIOS
La experiencia de la humanidad, expresada a través de innumerables tradiciones —tanto orales como escritas—, ha llamado a lo que solemos denominar «Dios» con muchos nombres y, casi unánimemente, ha nombrado y entendido a Dios como símbolo, como nombre, no como concepto.
El origen sánscrito de la palabra «Dios», dyaus (dies, día), evoca lo que resplandece, la luz, la divinidad (como en griego ?e??, theos). La luz permite ver y da la vida. No sin motivo el sol se acepta universalmente —también en el catolicismo— como uno de los símbolos divinos.
Hay una política terminológica, y hoy día los medios de comunicación ejercen un influjo considerable sobre el poder de las palabras. Hay muchas concepciones sobre el significado de la palabra «Dios», y nadie tiene el monopolio de su sentido. Más de una vez he pensado si no sería saludable una moratoria sobre este nombre. No teniendo el poder para hacerlo, la utilizaremos sacándole el mayor partido posible, apoyados en la sabiduría ancestral de una gran parte de la humanidad. Este breve escrito no es sino una meditación sobre el sentido que aún pueda tener esta palabra tan usada y de la que tanto se ha abusado. Si algún lector es alérgico a este nombre, le invito a cambiarlo y ver si por casualidad no nos referimos a una misma cosa.
En las nueve proposiciones siguientes no se pretende decir nada sobre Dios, sino tan solo identificar el lugar donde el discurso acerca de Dios puede tener sentido y resultar fecundo para vivir una vida más plena y libre. La cuestión sobre Dios no es primariamente la cuestión sobre un Ente, sino la cuestión sobre la realidad. Si «la cuestión sobre Dios» deja de ser la cuestión central de la existencia, ya no se trata de la cuestión sobre Dios y esta se desplaza hacia la problemática que ha ocupado su lugar. El objeto de nuestro discurso no es si existe Alguien o Algo con estos o aquellos atributos. Nos planteamos la pregunta por el sentido de la vida, el fin del planeta, la necesidad o no de un fundamento; nos planteamos, sencillamente, la pregunta sobre aquello que para todos es la pregunta última, o sobre por qué no la hay. He aquí las nueve tesis.
1. NO SE PUEDE HABLAR DE DIOS SIN UN SILENCIO INTERIOR PREVIO
Toda disciplina parte de unos presupuestos epistemológicos que le permiten acercarse al campo que le es propio. Al igual que para detectar un electrón se requieren sofisticados laboratorios y complejas matemáticas, así también para hablar de Dios se requiere, como método adecuado, la pureza de corazón que sabe escuchar la voz de la trascendencia (divina) en la inmanencia (humana).
Sin pureza de corazón no solo no es posible «ver» a Dios, sino que tampoco es posible darse cuenta de qué se está tratando. Sin el silencio del intelecto y de la voluntad, sin el silencio de los sentidos, sin la apertura de lo que algunos llaman el «tercer ojo» —del que no solo hablan los tibetanos sino también los victorinos—, no es posible acercarse al ámbito en que la palabra «Dios» puede tener sentido. Según Ricardo de San Víctor, hay tres ojos: el oculus carnis, el oculus rationis y el oculus fidei. El llamado «tercer ojo» es el órgano de la facultad que nos distingue de los demás seres vivos porque nos permite acceder a una dimensión de la realidad que trasciende, sin negarlo, lo que captan el intelecto y los sentidos.
2. ES UN DISCURSO SUI GÉNERIS
El discurso sobre Dios es radicalmente distinto a cualquier otro discurso sobre cualquier otra cosa, porque Dios no es una cosa. Si lo fuera, no sería más que un ídolo.
La palabra «Dios» hace referencia a un campo semántico de investigación y enseñanza radicalmente distinto a cualquier otro. Tomemos, por ejemplo, la física. La diferencia no consiste en decir que Dios es misterioso y la física no lo es. Los conceptos de la física —energía, fuerza, masa, número— son tan misteriosos como pueda serlo la palabra «Dios». Pero si en la física —aunque desconociendo claramente en qué puede consistir— disponemos o podemos disponer de parámetros que nos permiten medir regularidades o formular posibles leyes sobre el funcionamiento de la realidad física, con Dios esta operación no es posible. No disponemos realmente de parámetros adecuados que nos permitan hablar del «funcionamiento» de esta realidad a la que llamamos «Dios».
El discurso sobre Dios es único y, por lo tanto, no es comparable con ninguno de los demás lenguajes humanos. Es irreducible a cualquier otro discurso.
3. ES UN DISCURSO DE TODO NUESTRO SER
Y no solo del sentimiento, de la razón, del cuerpo, de la ciencia, de la sociología, ni siquiera de la filosofía o de la teología académica. Dios no es localizable con ningún instrumento. El discurso sobre Dios no es una especialidad elitista de ningún tipo.
No necesitamos mediaciones para abrirnos al misterio de Dios. Ciertamente, para hablar, sentir, ser conscientes de Dios, necesitamos la mediación del lenguaje, del sentimiento, de la consciencia. Pero esto no significa que necesitemos un lenguaje particular, un determinado sentimiento, un contenido especial de consciencia. La única mediación posible es nuestro ser, nuestra existencia desnuda, nuestra misma entidad entre Dios y la nada.
El libro de los veinticuatro filósofos,1 tan citado y estimado por los escolásticos cristianos, dice en su proposición XIV: «Deus est oppositio ad nihil mediatione entis» (Dios es lo opuesto a la nada por mediación del ser). No hay otra mediación que nosotros mismos. No necesitamos mediación, porque la ultimidad que nosotros constituimos, nuestro ser, es precisamente mediación: «La criatura es la mediación [el mediator] entre Dios y la nada», escribió Tomás de Aquino. Brevemente, esse est coesse (ser es ser-con). No hay monismo absoluto.
La experiencia humana de todos los tiempos ha intentado siempre expresar un «misterio» que está al principio y al final de todo cuanto somos, sin excluir nada. Dios, si «es», no puede estar ni a la derecha ni a la izquierda, ni arriba ni abajo, cualquiera que sea el sentido que podamos dar a estas palabras. Pretender situar a Dios a nuestro lado y contra los demás es sencillamente una blasfemia.
4. NO ES UN DISCURSO SOBRE UNA IGLESIA, RELIGIÓN O CREENCIA
Dios no es monopolio de ninguna tradición humana; ni de las que se llaman «teístas» ni de las impropiamente llamadas «creyentes». Tampoco es «objeto» de pensamiento alguno. Sería un discurso sectario el que quisiera vincularlo a una ideología cualquiera.
En otras palabras, los cristianos pueden hablar en nombre de Cristo, los buddhistas pueden invocar a Buddha, los marxistas a Marx, los demócratas la Libertad, los filósofos la Verdad, los científicos la Exactitud, los musulmanes a Mahoma, etc., y cada uno de estos grupos humanos puede creer que es intérprete de una certeza que viene de Dios o de la realidad misma —llámese fe, evidencia, razón, sentido común o como se quiera—.
Pero si el nombre de Dios ha de desempeñar una función en todo esto, tiene que ser un símbolo de otro orden, un símbolo con el que se pueda erradicar el absolutismo de toda actividad humana, un símbolo que ponga de relieve la contingencia de todas las empresas humanas y haga así imposible todo totalitarismo, del tipo que sea. «Dios no es extramundano, sino que es absolutamente intramundano», decía Zubiri. Tan intramundano que no se lo puede separar metafísicamente, ni dividir políticamente o clasificar socialmente.
5. ES UN DISCURSO SIEMPRE MEDIADO POR ALGUNA CREENCIA
No es posible hablar sin la mediación del lenguaje, ni usar este sin expresar alguna creencia, aunque nunca se debe identificar el discurso sobre Dios con alguna creencia particular. Hay una «relación de trascendencia» entre el Dios del que se habla y lo que de él se afirma. Las tradiciones occidentales lo han llamado µ?st????? (mysterion), que no quiere decir ni enigma ni tampoco incógnita. Los nombres de Dios no son independientes de Dios y cada denominación del misterio representa un aspecto de este misterio, del que no puede decirse ni que sea uno ni que sea múltiple.
Cada religión es un sistema diferenciado de mediaciones. Todo lenguaje es particular y está vinculado a una cultura. Todo lenguaje depende de un contexto concreto que le da sentido, a la vez que lo limita. Es necesario darse cuenta de la inadecuación constitutiva de cualquier expresión. No es ningún escándalo que cada religión defienda sus formulaciones, con tal de que respete a las demás y se dé cuenta de que cada mediación no es más que una mediación. Esto no quita que no se pueda, y aun se deba, discutir sobre la mayor o menor adecuación de las expresiones empleadas, sin olvidar, no obstante, que la interpretación de todo texto requiere el conocimiento de su contexto y la intuición de su pre-texto.
Por ejemplo, las pruebas de la existencia de Dios en la escolástica cristiana tienden solo a probar la no-irracionalidad de la existencia divina para aquellos que ya creen en Dios. De otro modo, ¿cómo...




