E-Book, Spanisch, Band 372, 188 Seiten
Reihe: Narrativa
Pardo Bazán Doña Milagros
1. Auflage 2018
ISBN: 978-84-9007-761-0
Verlag: Linkgua
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
E-Book, Spanisch, Band 372, 188 Seiten
Reihe: Narrativa
ISBN: 978-84-9007-761-0
Verlag: Linkgua
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
Emilia Pardo Bazán (1851-1921). España. Nació el 16 de septiembre en A Coruña. Hija de los condes de Pardo Bazán, título que heredó en 1890. En su adolescencia escribió algunos versos y los publicó en el Almanaque de Soto Freire. En 1868 contrajo matrimonio con José Quiroga, vivió en Madrid y viajó por Francia, Italia, Suiza, Inglaterra y Austria; sus experiencias e impresiones quedaron reflejadas en libros como Al pie de la torre Eiffel (1889), Por Francia y por Alemania (1889) o Por la Europa católica (1905). En 1876 Emilia editó su primer libro, Estudio crítico de Feijoo, y una colección de poemas, Jaime, con motivo del nacimiento de su primer hijo. Pascual López, su primera novela, se publicó en 1879 y en 1881 apareció Viaje de novios, la primera novela naturalista española. Entre 1831 y 1893 editó la revista Nuevo Teatro Crítico y en 1896 conoció a Émile Zola, Alphonse Daudet y los hermanos Goncourt. Además tuvo una importante actividad política como consejera de Instrucción Pública y activista feminista. Desde 1916 hasta su muerte el 12 de mayo de 1921, fue profesora de Literaturas románicas en la Universidad de Madrid.
Autoren/Hrsg.
Weitere Infos & Material
I
En la pila bautismal me pusieron el nombre de Benicio. Por el lado paterno llevé el apellido de los Neiras de Villalba, pueblo digno de eterno renombre, donde se ceban los más suculentos capones de la Península española. En el escudo de mi casa solariega, sin embargo, no campean estas aves inofensivas, sino un águila coronada y un par de castillos de sable sobre campo de gules. Tales zarandajas heráldicas no impidieron a mi padre, el mayorazgo, casarse con la hija de un confitero y chocolatero natural de Astorga, establecido en los soportales de la Plaza de Lugo. Era mi padre (Dios le haya perdonado) algo antojadizo y terco y bastante libertino; y como la recia virtud de mi madre no consintió rendirse a sus asaltos, a contrapelo de toda la familia la hizo su esposa.
Yo creo que en tan desigual enlace quien salió perdiendo fue la confitera. Poseedora de las cualidades morales que faltaban a su marido; hacendosa, recta y cristiana a carta cabal, mi madre vivió sola, despreciada, maltratada y faltándole cariño, consagró el suyo entero a mi hermana y a mí. Digo mal: yo fui el preferido, el único amado tal vez, porque mi hermana, que pecaba de intrigante y chismosuela, fue desde pequeñita el ojo derecho de mi padre. Mi niñez corrió triste, viendo a mamá esconderse para llorar por los rincones de la casa, y echándome a temblar cuando papá gritaba y maldecía y soltaba cada terno que se venía abajo la bóveda celeste; pues una de las peores mañas del autor de mis días era jurar como un carretero desde que abría la boca; y recuerdo que mi madre me inculcó el odio a tan feo vicio, hasta hacerme caer en el extremo de considerar los juramentos, las blasfemias y las palabras soeces como el mayor y más estúpido pecado que puede cometer el hombre. Esta y las demás enseñanzas de mi madre se me grabaron indeleblemente, viniendo a ser la base de mis convicciones y principios; así como en el fondo de mi carácter quedó una blandura y un apocamiento, que atribuyo a haberme ensopado y reblandecido el corazón los terrores y las lágrimas maternales. Mi madre era mujer chapada a la antigua, e hizo predominar en mí el elemento tradicional sobre el innovador; porque (ahora lo discierno claramente) no cabía en sus facultades equilibrar los dos de tal manera que yo me encontrase en condiciones favorables para vivir en la época que Dios había señalado a mi paso por el mundo. Aprendí de mi madre la probidad, el horror a las deudas, el respeto de los contratos y de la honra de las mujeres, la modestia, la economía, la frugalidad, la veracidad, virtudes que adornan a la grave raza castellana, aunque se atribuyan en general a la ibérica. También me fue inculcado por mi madre otro sentimiento nada común en la sociedad actual: una consideración profunda por las personas de elevado nacimiento, unida a cierto democrático individualismo y a mucha llaneza con los inferiores. En cuanto a la enseñanza religiosa, por entero la debí a mi madre: ella me obligó a aprender de memoria el Catecismo, me hizo rezar diariamente el Rosario, me leyó en el Año Cristiano las vidas de los Santos y en el Kempis los capítulos referentes a la resignación, a la humilde sujeción, al hombre bueno y pacífico, a la tolerancia de las injurias, al puro corazón y la intención sencilla. Tales doctrinas prendieron en mí maravillosamente: sin duda existía oculta conformidad entre ellas y mi carácter; por lo cual llegué a imaginarme (a posteriori) que me hubiese convenido más ser amamantado en principios de energía, acción y violencia, porque hallándose estos en pugna con mi condición natural, se establecería el provechoso equilibrio donde quizá reside el secreto de la armonía, perfección y felicidad humana. Someto este problema a los doctos, y paso adelante.
Cuando me veía quejoso y dolorido del proceder de mi padre, mamá me predicaba la conformidad más entera. «Las faldas del marido —me decía— no excusan jamás las de la mujer. Él es el jefe de la casa, y se le ha de obedecer y se le ha de querer bien, todo lo que no sea esto se queda para bribonas infames. Rezar mucho a ver si se convierte y se hace bueno... y paciencia, y que cada cual acepte su cruz. Contra el marido y el padre jamás tiene razón la mujer y el hijo. Silencio... y Dios sobre todo».
Uno de los sanos consejos de la que me llevó en sus entrañas, fue el de seguir una carrera. «Hijo —me decía— Dios sabe a dónde llegaremos... Puede suceder que tengamos que pedir limosna». La vida rota y relajada de mi padre daba cierta verosimilitud a tan tristes profecías. Asistí, pues, al Instituto, con propósito de ingresar más tarde en el Seminario, ordenarme y conseguir un curato de aldea donde viviríamos mi madre y yo, humildemente, según el espíritu del Kempis, pero sin mendigar. La muerte de mi madre, casi súbita, de un ataque de reuma al corazón, malogró estos planes. Por consejo de mi tío Ventura Neira, el abogado, se me envió a la Universidad compostelana a cursar leyes.
Cuento mis épocas de estudiante como las mejores de mi vida. La alegría y descuido de la mocedad, el trato regocijado de los amigos, las bromas y los entretenimientos propios de mi edad y mi estado, me dejaron delicioso recuerdo. Debo advertir que esto ocurría allá por los años 45 a 50, cuando todavía decir estudiante era decir buen humor, chispa, viveza, ingenio, travesura. Ahora las estudiantinas (todos los Carnavales se presenta alguna en Marineda) parecen cuadrillas de penitentes, según lo compungidas y contritas que se muestran: ni por casualidad provocan el más leve desorden; ni siquiera galantean a las muchachas; embolsan el dinero que las dan, con la misma tristeza con que los pobres vergonzantes se guardan el socorro; andan como si se hubiesen tragado el molinillo; en fin, estos no son escolares. Nosotros armábamos cada guitarreo y cada baile de máscaras y cada gresca, que si me acuerdo aún me río. Yo no figuraba entre los inventores de las diabluras; pero no descomponía partido; se contaba conmigo siempre, y una vez metido en danza, no me quedaba atrás (entendiéndose que nuestras humoradas no pertenecían al género de las que dejan en pos de sí deshonor y llanto).
Excuso decir que ni rastros persistían en mí de la supuesta vocación eclesiástica. Al contrario... Confesémoslo sin rebozo: mi corazón juvenil latía dulcemente solicitado por misteriosas voces y por ansias indefinibles. Un aguijón, un estímulo suave me incitaba sin cesar a que me aproximase a la mitad bella de la humana progenie. Estudiante más enamoradizo que yo, dudo que haya existido desde que hay aulas en el mundo. Solo que en mí no llegaba a adquirir la pasión amorosa el grado de concentración y de fijeza que la hace terrible: a fuerza de gustarme tanto las mujeres, no me perdía por ninguna. Verlas y derretirme en babas, era todo uno; sus insinuaciones me encontraban siempre rendido, galante, hecho un caramelo; hoy me mareaban unas pupilas de azabache, mañana dos ajos azules me volvían tarumba... y, al fin, nada; revoloteos de mariposa, sin consecuencias ulteriores.
Mi espíritu no anhelaba los torturadores goces del amor culpable, pagarlos con el desasosiego de la conciencia: lo que me sonreía, en medio de tantos zascandileos amorosos, era la perspectiva de la honesta felicidad conyugal. «No hay remedio: me caso no bien acabe la carrera», decía, pareciéndome lo más natural del mundo que como el ave busca pareja y nido, busque compañera y hogar el hombre. Así es que apenas tuve en el bolsillo mi título de licenciado, empecé a tender la vista, por si distinguía la media naranja... No fue en Compostela, centro al fin de vida un poquillo disipada, donde se me apareció, sino en Monforte, la villa medioeval, legendaria, que aún domina, ceñudo y fiero, el torreón de los Hidalgos. ¡Allí te encontré, cara esposa, Ilduara mía, en quien hasta el nombre revistió carácter de noble severidad, de dignidad austera! ¡Algunas veces, al ver tu majestuoso continente, tus formas en que cada año fue acentuándose más la línea recta, y sobre todo, tu energía indomable, tu intransigencia loabilísima, te he comparado al torreón de tu pueblo natal! Sin embargo, al tiempo que te conocí, la amable risa descendía aún a tus ojos y a tus labios. ¡Después del primer año de boda fue cuando empezó a ocurrírseme que te parecías al torreón!
Poseía mi Ilduara bienes y casas en Monforte, y allí vivimos algún tiempo y nacieron nuestros primeros vástagos. Porque esta fue otra excelencia y cualidad singular de mi esposa: rendir infaliblemente su cosecha anual. Fecundidad semejante es extraordinaria aun en Galicia misma. En esta narración se irá patentizando hasta dónde llegaba la fertilidad de Ilda: debo decir que no puede compararse sino con el prodigioso desarrollo del sentimiento de la filogenitura en mí. Tal sentimiento dormía en las profundidades de mi ser afectivo, y solo aguardaba, para revelarse en toda su fuerza, la abundancia de prole con que quiso Dios bendecir mi casa. Desde los paseos a las altas horas, descalzo y con el canario de alcoba muy agasajadito en el pecho, hasta las corridas a cuatro patas con el nene montado sobre el espinazo; desde la fabricación de trompos y cometas hasta los perennes repasos de silabario y Astete, recorrí todos los grados de la paternidad celosa y babosa: mi Ilduara bastante tenía con parir...
Un trágico acontecimiento fue el primer cáliz de amargura que me hizo apurar la paternidad. Mi primogénito era un varón, de lo más travieso, adelantado y listo que se ha visto nunca: un fenómeno de talento para sus cuatro años. Con decir que ya juntaba las letras... Cierto día se puso la criada a vestirle, teniéndole sentado en el hueco de una de esas ventanas antiguas...




