Pardo Bazán | Dulce Dueño | E-Book | www.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, Band 373, 188 Seiten

Reihe: Narrativa

Pardo Bazán Dulce Dueño


1. Auflage 2018
ISBN: 978-84-9007-781-8
Verlag: Linkgua
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

E-Book, Spanisch, Band 373, 188 Seiten

Reihe: Narrativa

ISBN: 978-84-9007-781-8
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Dulce dueño (1911), La Quimera (1905), junto con La sirena negra (1908) se suele considerar parte de una especie de trilogía. Dulce Dueño es la última de las novelas largas de Emilia Pardo Bazán. Es su testamento literario. Aquí se expone el tema de la búsqueda de la felicidad y del amor ideal. No es casualidad que la autora elija a Santa Catalina de Alejandría como leit-motiv de esta obra suya, porque esta santa representa en su más alto grado el gusto por la sabiduría y la belleza, así como la defensa a ultranza de la individualidad y la libertad femeninas, tan preciadas en la autora: «Yo amo mucho la figura de Santa Catalina. En Las Torres la tengo esculpida en piedra, con su tocado bizantino.» La búsqueda del amor, que se vincula, en términos platónicos, con la belleza, y en último extremo con Dios, es el motor que empuja tanto a Catalina de Alejandría como a Lina Mascareñas, las dos santas, clásica y moderna, protagonistas de Dulce Dueño.

Emilia Pardo Bazán (1851-1921). España. Nació el 16 de septiembre en A Coruña. Hija de los condes de Pardo Bazán, título que heredó en 1890. En su adolescencia escribió algunos versos y los publicó en el Almanaque de Soto Freire. En 1868 contrajo matrimonio con José Quiroga, vivió en Madrid y viajó por Francia, Italia, Suiza, Inglaterra y Austria; sus experiencias e impresiones quedaron reflejadas en libros como Al pie de la torre Eiffel (1889), Por Francia y por Alemania (1889) o Por la Europa católica (1905). En 1876 Emilia editó su primer libro, Estudio crítico de Feijoo, y una colección de poemas, Jaime, con motivo del nacimiento de su primer hijo. Pascual López, su primera novela, se publicó en 1879 y en 1881 apareció Viaje de novios, la primera novela naturalista española. Entre 1831 y 1893 editó la revista Nuevo Teatro Crítico y en 1896 conoció a Émile Zola, Alphonse Daudet y los hermanos Goncourt. Además tuvo una importante actividad política como consejera de Instrucción Pública y activista feminista. Desde 1916 hasta su muerte el 12 de mayo de 1921, fue profesora de Literaturas románicas en la Universidad de Madrid.
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II. Lina


I


¡Como una bomba, el notición! Cuando traen el telegrama, estoy aseando mi cuartito, porque mi única sirviente apenas sabe pasar una escoba antipática, abarquillada de puro vieja. Desgarro el misterio del cierre, extraigo, y leo: «Ha fallecido repentinamente tía Catalina. Tú, instituida heredera universal. Vente. Farnesio».

¡Tía Catalina! ¡Yo su heredera única! Y ni siento vértigo, ni tampoco efusión de gratitud. Lo encuentro curioso; la extrañeza vence. ¿Por qué me instituye heredera la que en vida me pasaba una miseria de pensión, no perdonaba medio de inducirme a que fuese monja, y me tenía relegada al destierro de Alcalá de Henares? Me prometo averiguarlo, aunque sé que los muertos se llevan consigo la verdadera clave de sus actos (por lo cual me río de la historia).

Mi viaje a Madrid se arregla pronto. Respondo al telegrama de Farnesio, me pongo el vestidito negro de paño, la toca de fieltro, felizmente, negra también, y, a pie, por la pulcra acera enladrillada, me dirijo a la estación. El tren pasará a las siete. Me siento en un banco, ante la puerta de la sala de espera; no se oyen ruidos; una acacia, muy cerca, columpia su ramaje, desprendiendo hojuelas doradas; una chiquilla mocosa, chata y curtida, me observa como si me fuese a retratar. Por primera vez me doy cuenta de que soy opulenta, poderosa. Revuelvo en mi saco de gamuza marrón, usado y de rota cadenilla, y alargo a la chica una peseta. La mira, me mira, y, escamada, suponiendo burla, en vez de tomarla, echa a correr. La riqueza asusta, por lo visto...

Iré en primera, por primera vez. Voy sola. El departamento está rancio de carbonilla y olores viejos de comidas grasientas. Los vidrios, embutidos y crujientes de porquería, no se abren sin esfuerzo titánico. Me siento, eligiendo un cojín que no esté salpicado de manchas equívocas.

¿Viajan así los ricos? ¡No vale la pena! Yo me procuraré el mejor auto... Y, al mismo tiempo que hago esta reflexión, se me ocurre otra, y un sudor frío me rezuma en la sien. ¿No podría el telegrama ser broma de un chusco? Paso tan mal cuarto de hora, porque si la cosa no es verosímil, aún resulta más inverosímil lo otro. Tan grande es mi angustia que, ansiando respirar, forcejeo y logro abrir una ventanilla.

El aire entra, me consuela y me replantea en la realidad. Las márgenes del Jarama son un primor de delicadeza vegetal, un paisaje exquisito, a la sepia, porque estamos en otoño. Mimbrales delgados, cañas de idilio, marañas de arbustos de hoja ya enferma, se diluyen con tonos de acuarela en la paz rubia, en la claridad muriente de la tarde corta. Los toros pastan, apacibles. El río es una serpiente gris perla, aplastada, inmóvil.

Siento el fervorín de entusiasmo que me produce siempre lo bello. Ahora que soy rica, veré el mundo, que no conozco; buscaré las impresiones que no he gozado. Mi existir ha sido aburrido y tonto (afirmo apiadándome de mí misma). Y rectifico inmediatamente. Tonto, no; porque soy además de inteligente, sensible, y dentro de mí no hay estepas. Aburrido... menos; aburrido equivale a tonto. Solo los tontos se aburren. Contrariado, sí, ¡oh, cuánto! Mezquino, también. Cohibido, sujeto por una mano invisible. Valdría más que me hubiesen dejado en el arroyo, descalza, porque a los dos meses de mendigar, ya no mendigo, ya he resuelto mi problema. Lo malo fue que me dieron un puñado de alpiste y las obligaciones de «señorita decente». Arrinconada, solo pude vegetar... Rectifico otra vez: ha vegetado mi cuerpo; que mi espíritu, ¡buenas panzadas de vida imaginativa se ha dado!

Entregada a mí misma, en un pueblo decaído, pero todavía grandioso en lo monumental y por los recuerdos, no hice amistades de señoras, porque a mi alrededor existió cierto ambiente de sospecha, y no atendí a chicoleos de la oficialidad, porque, a lo sumo, podrían conducirme a una boda seguida de mil privaciones. Mis únicos amigos fueron dos canónigos, encargados de catequizarme para el monjío, y un viejecito maniático, muy volteriano, y muy simple, don Antón de la Polilla, que desde luego se declaró abogado del diablo, contando horrores de los conventos, cuando no estaban delante los que él llamaba el Inquisidor mayor y el menor, y aun a veces en su misma cara. Yo no le hacía caso sino cuando hablaba de historia y de antigüedades; en este terreno, algunas veces recobra el sentido común, prenda desde tiempo atrás perdida. De los dos canónigos catequistas, uno, el pobre Roa, murió tres años hace, el otro, el Magistral, es C. de varias Academias, y sospecho que tiene escritas muchas cosas que nunca verán la luz, a no ser que ahora, siendo yo millonaria... La biblioteca del señor Carranza me la he zampado; por cierto que encierra muy buenos libros. Así es que estoy fuertecita en los clásicos, casi sé latín, conozco la historia y no me falta mi baño de arqueología. Carranza lamenta que haya pasado el tiempo en que las doctoras enseñaban en la Universidad Complutense. Se consolaría si yo fuese una de esas monjas eruditas, cuyos retratos grabados las representan pluma de ganso en mamo, tintero al margen, y sobre el fondo de una librería de infolios de pergamino.

Por haber tenido yo la curiosidad de leer algunos manuscritos del Archivo, las hijas del juez, que son las lionnes de Alcalá, y que me tienen tirria, me han puesto de mote la Literata. ¡Literata! No me meteré en tal avispero. ¿Pasar la vida entre el ridículo si se fracasa, y entre la hostilidad si se triunfa? Y además, sin ser modesta, sé que para eso no me da el naipe.

Literatura, la ajena, que no cuesta sinsabores... ¡Cuánto me felicito ahora de la cultura adquirida! Va a servirme de instrumento de goce y de superioridad.

En la estación me aguarda Farnesio, don Genaro Farnesio en persona, con cara lúgubre y circunstancial. Se sorprende y hasta me figuro que se indigna ante mis ojos secos, deshinchados y brillantes, mi aplomo de heredera franca, que no se tampona la faz con el pañuelo, ni se suena cada tres minutos.

—¿Qué dices de esto? —suspira hondamente al cogerme las manos.

—¿Qué he de decir? —contestó—. ¡Pobre tía! Que le llegó la suya.

Un lacayo correcto recoge mi humilde saco, me precede respetuoso, y, alzando el enlutado sombrero de librea, abre la charolada portezuela de una berlina, acolchada como un estuche de joya. Es mi berlina, es mi lacayo. ¡Qué sensación punzante! Lo que no pudo el anuncio del fortunón, lo puede el detalle de conforte y lujo... Cerrando los ojos, me reclino. Farnesio entra y da una orden. Arrancamos, al elástico trote de los bayos fogosos.

El intendente de doña Catalina me mira a hurtadillas, me estudia. Don Genaro Farnesio es esa persona «de toda confianza» que surge indefectiblemente al margen de las señoras viudas y con caudal. Mestizo de amigo y administrador, misterioso y enfático, don Genaro Farnesio pasa por mejor enterado de lo que atañe a la casa de Mascareñas, ¡retumbante apellido!, que su dueña lo estuvo nunca. Es el duende familiar del palacio ya mío, y su actitud cautelosa y la mirada que siento apoyarse sobre mi perfil, sin duda tienen por origen la zozobra egoísta: «¿Habrá cambio de ministerio? ¿Perderé la breva disfrutada tantos años?».

Llegamos... En el momento de bajarme en el zaguán y de cuadrarse el solemne portero —de levitón largo, cara lunar entre dos chuletas negras bien lustradas— ante la soberana nueva, recuerdo las pocas veces que he venido aquí, siempre acuciada por fon Genaro para que me reintegrase a Alcalá cuanto antes. Me asalta otra vez la inquietadora extrañeza. ¿Por qué me lega sus millones la que casi no me ha visto? Evoco memorias.

Cuando era introducida a la presencia de doña Catalina Mascareñas y Lacunza, viuda de Céspedes, medio se alzaba del sillón; las mejillas se le encendían, bajaba los ojos, como para no verme, y con voz un poco ronca me preguntaba:

—¿Cómo te va, Natalia? ¿Qué tal de salud?

—Muy bien, tía...

—¿Careces de algo? ¿Te falta alguna cosa, vamos, para tu vida?

—No señora —respondía, mortificada y altanera—. Tengo lo suficiente.

—¿Eres buena? ¿Te portas bien?

—Se me figura que sí...

Brevemente, como deseosa de cortar la conferencia (tres fueron en once años) la señora se levantaba, abría un armario, revolvía en él un poco, y me ponía en las manos un objeto, diciendo: «Para ti». La primera vez, un rosario de oro y perlas barrocas; la segunda, un reloj-saboneta de esmalte; la tercera, una sortija-semanario, de ensaladilla. Este último regalo me gustó mucho. No he tenido otra joya, y por las joyas siento pasión magdalénica.

—Bueno, bueno —farfullaba la señora al murmurar yo las gracias—. Cuidado, no nos des disgustos...

Farnesio, presente a la entrevista, me hacía seña. «Adiós, tía Catalina...».

—Adiós, hasta la vista, Natalia, avisa si te ocurre algo... —y me retiraba, con la cabeza gacha y el andar tímido, oblicuo, de los parientes pobres, de los protegidos humillados.

—¡Ahora!

Hinco la planta en la alfombra que trepa por la escalinata de mármol, con la energía violenta de una toma de posesión. Farnesio me coge por la muñeca, y, en voz baja, balbuciente:

—¿Quieres verla?

Me escalofrío como si me soplasen en los abuelillos del cogote... ¡Verla! ¡Está de cuerpo presente! ¿Y qué? ¡No me conviene mostrarme pueril, ni medrosa!

—Voy. Muy justo que rece un Padre nuestro.

La capilla ardiente es el salón, fastuoso y anticuado, con profusión de doradas tallas y espejos,...



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