E-Book, Spanisch, Band 401, 176 Seiten
Reihe: Narrativa
Pardo Bazán El saludo de las brujas
1. Auflage 2018
ISBN: 978-84-9007-783-2
Verlag: Linkgua
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
E-Book, Spanisch, Band 401, 176 Seiten
Reihe: Narrativa
ISBN: 978-84-9007-783-2
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Emilia Pardo Bazán (1851-1921). España. Nació el 16 de septiembre en A Coruña. Hija de los condes de Pardo Bazán, título que heredó en 1890. En su adolescencia escribió algunos versos y los publicó en el Almanaque de Soto Freire. En 1868 contrajo matrimonio con José Quiroga, vivió en Madrid y viajó por Francia, Italia, Suiza, Inglaterra y Austria; sus experiencias e impresiones quedaron reflejadas en libros como Al pie de la torre Eiffel (1889), Por Francia y por Alemania (1889) o Por la Europa católica (1905). En 1876 Emilia editó su primer libro, Estudio crítico de Feijoo, y una colección de poemas, Jaime, con motivo del nacimiento de su primer hijo. Pascual López, su primera novela, se publicó en 1879 y en 1881 apareció Viaje de novios, la primera novela naturalista española. Entre 1831 y 1893 editó la revista Nuevo Teatro Crítico y en 1896 conoció a Émile Zola, Alphonse Daudet y los hermanos Goncourt. Además tuvo una importante actividad política como consejera de Instrucción Pública y activista feminista. Desde 1916 hasta su muerte el 12 de mayo de 1921, fue profesora de Literaturas románicas en la Universidad de Madrid.
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I. Los enviados
La campanilla de la puerta repicó de un modo tan respetuoso y delicado, que parecía un homenaje al dueño de la casa; y el criado, al abrir la mampara de cristal, mostró sorpresa —sorpresa discreta, de servidor inteligente— al oír que preguntaban:
—¿Es buena hora para que Su Alteza se digne recibirnos?
El que formulaba la pregunta era un señor mayor, de noble continente, vestido con exquisita pulcritud, algo a lo joven; el movimiento que hizo al alzar un tanto el reluciente sombrero pronunciando las palabras Su Alteza, descubrió una faz de cutis rosado y fino como el de una señorita, y cercada por hermosa cabellera blanca peinada en trova, terminando el rostro una barba puntiaguda no menos suave y argentina que el cabello. Detrás de esta simpática figura asomaba otra bien diferente: la de un hombre como de treinta años, moreno, rebajuelo, grueso ya, afeitado, de ojos sagaces y ardientes y dentadura brillante, de traje desaliñado, de mal cortada ropa, sin guantes, y mostrando unas uñas reñidas con el cepillo y el pulidor.
El criado, sin responder a la pregunta, se desvió, abriendo paso a los visitantes; y precediéndoles por el recibimiento, alzó un tapiz y les introdujo en una salita, donde ardía buen fuego de leña, al cual se llegó vivamente el mal pergeñado, levantando el ancho pie para calentar la suela de la bota. Una ojeada severa de su respetable compañero, no le impidió continuar exponiendo a la llama los dos pies por turno y a la vez examinar curiosamente el aposento. El capricho y la originalidad de un artista refinado se revelaban en él. Proscritos los mezquinos cachivaches que llaman bibelots, y también los pingos de trapería vieja, que si los apaleasen despedirían nubes de polvo rancio, no se veía en las paredes, cubiertas de seda amarilla ligeramente palmeada de plata, más que dos retratos y un cuadro: cierto que los retratos llevaban la firma de Bonnat, y el cuadro era una soberbia Herodías de Luini, reputada superior a la de Florencia. La chimenea, de bronce, lucía cinceladuras admirables, y hasta las rosetas de plata que sujetaban los pabellones de los muebles estilo Imperio, eran primorosas de forma y de labor. Daba pena ver hincarse en el respaldo de uno de aquellos sillones de corte de nave las garras sospechosas del mal trajeado, y el de la cabellera nívea le miró otra vez, como si dijese: «Vamos, haga usted favor de no manchar la tela...». Solo consiguió provocar un imperceptible movimiento de hombros, entre desdeñoso y humorístico.
Los retratos atraían la atención del desaliñado. Parecíale que uno de ellos representaba a cierto conocidísimo personaje: nada menos que el augusto Felipe Rodulfo I... No vestía, en el retrato, el brillante uniforme de coronel de húsares, ni lucía placas, cordones y bandas, ni ostentaba signo alguno de su elevada condición: burguesa levita negra, abierta sobre blanco chaleco, modelaba el tronco y acusaba su forma peculiar, el pecho arqueado, los caídos hombros, el cuello un poco rígido, la apostura no exenta de altivez que caracterizaba al soberano de Dacia. Sorprendente era el parecido de la cabeza, copiada tal cual debió de ser allá en verdes años: el rostro pálido, de óvalo suave, de facciones casi afeminadas, de boca diminuta, sombreada por un bigotillo rubio ceniza, de ojos de un azul de agua con reflejos grises; y, únicos rasgos enérgicos y viriles, la nariz bien delineada, de anchas ventanas, y en la garganta muy saliente la nuez. Sin embargo, el que contemplaba la pintura, volviéndose hacia el señor mayor, murmuró con extrañeza:
—Duque, este no es el rey.
—¡Por Dios! Si está hablando Su Majestad... Como que así le recuerdo, así, cuando yo era capitán de Guardias...
—Pero ¡por el diablo!, ¿no ve usted que este retrato viste a la última moda? ¿No se fija usted en el peinado, en la corbata? ¿Cree usted que Bonnat retrataba allá por los años cincuenta?
El tono descortés de esta observación tiñó con dos placas purpúreas las mejillas del anciano; disimulando la mortificación, se acercó al retrato, caló en la nariz unos quevedos de roca y oro, se echó algún tanto atrás, y al fin dijo con pueril alegría, rayana en ternura:
—Verdad... ¡Qué tontos somos! ¡Si es el príncipe!...
—No, yo no he sido tonto... —recalcó con impertinencia el mal pergeñado—. Este retrato solo podía ser de Felipe María... La casualidad y la naturaleza nos sirven como si las sobornásemos... Una semejanza tan extraordinaria nos allana la mitad del camino.
—Esta emoción que siento han de sentirla todos los buenos —balbució el duque, que sonreía sin querer, como sucede a las personas que rebosan júbilo.
Su compañero, entre tanto, curioseaba el retrato de mujer, lo miraba analizándolo implacablemente. El pincel realista de Bonnat había reproducido en el lienzo, sin triquiñuelas aduladoras, no solo la decadencia de la que fue en un tiempo rara beldad, sino el estrago que causan los padecimientos al minar una organización robusta. Era uno de esos retratos encargados por la piedad filial, que ve acercarse la muerte y quiere perpetuar una dolorosa imagen. La dama frisaría en los cuarenta y pico, y sin duda para vestirla con un traje que no pasase de moda, el retratista la había envuelto en amplio abrigo de nutria, sobre el cual se destacaba la cabeza pequeña, coronada de rizos todavía muy negros, un peinado que revelaba estudios y artificios de tocador. A pesar del abatimiento físico que se leía en los largos y aterciopelados ojos del retrato, era viva y sensual la roja boca, y mórbidos los hombros de marfil, que descubrían el abrigo caído y el corpiño escotado; la mano, de torneados dedos, jugaba con una rosa, y sobre el pico del escote descansaba rica piocha de esmeraldas y brillantes.
Aquí tiene usted, duque, a una mujer que ha debido pasar las de Caín —indicó el facha con maligna ironía—. Esta era ambiciosa, y desde que las circunstancias tomaron cierto giro, apostaré que soñaba todas las noches que ceñía corona y arrastraba manto real. A esta la mató el consabido expediente de nulidad... Mire usted, mire usted como se nota la ictericia; ¡qué mejillas, qué sienes!, ¡qué arrugas en la frente! Y lo que es guapa, debió de ser guapa ni sus tiempos la bailarina.
Hablaba sin volverse ni mirar atrás, señalando con el dedo al retrato, manoseándolo casi; de pronto surtió una presión como de tenazas en el brazo derecho, y oyó la voz del duque, sofocada por la cólera:
—Cállese usted, Miraya... Esas reflexiones, si se quieren hacer, se hacen luego, dentro del coche... ¿Ha perdido usted la noción del sitio en que estamos? Me parece que siento ruido detrás de la mampara... Su Alteza puede oír, y, ¡aunque no oiga!
Un gesto del imprudente a quien el duque había llamado Miraya, fue la única respuesta a la acertada observación; y dejándose caer en el sofá, cruzando las piernas, guardó silencio, mientras uno de sus juanetudos pies danzaba descubriendo sin recato el grosero material y el plebeyo betún del calzado, la dudosa limpieza de la ropa interior. El duque, suspirando, levantó los ojos al techo, como si la lámpara de plata cincelada, entre cuyas hojas de acanto se escondían los feos tulipanes de la luz eléctrica, le interesase mucho.
Y así transcurrieron algunos minutos, en que solo se escuchó el chisporroteo agradable de los troncos.
De pronto, en medio de aquel silencio, y sin turbarlo, pues ni la mampara al abrirse, ni la persona al entrar, produjeran ningún ruido perceptible, apareció un hombre, ante quien el duque, que había permanecido de pie, se apresuró a inclinarse tan profundamente como si quisiese hincarse de rodillas. La posición que no llegó a adoptar el anciano, la tomó en cambio Miraya, repentinamente sobrecogido, y tanto, que se vio palidecer su tez morena, y la palma de las manos se le empapó de frío trasudor. Pugnaba el duque por besar la diestra del recién venido, sin lograrlo, pues este solo consintió una presión ligera. Corrió a levantar a Miraya, y en voz bien modulada y de gentil compás:
—Hágame el favor de tomar asiento, señores —exclamó señalando al sofá—. Sospechaba que vendrían ustedes pronto... Me lo había anunciado Yalomitsa, única persona de allá a quien veo algunas veces; no puedo olvidar que el pobre fue amigo de mi madre y, la acompañó... hasta sus últimos momentos.
—Señor... —tartamudeó el duque, inquieto del giro que desde las primeras palabras tomaba la plática—; precisamente por eso, porque sabíamos que Gregorio Yalomitsa tenía el honor de ver con frecuencia a Vuestra Alteza...
—¿A mi Alteza? —interrumpió con festivo alarde el joven, pues lo era, como de unos veintiséis a veintiochos años, y en todos igual al retrato que al pronto habían creído del rey—. Hágame el favor, señor duque..., porque supongo que hablo con el duque de Moldau?
—Señor —respondió el duque levantándose solemnemente—, desde los tiempos de Ulrico el Rojo, los duques de Moldau, mis ascendientes, llevaron la espada y el escudo de los príncipes de Dacia en el campo de batalla y en las ceremonias palatinas.
Otra vez hizo demostración de besamanos: pero tampoco se lo consintieron.
—Me es muy grato tener ocasión de conocer a una persona tan digna de respeto, tan consecuente, tan venerable. Sé que es usted un cumplido caballero, no solo por su linaje, sino por las prendas de su carácter, lo cual vale más todavía. Apriéteme la mano, señor duque... Y sírvase no darme tratamiento; se lo suplico.
—Señor, si Vuestra Alteza quiere hacer dichoso a un viejo...




