Pardo Bazán | La piedra angular | E-Book | www.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, Band 436, 322 Seiten

Reihe: Narrativa

Pardo Bazán La piedra angular


1. Auflage 2018
ISBN: 978-84-9007-912-6
Verlag: Linkgua
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

E-Book, Spanisch, Band 436, 322 Seiten

Reihe: Narrativa

ISBN: 978-84-9007-912-6
Verlag: Linkgua
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La piedra angular, de Emilia Pardo Bazán, relata la historia de un verdugo, su hijo y un hombre que intentará redimirlos. Padre e hijo padecen todo tipo de vejaciones en una España en que se aceptaba la pena de muerte, y se repudiaba con hipocresía a los verdugos. La piedra angular, es una novela de lucha moral y superación.

Emilia Pardo Bazán (1851-1921). España. Nació el 16 de septiembre en A Coruña. Hija de los condes de Pardo Bazán, título que heredó en 1890. En su adolescencia escribió algunos versos y los publicó en el Almanaque de Soto Freire. En 1868 contrajo matrimonio con José Quiroga, vivió en Madrid y viajó por Francia, Italia, Suiza, Inglaterra y Austria; sus experiencias e impresiones quedaron reflejadas en libros como Al pie de la torre Eiffel (1889), Por Francia y por Alemania (1889) o Por la Europa católica (1905). En 1876 Emilia editó su primer libro, Estudio crítico de Feijoo, y una colección de poemas, Jaime, con motivo del nacimiento de su primer hijo. Pascual López, su primera novela, se publicó en 1879 y en 1881 apareció Viaje de novios, la primera novela naturalista española. Entre 1831 y 1893 editó la revista Nuevo Teatro Crítico y en 1896 conoció a Émile Zola, Alphonse Daudet y los hermanos Goncourt. Además tuvo una importante actividad política como consejera de Instrucción Pública y activista feminista. Desde 1916 hasta su muerte el 12 de mayo de 1921, fue profesora de Literaturas románicas en la Universidad de Madrid.
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I


Rendido ya de lo mucho que se prolongara la consulta aquella tarde tan gris y melancólica del mes de marzo, el doctor Moragas se echó atrás en el sillón; suspiró arqueando el pecho; se atusó el cabello blanco y rizoso, y tendió involuntariamente la mano hacia el último número de la Revue de Psychiatrie, intonso aún, puesto sobre la mesa al lado de cartas sin abrir y periódicos fajados. Mas antes de que deslizase la plegadera de marfil entre las hojas del primer pliego, abriose con estrépito la puerta frontera a la mesa escritorio, y saltando, rebosando risa, batiendo palmas, entró una criatura de tres a cuatro años, que no paró en su vertiginosa carrera hasta abrazarse a una pierna del doctor.

—¡Nené! —exclamó él alzándola en vilo—. ¡Si aún no son las dos! A ver cómo se larga usted de aquí. ¿Quién la manda venir mientras está uno ocupado?

Reía a más y mejor la chiquilla. Su cara era un poema de júbilo. Sus ojuelos, guiñados con picardía deliciosa, negros y vivos, contrastaban con la finura un tanto clorótica de la tez. Entre sus labios puros asomaba la lengüecilla color de rosa. El rubio y laso cabello le tapaba la frente y se esparcía como una madeja de seda cruda por los hombros. Al levantarla el doctor, ella pugnó por mesarle las barbas o el pelo, provocando el regaño cómico que siempre resultaba de atentados por el estilo.

Desde la entrada de la criatura, parecía menos severo el aspecto de la habitación, alumbrada por dos ventanas que dejaban paso a la velada claridad del Sol marinedino. Bien conocía Nené los rincones de aquel lugar austero, y sabía adónde dirigir la mirada y el dedito imperioso con que los niños señalan la dirección de su encaprichada voluntad. No era a los tupidos cortinajes; no a las altas estanterías, al través de cuyos vidrios se transparentaba a veces el tono rojo de una encuadernación flamante; menos aún a la parte baja de las mismas estanterías, donde, relucientes de limpieza y rigurosamente clasificadas, brillaban las herramientas quirúrgicas: los trocares, bisturíes, pinzas y tijeras de misteriosa forma en sus cajas de zapa y terciopelo; los fórceps presentando la concavidad de acero de mi terrible cuchara; los espéculos, que recuerdan a la vez el instrumento óptico y el de tortura...

Tampoco atraían a la inocente los medrosos bustos que patentizaban los sistemas nervioso y venoso, y que miraban siniestramente con su ojo blanco, descarnado, sin párpados; ni aquella silla tan rara, que se desarticulaba adoptando todas las posiciones; ni la ancha palangana rodeada de esponjas y botecitos de ácido fénico; ni los objetos informes, de goma vulcanizada; ni nada, en fin, de lo que allí era propiamente ciencia curativa. ¡No! Desde el punto en que atravesaba la puerta, dirigíase flechada Nené hacia una esquina de la habitación, a la izquierda del sillón del doctor, donde, suspendida de la pared por cordones de secta, había una ligera canasta forrada de raso. Era la famosa báscula pesa-bebés, el mejor medio de comprobar si la leche de las nodrizas reúne condiciones, nutre o desnutre al crío; y en su acolchado hueco, a manera de imagen o símbolo del rorro viviente, veíase un cromo, un nene de cartón, desnudo, agachado, apoyadito con las manos en el fondo de la canasta, alzando la cara mofletuda y abriendo sus enormes ojazos azules. El cromo era el ídolo de Nené, que tendía las manos para alcanzar a su altura, chillando: «Nino selo, Nino selo». «Vamos a ver —contestaba el doctor— ¿qué quieres tú que te traiga hoy el Niño del cielo?» Había minutos de duda, de incertidumbre, de combate entre diversas tentaciones igualmente fascinadoras. —«Tayamelos... rotilas... amendas... no, no, galetas... Un chupa-chupa...» El chupa-chupa prevalecía al fin, y el doctor, levantándose ágilmente y ejecutando con limpieza suma el escamoteo, deslizaba del bolsillo de su batín al fondo de la canasta un trozo de piñonate. Aupando después a Nené, el hallazgo de la deseada golosina era una explosión de gritos de gozo y risotadas mutuas.

Preparábase alguna comedia de este género, porque Nené ya gobernaba hacia la báscula, cuando asomó por la puerta lateral, que sin duda conducía a la antesala, un criado, que al ver al doctor con la niña en brazos, quedose indeciso. Moragas, contrariado, frunció el entrecejo.

—¿Qué ocurre?

—Uno que ahora mismito llega... Dice que si pudiera entrar lo estimaría mucho; que ya vino antes, y como había tanta familia...

Alzó la vista el médico, y se fijó en la esfera del reloj de pared. Marcaba las dos... menos cinco. Esclavo del deber, Moradas se resignó.

—Bueno, que entre... Nené, a jugar con la muchacha... Ahora no da nada el Nino selo. Ya sabes que mientras hay consulta...

Nené obedeció, muy contra su voluntad. Antes de volverse, dejando cerrada la puerta que le incomunicaba con la chiquilla, el doctor adivinó de pie en el umbral al tardío cliente. Delataba su presencia un anhelar indefinible, la congoja de una respiración; y al encararse con él, el médico le vio inmóvil, encorvado, aferrando con ambas manos contra el estómago el hongo verdoso y bisunto.

Moragas mascó tan «siéntese», y se encaminó a su sillón, calando nerviosamente los quevedos de oro y adquiriendo repentina gravedad. Su mirada cayó sobre el enfermo como caería un martillo, y en su memoria hubo una tensión repentina y violenta. «¿Dónde he visto yo esta cara?».

El hombre no saludó. Sin soltar el sombrero y con movimiento torpe, ocupó el asiento de la silla que el doctor le indicara; sentado y todo, su respiración siguió produciendo aquel murmullo hosco y entrecortado, que era como un hervor pulmonar. A las primeras interrogaciones del doctor, rutinarias, claras, categóricas, contestó de modo reticente y confuso, dominado tal vez por el vago miedo y el conato de disimulo ante la ciencia que caracteriza en las consultas médicas a las gentes de baja estofa; pero, al mismo tiempo, expresándose con términos más rebuscados y escogidos de lo que prometía su pelaje. Moragas precisó el interrogatorio, ahondando, entregado ya por completo a su tarea. «¿Hace mucho que nota usted esos ataques de bilis? Los insomnios, ¿son frecuentes? ¿Todas las noches, o por temporadas? ¿Trabaja usted en alguna oficina; se pasa largas horas sentado?»

—No, señor —contestó el cliente con voz sorda y lenta—. Yo apenas trabajo. Vivo descansadamente; vamos, sin obligación.

Al parecer nada tenía de particular la frase, y, sin embargo, le sonó a Moragas de extraño modo, renovándole la punzada de la curiosidad y el prurito de recordar en qué sitio y ocasión había visto a aquel hombre. Volvió a fijar sus ojos, más escrutadores aún, en la cara del enfermo. En realidad, las trazas de este concordaban muy mal con la aristocrática afirmación de vida descansada que acababa de hacer. Su vestir era el vestir sórdido y fúnebre de la mesocracia más modesta, cuando se funde con el pueblo propiamente dicho: hongo sucio y maltratado, terno de un negro ala de mosca, compuesto de mal cortada cazadora y angosto pantalón, corbata de seda negra, lustrosa y anudada al descuido, camisa de tres o cuatro días de fecha, leontina de plata, borceguíes de becerro resquebrajado sin embetunar, y en las manos nada absolutamente: ni paraguas, ni bastón. No suelen andar así los ricos, a quienes por obra y gracia de Dios les caen del cielo las hogazas.

—¿Según eso, no hace usted ejercicio ninguno? —preguntó Moragas, que creía proseguir el interrogatorio facultativo, pero se iba por la tangente de la excitada curiosidad.

—Como ejercicio, sí... —respondió opacamente el hombre—. Paseo muchísimo. A veces ando dos y tres leguas y no me canso. Algo se trabaja también en la casa. No es uno ningún holgazán.

—No he dicho que usted lo sea —replicó con inflexión de severidad el médico—. Yo tengo que enterarme, si he de saber lo que anda descompuesto en usted. ¿A ver? Reclínese allí —ordenó, señalando hacia un ancho diván colocado entre las dos ventanas del gabinete.

Obedeció el enfermo, y Moragas, acercándose, le desabrochó los últimos botones del chaleco, tactando y apoyando de plano su mano izquierda, abierta, sobre la región del hipocondrio. Luego, con los nudillos de la derecha, verificó rápidamente la percusión, auscultando hasta dónde ascendía el sonido mate peculiar del hígado. Mientras realizaba estas operaciones, adquiría su rostro movible una expresión firme e inteligente, al par que el del enfermo revelaba ansia, casi angustia. «Puede usted levantarse», articuló Moragas, que se volvía ya a su sillón, canturreando entre dientes, acto mecánico en él.

Fijó otra vez la mirada en el consultante: ahora auscultaba y tactaba, por decirlo así, su fisonomía. Moragas, aunque del vitalismo pensaba horrores, no era el médico materialista que solo atiende a la corteza: sin hacer caso de ese escolástico duendecillo llamado fuerza vital, nadie concedía mayor influencia que él a los fenómenos de conciencia y a las misteriosas actividades psico-físicas, irreductibles al proceso meramente fisiológico. «Ahí, en el cerebro o en el alma (no disputemos por voces), está el regulador humano», solía decir. En muchos desfallecimientos de la materia veía lo que tiene que ver un observador culto y sagaz: el reflejo de estados morales íntimos y secretos, que no siempre se consultan, porque ni el mismo que los padece tiene valor para desentrañarlos. Dígase la verdad: Moragas admitía la recíproca: a veces curó melancolías y violencias de carácter con píldoras de áloes o dosis de bromuro. Él sabía...



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