E-Book, Spanisch, Band 2, 592 Seiten
Reihe: Olympus
Parente / Pascual El sol y la mentira
1. Auflage 2022
ISBN: 978-84-18440-19-9
Verlag: NOCTURNA
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
E-Book, Spanisch, Band 2, 592 Seiten
Reihe: Olympus
ISBN: 978-84-18440-19-9
Verlag: NOCTURNA
Format: EPUB
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Iria G. Parente (1993) y Selene M. Pascual (1989) son dos jóvenes autoras de Madrid y Vigo respectivamente. Entre sus libros destacan Sueños de piedra (Nocturna, 2015), Títeres de la magia (Nocturna, 2016), Rojo y oro (Alfaguara, 2017), la trilogía Secretos de la luna llena (La Galera, 2016-2018), Ladrones de libertad (Nocturna, 2017), Antihéroes (Nocturna, 2018), Jaulas de seda (Nocturna, 2018) y Reinos de cristal (Nocturna, 2019). Entre 2019 y 2020 publicaron la bilogía steampunk de El orgullo del dragón y La venganza del unicornio (Nocturna), y en 2020 iniciaron la serie de Olympus con La flor y la muerte (Nocturna), compuesta por novelas independientes que reinterpretan los mitos griegos en un entorno de ciencia ficción. La segunda entrega es El sol y la mentira (Nocturna, 2021).
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Recuerdo la primera vez que estuve en un acto oficial de Olympus. Tenía cuatro años y mis madres, flanqueándome, no me soltaron las manos en ningún momento. Recuerdo entrar con ellas en el vestíbulo del edificio y quedarme embelesado con el color dorado que formaba filigranas en las paredes y en el suelo e incluso en las decoraciones. Recuerdo a Zeus, vestida de oro de arriba abajo, con la corona de laurel sobre sus cabellos, dando su discurso y prometiendo que cuidaría de Olympus durante su mandato. Recuerdo que, acostumbrado a mi mundo de color de rosa, la imagen me impactó tanto que no pude más que pensar que, si Olympus era siempre así, tenía mucha suerte de poder quedarme en la cima, donde siempre había cosas bonitas y brillantes; donde el dorado nunca perdía su lustre y me sentía poco menos que el príncipe de un cuento.
Después de aquello, dije durante mucho tiempo que el dorado era mi color favorito. Le pregunté a mi madre si podía hacerme un traje como el que llevaba Zeus aquella tarde en que la vi en persona por primera vez. Le pregunté, también, qué tenía que hacer para cambiar de Servicio. Le pregunté dónde estaban los niños vestidos de oro y por qué no había visto ninguno aquel día, aunque no habían faltado representantes de mi edad de los demás colores. Valentina, con paciencia infinita, me sentó sobre su regazo y me explicó que el dorado estaba reservado para los zeus y que yo había nacido afrodita. Que si hubiera sido como yo quería, no tendría dos madres (a ella y a Melissa) que me quisieran con locura. Me contó que los niños de Zeus eran demasiado especiales para juntarlos con los demás y que no conocería a ninguno porque los criaban alejados de todo y todos, para que fueran los mejores. Para que fueran los líderes del futuro, que nos llevarían más lejos y más alto cada vez.
—¿Más? —pregunté, porque no concebía que Olympus pudiera ser todavía mejor.
—Más —me respondió ella, con la sonrisa que sólo me dedicaba a mí.
En aquel momento supuse que «más» solamente podía significar «mejor». Que se traduciría en más fiestas, en más brillo, en más telas hermosas desperdigadas por la casa, en más tardes sentado en el taller, a los pies de su silla, creando mis propias obras bajo su atenta mirada.
Durante toda mi adolescencia, soñé con ese «más» y quise con todas mis fuerzas formar parte de él. Quería disfrutar del brillo dorado de Zeus, incluso si no podía tocarlo. Pero pensé que, si algunos destellos caían sobre mí, si (aunque sólo fuera por un instante) me teñían la piel de dorado, quizá pudiera pertenecer. Quizá pudiera sacar algo de ellos.
Quizá todavía piense que puedo hacerlo, mientras observo desde una esquina los vestidos y los trajes de oro de aquellos niños que nunca pude conocer. Aunque ahora, por supuesto, ya no es tan fácil que me deslumbren. Ahora puedo ver a través del brillo, de las máscaras. Ahora sé que el cielo sobre nuestras cabezas no es el de verdad, sino una proyección para que las estrellas se vean más cercanas y más claras. Ahora sé que lo que se ve a través de los ventanales que cubren las paredes no es la ciudad, sino una copia que alguien ha creado para estas ocasiones: el caos de neones está demasiado ordenado, con el brillo justo, con la simetría adecuada. Han depurado la ciudad tal y como la conocemos y han creado una ilusión más parecida a lo que a ellos les gustaría que fuera: reluciente y perfecta y con lugar sólo para Olympus y su élite. Quieren dar la impresión de que sólo existimos nosotros, hermosos, importantes, llenos de luz y poder. Eso parecen decir, al menos, las telas holográficas o llenas de luces, los trajes que van cambiando de color y de forma, con cortes y curvas imposibles, el maquillaje fluorescente, las joyas a medio camino entre la elegancia más clásica y los sistemas informáticos más avanzados.
Es todo una fachada, una mentira impecable en la que yo, de alguna manera, participo incluso más que el resto, porque soy más consciente que muchos de los que están aquí de lo que hay detrás. Porque estoy dispuesto a congraciarme con las estrellas aun cuando sé que su brillo no es más que un espejismo.
—Es una mala idea.
La voz de Diane tiene un leve tono acusador. ¿Cuándo me ha seguido hasta esta esquina de la sala a la que me he retirado? Estaba tan distraído que ni siquiera la he sentido acercarse. Y no sólo eso: es obvio que se ha dado cuenta de a quién estaba mirando. Lo sé porque se fija en mí con las cejas alzadas, como si quisiera que me sintiera culpable.
Yo le dedico una sonrisa edulcorada.
—No sé de qué me hablas, querida.
Mi amiga pone los ojos en blanco, pero vuelve la vista hacia la gente repartida por la sala. Parece que nos agrupáramos por colores, manteniéndonos cerca de nuestros Servicios. Con miedo a que nos pillen fuera del lugar que Olympus ha diseñado para cada uno de nosotros, quizás, o con la certeza de que no encajaremos si nos alejamos de los nuestros. Yo mismo he pasado la noche cerca de los afroditas de la sala, demasiado consciente de cuál es mi sitio, aunque sin dejar de observar al resto.
De observarlas a ellas, a las tres, doradas y luminosas como soles, deslumbrantes incluso entre el gentío.
Las llaman las Cárites, las tres Gracias, y representan aquello a lo que cualquier persona querría aspirar: son jóvenes, hermosas, exitosas, llenas de gloria. Nunca he hablado con ellas. Por supuesto, nunca me he acercado, pero las conozco como se conoce a las personas fuera de tu alcance, a partir de unas cuantas palabras abandonadas en redes sociales y entrevistas y de algunas fotos donde muestran siempre su mejor perfil y sus mejores sonrisas. En otras palabras: no las conozco absolutamente de nada. Sólo he visto lo que ellas han querido enseñarle al mundo.
Pero eso no implica que no pueda desear un poco de su brillo, ¿verdad?
Un camarero les ofrece las copas sobre su bandeja y ellas las cogen sin ni siquiera mirarlo. Brindan, y yo supongo que lo hacen por el poder. Por ser jóvenes y bonitas y estar a un par de peldaños de la cima. Algunas más que otras, por supuesto: todo el mundo sabe que Enid Dusan tiene más papeletas para convertirse en la próxima Zeus, mientras que sus amigas se quedarán atrás. Ella, en el centro del grupo, brilla con el doble de fuerza, con su piel bronceada pareciendo casi tan dorada como sus ojos.
—Sé lo que te gusta la belleza y el poder, Armand —dice Diane, obligándome a apartar la vista de la zeus—. Pero hay veces que la belleza está fuera de tu alcance y esta es una de ellas. Hasta tú sabes a qué puedes aspirar.
—Sólo estaba pensando en cómo les quedarían mis nuevos diseños.
—Pues sigue imaginándolo, porque es la única manera en que las verás con ellos —declara Diane, sin rodeos—. No eres nadie. Acabas de empezar con tu marca, como quien dice. ¿Cuánto llevas? ¿Cuatro meses? Y gran parte de la gente que está interesada en ella es porque hiciste ese vestido para Ianthe Kore y ella accedió a ponérselo porque es tu amiga.
Chasqueo la lengua. Hace que suene como si no pudiera crearme un público. Pero he trabajado duro (han sido más de cuatro meses, si cuentas el tiempo previo que he necesitado para prepararlo todo), tengo talento y…, sí, puede que tenga algunos contactos. Los suficientes, al menos, como para empezar a hacerme un hueco.
Pero también me he quedado atrás. Otra gente de mi edad tiene ya una carrera sólida. Claro que otra gente de mi edad no se pasó cinco años de su vida como comandante en una nave de investigación de Deméter, al contrario que yo.
Así que necesito un pequeño empujón. Y si tengo la oportunidad de camelarme a quien pueda dármelo, ¿por qué no iba a hacerlo? No soy estúpido. No creo que el trabajo y el esfuerzo sean lo único que te llevan a la cima. No en Olympus.
¿Y quién no ha imaginado alguna vez estar cerca de Zeus, aunque sólo sea para diseñar su ropa? ¿De qué no hablarán los poderosos a puerta cerrada? Cuatro halagos bien pensados, una pregunta casual y, si tienes suerte y habilidad, puedes soltarle la lengua a cualquiera. Y no me atrevo a imaginar cuántos cotilleos y secretos tendrán esa chica para contar. Cuántos planes de Zeus…
—Nadie más va a fijarse en mí si no me arriesgo un poco, ¿no crees? Al menos, no a corto plazo.
¿Y qué es lo peor que puede pasarme? ¿Intentarlo y que me ignoren? ¿Que se burlen de mí? Mi ego podrá soportarlo.
—Adelante, haz el ridículo: será divertido de ver y todavía más de contar —se burla mi acompañante.
—¿Es un reto, querida?
—Son hechos. Pero si quieres que apostemos…
No necesito ningún aliciente para que esto salga bien. Además, Diane puede ser… retorcida. Y me conoce más de lo que quisiera.
—Así que ya has bebido lo suficiente como para cometer todo tipo de errores, como apostar en mi contra. Pero ahora siento curiosidad: ¿qué quieres si me ignoran?
Diane finge pensárselo. Sus ojos repasan la sala, el arreglo de colores, y luego se posan de nuevo sobre las tres chicas. Me pregunto si le gustaría ser como ellas, aunque ya sea perfecta y exitosa a su manera. Me pregunto si se ha imaginado alguna vez vestida de dorado en una de estas fiestas. Yo soy consciente, de pronto, de lo bien que encajaría el color contra su piel negra, de cómo brillaría su belleza envuelta en oro.
—Ni una gota de maquillaje durante un mes en tu preciosa cara —dice de pronto—. Ni la base más simple del...




