E-Book, Spanisch, Band 141, 568 Seiten
Reihe: El Ojo del Tiempo
Pascual El gabinete mágico
1. Auflage 2023
ISBN: 978-84-19553-95-9
Verlag: Siruela
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
Libro de las bibliotecas imaginarias
E-Book, Spanisch, Band 141, 568 Seiten
Reihe: El Ojo del Tiempo
ISBN: 978-84-19553-95-9
Verlag: Siruela
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Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
Emilio Pascual (Tejares, Segovia, 1948) estudió Filología Hispánica en la Complutense de Madrid. Su vocación de profesor se vio permanentemente pospuesta por las aventuras editoriales en Anaya y en Cátedra. En 1999 obtuvo el Premio Lazarillo por Días de Reyes Magos, que se vio corroborado al año siguiente con el Nacional de Literatura Infantil y Juvenil. Una docena de libros, entre los que cabría recordar El fantasma anidó bajo el alero, Apócrifos del Libro y El número de la Bella, han dejado testimonio de su fervor por la lectura.
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Preludio
Todos los libros —salvo tal vez El farmacéutico a caballo1— empiezan por el principio. Unos pocos comienzan «en el principio…». Tal la biografía de Magallanes de Stefan Zweig: «En el principio fueron las especias». El otro es la Biblia, cuyo «En el principio Dios creó el cielo y la tierra» es el motivo preliminar de una modesta biblioteca. (Modesta por su número de libros, no por sus pretensiones, como ha ilustrado Mario Brelich2). En ese versículo ya estaba el germen de todo libro y de toda biblioteca. Corrijamos, pues: en el principio fue el libro.
Quienes han tenido la fortuna —o el desvarío— de transitar por la Biblioteca de Babel saben que la biblioteca es uno de los nombres del universo, y el hombre, su «imperfecto bibliotecario». Más mesurado o menos decidido, ya lo había sospechado el filósofo Belarmino, para quien el universo era el Diccionario, y el hombre, su frugalísimo comensal3. Parece evidente que hombre y libro estaban condenados a encontrarse en cuanto el primero sintiera la urgencia de plasmar un piropo, una suma, una chuflilla, un monitorio cave canem. Su lógica, su ineludible consecuencia era la biblioteca, como el aparador cuando descubrió el tarro.
No sabemos si la invención de la pluma estilográfica «se pierde en esa oscuridad oliente a queso de Gruyère que se denomina noche de los tiempos», como supuso Jardiel. Lo que sí parece averiguado es que los primeros escritos tuvieron primero una naturaleza puramente funcional4, y solo más tarde adquirieron un carácter mágico: quizá por ello los primeros archiveros y bibliotecarios fueron sacerdotes, a causa de la aureola sacra que envolvía a los libros. Nadie ignora la pasión con que los custodiaba Jorge de Burgos, uno de sus más fanáticos secuaces.
Desde sus orígenes, los libros han adoptado formas caprichosas y a menudo pasajeras. La actual es también muy vulnerable y desde luego no definitiva. Guy Montag lo sabía perfectamente. Las casas pueden estar construidas a prueba de incendios, pero los libros no: a 451 °F los libros arden. Ya se sabe: «El lunes Millay, el miércoles Whitman, el viernes Faulkner…». Es cierto que, el 19 de agosto de 1936, un testigo de la pira de libros en la Dársena y en la plaza de María Pita de La Coruña certificó que los falangistas, durante la «operación de quema», estaban concentrados en «el problema de lo mal que arden los libros». No es menos cierto que el maestro Voland, «profesor de magia negra», aseguró que «los manuscritos no arden», como confirmaría el hecho de que con los diarios de Bulgákov «sucedió uno de los milagros bulgakovianos. El escritor quemó su diario, pero ahora lo podemos leer. ¡Los manuscritos no arden!»5. Todo eso es cierto, lo cual solo demuestra que el libro es tan resistente como frágil, y siempre nos queda Borges para recordarnos que, «si el mundo es el sueño de Alguien, si hay Alguien que ahora está soñándonos y que sueña la historia del universo, como es doctrina de la escuela idealista, la aniquilación de las religiones y de las artes, el incendio general de las bibliotecas, no importa mucho más que la destrucción de los muebles de un sueño»6.
El mismo Borges dejó dicho que el libro es una cosa entre cosas. Sobre su uso y abuso se han desgranado no pocas ironías. Creo haber leído en algún sitio —pero no he sabido verificarlo— que, entre las utilidades de un libro, Mark Twain hallaba que, si el libro era pequeño y delgado podría servir de cuña para la pata de una mesa coja; si voluminoso y contundente, de ladrillo o proyectil (no en balde tocho también remite a ‘ladrillo’). Así lo escribe aquel personaje de Sciascia desengañado de la guerra española, en la que perdió una mano, quizá por simetría con la de otro manco que la perdió en las guerras de Italia: «El libro es una cosa, lo puedes poner encima de la mesa y mirarlo apenas, incluso para apuntalar una mesa coja lo puedes usar, o para tirárselo a la cabeza a alguien, pero si lo abres y lo lees se convierte en todo un mundo»7. Y Carlos María Domínguez lo ha corroborado en La casa de papel: «A lo largo de los años he visto libros destinados a equilibrar la pata manca de la mesa; los conocí convertidos en mesa de luz, dispuestos en forma de torre y con un paño por encima; muchos diccionarios han planchado y prensado más objetos que las oportunidades en que fueron abiertos, y no pocos libros guardan, disimulados en los estantes, cartas, dinero, secretos. Las personas también cambian el destino de los libros» (p. 91).
Resistente y frágil, el libro. Antiguo. No deja de ser curioso que un tamaño tan socorrido para la máquina de imprimir formato III, como es el de 16 × 24, se parezca notablemente al de las tablillas de arcilla cocida encontradas en el palacio ninivita de Asurbanipal, el rey asirio a quien Esdras adjetivó como magnus et gloriosus (Esd 4, 10). Mario Satz ha imaginado aquella biblioteca «como un lugar fresco y a la par seco, protegido por gruesas paredes y dos torres, una desde la que se observaban los fenómenos atmosféricos y otra para mirar las constelaciones y reverenciar sus estrellas».
Pero en la antigüedad, debido al sistema unicelular de producción, los libros tenían el encanto de los ejemplares únicos. Es fama que Demóstenes había copiado por sus propios pulgares todos los libros de su biblioteca. Quizá su número no fue excesivo, y por ello no necesitó copistas. Pero la afición a los libros no se detuvo por estas menudencias. Sesenta y dos mil volúmenes tenía Sereno Samónico8, cuya influencia en toda la literatura posterior ha sido decisiva, como todo el mundo sabe, a pesar de que Macrobio lo recuerda como «un sabio de aquella época»9. Era la suya presumiblemente una biblioteca ostentórea. Lucano y Séneca —que, de creer a Borges, «antes del español escribieron toda la literatura española»— se burlaron de este apetito desordenado de convertir las bibliotecas en objeto de exhibición10, vicio en que no incurriría Pepe Carvalho, por ejemplo.
Marcial no tuvo tantos, pero Emmanuel Carrère los ha visto como un lujo. «Su verdadero lujo —escribe— es su biblioteca, compuesta de rollos de papiros a la antigua y también de codex, esos legajos de hojas encuadernadas, escritas por las dos caras, que exceptuando el detalle de que el texto no está impreso, sino copiado a mano, son libros en el sentido moderno de la palabra. Este nuevo soporte empezaba a sustituir al antiguo, como actualmente el libro electrónico: se estaba haciendo, todavía no estaba hecho. Así se editaron los grandes clásicos, Homero, Virgilio, pero también éxitos de ventas contemporáneos como las Cartas a Lucilio, y cuando el propio Marcial acceda a este honor con sus últimas recopilaciones de epigramas, se sentirá tan orgulloso como un escritor francés al que publican en vida sus obras en La Pléiade».
Un hombre con gafas u ojos de lechuza se quedó maravillado ante la biblioteca de Jay Gatsby, y no tanto por la «puerta de imponente aspecto», que custodiaba aquella «alta biblioteca gótica, artesonada con roble inglés tallado, que probablemente había sido trasladada completa desde alguna ruina situada al otro lado del mar», sino por la simple razón de que contenía libros de verdad y no de cartón, como la del ricote erudito madrileño o, al menos en parte, la de Máximo Bru. En cambio Porthos, barón Du Vallon y señor de Bracieux de Pierrefonds, dejó en su testamento una «biblioteca, compuesta por seis mil flamantes volúmenes, que nunca habían sido abiertos». Solo la biblioteca, más tarde librería, del gabonés de ascendencia vasca Menkele Echeverría no se mensuraba por número sino por tiempo: desconocemos el número de volúmenes; solo tenemos noticia de que constaba de «diecinueve horas y veintisiete minutos de libros», el tiempo que invirtió «en tenerlos uno tras uno en la mano y colocarlos en su nuevo emplazamiento».
Medio millón se dice que allegó Eratóstenes, contemporáneo de Arquímedes y Apolonio, y en su caso no por ostentación ni altisonancia11. Jean-Étienne Montucla, miembro perpetuo que fue de la Académie Française, y a quien la historia jamás podrá agradecer como se debe sus imprescindibles investigaciones sobre la cuadratura del círculo12, asegura que fue un hombre sobresaliente en todos los géneros del saber humano y, en su Histoire des mathématiques, lo reivindica no solo como matemático y filósofo, geógrafo y astrónomo, sino también como orador, poeta, músico y anticuario. Incluso inventor, si hemos de creer a Pappus de Alejandría, que en su ?a??µat??? s??a???? le atribuye la invención y construcción del mesolabio. Pero aquí nos interesa sobre todo por su fervor lector y acopio bíblico: cuando supo que una oftalmía le acarrearía irremisiblemente la ceguera, antes que dejar de leer decidió suicidarse13.
«Los libros suelen hablar de otros libros», propuso el sabio franciscano fray Guillermo de Baskerville. (A William Wilson —seudónimo de Daniel Quinn— llegó un momento en que «lo que le interesaba de las historias que escribía no era su relación con el mundo, sino su relación con otras historias»). De ese modo, los libros...




