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E-Book, Spanisch, 934 Seiten

Reihe: Historia

Paso Bajo la sombra de la Historia

Ensayos sobre el islam y el judaísmo, vol. I
1. Auflage 2023
ISBN: 978-607-16-7733-4
Verlag: Fondo de Cultura Económica
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

Ensayos sobre el islam y el judaísmo, vol. I

E-Book, Spanisch, 934 Seiten

Reihe: Historia

ISBN: 978-607-16-7733-4
Verlag: Fondo de Cultura Económica
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)



La obra de Fernando del Paso se ha caracterizado por su lucidez y creatividad, y estas páginas no son la excepción. En Bajo la sombra de la Historia. Ensayos sobre el islam y el judaísmo el autor presenta en tres volúmenes un conjunto de excelentes ensayos de interpretación histórica y convierte a la historia misma en vehículo de explicación y en una fuente inagotable de respuestas para su propia curiosidad. A partir de la pregunta ¿en qué creen los que sí creen?, Fernando del Paso desarrolla su interés por 'el otro' y nos presenta un recorrido por la historia del Medio Oriente, cuna del islam y del judaísmo, donde analiza sus prácticas y representaciones culturales: dioses, costumbres, tradiciones, ideologías, cosmologías y todo aquello que constituía, y constituye, su interpretación del mundo. El resultado es una visión panorámica del surgimiento y desarrollo de estas dos religiones, escrita con precisión pero sin carecer de profundos elementos narrativos que la sitúan al alcance de todo público.

Fernando del Paso (1935 - 2018) trabajó en diversos diarios, revistas y agencias de publicidad. En Francia, fue consejero cultural y cónsul general de México. Como dibujante y pintor presentó sus obras en México, Londres, Madrid, París y los Estados Unidos. Obtuvo diversos reconocimientos como el Premio Xavier Villaurrutia, el Premio de Novela México, el Premio al Mejor Libro Extranjero, en Francia, el Premio Juan Rulfo y el Premio Miguel de Cervantes. El FCE ha publicado sus novelas laureadas José Trigo y Palinuro de México, así como su novela policiaca Linda 67. Historia de un crimen y su obra dramática La muerte se va a Granada.
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I
De la mano de Dios


LIBRE DEL PECADO DE ORGULLO

Yo no soy un historiador. Pero soy un testigo de mis tiempos. Un testigo privilegiado.

Privilegiado por ser agnóstico y por ser latinoamericano.

Que me había transformado en agnóstico —aunque en ese entonces no conocía esta palabra— lo descubrí cuando tenía 12 o 13 años de edad: un día perdí la fe de una manera fulminante y definitiva.

Que era yo un latinoamericano me di cuenta cuando salí de México para vivir primero en Estados Unidos y después en Londres.

Hay una diferencia entre ser ateo y ser agnóstico. Agnóstico es un término acuñado por el célebre biólogo inglés del siglo XIX T. H. Huxley, quien al parecer se inspiró en la inscripción Agnostos Theos —“Al Dios desconocido”— que San Pablo afirmó haber visto en un altar de Atenas.1 Ateo —y en particular el dogmático— es el que niega de manera rotunda la existencia de Dios. Agnóstico es el que está convencido de que nunca será capaz de descifrar los misterios de la Creación, y por lo tanto se abstiene de cualquier intento al respecto. El Diccionario de filosofía de Ferrater Mora nos dice: “El agnosticismo en el sentido de Huxley no se opone al saber; se opone únicamente a la pretensión de saber lo que no se sabe”.2 Y más adelante nos recuerda que el filósofo español Tierno Galván distingue, en el ateo, una voluntad: la de que Dios no exista, voluntad que no tiene el agnóstico. El agnóstico no echa de menos a Dios, se limita “a vivir en la finitud”. En cierto modo, el ateo dogmático es un no creyente activo y proselitista, y el agnóstico, un no creyente pasivo. Pero existe también el ateo escéptico, que comparte con el agnóstico el reino de la indiferencia.

También comparten ambos —el ateo y el agnóstico—, aunque no siempre, la indignación ante tanto crimen y tanta estulticia consentidos por el Dios al que los creyentes judíos llaman justo y los musulmanes, y en mayor medida los cristianos, todo misericordia. Pero al mismo tiempo ambos procuran vivir un poco dentro del olvido de la realidad —nadie tolera una dosis muy alta de realidad, decía Cioran, a quien cito de memoria— y darle cada día un poco de sentido a su vida. Este poco de sentido crece a medida que tanto el uno como el otro actúen dentro de un marco ético que pudo haber tenido como origen, algunas veces, el haber sido educado en la infancia en el seno de una religión, o que es resultado de haber elegido, motu proprio, un equilibro entre el egoísmo, que es el amor por sí mismo, y el amor a los demás, cuando éste existe. Porque no siempre se da. También entra en estas consideraciones la conveniencia: “No hagas a los demás lo que no quieras que te hagan a ti”, como dice el Talmud.

En ocasiones, los no creyentes despertamos cierta compasión en algunos creyentes: después de todo, para ellos, los no creyentes somos unos seres desvalidos, literalmente abandonados por Dios. Suelen también pensar, los creyentes, que para un ateo la vida no tiene sentido. En realidad, vista desde cualquiera de las dos posiciones, la vida no tiene sentido. El creyente se lo inventa. El ateo lamenta esta ausencia y trata de superarla porque sabe, o intuye, que si la vida del ser humano tuviera sentido, no tendría sentido: todos seríamos ángeles. Dios nos dio esa maravilla que es la razón, pero al mismo tiempo la limitó a un extremo doloroso. Dios nos creó, dice la Biblia, dice el Corán, para que lo adorásemos, pero no nos proporcionó las herramientas suficientes para hacerlo. Yo no puedo adorar algo que no entiendo y que sé que nunca entenderé. Un dicho judío afirma que lo único que tiene que explicar el creyente es la existencia de Dios. En cambio, el ateo tiene que explicar la existencia de todo lo demás.3 Pero yo pienso que, si una de las características inmanentes de Dios es la inexplicabilidad, los creyentes, entonces, nada se explican, y esto nos coloca en igualdad de circunstancias.

Sin embargo, las más de las veces los ateos provocamos no la lástima de los creyentes, sino su irritación, y algo más grave aún: el desasosiego. No entienden por qué no creemos, no quieren entenderlo, no les gustaría entenderlo. Lo que es más: a lo largo de mi ya larga vida, me he encontrado con muchas personas que piensan que en el fondo, muy en el fondo, los no creyentes creemos, pero que la soberbia no nos deja confesarlo. Les molesta también que no creamos en el infierno —sólo en el que vivimos—, que sería por antonomasia el castigo merecido por los ateos, ni en el premio al que nos acercaríamos si comenzáramos a creer: el cielo. No comprenden que para un ateo —el buen ateo, esto es, el buen amigo, el hombre honesto y leal, el buen ciudadano, buen hijo y buen padre— el premio de sus buenas acciones son las acciones mismas. Y el castigo para las malas acciones, si no el infierno eterno, sí algunas temporadas en él. Concepto nada nuevo, por supuesto; ya lo decía el gran filósofo judío Baruch Spinoza y, varios siglos antes, el heresiarca Pelagio, quien además de no creer en la transmisión del pecado original, afirmaba que la gracia sobrenatural del Señor no era indispensable para que un hombre viviera una vida santa.

“Creer en Dios es un pecado de orgullo […] el ateísmo, a la inversa, es una forma de humildad”, nos dice el filósofo francés André Comte-Sponville,4 quien, sin embargo, no deja de señalar que, en lo que se refiere a la pérdida de un ser querido, los agnósticos somos mucho más vulnerables que los creyentes:5 tenemos la convicción de que nunca lo volveremos a ver, nunca, en toda la eternidad.

Aunque esto nos da una pequeña ventaja: cuando ocurre una desgracia así, no tenemos un Dios a quién reclamarle. No tenemos un Dios de cuya misericordia podamos dudar.

¿En qué creen los que no creen? es el título de la publicación de un debate que se dio entre el gran escritor y lingüista italiano Umberto Eco y el entonces cardenal de Milán, Carlo Maria Martini. La mejor respuesta que yo encontré en su lectura a esta pregunta es de Eco: “[los ateos] encuentran en la Vida, en el sentimiento de la Vida, el único valor, la única fuente de una ética posible”. Y agrega a continuación: “Y sin embargo, no existe un concepto más fugitivo, vago, o como suelen decir ahora los lógicos, fuzzy —esto es, confuso—”.6 Eco tiene razón. Muy pocas cosas hay tan vagas, fugitivas y, en una palabra, confusas, como la propia vida. En otras palabras, el sentido que para un agnóstico tiene la vida corresponde a las características mismas de la vida.

Pascal piensa que la autoafirmación de un no creyente, lejos de ser una manifestación llena de alegría, debería ser un acto cargado de tristeza. Para mí, ser un no creyente no es un hecho que me haya dado una satisfacción particular. Tampoco una tristeza especial. No vivo en la noche oscura del alma, como podría suponer San Juan de la Cruz. Tristeza tengo, sí; la he tenido desde siempre, por el mundo. “Pobre gente toda la gente”, decía el gran poeta portugués Fernando Pessoa. Sí, pobre gente todos nosotros.

Esto no significa que tenga lástima de mí mismo. Al menos no más de la que es estrictamente necesaria para aproximarme a la comprensión de los vínculos que existen entre mi persona, como ser humano, y la realidad. Entre mi persona y los demás. Entre mi vida y mi muerte. Entre el encanto del paraíso perdido que es la infancia, cuando se tiene una infancia razonablemente feliz —que no es siempre el caso, pero fue el mío—, y el desencanto que, con paso lento, se apodera de nosotros a medida que pasan los años. Que tampoco es siempre el caso, pero que sí es el mío.

Durante muchos años pensé —lo que desde luego implicaba una buena dosis de arrogancia— que los no creyentes entendemos mejor por qué creen los creyentes, de lo que los creyentes entienden por qué no creemos los no creyentes. Sin embargo, un día me di cuenta de que no siempre es así, y que una buena parte de mi vida la había dominado —la domina todavía— una curiosidad nunca saciada: la de encontrar una respuesta a la pregunta inversa a la que da título a la polémica entre Eco y el cardenal de Milán: ¿en qué creen los que sí creen? Y sobre todo, ¿por qué?

Una de las experiencias que más me impresionaron en la infancia está vinculada a un muchachito que no podía tener un apellido más judío: Cohen. En la calle donde nací, en la colonia Roma de la Ciudad de México, vivían dos o tres familias judías que tenían grandes residencias. Unas cinco calles hacia el este del barrio existía un núcleo de judíos de muy escasos recursos. Éstos eran los que enviaban a sus hijos a las escuelas públicas. Mis padres me inscribieron primero en una escuela de monjas, pero no pudieron pagar la colegiatura y me enviaron entonces a la primaria Benito Juárez. Allí conocí a Cohen. Como en toda escuela pública mexicana, estaba prohibido enseñar religión. Pero la maestra de tercero de primaria, una española franquista, católica acérrima, nos obligaba a todos a rezar el Padre Nuestro y a persignarnos antes de comenzar las clases. No hacía excepción con el pequeño Cohen, el único judío de la clase: era necesario salvar su alma. Y a Cohen, mientras movía la mano y los labios, se le escurrían las lágrimas. Creo que ésa fue la primera vez que aprendí lo que significaba la palabra injusticia, porque cuando se lo...



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