E-Book, Spanisch, 119 Seiten
Reihe: Centzontle
Paso El va y ven de las Malvinas
1. Auflage 2023
ISBN: 978-607-16-7734-1
Verlag: Fondo de Cultura Económica
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
E-Book, Spanisch, 119 Seiten
Reihe: Centzontle
ISBN: 978-607-16-7734-1
Verlag: Fondo de Cultura Económica
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Fernando del Paso (1935 - 2018) trabajó en diversos diarios, revistas y agencias de publicidad. En Francia, fue consejero cultural y cónsul general de México. Como dibujante y pintor presentó sus obras en México, Londres, Madrid, París y los Estados Unidos. Obtuvo diversos reconocimientos como el Premio Xavier Villaurrutia, el Premio de Novela México, el Premio al Mejor Libro Extranjero, en Francia, el Premio Juan Rulfo y el Premio Miguel de Cervantes. El FCE ha publicado sus novelas laureadas José Trigo y Palinuro de México, así como su novela policiaca Linda 67. Historia de un crimen y su obra dramática La muerte se va a Granada.
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Prólogo
Las Malvinas van y vienen
Son como islas flotantes. Algunas veces los ingleses se asoman a la ventana y allí, en el horizonte, como si estuvieran a punto de desembarcar en las costas de Southampton, están las Malvinas. O Islas Falkland, como las llaman. Es entonces cuando se acuerdan de ellas.
Otras veces se alcanzan a ver desde Buenos Aires. O mejor dicho, todos los días: los argentinos nunca las olvidan. Para ellos siempre están presentes.
Hace 30 años, nadie las veía por ninguna parte.
Y de pronto, surgieron en medio de las aguas, co-mo un volcán.
El Atlántico Sur estaba en llamas.
Yo vivía en ese entonces en Londres y trabajaba en la British Broadcasting Corporation, más conocida, a lo largo y redondo del planeta, como la BBC. Me desempeñaba en los External Services —o Servicios Externos— como traductor, locutor y productor de programas de radio del Servicio Latinoamericano. Y oca-
sionalmente como entrevistador de personajes latinoamericanos que pasaban por Londres. Es decir, de aquellos que nos asignaban. En una ocasión entrevisté a un hermano de Ernesto Guevara. Mis jefes no permitieron que, en la presentación de la entrevista, mencionara su vínculo familiar con el Che. La entrevista, de la que se cortó todo lo que se decía sobre el héroe argentino, quedó reducida a una conversación insulsa e intrascendente con un médico sudamericano que visitaba nuestra emisora. En otra ocasión, uno de mis colegas conversó con la hermana de Fidel Castro, Juanita. Ésa vez se hizo hincapié, en la introducción, de su parentesco con el líder cubano, y no hubo cortes: el odio de Juanita le dio a la entrevista el tono deseado por la BBC.
Transmitíamos en onda corta (en las bandas de 25, 31 y 49 metros) para los países de habla hispana de la América Latina.
Nuestros estudios estaban ubicados en un soberbio edificio situado en el corazón de la capital británica, llamado Bush House, que compartíamos con un gran número de profesionales de la radio que a su vez transmitían en húngaro, árabe, francés, ruso, swahili, portugués, rumano, etc. En total, en 31 lenguas.
De la BBC en general, por así decirlo, todos los británicos eran los dueños. Pagaban una licencia cada año para garantizar la independencia de las numerosas emisoras de radio y las dos de televisión que entonces tenía: BBC1 y BBC2. En otras palabras, no era el gobierno británico el que financiaba a la BBC. Eran sus propios oyentes y televidentes. Esta autonomía garantizaba la imparcialidad de la BBC en el terreno político, así como el alto nivel cultural de su contenido. BBC1 y BBC2 se encargaron de hacer, en el siglo pasado, la mejor televisión del mundo.
Los Servicios Externos, en cambio, estaban financiados directamente por el Ministerio de Relaciones Exteriores británico: éramos el instrumento de propaganda del Reino Unido. Por lo mismo —y así lo expreso en mi libro de reciente publicación por esta editorial, Bajo la sombra de la Historia— la imparcialidad estaba muy lejos de ser una de sus prioridades: el criterio de los servicios extranjeros de la BBC daba tantos bandazos hacia la izquierda, la derecha o el centro como era necesario para ajustarse a los imperativos políticos de los sucesivos gobiernos británicos. Una fue la BBC que existía cuando ingresé en 1971, apenas un año después de que dejara el cargo como primer ministro el líder del Partido Laborista, Harold Wilson, y otra muy distinta la BBC de la que salí, en 1985, cuando Margaret Thatcher, la Dama de Hierro y líder del Partido Conservador, era la que llevaba las riendas del Reino Unido.
En este sentido, no nos diferenciábamos gran cosa de las emisoras oficiales de otras naciones cuyo objetivo era el mismo: la propaganda. Entre ellas, The Voice of América [La Voz de América], Radio Pekín o Radio Moscú, la RFI [Radio France Internationale] la Deutsche Welle alemana, Radio Vaticano, Saud El Arab de El Cairo, Radio Martí de Miami, Radio Europa Libre o Kol Israel.
Esto significaba que nuestras libertades estaban limitadas. La línea la dictaba el Ministerio.
En algo importante, en cambio, sí que éramos distintos: la propaganda británica era, de todas, la más elegante y discreta. La más sutil.
Por otra parte, de todas las emisoras de onda corta que en el mundo han sido, la BBC era, de lejos, la de mayor prestigio. Se lo había ganado durante la segunda Guerra Mundial cuando era escuchada con avidez y en la clandestinidad por los habitantes de los territorios europeos dominados por los nazis. Fue así que el Servicio Francés de la BBC, transmitido desde una localidad secreta, ya que Bush House era entonces un blanco fácil para los bombardeos, transmitía las arengas que el general De Gaulle dirigía a la Francia ocupada, en las que exhortaba a los ciudadanos franceses a unirse a los maquisards.
Y gracias a todo esto, y en virtud de que entre la Gran Bretaña y nuestros países no había ningún conflicto, el Servicio Latinoamericano de la BBC navegaba viento en popa por un mar de aguas tranquilas.
Y entonces ocurrió el maelström: la Batalla de las Malvinas.
La invasión de las islas por los argentinos causó una verdadera conmoción no sólo en los círculos políticos británicos: también en el Servicio Latinoamericano de la BBC. Los periodistas mexicanos, chilenos, argentinos, venezolanos y de otras nacionalidades latinoamericanas que entonces trabajábamos en la BBC nos enfrentamos a un dilema inesperado. Todos sabíamos que uno de los principales propósitos del entonces tirano de Argentina, el general Galtieri, era el de distraer a su pueblo de los crímenes de lesa humanidad cometidos por su gobierno durante la llamada guerra sucia, mediante un chubasco súbito de patrioterismo y demagogia.
Pero también todos estábamos conscientes de un hecho simple y elocuente: las Malvinas están situadas a unos 500 kilómetros del litoral sudoriental de la Argentina, y a diez, quince, veinte veces más lejos de las costas de Gran Bretaña, y sin la menor duda su historia justificaba —y justifica aún— la reclamación de su soberanía por parte de los argentinos.
Salvo unos tres o cuatro de nosotros, que padecían de una anglofilia rabiosa, el resto no sabía qué hacer. Pronto lo sabríamos: nada. En una reunión de emergencia en las oficinas del Ministerio de Relaciones Exteriores británico, unos funcionarios se encargaron de darnos las instrucciones pertinentes. Con la soberbia clásica británica —que en ocasiones puede ser inmensa—, nos ordenaron que en los noticieros nunca mencionáramos a las Malvinas sin antes dar su nombre en inglés: Islas Falkland. A continuación nos dieron una lección de historia (de su historia, la británica), en un intento por convencernos de que eran ellos, los ingleses, los únicos propietarios, legítimos, de las islas y lo seguirían siendo.
Sus amonestaciones y directrices fueron doblemente inútiles. Primero, porque los comentarios de carácter político que se leían en la radio estaban escritos o por los propios ingleses que trabajaban en las oficinas editoriales de Bush House o por destacados periodistas de la misma nacionalidad a quienes los Servicios Externos solían contratar en calidad de freelancers, entre ellos, algunos destacados periodistas de diarios como The Times, The Guardian, The Economist, The Financial Times, o los semanarios The New Stateman o The Observer. Por otra parte, los noticiarios para todos los servicios eran redactados en lo que se llamaba el Central Desk de Bush House, y nosotros, los periodistas, así fuéramos húngaros, pakistanís o árabes, debíamos limitarnos a traducirlos literalmente, sin cambiar una coma: regla inflexible que siempre existió, antes, durante y después de las Malvinas.
Nuestra opinión, por lo tanto, no sólo importaba un comino: estaba censurada.
Segundo, fue inútil ese lineamiento, porque apenas a dos o tres días de la invasión de las islas, los británicos se sacaron de la manga, de la noche a la mañana, una estación de radio de onda corta, en español, a la que llamaron Radio Atlántico Sur. Ninguno de nosotros, los colaboradores del Servicio Latinoamericano de la BBC, identificó alguna de las cinco o seis voces que transmitían en nuestro idioma, y que eran evidentemente voces educadas para la radio, claras y convincentes. Creo que sobra decir que la clase de propaganda que esa radio fantasma transmitía sí que era cínica y agresiva: la Gran Bretaña estaba en guerra con un país latinoamericano.
Lo peor fue que, en el momento del nacimiento de Radio Atlántico Sur, las autoridades británicas incautaron en beneficio de ésta las repetidoras que tenía la BBC en las islas Santa Elena y Antigua, indispensables para que las transmisiones de nuestro servicio llega-ran a toda Latinoamérica: desde el Río Bravo hasta el Cabo de Hornos. En otras palabras, el propio gobierno bloqueó a la BBC. La redujo al silencio.
Pero no por eso nuestro servicio dejó de trabajar. Durante las ocho semanas que duraron las escaramuzas sangrientas en el sur del Atlántico, continuamos produciendo los programas de siempre, con el mismo número de horas de siempre, en una atmósfera febril llena de suspicacias, iniciativas inútiles y una profusión de reuniones de emergencia. Como si alguien nos escuchara. Como si nuestras emisiones se dirigieran a algún país o un grupo de países. Le hablábamos a nadie. Transmitíamos a ninguna parte.
Ése fue un ultraje grave que el gobierno británico hizo a sus...




