Paso | Palinuro de México | E-Book | www.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, 648 Seiten

Reihe: Letras Mexicanas

Paso Palinuro de México


1. Auflage 2023
ISBN: 978-607-16-7738-9
Verlag: Fondo de Cultura Económica
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

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Reihe: Letras Mexicanas

ISBN: 978-607-16-7738-9
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Palinuro de México es una monumental parodia donde todo parece excesivo, una novela polifónica que se vale de la lengua, la cultura y la recreación de todos los mundos imaginables para ofrecer una narración que mantiene una relación ambivalente con la historia reciente de México. Aunque puede leerse como una novela política, reflejo del espíritu revolucionario juvenil que floreció en México en los años sesenta, también se trata de un artefacto artístico de una gran exuberancia narrativa, que parece alejarse de la historia para encerrarse en un deslumbrante ejercicio verbal.

Fernando del Paso (1935 - 2018) trabajó en diversos diarios, revistas y agencias de publicidad. En Francia, fue consejero cultural y cónsul general de México. Como dibujante y pintor presentó sus obras en México, Londres, Madrid, París y los Estados Unidos. Obtuvo diversos reconocimientos como el Premio Xavier Villaurrutia, el Premio de Novela México, el Premio al Mejor Libro Extranjero, en Francia, el Premio Juan Rulfo y el Premio Miguel de Cervantes. El FCE ha publicado sus novelas laureadas José Trigo y Palinuro de México, así como su novela policiaca Linda 67. Historia de un crimen y su obra dramática La muerte se va a Granada.
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I. La gran ilusión


LA CIENCIA DE LA MEDICINA fue un fantasma que habitó, toda la vida, en el corazón de Palinuro. A veces era un fantasma triste que arrastraba por los hospitales de la tierra una cauda de riñones flotantes y corpiños de acero. A veces era un fantasma sabio que se le aparecía en sueños para ofrecerle, como Atenea a Esculapio, dos redomas llenas de sangre: con una de ellas, podía resucitar a sus muertos queridos; con la otra, podía destruirlos y destruirse a sí mismo.

Entre sus muertos queridos estaba —o estaría algún día, cuando en su pecho dejaran de escucharse las crepitaciones infinitesimales que lo ahogaban, oscuras y apenas perceptibles como un aleteo de mariposas— el tío Esteban, uno más de los seres queridos o admirados por Palinuro, que como él estaban vinculados desde siempre con la medicina. En efecto, el tío Esteban, que tenía manos largas y blancas capaces de copiar en el aire una operación maestra y ligar con dos arabescos la arteria ilíaca de John Abernethy, el cirujano inglés que cien años antes había inventado la misma operación para asombro de la posteridad, el tío Esteban, decíamos, soñó también con ser médico algún día.

Las campanas de la catedral de Leopoldstadt tocaban a rebato cuando el tío Esteban nació, a la orilla izquierda del Danubio, en un imperio que se extendía desde la Transilvania hasta los picachos helados del Tirol. Su padre, médico cirujano y músico de cámara los domingos y días festivos, lo levantó en sus brazos y lo consagró a todos los dioses de la medicina por él conocidos: Apolo, Danavandri, Esmuno el fenicio y Khors el eslavo. Pero en 1916, o sea cuando el tío Esteban tenía dieciséis años porque había nacido exactamente con el siglo en el que se cumpliría el vaticino de Von Hofmannsthal, y Austria se derrumbaría y con ella la Kakania entera —muerto ya su padre y lejos de los instrumentos quirúrgicos y de los libros que había heredado—, el tío Esteban, que estudiaba entonces en Berlín, se vio de pronto enrolado en las filas del ejército alemán.

Y esto decidió para siempre su destino, el de Estefanía y el mío. En julio del mismo año el tío Esteban participó en la Batalla del Somme y gracias a que una bala se desvió unos milímetros y no le perforó la aorta, el tío se salvó de ser uno de los cuatrocientos mil soldados del ejército alemán que quedaron en el campo, y cuya sangre se mezcló con el jugo de las remolachas francesas mientras los buitres se llevaban en sus picos las páginas de La Estrella de la Alianza. Ésta fue la primera vez que el tío se salvó de la muerte.

Durante los primeros meses que pasó en el hospital —si hospital podía llamársele a esa serie de tiendas de campaña sucias y hediondas donde conoció a la enfermera polaca—, el tío Esteban tuvo oportunidad de leer varios libros de cirugía y de medicina, y de confirmar una vez más su vocación. Se prometió que cuando acabara la guerra iniciaría sus estudios facultativos y que con el tiempo llegaría a ser un cirujano de prestigio en su querida Budapest. Cualquiera hubiera dicho que el tío Esteban pasó una mala temporada entonces: iba de una complicación a otra, de una fiebre recurrente a una disentería, de una infección a un delirio. Y además, y para colmo, hubo necesidad varias veces de transportar el hospital con todo y heridos y moribundos. El tío Esteban nunca supo, por ejemplo, si soñó o fue verdad que en una de esas ocasiones lo llevaron, Alpes arriba, en una camilla que colgaba de un trole aéreo. Pero el caso es que el tío Esteban, absorto en sus dos amores: la medicina y la polaca, pasó en el hospital algunos de los días más deliciosos de su juventud.

Entre una convalecencia y otra se transformó en ayudante de la polaca y aprendió a confeccionar vendajes: la capelina simple, el vendaje de Velpeau y el vendaje de fronda, el guantelete. Después, cuando se acabaron las vendas de algodón, le enseñaron a improvisarlas con musgos esfagnáceos. En pocas semanas, el tío Esteban ya era capaz de aplicar una sonda gástrica o de ponerle a un camarada sifilítico una inyección intravenosa de Salvarsán; y en esas mismas pocas semanas podía diagnosticar una sepsis, recetar una venesección a una víctima de los gases tóxicos, interpretar el sombrío pronóstico de las gráficas de temperatura que mostraban oscilaciones en aguja de campanario, y aplicar soluciones de agua y sal fisiológica en las heridas para estimular la producción de pus. Pero también el tío Esteban se encargaba de realizar una serie de tareas humildes que fueron, más tarde, el mejor ejemplo que pudo darle a Estefanía, como eran simplemente limpiar las encías de los heridos, lavarles el cuerpo con ungüento de zinc y ricino cuando se ensuciaban en la cama, o espulgarles la cabeza en busca de piojos.

“Nada abundó más en la Gran Guerra que los piojos —le contaba el tío Esteban a su hija Estefanía—. Piojos había más que alemanes, rusos e ingleses juntos, multiplicados por mil.” Cuando el tío Esteban y la enfermera polaca hacían el amor, ya fuera en una de las viejas ambulancias tiradas por caballos al estilo sudafricano, o en un laboratorio bacteriológico móvil, siempre, al final o en los intermedios, se quitaban uno al otro los piojos. Luego se dormían o volvían a hacer el amor después de amarrarse a la cabeza una cuerda de lana impregnada con mercurio y cera de abejas. No por eso se querían menos: siendo ella enfermera y él un futuro médico, y viviendo en lo que comenzaban a ser los horrores de la guerra, el tío Esteban y la polaca le perdieron el asco a la vida. El tío era capaz de silbar un concierto brandemburgués cuando incineraba las heces de las letrinas. El tío Esteban, y con él sus amigos húngaros, la polaca y las demás enfermeras, comían y reían junto a los pabellones donde se pudrían los miembros de las víctimas de la gangrena gaseosa, y hablaban de libros, de la familia, de la primavera y de ir a cenar y bailar una noche, cuando acabara la guerra, después de ver en el cine a la Mary Pickford en El sombrero de Nueva York.

Y creció la mugre, y se multiplicaron aún más los piojos, y el tío Esteban se enfermó de pie de trinchera, y a la polaca le picó el ácaro de la sarna, y los dientes de los dos se llenaron de sarro, y ellos siguieron amándose. Aunque es verdad que una vez —o quizás dos, o cinco— se metieron con sus amigos, todos juntos al agua en un enorme barril de madera que les recordó las tinajas donde se pisa la uva y que les permitió soñar que estaban bañándose con vino de Tokay.

Desde entonces el tío se vio a sí mismo casado con la polaca y transformado en un oftalmólogo: los ojos de ella decidieron su especialidad. Pero sus proyectos fueron unos, y las órdenes que le dieron y la suerte que le tocó fueron otras. Le fue negado el permiso para permanecer trabajando en el hospital y lo enviaron de nuevo al frente. El tío Esteban y la polaca hicieron desesperados el amor por unas noches con sus días: unas veces en el fango de la trinchera, otras bajo el toldo de un camión cargado con miles de dosis de suero antitetánico y otra más, la última, en el laboratorio móvil. Al final, el tío Esteban cogió un piojo, lo observó al microscopio y le dijo a la polaca que había descubierto que sus piojos eran piojas porque tenían, todos, un par de tetas negras. Se rieron tanto, que las lágrimas de la polaca bañaron la cruz gamada que le colgaba al cuello, y que según le había explicado ella, era un emblema de la buena suerte y simbolizaba la fuente de la vida y el fuego sagrado. El tío le creyó, porque entonces ni él ni ella —los dos eran judíos— sabían lo que la svástica iba a significar después. Ella, en realidad, no tuvo tiempo de saberlo porque murió con el cuerpo erizado de shrapnel unos cuantos meses después de que el tío Esteban marchó al frente oriental para incorporarse al ejército austrohúngaro. Y él, por lo pronto, casi no tuvo tiempo de llorar su muerte: cuando el general que según el tío Esteban tenía nombre no tanto de militar como de vacuna —la vacuna Brusilov— inició la ofensiva rusa, le tocó al tío Esteban ser uno de los miles de húngaros que fueron hechos prisioneros en los Cárpatos. Y así fue como por segunda vez se salvó de morir. Pero antes arrojó el fusil y corrió, corrió todo lo que pudo, mientras que a miles de kilómetros de distancia, en la tierra que después adoptaría —México—, el abuelo Francisco huía de la Expedición Punitiva comandada por John J. Pershing. El abuelo Francisco, que iba a ser suegro del tío Esteban, era revolucionario, masón de un rito descendiente del Hijo de Hiram y Caltzontzi Vivo, y cabalgaba, como siempre, al lado de su general Villa.

Pero en Siberia, la Siberia de la leyenda, más abajo de la tundra alfombrada de musgos y de líquenes, en la Siberia que después de todo no resultó tan inhóspita y tan en el fin del mundo como le habían contado, al tío Esteban le sobraron los días, las semanas y los años para llorar a la polaca. Para imaginarse cada primavera, al derretirse la nieve, cuando los muertos que habían quedado sepultados durante todo el invierno comenzaban a aparecer, asomando aquí y allá una mano, un pie, un codo, que ella iba a estar allí también bajo la nieve, pálida y congelada. Así lo imaginaba cada vez que en la blancura se formaba un hueco negro y líquido por el que asomaba un mechón de cabello rubio y quebradizo. Tanto la lloró, que cuando lo pusieron en libertad supo que la había olvidado. Tanto también había llorado a su patria, que a pesar de que la Casa de Austria había fracasado en su intento de volver realidad el soberbio lema bilingüe de las cinco vocales:...



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