E-Book, Spanisch, Band 136, 226 Seiten
Reihe: 100xUNO
Peluso / Mereghetti Andrés Aziani, fiebre de vida
1. Auflage 2025
ISBN: 978-84-1339-536-4
Verlag: Ediciones Encuentro
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
E-Book, Spanisch, Band 136, 226 Seiten
Reihe: 100xUNO
ISBN: 978-84-1339-536-4
Verlag: Ediciones Encuentro
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Gian Corrado Peluso, llamado Dado, nacido en La Spezia, es profesor de Letras en bachillerato y actualmente da clase en el Liceo Aldo Moro de Bucarest. Periodista, después de los estudios en el Liceo Parini de Milán se gradúa en la Universidad Católica y trabaja con Andrés desde el año 76 en Siena, durante cuatro años, y después en Perú, durante 12 años, como profesor universitario y decano de facultad en la Universidad Católica Sedes Sapientiae (UCSS) de Lima. Gianni Mereghetti (Abbiategrasso, 1951), profesor, conoce a Andrés Aziani en los campamentos de fútbol del Oratorio San Gaetano de Abbiategrasso; algunos años mayor que él, compartió la experiencia de la escuela superior y de la universidad. Ambos estudiaron Filosofía, aunque asistían a dos universidades distintas. La amistad con Andrés permaneció incluso cuando Andrés se marchó a Siena y a Perú, cuando durante el verano se reencontraba con su amigo, con el que hablaba de lo que había vivido durante el año.
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III. Siena
Aurora Salto fue testigo del antecedente que, en 1976, llevó a Andrés a trasladarse a la ciudad de santa Catalina.
«En diciembre de 1975 —yo tenía cuarenta y tres años— un monje olivetano, el padre Capra, confesor mío desde 1955, me dijo: ‘El domingo por la mañana unos universitarios de Milán pertenecientes a Comunión y Liberación estarán en Monte Oliveto para tener un encuentro con los universitarios de Siena. Vaya usted también a ese encuentro’. Yo le dije que no. Consideraba a CL como un movimiento político y, aunque me suscitaba simpatía, porque era atacado tanto por la derecha como por la izquierda, no quería tener nada que ver con él. Entonces el padre Capra, sin darme explicaciones, dijo: ‘¿Y si le pido que vaya por obediencia?’. Era la primera vez que me hablaba así y no pude rechazar su petición».
El padre Teodoro María Capra (1908-1993), padre olivetano perteneciente a la orden sienesa de Monte Oliveto (originaria del siglo XIV), tenía una obsesión: atraer a los jóvenes hacia Cristo, deseo que había expresado en una oración suya desde los años de la posguerra. Cuando en 1975, después de los ataques violentos a los estudiantes de CL, leyó el artículo de Rocco Buttiglione en el Osservatore Romano, se quedó muy impresionado y empezó a buscar a don Giussani, al que conoció en Milán; le pidió que alguno de sus chicos fuera a Siena para establecer una presencia cristiana en ese ambiente dominado por una mentalidad laicista y de izquierda. Don Giussani le respondió que ya había algunos amigos suyos en Sansepolcro y en Florencia, pero el padre Capra insistió para que se tratara de jóvenes que fuesen muy cercanos a él.
Así es como Giussani le propuso a Andrés ir a Monte Oliveto una primera vez en diciembre de 1975.
«En Monte Oliveto», prosigue Aurora, «conocí a Maurizio y a Andrés, que me impresionó mucho. Alto, muy delgado, el pelo largo y enmarañado, igual que la barba, larga y descuidada. Un rostro nobilísimo, una sonrisa preciosa y unos ojos que, desde detrás de las gafas, te hacían percibir enseguida que te quería. Su modo de gesticular era impetuoso, era como si sus manos hablaran. No recuerdo lo que dijo, pero nunca podré olvidar cómo crecía mi asombro al «verlo hablar». Era como si sus palabras llegaran al fondo de mi persona y me hicieran descubrirme a mí misma y lo que deseaba. Ese era el cristianismo verdadero, que aferraba toda la existencia, al que no se podía no entregar toda la vida.
»Cuando más tarde el padre Capra, que no había podido estar presente en el encuentro, me preguntó qué me parecía pedirle a don Giussani que mandara a algunos universitarios de CL a Siena, me mostré entusiasmada. De este modo, Luigi Amicone —en primero de Ciencias Políticas (uno de los primeros en seguir a don Giussani en la Universidad Católica, con Giorgio Vittadini, Antonio Simone, Antonio Intiglietta, Carmen Giussani, junto a Laura Cioni)— y Luciano Riboldi —en el último curso de Medicina— empezaron a venir cada cierto tiempo para encontrarse con los jóvenes de aquí y, después de algunos meses, en 1976, el padre Capra obtuvo de don Giussani que cuatro universitarios del movimiento se trasladaran establemente a Siena».
En junio de 1976 don Giussani le pidió a Andrés que se trasladara a la ciudad toscana; lo mismo le propuso en distintas conversaciones a otros tres universitarios, Gian Corrado Peluso (Dado), de la Católica, Lorenza Violini y Ornella Milan, de la Estatal, que aceptaron con entusiasmo.
Antes de la partida, Giussani les dijo: «Lo importante es que estéis unidos entre vosotros, lo que tenga que nacer nacerá de vuestra unidad».
«Unidad: esta fue la palabra clave», dice Ornella, «fue la experiencia fortísima que vivimos nosotros cuatro, venidos del norte, distintos en todo, pero unidos por la presencia de Cristo viva y operante: la oración juntos (los laudes por la mañana, la santa misa por la tarde), juntarnos todos los sábados por la tarde para meditar, hacer nuestros los contenidos de la Escuela de comunidad6, compartir la vida, cenar juntos, proyectar momentos de encuentro con otras personas, hacernos cargo de las necesidades de las personas que conocíamos en la ciudad, en las parroquias, en la universidad, en la escuela secundaria… nos permitió educarnos en la fe, ver cómo crecíamos nosotros y la amistad a nuestro alrededor.
»Don Giussani nos había dicho: ‘No me importa cuánta gente consigáis reunir, solo me interesa la unidad y la amistad entre vosotros, el ámbito de una amistad que se interesa por el destino de cada uno de vosotros, y todo lo demás vendrá por añadidura’».
Su amistad marcó mi vida
«Andrés», recuerda Aurora, «llegó algunas semanas antes que Lorenza, Ornella y Dado. Recorría la ciudad llevando consigo una enorme cartera llena de libros, revistas, panfletos, y lo observaba todo, con un especial interés por la historia, por las tradiciones y por los santos locales. Se apasionó enseguida con santa Catalina.
»Tenía una capacidad increíble para darse cuenta de las situaciones, para descubrir cualquier necesidad, para captar cualquier detalle, para percibir cada estado de ánimo.
»Establecía relaciones con todos. Hacía todo lo posible, y no por activismo. Era evidente que la ‘fiebre de vida’ que lo movía no nacía de un ansia por hacer, sino de un amor profundo, de una entrega completa y constante a Alguien que para él lo era todo. Andrés vivía delante de esa Presencia, dispuesto a ‘complacer’ a esa Presencia. Y dentro del amor a esa Presencia él amaba todo lo demás.
»Su ascendiente era innegable. Sabía que tenía que usar su autoridad (que apoyaba por completo en la confrontación continua con quien era autoridad para él) y a veces era incluso brusco y severo, pero al mismo tiempo trataba siempre de no aparecer, de empujar a los demás a asumir responsabilidades para que actuasen en primera persona, conscientes del significado último de lo que hacían, fieles a los compromisos de oración y a cualquier indicación. Y tenía gestos repentinos de una ternura sorprendente. Luego, con el paso de los años, su ternura creció, se volvió estable.
»Estaba siempre muy atento a juzgar y a enseñarnos a juzgar todo lo que sucedía en el mundo, entre nosotros y en nosotros, para que todo llegara a ser ‘experiencia’ verdadera, ocasión para aprender, para crecer. De este modo todo, incluso el mal, se volvía positivo. Para mí era como entrever la resurrección a través de todo.
»Me preguntaba si Andrés me gustaba porque era así ‘de por sí’ o porque era así gracias a seguir el movimiento. Entonces un día le dije: ‘Mira, no quiero conocer el movimiento solo a través de ti. Me gustaría que me lo mostraras en su conjunto’. Me llevó con él a la Asamblea de responsables de los universitarios, que tuvo lugar en Riccione del 30 de septiembre al 2 de octubre de 1976. Fue mi primer encuentro con don Giussani, que me conquistó completamente.
»Al año siguiente, Andrés me llevó con él al triduo pascual. Allí vi claramente el nexo que había entre el hecho de haber rezado durante veinte años por los universitarios (no porque yo tuviese algo que ver con ellos, sino porque me lo pedía siempre el padre Capra) y el camino que había marcado para mí el Señor. Esto implicaba para mí seguir el movimiento.
»No tenía ni idea de la existencia del Grupo Adulto. Desde los últimos años del colegio, mi deseo era ser religiosa de la Sociedad del Sagrado Corazón, fundada por santa Magdalena Sofía Barat, donde era monja una tía mía, pero las condiciones de mi familia eran muy difíciles y el padre Capra me decía siempre que esperara. Cuando terminaban encuentros que hacíamos siempre en Casa Betania, la pequeña residencia para universitarias que había creado el padre Capra y en donde se alojaban Lorenza y Ornella, Andrés siempre bajaba en cuatro saltos las escaleras y al llegar al fondo me gritaba: ‘¿Te gustaría ir a vivir con chicas que viven en serio el movimiento?’. Y yo, incluso gritando, respondía desde arriba: ‘¡No!’.
»Sin embargo, el padre Capra me propuso un día que Andrés me acompañara a hablar con don Giussani ‘para saber si había una forma de vivir más plenamente el carisma’. Fui a Milán con Andrés. Fue mi primera conversación con don Giussani. Por indicación suya, Andrés me acompañó a dos casas del Grupo Adulto y acepté participar en un retiro suyo. Entonces todo se volvió definitivo. Andrés había estado todo el tiempo a mi lado, como el ángel custodio, vigilante y sin decir una palabra, seguramente rezando por mí.
»Algo que me impresiona muchísimo era la unidad que vivían Andrés y los otros tres universitarios enviados por don Giussani. Eran un cuarteto excepcional. Cada uno de ellos era completamente diferente del otro, pero todos eran una sola cosa en la pertenencia a Cristo a través de la pertenencia al carisma de don Giussani.
»Nunca olvidaré la intensidad llena de gratitud, entrega y predisposición con la que Andrés miraba a don Giussani, que había venido a Siena y estaba hablando con un grupo de sacerdotes y algunos de nosotros en casa del padre Renato Pennesi (en la parroquia en la que vivían Andrés y Dado). Era la imagen de la fidelidad.
»Otro hecho que habla de cómo era Andrés me pasó la primera vez que distribuimos panfletos. Me dijo que a la hora de la salida tenía que repartir los panfletos delante de la puerta principal del hospital Santa María de la Scala (el antiguo hospital de Siena, el hospital de Santa Catalina, delante...




