E-Book, Spanisch, 200 Seiten
Reihe: Educación
Perpinyà Más que una máquina
1. Auflage 2014
ISBN: 978-607-03-0563-4
Verlag: Siglo XXI Editores México
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, 200 Seiten
Reihe: Educación
ISBN: 978-607-03-0563-4
Verlag: Siglo XXI Editores México
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Ensayo de tono ameno sobre maestros y funcionarios con tres puntos de interés: Crítica al espíritu mecánico y gregario, asumiendo que la rutina no es la enemiga, sino un primer paso para avanzar. Generalmente, los estudios sobre maquinismo parten de artefactos y buscan lo que les falta para ser humanos. Aquí se sigue el camino inverso y se plantea si las personas somos máquinas y si el pensamiento es libre o mecánico. Modos de comportamiento de los buenos y malos maestros. Los más nefastos tienden a lo militar y los buenos a estimular la independencia del discípulo. De todas formas, quizá debamos superar nuestros prejuicios modernos y recuperar la disciplina perdida... La época de la ilustración y la industrialización (el siglo XVIII) entendida como el origen de nuestra forma de ser actual. Entre otros, se explica el origen del temido examen de selectividad universitaria y de los manuales de texto. Remontarnos un poco atrás nos ayudará a comprender el pensamiento en serie actual (mecánico, copiado y fabricado).
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RAZONAR U OBEDECER
¿Se puede pensar y obedecer al mismo tiempo? Abraham aceptó matar a su hijo sin ningún motivo, simplemente porque Dios se lo ordenaba. ¿Hizo bien? ¿Se lo pensaron mucho los soldados y los mandos alemanes antes de obedecer a Hitler? ¿Fue éste su error: no haber dudado, no haber pensado por su cuenta? ¿O creían que Hitler tenía razón y por eso le creyeron? Tal vez ni siquiera se lo plantearon, dado que jamás deben ponerse en tela de juicio las órdenes de un superior. ¡Qué poco se podía imaginar la pacífica e intelectual ciudad de Königsberg —donde habían estudiado Kant, Herder y Hoffmann— que Hitler la tomaría como excusa para invadir Polonia! A los ilustres königsbergianos se les debió helar la poca sangre que les quedaba en las venas… Si les preguntáramos sobre esto y aquello, ¿qué nos dirían, por ejemplo, del modelo del ejército? ¿Lo encontrarían válido para la escuela? Lo fue en su tiempo, tal vez aducirían. Pero ni siquiera Kant lo hubiera admitido. Como progresistas pensamos que ha quedado desfasado, pero quién sabe, quizá debamos superar nuestros prejuicios y recuperar la disciplina perdida… Si nuestros estudiantes piensan por su cuenta, ¿dejarán de obedecernos? ¿Es éste el miedo: que piensen demasiado? ¿No será al revés: que no piensan nada, que les da pereza estudiar y analizar las cosas? Veamos cómo percibía Kant estas relaciones entre el poder y el pensamiento. Las cosas no han cambiado tanto desde el XVIII.
Para [adquirir] ilustración sólo se exige libertad y, por cierto, la más inofensiva de todas las que llevan tal nombre, a saber, la libertad de hacer un uso público de la propia razón, en cualquier dominio. Pero oigo exclamar por doquier: ¡no razones! El oficial dice: ¡no razones, adiéstrate! El financiero: ¡no razones y paga! El pastor: ¡no razones, ten fe! (Un único señor dice en el mundo: ¡razonad todo lo que queráis y sobre lo que queráis, pero obedeced!)1
Kant critica duramente a los que prohíben el razonamiento y exigen una obediencia ciega (los militares, los sacerdotes y los dueños). No obstante, el filósofo hace una excepción: hay un señor que puede restringir nuestra libertad. Este señor entre paréntesis que deja hablar tanto como se quiera a cambio de una obediencia absoluta no es uno, sino tres: Dios, el demonio y el rey. Lo cual, viniendo de Kant, supone un gran elogio a la realeza (que tiene el mismo privilegio que Dios) pero también una gran advertencia: ¡hay que tener cuidado con los reyes que actúan como demonios! Tendremos que ir con pies de plomo. El señor puede ser bueno o malo. No olvidemos que estamos en el siglo XVIII y que dejar abierta esta posibilidad, como hace Kant, denota tener una mente muy avanzada. Además, aunque Kant no creía en las supercherías visionarias, sin querer profetizó lo que le pasaría a él mismo con el cambio de rey: el primero fue su Dios, y el segundo su demonio. Kant admiró mucho a su primer rey, Federico el Grande, y le otorgó el derecho divino de coartar la libertad de sus súbditos. Según como se mire, parece muy dictatorial decir que Dios, el demonio y el rey son los únicos que pueden poner límites a nuestra libertad, pero bien mirado, Kant no concede omnipotencia a otros estamentos superiores; de hecho, se las quita. Según él, los poderes fácticos (la Iglesia, el ejército y la banca) no poseen ninguna autoridad plenipotenciaria ni incuestionable. Kant está en contra del control externo de la libertad, y sólo admite como óptimo el autocontrol, el que emana de las reglas sociales y de las leyes morales que tenemos interiorizadas. Quien tiene que limitar nuestra libertad no es ni un general, ni un policía, ni un arzobispo: tenemos que ser nosotros mismos. O, como diría Freud, la parte del yo heredada de los padres que nos reprime y que nos vigila: nuestro superego. Al hombre irresponsable que no se obedece a sí mismo (a su superego) es el único al que le haría falta la represión externa de su libertad en forma de castigo.
Fijémonos en la diferencia que existe entre una idea potencial del poder y una idea ejecutiva (“poder hacer” o “hacer”). El padre o señor que es obedecido sin presión tiene una autoridad mucho más fuerte (porque está impregnada en sus hijos y en sus vasallos) que la del tirano que es obedecido a la fuerza. El triángulo que dibuja Kant “armas-religión-dinero” exige la obediencia y prohíbe el habla. Mientras que el triángulo “Dios-rey-demonio” exige la obediencia pero permite el habla. El autoritarismo de los primeros es más claro y el de los segundos más sutil. ¿Qué preferimos? ¿El poder frontal o el poder encubierto? ¿Sirve de algo tener voz pero no tener voto? ¿No sería peor no tener ni voz ni voto? ¿Es un paso hacia adelante o hacia atrás? Una libertad de expresión inútil podría ser un engaño mucho más maquiavélico. ¿No es esto lo que ha sucedido en la época moderna? A Larra, a pesar de los recortes de la censura, le dejaban satirizar las penosas costumbres de los madrileños y de sus compatriotas; sin embargo, ¿sirvió de algo? A corto plazo, la verdad es que no. Expresándose a través de sus heterónimos —Fígaro, El pobrecito hablador—, el escritor romántico fustigaba a la clase acomodada y la acusaba de ser vulgar e inculta, tanto como pudiera serlo la masa “batueca”. Pero a largo plazo, sus críticas tal vez mejoraron el bajísimo nivel cultural de los españoles, empezando por la burguesía y sus gobernantes. Y como todavía falta mucho por hacer, la voz de alerta de Larra sigue siendo necesaria. No debió de rendirse tan pronto; se le sigue echando de menos. Mariano José de Larra no sólo fue un intelectual que criticaba la sociedad y el poder, sino también un defensor de la Ilustración; nunca se cansaba de repetir que España no iría jamás adelante si no mejoraba su educación.
El Bachiller… ¡Ha muerto! […] ¿Murió de tener razón? ¿Murió de la verdad? ¿Murió de alguna paliza? Pero, ¡ay!, era su estrella dar palos y no recibirlos. […] ¿Quién nos dirá de aquí en adelante que no hay más que sinrazón en la tierra? ¿Quién nos dirá que el que no es tonto en el mundo es pícaro, y que los más son tontos-pícaros? ¿Quién nos dirá que no hay orgullo nacional, que no hay quien conozca sus deberes y cumpla con ellos, que no hay literatura, que no hay teatros, que no hay autores, que no hay actores, que no hay educación, que no hay instrucción?2
El elogio de la enseñanza de los ilustrados va en este sentido: no sólo valorando los conocimientos per se, sino sobre todo la capacidad crítica que despiertan para no dejarse embaucar por estupideces. La educación es un arma contra el engaño. Escuchemos directamente a Condorcet, el portavoz oficial de la Ilustración francesa en materia de educación: “Una de las mayores ventajas de la instrucción es proteger a los hombres de las falsas opiniones en que pueden hundirlos su propia imaginación y el entusiasmo por los charlatanes”.3
Cuando la formación ha sido mucha, pueden ocurrir dos cosas: una, que también aumente la crítica contra el poder y la demagogia; o, dos, que se llegue a formar parte del establishment y entonces se abandone toda crítica. A pesar de ello, lo más normal es que el intelectual ocupe un lugar ambiguo dentro de la escala social porque, como diría Céline, ni es un señor ni es un criado; los artistas y los universitarios que se dedican a oficios mal pagados no se integran bien ni entre los ricos ni entre los pobres:
Enfermos no faltaban, pero no había muchos que pudieran o quisiesen pagar. La medicina es un oficio ingrato. Cuando los ricos te honran, pareces un criado; con los pobres, un ladrón. ¿“Honorarios”? ¡Bonita palabra! Ya no tienen bastante para jalar ni para ir al cine, ¿y aún vas a cogerles pasta para hacer unos “honorarios”? Sobre todo en el preciso momento en que la cascan. No es fácil. Lo dejas pasar. Te vuelves bueno. Y te arruinas.4
Esta incomodidad social recorre el siglo XIX. La encontramos muy bien descrita en los escritores sin fortuna de Balzac;5 en Hölderlin mal ganándose la vida como preceptor, y en Jane Eyre,6 una institutriz que no está en su sitio ni...




